Octubre rojo: Ni conspiración ni producto de un partido monolítico IV

Notas sobre Alexander Rabinowitch

Dadme un programa revolucionario y moveré al mundo, pero: ¿cuál era el programa público de los bolcheviques? Contrario a la creencia popular y a la historiografía clásica, Rabinowitch demuestra en sus tres primeros libros que en 1917 los bolcheviques no defendían una dictadura de un solo partido en absoluto ni nada parecido. Más bien, a nivel programático, defendían una variante radical de “todo el poder al pueblo”, de carácter profundamente democrática y proletaria, ejercida a través de un sistema de gobierno socialista, soviético y multipartidista, a la espera de la pronta convocatoria de la Asamblea Constituyente. También apoyaban más tierras para los campesinos individuales, una mayor influencia de los trabajadores en la gestión de las fábricas (la controversial temática del “control obrero”), una pronta mejora en el suministro de alimentos y, lo más importante, la finalización rápida y justa de la guerra con Alemania. Todos estos objetivos se resumían perfectamente en los famosos slogans: “¡Paz, Tierra y Pan!”; “¡Todo el Poder a los Soviets!”; y “¡Convocatoria Inmediata de la Asamblea Constituyente!”. Según Rabinowitch, la interacción y el valor político de estos dos factores clave —el enorme atractivo de la plataforma política bolchevique y los vínculos cuidadosamente cultivados del partido con trabajadores revolucionarios, soldados y marineros— se hicieron evidentes en el otoño de 1917, después de la rápida derrota de la izquierda ante un fallido golpe derechista liderado por el comandante en jefe del ejército, el general Kornilov. La marcha de las fuerzas de Kornilov hacia Petrogrado fue detenida por la acción de todos los grupos socialistas, trabajando juntos bajo la égida de los soviets.

Sin embargo, el papel de los bolcheviques fue especialmente crítico y decisivo,debido a la capacidad del partido de movilizar rápidamente a los trabajadores de las fábricas, a los soldados de guarnición y a los marineros de la flota báltica en defensa de la revolución. Así, la rápida derrota de Kornilov tuvo el doble efecto de aumentar la estatura de los bolcheviques a nivel popular y proporcionar un poderoso estímulo a la posición moderada de los bolcheviques, de que todos los grupos socialistas se unieran para cumplir los objetivos revolucionarios plasmados en la plataforma del partido. Como sabemos, entre agosto y septiembre de 1917, Lenin hizo todo lo posible por influir en la política bolchevique desde un refugio en Finlandia. Después del fiasco del levantamiento de julio y de las críticas recibidas por los bolcheviques por parte del liderazgo socialista moderado del soviet, por su papel en ello Lenin había hecho campaña con un éxito muy limitado, para convencer a sus colegas de partido de abandonar el objetivo de transferir el poder a los soviets y prepararse para un levantamiento armado organizado de manera independiente. Consecuentemente, incluso él quedó tan impresionado por la facilidad con la que bolcheviques, mencheviques y socialrevolucionarios, trabajando juntos, derrotaron a Kornilov que, en un sorprendente y poco conocido ensayo de principios de septiembre, “Acerca de los compromisos”,[1] permitió la posibilidad de que la revolución todavía pudiera desarrollarse pacíficamente si el liderazgo nacional del soviet tomaba el poder en sus propias manos sin más demora.

Lenin arranca definiendo la cuestión: “Llámase compromiso en política a la concesión hecha en ciertas exigencias, a la renuncia de una parte de las propias reivindicaciones en virtud de un acuerdo con otro partido”. A continuación desmitifica la idea que tiene “el vulgo” (sic) y la prensa reaccionaria, y muchos historiadores de la revolución de Octubre, que los bolcheviques históricamente “nunca se prestan a compromiso alguno con nadie”, cosa que si bien suena a elogio por un extremo cumplimiento de coherencia y fidelidad a los principios, en el caso de los bolcheviques —concluye Lenin— es una mentira. Señalaba Lenin que “el deber de un partido auténticamente revolucionario no consiste en proclamar imposible la renuncia a cualquier compromiso, sino en saber cumplir fielmente a través de todos los compromisos —en la medida en que sean inevitables—, con sus principios, su clase, su misión revolucionaria, su obra de preparar la revolución y de educar a las masas populares para triunfar en la revolución”. Tal fue el caso —remarcaba Lenin— de la participación en las Dumas zaristas. La diferencia fundamental en toda organización revolucionaria, ergo: marxista, es siempre la de un compromiso impuesto con un compromiso voluntario del partido.

Dado el devenir objetivo de los acontecimientos “se ha producido en la revolución rusa un viraje tan brusco y original que, como partido, podemos proponer un compromiso voluntario, es cierto que no a la burguesía, nuestro directo y principal enemigo de clase, sino a nuestros adversarios más próximos, los partidos ‘dirigentes’ de la democracia pequeñoburguesa, los eseristas y mencheviques”. Y la propuesta era la siguiente: “todo el Poder a los Soviets, formación de un gobierno constituido por eseristas y mencheviques, responsable ante los Soviets. Ahora, solo ahora, y quizás apenas durante unos pocos días o por una o dos semanas, un gobierno de ese tipo podría crearse y afianzarse de un modo completamente pacífico. Podría garantizar muy probablemente el avance pacifico de toda la revolución rusa, y ofrecería extraordinarias probabilidades de que el movimiento mundial se adelante a grandes pasos hacia la paz y hacia el triunfo del socialismo”. Para concluir el razonamiento, Lenin afirmaba que “a mi parecer, solo en nombre del desarrollo pacífico de la revolución, posibilidad extraordinariamente rara en la historia y extraordinariamente valiosa, posibilidad que solo se presenta de cuando en cuando, los bolcheviques, que son partidarios de la revolución mundial y de los métodos revolucionarios, pueden y deben aceptar tal compromiso”. El compromiso bolchevique inédito se resumía así: “consistiría en que los bolcheviques, sin pretender una participación en el gobierno (imposible para el internacionalista, si no se realizan efectivamente las condiciones de la dictadura del proletariado y de los campesinos pobres), renunciaran a exigir de inmediato el paso del Poder al proletariado y a los campesinos pobres y a los métodos revolucionarios de lucha por esa reivindicación. La condición, de por sí evidente y que no representaría novedad alguna para los eseristas y mencheviques, sería la plena libertad de agitación y la convocatoria de la Asamblea Constituyente, sin nuevas dilaciones e incluso en un plazo más breve. Los mencheviques y los eseristas, como bloque gubernamental, consentirían (en el supuesto de que se llegara al compromiso) en constituir un gobierno, íntegra y exclusivamente responsable ante los Soviets, pasando a manos de estos todo el Poder también en las provincias. En eso consistiría la ‘nueva’ condición”. Pero las condiciones revolucionarias evolucionaron tan rápidamente, que estas reflexiones fueron ya calificadas de “tardías” por el propio Lenin cuando las enviaba a publicar. Como Trotsky señalaba siempre, “el tiempo es un factor importante en la política”, Lenin considera la postura del compromiso desde la gran perspectiva del tiempo histórico de la crisis, donde no solo es el factor de factores, sino la auténtica dimensión en la que todas las otras determinaciones se expresan, se convierten y convergen en una situación revolucionaria. Una situación que es unión indisoluble de la oposición y de la relación.

El ánimo de compromiso y moderado de Lenin fue de corta duración. Serge hablaba de la “impaciencia sacra” de Lenin en esta coyuntura. El ahora histórico y su dominio es para él una piedra de toque para la validez teórica de la ciencia revolucionaria. Si la situación presente no se encuentra dominada teóricamente, la cuestión decisiva, el “¿qué hacer?” no puede tener ni problematización ni generar respuestas. La idea revolucionaria busca la realidad; la realidad busca la idea revolucionaria. A mediados de septiembre de 1917, Lenin volvió a enfatizar la necesidad absoluta de un levantamiento armado para impulsar la revolución en un aluvión de cartas personales, epístolas abiertas y artículos. Para Serge estos textos son “un modelo de la dialéctica revolucionaria, tratado de teoría y práctica insurreccional, manual del arte de vencer en la guerra de clases”, es el complemento necesario y plenamente moderno al Manifiesto comunista.[2] Factores determinantes, como la fuerte posición de la extrema izquierda en Finlandia, la obtención de mayorías en los soviets de Petrogrado y Moscú, el enorme descontento social entre los campesinos ávidos de tierra en el campo, la continua desintegración del ejército en el frente y las crecientes demandas de paz inmediata por parte de los soldados, así como señales sobreestimadas de agitación revolucionaria en la flota alemana, alentaron a Lenin a esperar que la toma del poder por los bolcheviques tendría un fuerte apoyo en las ciudades, que ya no sería rechazada por las provincias y el frente militar y, lo más importante, que una explosión popular violenta en Rusia, y la creación de un gobierno genuinamente revolucionario, servirían como catalizador para rebeliones masivas inmediatas y decisivas en otros países europeos.

A pesar de haber dado luz verde la organización a la postura de Lenin de un levantamiento armado, se hizo poco en el partido para preparar este objetivo. Rabinowitch demuestra cómo, por un lado, los líderes moderados del partido, encabezados por el incansable Kamenev (“magnífico propagandista, orador y periodista reflexivo, bolchevique casi desde la fundación del partido, que había militado siempre en el ala derecha” según palabras de Trotsky), continuaron oponiéndose vigorosamente al nuevo curso de Lenin. Rabinowitch demuestra que, en parte debido a la correspondencia de sus puntos de vista con los de otros grupos socialistas de izquierda (con los que mantenía contacto continuo), así como con las propias aspiraciones de las clases bajas, los líderes bolcheviques moderados y centristas (Kamenev, Zinoviev, Rykov, Nogin, Riazanov y similares) estaban entre los portavoces más autorizados del partido en esa coyuntura de 1917. Otro factor que dificultaba la organización de un levantamiento armado inmediatamente independiente era la oposición de miembros del Comité Central como Trotsky y líderes del partido en Petrogrado inclinados al radicalismo, quienes estaban atraídos por la idea de una revolución socialista temprana en Rusia pero eran totalmente escépticos respecto a si los trabajadores y soldados podrían movilizarse detrás del tipo de “carga inmediata de bayonetas” exigida por Lenin. No obstante, a pesar de estas preocupaciones, en respuesta a la decisión del Comité Central del 10 de octubre, los bolcheviques de nivel local en Petrogrado exploraron seriamente las posibilidades de iniciar un levantamiento armado autónomo de inmediato. Después de varios días, sin embargo, muchos se vieron obligados a concluir que el partido no estaba “técnicamente preparado” para iniciar un levantamiento inmediato y, en cualquier caso, que la mayoría de los trabajadores, soldados y marineros probablemente no responderían a un levantamiento antes del Congreso de los Soviets. Además, se vieron obligados a reconocer que al usurpar las prerrogativas del Congreso Nacional de los Soviets, pondrían en peligro la posibilidad de colaboración con aliados importantes como los SR de izquierda y los mencheviques internacionalistas. Además, arriesgaban la pérdida de apoyo en organizaciones de masas como sindicatos, comités de fábrica y el Soviet de Petrogrado. Lo más ominoso de todo, aumentarían el peligro de oposición por parte de las tropas del cercano frente norte.

En consecuencia, con considerables dudas causadas en gran parte por la presión de Lenin para una acción directa más audaz, Rabinowitch demuestra que la dirección bolchevique en Petrogrado, tanto los partidarios de Lenin como los de Kamenev, siguieron una estrategia basada en los siguientes principios fundamentales: que los soviets (debido a su estatura a los ojos de las masas), y no los órganos del partido, debían emplearse para derrocar al Gobierno Provisional; que para obtener el mayor apoyo posible, cualquier ataque al gobierno debería limitarse a acciones que pudieran justificarse en términos de defensa de los soviets; que, por lo tanto, la acción debía retrasarse hasta que se presentara una excusa adecuada para dar batalla; que para debilitar la resistencia potencial y maximizar la posibilidad de éxito, se debía aprovechar cada oportunidad para socavar pacíficamente la autoridad del Gobierno Provisional; y que la destitución formal del gobierno existente debía vincularse y legitimarse mediante las decisiones del Segundo Congreso Panruso.


[1] En: Lenin. Obras completas; Akal editores, Madrid, 1976, p. 390.

[2] Serán finalmente compilados en un volumen bajo el título: En camino de la insurrección.

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