Octubre rojo: Ni conspiración ni producto de un partido monolítico III

Notas sobre Alexander Rabinowitch

Su siguiente obra, sobre los bolcheviques instalados en el poder, se hizo esperar (el largo año de 1918); se retrasó, víctima indirecta de las condiciones geopolíticas, hasta el año 2007. Las razones fueron que Rabinowitch tuvo que empezar su investigación de cero gracias a una ironía geopolítica de la historia: la liberalización de la censura por Gorbachov, la famosa “perestroika” y el proceso de glasnot en la información, que se volvió a liberalizar dramáticamente con el derrumbe definitivo de la URSS. Los bolcheviques, paradójicamente, podían ser mejor conocidos y comprendidos en las ruinas del propio régimen que ayudaron a construir. Recordaba Rabinowitch que “esto cambió abruptamente en junio de 1991, cuando fui a Rusia para realizar investigaciones complementarias en bibliotecas de Moscú y Leningrado. Con el apoyo de colegas soviéticos, solicité, y para mi gran sorpresa recibí, una misión para trabajar en archivos gubernamentales y del Partido Comunista en Moscú y, un poco más tarde, en Leningrado. Aunque quedó claro de inmediato que algunos materiales de mayor interés para mí seguían siendo clasificados, mi base potencial de fuentes se había ampliado enormemente. Además, creció aún más en 1993, cuando por primera vez se me permitió trabajar en los antiguos archivos del KGB, y también durante el resto de los años 1990s, a medida que un número creciente de documentos se desclasificaba gradualmente. Ese era el lado positivo. El lado negativo fue que, por motivos prácticos, tuve que empezar mi investigación de nuevo”. Su objetivo era ambicioso, intentar reconstruir la dinámica del desarrollo más temprano, el acta de nacimiento del sistema futuro político represivo y ultra-autoritario stalinista, en el contexto de las profundas crisis políticas, económicas, sociales y militares de Petrogrado después de octubre de 1917. La esperanza de Rabinowitch era que “esta reconstrucción, aunque imperfecta, arroje una nueva luz útil sobre uno de los temas historiográficos centrales de la historia soviética temprana, a saber, la importancia relativa de las circunstancias en desarrollo y las respuestas a ellas frente a una ideología bolchevique revolucionaria preconcebida o un patrón firmemente establecido de comportamiento dictatorial, en la configuración del sistema político altamente centralizado y autoritario de la Rusia soviética”.

La obra “Los bolcheviques en el poder” se organiza en cuatro partes. La primera parte cubre el periodo desde la Revolución de Octubre hasta la disolución de la Asamblea Constituyente en enero de 1918. Durante este tiempo, los bolcheviques de Petrogrado consolidaron el poder en la ciudad, y Lenin logró sofocar a los bolcheviques moderados que dudaban sobre las perspectivas de revoluciones socialistas tempranas en el extranjero y que miraban a una Asamblea Constituyente socialista como una manera de impulsar la revolución en Rusia. El enfoque central de segunda parte es el curso y el impacto de la feroz controversia en el partido bolchevique, auténtica divisoria de aguas, sobre el Tratado de Brest-Litovsk, la ignominiosa paz separada con Alemania, que comenzó en enero de 1918 entre la mayoría de los principales bolcheviques de Petrogrado y Lenin, y terminó en marzo siguiente con el avance de las fuerzas alemanas hasta las mismas puertas de Petrogrado, la frenética huida del gobierno soviético hacia Moscú y la ratificación del tratado. La segunda parte explora las catastróficas crisis internas y militares de Petrogrado durante la primavera y principios del verano de 1918, las respuestas a ellas por parte de los trabajadores, y las formas en que estas crisis moldearon el enfoque de los bolcheviques hacia el gobierno, en lo que ahora era la “segunda ciudad” de Rusia. Esta parte concluye con un examen de la dramática desintegración de la alianza bolchevique-SR de izquierda y el giro hacia un sistema de partido único a principios de julio. Rabinowitch dedica la tercera parte a los bolcheviques de Petrogrado y los desarrollos políticos de julio-agosto de 1918, que llevaron a la proclamación del primer “Terror Rojo” masivo en otoño, así como a la dinámica e impacto general en la sociedad. La parte final del libro se centra en la organización y realización de la gran celebración que conmemoró el primer aniversario de la Revolución de Octubre en Petrogrado. Las festividades se usan como un vehículo para evaluar la condición, las esperanzas revolucionarias y la autoconciencia de los bolcheviques de Petrogrado después de doce meses de lucha desesperada por mantener el poder hasta la erupción de las esperadas y decisivas revoluciones socialistas en Occidente.

Rabinowitch intenta mensurar objetivamente el peso específico de la figura de Lenin en la Revolución de Octubre, para matizar la perspectiva de culto de la historiografía stalinista. Nos señala que es muy importante tener en cuenta que, durante gran parte del tiempo entre febrero y octubre de 1917, Lenin estaba en la práctica inoperativo para la organización: o estaba fuera del país o escondido y sin contacto regular con la organización en Rusia. Eso en cuanto a su aparente influencia predominante, que además era cuestionada abiertamente en el partido. Como demuestra el libro, los principales líderes bolcheviques estaban divididos en tres grupos o tendencias. A la izquierda estaban Lenin y Trotski, entre otros, para quienes el establecimiento del poder soviético revolucionario en Rusia era menos un fin en sí mismo que el desencadenante de una revolución socialista mundial inmediata que se encontraba en estado latente. Diagnóstico que aparece nuevamente, por ejemplo, en el artículo de Lenin: “La crisis ha madurado” de septiembre de 1917. [1] Allí afirma que “ha llegado ahora la tercera etapa, que puede ser denominada víspera de la revolución. Las detenciones en masa de los líderes del partido en la libre Italia y, sobre todo, el comienzo de las sublevaciones militares en Alemania son síntomas seguros del gran viraje, síntomas de la víspera de la revolución a escala mundial… Las dudas están descartadas. Nos encontramos en el umbral de la revolución proletaria mundial”. El artículo tenía un post scriptum para los miembros del CC en el cual Lenin los acusaba de haber ignorado sus anteriores comunicaciones y presentaba su renuncia al CC: “No tomar ahora el poder, ‘esperar’, charlatanear en el CEC, limitarse a ‘luchar por el órgano’ (del Soviet), ‘luchar por el congreso’, significa hundir la revolución. Al ver que el CC ha dejado incluso sin respuesta mis instancias en este sentido desde el comienzo de la Conferencia Democrática, que el Órgano Central tacha de mis artículos las alusiones a errores tan escandalosos de los bolcheviques como la vergonzosa decisión de participar en el Anteparlamento, de conceder puestos a los mencheviques en el Presídium del Soviet, etc., etc.; al ver todo eso, debo considerar que existe en ello una ‘sutil’ insinuación de la falta de deseo del CC hasta de discutir esta cuestión, una sutil insinuación del deseo de taparme la boca y de proponerme que me retire. Me veo obligado a dimitir de mi cargo en el CC, cosa que hago, y a reservarme la libertad de hacer agitación en las organizaciones de base del partido y en su congreso. Porque estoy profundamente convencido de que, si ‘esperamos’ al Congreso de los Soviets y dejamos ahora pasar el momento, hundiremos la revolución”.

En la tendencia de centro Rabinowitch reconoce que había un grupo de líderes a menudo bastante independientes, cuyas opiniones sobre el desarrollo de la Revolución Rusa tendían a fluctuar según su interpretación de las condiciones existentes. Y a la derecha había un grupo muy influyente de líderes del partido nacional significativamente mucho más moderados, liderados por Kamenev e incluyendo a Zinoviev, Miliutin, Rykov y Nogin (todos miembros del Comité Central Bolchevique), y Lunacharski. Su número e influencia aumentaron de manera significativa después del Sexto Congreso Panruso Congreso del Partido Bolchevique a finales de julio, cuando conocidos e influyentes mencheviques de izquierda como Larin, Lozovski y el líder sindical autónomo, humanista y marxólogo erudito Riazanov,[2] se unieron al partido. Este grupo, por poderosas razones, era muy escéptico sobre la probabilidad de revoluciones socialistas tempranas y exitosas en los países decisivos de Occidente. Durante la segunda mitad de 1917, consideraban la transferencia de poder a los soviets como un medio para construir una fuerte alianza de partidos y facciones de izquierda que formaría un gobierno de coalición provisional, exclusivamente socialista, para comenzar las negociaciones de paz y preparar reformas sociales fundamentales mediante una Asamblea Constituyente. En ausencia de Lenin, la perspectiva de este grupo, que era bastante inorgánico, más que ninguna otra según Rabinowitch, moldeó la plataforma política pública de los bolcheviques.

Por ejemplo: durante la segunda mitad de septiembre, Lenin imploró a sus camaradas líderes del partido en Petrogrado que derrocaran al Gobierno Provisional sin más retrasos que, según él, podrían ser desastrosos. Sin embargo, sus súplicas y su creciente impaciencia fueron ignoradas. El 10 de octubre, Lenin presentó su argumento a favor de la toma inmediata del poder estatal en una reunión clandestina de los miembros disponibles del CC en un escondite a las afueras del norte de Petrogrado. Esta reunión terminó aprobando su resolución de hacer de una insurrección armada “la orden del día”. No obstante, a pesar de esta luz verde para organizar un levantamiento contra el gobierno, se hizo muy poco para lograr este objetivo durante casi tres semanas. La investigación intensiva de Rabinowitch sobre este retraso aparentemente desconcertante, si seguimos al pie de la letra la historiografía stalinista, reveló que había múltiples razones de peso. Como ya se ha documentado desde hace tiempo, líderes del partido moderadamente inclinados, como Kamenev y Zinóviev, hicieron todo lo posible por evitar el inicio de una insurrección armada, seguros de que un asalto directo organizado por el partido al gobierno en ese momento sería suicida. Sin embargo, también trabajaba en contra de la implementación de la resolución del CC del 10 de octubre el hecho de que personas clave, como Trotsky y otros líderes en Petrogrado del ala izquierda del partido y que compartían la perspectiva radical de Lenin por una temprana revolución socialista, aún tenían reservas sobre la viabilidad de organizar un levantamiento armado antes de un próximo Congreso nacional de los Soviets, que ellos mismos precisamente habían promovido como un foro popular legítimo para decidir la cuestión del gobierno. Explicaban que el momento no había llegado. Esto ayuda a entender –según la explicación de Rabinowitch– su firme seguimiento de una estrategia “defensiva” que finalmente resultaría exitosa en octubre de 1917, no antes, fundamentada en los principios de que los soviets populares o sus instituciones competentes, y no los órganos del partido, deberían lograr la destitución del Gobierno Provisional; que para mantener el apoyo más amplio posible de las masas, las acciones abiertas contra el gobierno deberían limitarse a aquellas que pudieran justificarse como auténtica y legítima defensa de los soviets; y que el derrocamiento formal del gobierno debería estar vinculado y, si fuera posible, legitimado por las decisiones del Segundo Congreso de Todos los Soviets de Rusia. Fue el breve período que Trotsky caracterizó como el de la “doble impotencia”. Sin embargo, lo que comúnmente se pasa por alto en la mayoría de la literatura histórica publicada relevante, y que Rabinowitch remarca, es que el asalto directo propuesto por Lenin al Gobierno Provisional se volvió tácticamente factible solo y tan solo después de la implementación exitosa de la estrategia “defensiva” iniciada por la dirección del partido a finales de septiembre. En retrospectiva, es evidente que el propósito básico de Lenin al insistir en el derrocamiento violento del Gobierno Provisional antes de la apertura del Segundo Congreso Panruso de los Soviets era socavar la posibilidad de que el Congreso pudiera conformar un amplio gobierno de coalición socialista en el que los socialistas moderados tuvieran una mayoría significativa. Este objetivo efectivamente se logró. En la víspera de la apertura del Congreso, antes del inicio de las operaciones militares abiertas que culminaron con la detención de miembros del Gobierno Provisional en el Palacio de Invierno a última hora de la noche del 24 de octubre, las afiliaciones políticas de los delegados que llegaban al Congreso y sus posiciones sobre la cuestión del gobierno presagiaban que se lograría el objetivo de la mayoría de reemplazar el Gobierno Provisional con un gobierno soviético multipartidario, exclusivamente socialista, pendiente de la oportuna convocatoria de la Asamblea Constituyente. Después de los tardíos y unilaterales eventos militares del 25 de octubre, este espíritu colaborativo se evaporó.

Desde otra perspectiva, la del doble poder, la investigación meticulosa de Rabinowitch sobre material inédito, descubrió además que, a pesar de la tradición historiográfica que afirmaba la línea de continuidad entre el Bolchevismo y el Stalinismo, lo que descubrió en realidad fue que los bolcheviques llegaron al poder no simplemente sin un legado estrictamente autoritario, sino también sin un plan preconcebido o incluso un concepto general de cómo gobernarían a partir de octubre de 1917.  Señala Rabinowitch que “institucionalmente, la abundante documentación en los archivos históricos rusos, que de repente se volvió accesible cuando estaba terminando la investigación, reveló que durante los primeros meses después de octubre el Sovnarkom (Consejo de Comisarios del Pueblo), y no el CC bolchevique, determinaba la política gubernamental a nivel nacional; que, durante gran parte de 1918, el Soviet de Petrogrado tenía influencia sobre el partido comunista; y que los soviets de distrito de Petrogrado lograron gradualmente transformarse en feudos semiindependientes, operados democráticamente, en gran medida inmunes a la dirección vertical del Soviet de Petrogrado o a la horizontal de los organismos locales del partido. Contrario a las concepciones tradicionales de la historiografía, ya del Stalinismo o de la Kremlinología, antes de mediados de 1918, cuando la dirigencia nacional del partido, ahora centralizada en Moscú, inició esfuerzos para socavar este proceso, el poder gubernamental de arriba hacia abajo en la Petrogrado Roja era, en realidad, “sustancialmente independiente y en gran medida descentralizado, no estrictamente controlado por el partido como se asume comúnmente”. Nada más ni nada menos.


[1] En: Lenin: Obras completas; tomo XXVII, Akal editor, Madrid, 1976.

[2] Sobre la figura trágica de Riazanov remitimos al lector a nuestro artículo: “David Riazánov, un marxista revolucionario”; en: Jacobin; feb, 2024; on-line: David Riazánov, un marxista revolucionario – Jacobin Revista

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