Octubre rojo: Ni conspiración ni producto de un partido monolítico II

Notas sobre Alexander Rabinowitch

En su siguiente libro, Los bolcheviques llegan al poder, de 1978, quizás su obra más importante, utilizó los conocimientos proporcionados por Preludio a la revolución para comprender mejor la naturaleza de la revolución rusa de julio a octubre de 1917 y el sorpresivo triunfo de Lenin y los bolcheviques. Es una obra notable, en la cual se combina con maestría la historia política superestructural, “de arriba”, con la historia social “de abajo”. Lo que importa –como decía precisamente Nabokov– no es el libro que se escribe, sino el problema que plantea y resuelve. Rabinowitch pudo rastrear los conflictos políticos dentro del partido, la relación de los bolcheviques con los trabajadores de fábrica y los cambios de ánimo dentro de la propia clase obrera en un impresionante y meticuloso trabajo de archivo.[1] Dice Rabinowitch: “Descubrí que, en 1917, el partido bolchevique en Petrogrado se transformó en un partido político de masas” y que, en lugar de ser un movimiento monolítico marchando al paso detrás de un mitológico Lenin, su liderazgo estaba dividido en las alas de izquierda, centro y moderada de derecha, cada una de las cuales ayudó a moldear la estrategia y las tácticas revolucionarias, lo que permitió una apertura y capacidad de respuesta a las aspiraciones populares”. En su libro pudo demostrar cómo, a su regreso a Rusia en abril, Lenin tuvo que librar una constante y feroz lucha dentro de la dirección de su propio partido para orientar a la organización hacia la toma del poder. El libro ilustró y confirmó, en todos los elementos esenciales, el análisis de la lucha interna del partido proporcionado por las Lecciones de octubre de Trotsky, además de destacar el papel decisivo de Trotsky como jefe de la Organización Revolucionaria Militar en la planificación y organización de la insurrección exitosa de octubre de 1917. El relato de Rabinowitch fue también el primero en establecer el inmenso papel histórico, no solo de Trotsky, sino de líderes posteriores de la Oposición de Izquierdas, como Smilga o rescatar la poderosa figura de Sverdlov (líder efectivo del partido bolchevique durante los disturbios de julio), en los acontecimientos de 1917. Recuperó el rol de los bolcheviques no-leninistas;  señala Rabinowitch que “los historiadores generalmente han sido desdeñosos con los bolcheviques moderados, enfatizando su oposición al radicalismo triunfante de Lenin antes y después de la toma del poder por los bolcheviques, e ignorando su papel críticamente importante como guardianes del partido durante la prolongada ausencia de Lenin en Petrogrado en el verano y principios del otoño de 1917”. Sin embargo, es innegable que, sin la estrategia política enérgica e inteligente de los bolcheviques moderados durante los días previos a octubre, que contó con el apoyo de Trotsky y otros líderes bolcheviques radicales que compartían las ideas teóricas y los objetivos de Lenin pero desconfiaban de sus tácticas violentas, los movimientos militares tardíos de Lenin contra el Gobierno Provisional el 25 de octubre no habrían sido posibles. Además, los bolcheviques moderados no eran una pequeña minoría reaccionaria, como se describe en los relatos de la historiografía stalinista clásica. Sus puntos de vista sobre la estrategia y los objetivos revolucionarios eran ampliamente compartidos dentro y fuera del partido y fueron, en muchos momentos, esenciales para la construcción de la hegemonía bolchevique en las clases populares y las fuerzas armadas. Visto en retrospectiva, su manera de pensar sobre los peligros a largo plazo de una asunción de poder exclusivamente bolchevique en la atrasada Rusia parece muy sensata.

En el “después” siempre es claro lo que antes era oscuro –decía Aristóteles. De acuerdo con sus supuestos, los levantamientos decisivos del proletariado europeo, que Lenin y Trotsky (y la mayoría de los viejos bolcheviques) creían que eran la condición previa para construir el socialismo en Rusia, no llegaron a materializarse. Sin embargo, Rabinowitch consideraba que, cualesquiera que fueran los méritos de este análisis, aún quedaba sin respuesta cómo un partido tan democrático y descentralizado en el período constitutivo de febrero-octubre devino, en un tiempo relativamente corto, en una organización totalmente autoritaria y represiva, altamente centralizada y jerarquizada de arriba a abajo. ¿Y cuál fue el proceso político que condujo, relativamente rápido, a la ruptura de la democracia soviética multipartidista que los bolcheviques habían defendido? ¿Habrían tenido mejor suerte con la degeneración burocrática a los bolcheviques si hubieran seguido un camino intermedio? ¿Se podría haber evitado el Stalinismo con una posible tercera vía revolucionaria? ¿Existía otra opción en la agenda de los revolucionarios?

¿Cuál era el programa público de los bolcheviques? Contrariamente a la creencia convencional, –dirá Rabinowitch– en julio de 1917 los bolcheviques no apoyaban ni remotamente una dictadura automática de partido único. Más bien, defendían a nivel popular, una suerte de “poder popular” democrático, ejercido a través de un gobierno exclusivamente socialista, soviético y multipartidista, en espera de la convocatoria oportuna de la Asamblea Constituyente. También defendían más tierras para los campesinos individuales, una mayor influencia obrera en la fábrica (modalidades de “control obrero”), una rápida mejora del suministro de alimentos y, lo más importante, un fin rápido y justo de la guerra. Todos estos objetivos fueron cuidadosamente concentrados en los lemas “¡Paz, Tierra y Pan!”, “¡Todo el poder a los soviets!” y “¡Convocatoria inmediata de la Asamblea Constituyente!”. En este sentido Rabinowitch destaca la enorme importancia, en la sorprendente flexibilidad táctica bolchevique de la ciencia de la consigna de Lenin, de su poco conocido texto “Sobre las consignas” de julio de 1917,[2] en donde se exigía al partido el abandono del legendario slogan “¡Todo el poder a los soviets!”. Escribía Lenin que “ocurre con harta frecuencia que, cuando la historia da un viraje brusco, hasta los partidos avanzados necesitan de un período más o menos largo para habituarse a la nueva situación y repiten consignas que, si bien ayer eran justas, hoy han perdido ya toda razón de ser, han perdido su sentido tan ‘súbitamente’ como ‘súbito’ es el brusco viraje de la historia”. El partido seguía aferrado a una consigna al parecer atemporal, pero que ya había perdido su preciosa concatenación con la dinámica de la lucha de clases, ya no era expresión de una determinada correlación de fuerzas. Su validez temporal había caducado en el período de fin de febrero a principios de julio. Lenin reclamaba, enfrentándose a una mayoría, “el poder en manos del proletariado, apoyado por los campesinos pobres o los semiproletarios: tal es la única salida, y ya hemos dicho cuáles son las circunstancias que pueden contribuir a acelerarla de manera extraordinaria”.

Toda consigna es siempre una dirección para el correcto paso siguiente, el paso de realización inmediato en la construcción del momento hegemónico considerando siempre la situación objetiva. La consigna justa se “pone” a partir de deducirla de la esencia de la situación con respecto al poder. La ciencia de la consigna debe resolver el problema de dónde está el verdadero poder y distinguir, en la misma temporalidad, la divergencia entre el poder formal y el poder efectivo. Lenin criticaba en el problema de la potencia de una consigna “la sustitución de lo concreto por lo abstracto”, uno de los pecados capitales más peligrosos que puedan cometerse en una revolución. La profunda idea dialéctica de Lenin, enfrentada al razonamiento de sentido común de la mayoría del Comité Central y de los delegados, era que cada consigna se debía deducir siempre “del conjunto de peculiaridades de una determinada situación política”. Sin ese arte táctico, por cierto bien materialista-dialéctico (análisis concreto de una situación concreta), para un partido revolucionario era muy difícil lograr una hegemonía de masas o sea: una línea política revolucionaria, indispensable para plantear adecuadamente el problema del poder.

Rabinowitch siguió desmontando dos mitos dominantes en la historiografía: la afirmación liberal de que octubre fue un golpe de Estado de un pequeño grupo de fanáticos, y el dogma estalinista de que la victoria bolchevique era inevitable y que se realizó de manera unificada bajo el liderazgo impecable y férreo de Lenin. En cambio, retrató, con consumada base documental, un partido bolchevique democráticamente centralizado, tolerante en su vida interna, con mucha flexibilidad, pleno de debates, desacuerdos e improvisación, pero más unido y eficaz que sus rivales. Estableció que componentes secundarios y subordinados de la propia organización, como el comité del partido de San Petersburgo o la organización militar bolchevique, poseían una considerable independencia e iniciativa, que sus posturas críticas, a veces enfrentadas a la línea oficial, conformaron la política bolchevique al más alto nivel. Incluso reflexionó que se ha subestimado, no solo el rol en octubre de los bolcheviques “moderados” o “no-leninistas” (Kamenev, Zinoviev, Lunacharsky, Riazanov, etc.), sino de la coalición ad hoc, forjada en la lucha, de los bolcheviques con los mencheviques internacionalistas y social-revolucionarios de izquierda (en la conferencia interdistritos de los soviets por ejemplo, donde los bolcheviques estaban en minoría), fundamental para desarmar el intento contrarrevolucionario de Kerensky en julio.

Rabinowitch subrayó que el éxito de la Revolución nunca estuvo garantizado, a pesar del determinismo mesiánico que pretendía imponer en los acontecimientos la escuela stalinista. Tras los dramáticos días de julio, la represión fue generalizada y severa: Lenin se escondió junto a otros destacados miembros bolcheviques, cientos de bolcheviques fueron encarcelados (en especial del comité militar) y la derecha se preparó para aplastar el movimiento. Existió para Rabinowitch una productiva alianza “real” y revolucionaria entre los social-revolucionarios de izquierda y los bolcheviques por lo menos hasta julio de 1918, que la historiografía tanto occidental como stalinista ha subestimado o silenciado. La vitalidad del esfuerzo revolucionario se apoyó en los soviets de distrito, consejos de fábrica, comités de marineros y soldados y en un partido bolchevique extremadamente flexible en lo táctico y democrático, un partido con ambiciones de partido de masas, pero altamente eficaz y unido en lo organizativo. Para Rabinowitch fue precisamente este diseño organizativo exitoso, con evidente contraste con el rígido modelo del ¿Qué hacer? de 1902, el que permitió que el partido sobreviviera durante las oscuras jornadas de julio, además del rol de Lenin, que evitó una insurrección prematura en septiembre y permitió al Comité Revolucionario Militar ganarse el apoyo de las fuerzas armadas. Fue esta capacidad de respuesta la que hizo posible la Revolución de Octubre —y de ninguna manera el mitológico monolitismo sostenido por el Stalinismo—, una rica y tolerante vida interna y una flexibilidad que pronto se evaporarían, a medida que el primer Estado obrero basado en soviets se volvía cada vez más centralizado y autocrático y se confundía trágicamente Estado con Partido.


[1] Entre otros documentos, Rabinowitch ha estudiado las actas de las reuniones del Comité Bolchevique de Petersburgo de 1918 y otros foros del partido en toda la ciudad, actas de las reuniones de los comités del partido bolchevique de distrito, protocolos de reuniones del Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom), registros estenográficos de sesiones clave del Soviet de Petrogrado y sus órganos de dirección, actas de las reuniones de los soviets distritales de Petrogrado, memorandos internos, correspondencia, archivos personales de líderes bolcheviques claves, expedientes de la Comisión Extraordinaria Panrusa para la Lucha contra la Contrarrevolución, la Especulación y el Sabotaje (VCheka), etc. A este material de archivo se suma una enorme lista de otros materiales impresos: periódicos (algunos extremadamente raros), revistas y publicaciones periódicas, y páginas de referencias bibliográficas a documentos publicados, diarios y memorias, estudios secundarios y obras de referencia.

[2] Lenin, V. I.: “Sobre las consignas”; en: Obras Completas, tomo XXVI, Akal Editor, Madrid, 1976, pp. 264-271. Se imprimió en forma de folleto como respuesta crítica al documento de la conferencia del Comité Central del 13-14 de julio.

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