La calma que precede la tormenta

Notas sobre la coyuntura postelectoral y sus perspectivas

Pasadas las dos rondas electorales, así como, en otro plano, dos años de pandemia y dos años de gobierno del Frente de Todos, está “despejado” el horizonte para reflexionar sobre la coyuntura nacional. Iremos de las manifestaciones en la superficie a las cuestiones más estructurales, y luego a los desafíos de la izquierda y el Nuevo MAS.  

Redacción Semanario Socialismo o Barbarie.


“El gobierno sabe que sin acuerdo con el fondo será peor, porque exigirá más ajuste, no menos. Más devaluación y cepos, no menos. Habrá una devaluación ordenada si hay acuerdo y si hay plan o la devaluación se hará desordenadamente si no hay plan” (Enrique Szewach, citado por Joaquín Morales Solá, La Nación, 1/12/2012)

  1. Un somero balance electoral

Con la votación del domingo 14 se cerraron las elecciones de mediano término. Paradójicamente, pocos problemas han sido resueltos por las mismas. Juntos finalmente se impuso nacionalmente por 8 puntos así como por un punto en la provincia de Buenos Aires. Por su parte, el gobierno logró una pequeña remontada –y, sobre todo, superar el pánico de desfondarse-, que lo dejó casi en un empate técnico en la provincia más importante del país, y abajo en la nacional y casi todas las ciudades capitales (dio vuelta distritos menos importantes como Chaco y Tierra del Fuego).

Juntos se impuso en 13 provincias, el gobierno en 9. El Frente de Todos perdió su mayoría propia en el Senado (aunque tiene más senadores que la oposición), pero logró quedar como primera minoría en diputados. El voto no tuvo un sentido claro y se fragmentó en gran medida.

Las clases medias reaccionarias votaron en masa a Juntos, o, incluso, hacia la fuerza electoral emergente de extrema derecha de Milei y Espert (no olvidar el voto de derecha extrema a López Murphy en las PASO)[1], mientras que el voto de los trabajadores/as en las fábricas –y lugares de trabajo más orgánicos- se repartió en cierto modo en partes iguales entre ambos partidos de la “grieta”, el FdT y Juntos, expresándose una fracción minoritaria incipiente pero real por la izquierda[2].

Entre los sectores de las clases medias progresistas y la juventud, una parte mayoritaria se mantuvo en el Frente de Todos y otra parte minoritaria votó al FITU[3] (no se nos escapa que una parte del voto juvenil, sobre todo de los varones, fue a parar a Milei y Espert).

Entre los trabajadores precarizados el gobierno recuperó una fracción de importancia (sumó el 14/11 440.000 votos más en el gran Buenos Aires), mientras que una franja minoritaria pero de importancia se inclinó por la izquierda (esta franja se había expresado incluso en la votación a Manuela Castañeira y nuestro partido a partir de nuestra campaña por los $100.000 de salario mínimo).

El FITU hizo muy buenas elecciones en municipios como la Matanza, Moreno, Merlo, José C. Paz, etcétera, y el voto por nuestro partido en las PASO tuvo un corte similar. La “combinación química” que explica esto es el voto trabajador precarizado –más o menos fragmentario- y el voto de los movimientos desocupados que todavía tenemos que explicar bien sus verdaderas razones -está el problema que tiene elementos, a priori, de “voto clientelar” por el funcionamiento de los movimientos sociales, aunque no deja de ser progresivo-.

En el primer cordón del gran Buenos Aires también hubo buenas votaciones para la izquierda, aunque dicho fenómeno ya viene repitiéndose de elecciones anteriores y no tenemos claro que se haya superado determinado techo –un techo transitorio, claro está, pero algo de este voto puede haber vuelto al gobierno por “miedo a la derecha”.

Lo concreto es que las elecciones no resolvieron ninguna de las tendencias a la crisis. Juntos ganó la elección, pero no quedó colocado como relevo automático del gobierno (su interna es feroz y difícil de resolver porque implica orientaciones distintas[4]).El gobierno salvó la ropa, pero dependerá de los desarrollos de aquí en más si se abre una crisis de gobernabilidad –anunciada antes de la votación, pero de momento en “suspenso”-, o si llega “entero” para pelear la reelección (la aspiración que Alberto Fernández verbalizó el miércoles 17/11 en su discurso en Plaza de Mayo es disputar la presidencia en 2023 previas PASO del Frente de Todos –es decir, que el candidato presidencial no surja de un diktat de Cristina Kirchner; el peronismo parece volver por sus fueros luego de décadas de kirchnerismo…).

Bullrich declaró que Juntos “ganó, ganando” y el gobierno “perdió, perdiendo” para retrucarle a Tolosa Paz, que de manera ingeniosa había dicho que el gobierno “ganó, perdiendo” y la oposición “perdió, ganando”, declaraciones que, paradójicamente, dadas las indefiniciones que dejó la elección, tienen ambas su miga de verdad(Macri acaba de declarar que la elección ya quedó atrás en medio de las borrascas del día en la Argentina, lo que también es cierto).

En definitiva, Juntos ganó por dos razones: una, que las cuarentenas y el cierre de la economía fueron leídas por amplias franjas sociales como excesivas (el gobierno tardó en avivarse para jugar la carta de la apertura). Y, sobre todo, el gobierno perdió porque Alberto y Guzmán aplicaron este año un ajuste económico que se hizo sentir:el voto castigo que se expresó en amplias franjas populares tuvo esta base material[5].

En este complejo contexto el gobierno tiene sus internas y la oposición también. Lo del gobierno está claro: aparentemente, todo el mundo se resigna al acuerdo con el FMI (aunque el kirchnerismo esté con más pruritos por el costo político de dicha operación).
Por su parte, Juntos tampoco la tiene fácil porque la elección no saldó el duelo entre “palomas” y “halcones”. Según La Nación, en el bunker de Juntos el domingo 14 por la noche, Larreta y Vidal tenían las caras largas porque no alcanzaron sus objetivos para saldar la interna del PRO –querían alcanzar 50 puntos en CABA y ganarle por más diferencia al Frente de Todos en la provincia-, mientras que Macri y Bullrich estaban exultantes por la elección en el interior del país (en general, todos los centros urbanos estuvieron corridos más a la derecha).

Así las cosas, las dos rondas electorales y los varios meses de incertidumbre político-electoral se “resolvieron” –se esfumaron, delirantemente- sin resultados categóricos ni para el oficialismo ni para la oposición. Y tampoco en relación al desencadenamiento de la crisis: si el gobierno logrará pasar el acuerdo con el FMI, podría“calmar” las aguas por un período. Pero si la negociación y las indefiniciones y contradicciones se estiran demasiado -¡atención que “demasiado” son unas pocas semanas!- se puede desencadenar una crisis devaluatoria tremenda y abrirse una crisis de gobernabilidad[6].

En definitiva: con el resultado electoral puesto –sumado al pícaro acto del miércoles 17/11 en Plaza de Mayo[7]al gobierno le volvió el alma al cuerpo (aunque esto puede durarle lo que un suspiro dada la posible dinámica de la crisis). Hasta el momento no se ha desatado la crisis anunciada por falta de reservas (falta de reservas aguda, como ha podido verse en la resolución prohibiendo la compra en dólaresde viajes al exterior en cuotas).

Sin embargo, una crisis general podría desatarse en cualquier momento si las negociaciones se estiran y el acuerdo con el Fondo no se firma de una vez (podrían desatarse elementos de una “situación pre-revolucionaria” donde habría que ver, cuestión fundamental, cómo reaccionan las masas, y cuanta contención logra la burocracia sindical y los movimientos de desocupados asociados al gobierno, amén del control territorial de los intendentes peronistas.)

  1. La economía como espada de Damocles[8]

El resultado electoral incierto en relación al futurodel país nos reenvía a lasraíces de la crisis. Son dos: una crisis económica que podría decantarse bajo la forma de un estallido devaluatorio y un nuevo default, y las relaciones de fuerzas irresueltas desde el punto de vista burgués.

La causa estructural de la crisis es económica. La cuestión aquí también es doble: el país no tiene “espalda económica” suficiente para afrontar el doble choque de un endeudamiento sideral a corto plazo heredado de la gestión de Macri por 44.000 millones de dólares pagaderos, a priori, en dos cuotas entre 2022 y 2023, además del gasto que significó la pandemia en 2020 y que llevó el déficit fiscal al 8%[9].

Este año el déficit cayó al 4% del producto (hubo ajuste) y, por lo demás, en todo o en parte de la deuda que vencía este 2021, se la está afrontando con los DGE girados por el FMI en concepto de “asistencia a los países por la pandemia”[10].

Este año el producto se ha recuperado en un 7%. Sin embargo, el año que viene se volvería a la mediocridad de un aumento de sólo 2%, y ni hablar si impacta una tercera ola pandémica (el gobierno acaba de declarar que no tiene en mente tomar ninguna medida frente a las nuevas variantes para “no frenar la recuperación económica del país”).

Sin embargo, en lo inmediato, el crecimiento económico no es principal problema (dicho exageradamente porque es un vector central para paliar la pobreza creciente[11]): el problema principal es la carencia –absoluta-de divisas. Las últimas medidas del BCRA suspendiendo el financiamiento de viajes al exterior en cuotas, muestra que el gobierno está “rascando el fondo de la olla” de unas reservas absolutamente exhaustas…

Las razones para esta carencia son variadas: van de lo más estructural–que enseguida abordaremos- al hecho que el país sea un colador en materia de control cambiario: las divisas entran y salen por el “mercado negro” (los mercados de dólares paralelos son eso: mercados negros o al menos grises). El país tiene 5 o 6 tipos de cambio, lo que hace imposible un funcionamiento económico normal.

La sobre y subfacturación de importaciones y exportaciones es la regla en el comercio exterior. El aumento del precio de las materias primas, sumado al poder de negociación de las organizaciones agrarias (que cuentan con el apoyo, además, de la oposición patronal), dificulta todo –tímido- “control” de precios o el aumento real de retenciones[12].Los argentinos tienen la quinta tenencia mundial de dólares billetes (400.000 millones de dólares) en un país ubicado en el lugar 50º en relación a su PBI…

Lo estructural es que la Argentina tiene recurrentes crisis de divisas porque las que ingresan no le alcanzan para funcionar. El sector agroexportador (MOA) es superavitario en el intercambio comercial –es muy competitivo según los estándares internacionales por la fertilidad del suelo y también por la inversión y una tecnología de avanzada-.

Sin embargo, el entramado industrial del país –que cuenta con un desarrollo relativo de importancia para un país dependiente- está, sin embargo, lleno de “agujeros” en materia de integración de ramas productivas, lo que significa que no puede funcionar sin un alto nivel de importaciones de medios de producción, partes e insumos; la balanza comercial de manufacturas de origen industrial (MOI) es neutra o deficitaria.

El sector extractivista –petróleo, gas y minería- paga pocas retenciones, no está claro que logre exportar masivamente y suele importar uno u otro insumo para cubrir la demanda.

A este déficit de la balanza comercial hay que sumarle un balance de pagos global (la suma de la comercial y la financiera) deficitario por una serie de razones, entre ellas, y sobre todo, el “eterno” pago de la deuda externa –en este caso, la deuda de cortísimo plazo con el FMI-, el turismo emisivo (el turismo que se lleva divisas al exterior[13]), etcétera.

Lógicamente que un país con mayor dotación de capital fijo, con mayores inversiones, con mayor integración de sus cadenas productivas –toda la integración que es posible en un mundo globalizado, claro está-, y un país que emitiera moneda dura (algo imposible en una nación dependiente, lo ponemos solamente como argumento formal), no sufriría estas recurrentes crisis de divisas que caracterizan la Argentina desde los años 50 del siglo pasado[14].

Dentro de este panorama general, lo más sustantivo es que los capitalistas -sean de origen argentino o las transnacionales que acaparan las ramas más importantes-, no invierten sus ingresos en la Argentina; “externalizan” sistemáticamente sus ganancias, lo que significa que, en un sentido, parasitan el país(“chupan la sangre” del trabajo no pagado y de las rentas que dan los recursos naturales sacando sus ingresos de la Argentina).

De esta manera,no existe formación de capital fijo en las ramas productivas que serían necesarias para un mayor entramado industrial. Y tampoco existe una mejora en las condiciones generales de la acumulación capitalista (autopistas, puertos, aeropuertos, etcétera[15]). Con lo cual, lo que ocurre, es que no se da una acumulación de divisas suficiente para que el país funcione al nivel que demanda su estructura social capitalista dependiente culturalmente moderna por así decirlo[16]

Y a esto se le suma, nuevamente, los problemas de gestión, en este caso heredados del macrismo. Desde 2018 el país vive en un “estado de devaluación permanente”. Luego de las jornadas de diciembre del 2017 que hirieron de muerte a Macri, se vinieron abajo las expectativas en su gobierno.

Las deudas que tomó su gobierno -como supuesto “adelanto” a unas inversiones que nunca llegaron-se multiplicaron con el mega-préstamo de corto plazo acordadocon el FMI, que el propio Macri admite que se utilizó para pagarle a los bancos comerciales que habían adelantado financiamiento para su gestión.

Como digresión señalemos que el colmo de la aberración económica es que cuandoasumió Macri, cada peso emitido se hizo contra emisión de nueva deuda en dólares-como supuesto “antídoto” contra la inflación-. Las proporciones entre moneda, crecimiento económico y divisas son variables. Cuando se emite mucho dinero y el crecimiento es escaso, dicha masa monetaria suele expresarse en un aumento de los precios: a más dinero e igual cantidad de mercancías, crecen los precios. Otra proporción en un país dependiente como el nuestro que no emite divisas, es entre la cantidad de pesos y la cantidad de dólares que se poseen. Sin embargo, estas son todas relaciones relativas, razón por la cual es una aberración haber endeudado el país en dólares por cada peso emitido. Se trató de una operación que, en definitiva, duplico las deudas.

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Durante 2018 y 2019 ocurrieron varias corridascambiarias,loque podría repetirse de manera inminente. Por otra parte, durante el 2020 la emisión monetaria fue aumentando, mientras que la economía caía en recesión por la pandemia y las cuarentenas; la inflación fue en aumento, lo mismo que la pobreza.

Atención que el aumento de la pobreza es significativo, eventualmente el mayor desde el 2001. Si dicho aumento se encuentra con una onda devaluatoria descontrolada, el resultado inevitable serían los saqueos. Algo que no se ve desde veinte años atrás pero que podría ocurrir de desatarse una crisis.

Durante 2021, pero sobre todo en los últimos meses,las reservas se desfondaron. Hay analistas que afirman que el BCRA tiene una posición negativa de 500 millones de dólares… de ahí que los rumores sobre un supuesto “corralito” tengan alguna verosimilitud.

Pero aun si esto no fuera así, si fuera realidad que las reservas líquidas alcanzan unos 3500 millones de dólares como afirma Martín Redrado, ex presidente del BCRA, de cualquier manera la cifra es irrisoria: alcanza para un mes de importaciones[17].

Y a todo esto podemos sumarle las presiones que vienen de la economía mundial, que suma incertidumbre por el rebrote de la pandemia, la tendencia al alza inflacionaria por el aumento de los precios de las materias primas, etcétera (“El rompecabezas de la situación mundial”, izquierda web).

Así las cosas, la inflación este año escalará más allá del 50%:¡lejísimos del 28% que anunciaba Guzmán a comienzos del 2021! Simultáneamente, en los últimos años,los salarios han sido triturados en dólares y contra la canasta de bienes reales. El salario promedio real no supera los 300 dólares, mientras que diez años atrás alcanzaba –groso modo– los 1000 dólares.

Tampoco se sostiene contra la canasta de bienes. Porque como bien dijimos durante la campaña electoral, el salario mínimo para febrero del año próximo recalará en miserables$33.000 cuando se necesitan, como mínimo, $100.000 para vivir.

  1. El acuerdo con el fondo como “cordón umbilical”

Es aquí donde viene a colocarse el “cordón umbilical” del acuerdo con el FMI (al mismo tiempo como “tabla de salvación” y salvavidas de plomo a mediano plazo).

Es que no hay nada que tema más la burguesía que un nuevo default. No solamente por el desarreglo económico que generaría sino, además, por la eventualidad deuna nueva rebelión popular.

En 2022 vencen 19.000 millones de dólares y en 2023 otros 18.000 millones, cifras impagables para el Estado. Si se cae en default, el país pasaría a funcionar sólo al contado, sin ningún tipo de crédito. Y, lógicamente, en la economía capitalista mundializada actual, esto es imposible.

El gobierno no tiene escapatoria a un acuerdo con el fondo. Por su parte, tampoco Cristina Kirchner tiene un plan alternativo (su carta significa una toma de distancia y un repliegue pero no postula ninguna alternativa[18]).

Y acá vienen los problemas: el fondo propone pasar del actual acuerdo de corto plazo (stand by) a un acuerdo de largo plazo: un acuerdo de facilidades extendidas que supone una serie de condicionalidades.

Es cierto que dicho acuerdo daría “un plazo de gracia” de un par de años antes de comenzar a pagar –es lo que quiso vender Alberto desde el comienzo de su gestión, aunque luego se le fuera deshilachando el discurso.

Pero a cambio de dicho plazo, el acuerdo exigirá medidas fiscales y contrarreformas como la laboral y jubilatoria para mejorar las condiciones de explotación para los capitalistas, y juntar las divisas para pagar[19].

Es decir: el acuerdo con el fondo y el ajuste económico van de la mano; son indisociables. ¿Y qué pasaría si no se acuerda? Pues bien: se entraría en una cesación de pagos y una espiral de crisis devaluatoria.

Lo paradójico del caso, además, es que de todos modos el fondo exige una devaluación para acordar: quiere licuar el gasto en pesos para ir ahorrando dólares para pagar.

El problema aquí es que como la economía argentina está –casi- completamente dolarizada, cada aumento del dólar, cada devaluación, lleva a que los precios busquen cubrirse en esa moneda. Es decir: el grueso del empresariado quiere que sus productos mantengan su valor en dólares, salvo, claro está, el salario…

Por otra parte, la carencia de divisas es tan aguda que el gobierno tiene cero márgenes de maniobra: o acuerda rápidamente, o se le puede venir un pandemónium.

De ahí que no sea casual, a la vez, el aumento de la pobreza incluso entre los sectores de trabajadores con empleo, mucho del cual, ya los sabemos, es empleo precario.

Nota aparte es que conforme ha avanzado la destrucción del salario también ha crecido la explotación del trabajo; dos ventajas comparativas del país a pesar de la crisis (ventajas para los capitalistas, claro está).

La Argentina tiene hoy un mercado laboral tripartito: a) un sector que todavía se conserva en blanco, b) otro precarizado o en “negro”, y c) la masa cuasi estructural de desempleados bajo planes sociales siendo los puntos b) y c) los que tienden a deprimir el salario y las condiciones de trabajo del conjunto[20]. Es decir: el llamado “ejército industrial de reserva” es enorme; más grande que la tasa de desocupación formal[21].

El default y la devaluación son la “espada de Damocles” que está en vista si el gobierno no acuerda urgentemente con el FMI. Esto hace que el poder de chantaje del fondo sea importante, más allá que Georgieva no esté en una posición cómoda (recibió cuestionamientos de los Estados Unidos meses atrás). Y, por lo demás, tema que una cesación de pagos en la Argentina desate una reacción en cadena internacional

De ahí el anunciado “plan plurianual” que se presentaría próximamente en el Congreso para consensuar entre las fuerzas patronales y trazar un “sendero de sustentabilidad de la deuda”.

Milei y Espert, al votar favorablemente el acuerdo con el fondo, desnudarían los límites de su prédica “antisistema”; cuestión que, batiendo el parche con la marcha del próximo sábado 11/12, la izquierda podría capitalizar como única fuerza opuesta al pago de la deuda.

Aquí hay algunas cuestiones a precisar: lo primero es que ante la menor sombra de duda acerca de que no se llegue al acuerdo, o que se postergue, o que existan matices, o lo que sea, todo puede volar por los aires por falta de reservas.

Evidencia de esta carencia son las medidas desesperadas que acaba de tomar el gobierno. La ya señalada suspensión del financiamiento en cuotas de los viajes al exterior generó una reacción inesperada como es el corte de las cuotas para los viajes hacia el interior del país. Esto más allá del encarecimiento de los precios turísticos.

También cayó pésimo el aumento del monotributo (¡por más del 50%!), aumento que impacta directamente no sólo sobre los sectores “autónomos”, sino sobre muchísimos trabajadores que están como “monotributistas” (por ejemplo, la masa de repartidores).

Incluso, una medida supuestamente “técnica”, como el ajuste de tenencia de divisas de los bancos privados, desató una ola de temores sobre que se vendría un corralito (la tenencia de depósitos privados en dólares es alrededor de 15.000 millones de dólares, pero viene sufriendo un “goteo” en los últimos meses que, si aún no es una corrida contra los bancos –por ahora se estaría lejos de eso-, es una señal de alerta amarilla de que la confianza en el sistema bancario es cada vez menor.

Segundo, el kirchnerismo se “retiró” del debate sobre el acuerdo con el fondo y su política es dejar hacer al gobierno afirmando en boca de Cristina que “es Alberto el que tiene la lapicera”… Si es verdad que no tienen un plan alternativo como ya señalamos, es un hecho que por primera vez el kirchnerismo expresa una presión y un malestar real con el problema de la deuda; malestar que podría provocar rupturas en la eventualidad que se desate una crisis en regla[22].

Juntos, por su parte, está dispuesto a suscribir el acuerdo con el fondo. Lógicamente, su apuesta es win-win: a) como expresión del empresariado, no cabe ninguna otra cosa en su cabeza que el sometimiento a los mercados internacionales, y b) Alberto y el Frente de Todos se harán cargo de pagar el costo político del acuerdo y el ajuste de una deuda impagable que contrajeron ellos…

Como se ve, la cuestión de la deuda es un ejemplo de la “encrucijada de contradicciones” de la que hablamos en el análisis de la situación internacional; una cuestión que ante la menor duda podría desencadenar una crisis general y que, si a estas horas parece estar “suspendida” con las mayorías populares pensando en las fiestas, en 24 horas podría darse vuelta toda la coyuntura.

  1. La Argentina, país anormal

Otra de las cuestiones no resueltas en el país son las relaciones de fuerzas. Las elecciones no las pueden resolver. Las relaciones de fuerzas se dirimen en enfrentamientos reales en las calles; así de simple es la cuestión.

Si seguimos el tren de comparaciones con Brasil, amén de todas las demás diferencias, veremos que, en realidad, en dicho país hubo una coyuntura extensa de crisis que pasó por la rebelión del 2013 contra Dilma Rousseff, siguió con el giro a derecha en el 2015 y con su destitución mediante un golpe parlamentario en 2016, la asunción de su vice, Michel Temer, la detención y proscripción electoral de Lula, y recién luego de estos desarrollos -muchos de ellos pautados por movilizaciones reaccionarias y derrotas graves como las contrarreformas laborales y jubilatorias-, el triunfo de Bolsonaro.

Los “halcones” argentinos plantean ese problema: gobernar en el centro político como Alberto, o algo más corridos a la derecha con Larreta y Vidal, no resolvería los problemas estructurales que preocupan a la burguesía. Por eso Macri agita ahora una política de “shock” a ser aplicada inmediatamente si llegaran al gobierno en 2023.

Macri intento hacerlo luego de revalidarse en las legislativas de 2017 y fracasó por la semi-rebelión desatada en diciembre de ese año. Hecha esa experiencia y devueltos a la actualidad, es una de las cuestiones que atribulan a la oposición (los diferentes cursos de acción eventuales que dividen sus fuerzas –más allá que ahora todos estén unidos en garantizar la gobernabilidad).

El proyecto de Macri, Bullrich, López Murphy, Milei y Espert es de derecha extrema o extrema derecha, según el caso. Pero el problema que existe es que dichos giros requieren de determinadas pruebas de fuerza.

Seguramente, la burguesía preferiría que dichas contrarreformas se impusieran mediante gobiernos centristas, es decir, sin traumatismos ni riesgos. Pero así no funcionan las cosas. De ahí que hayan comenzado a condicionar la agenda política desde la extrema derecha en la última campaña electoral y se verá cómo siguen las cosas[23].

La inflación hace su tarea y esmerila el salario real. Lo mismo ocurre con la precarización laboral, que definitivamente ha consagrado un nuevo mercado laboral en el país. Y todo esto se viene haciendo bajo el gobierno del Frente de Todos y la contención de la burocracia sindical (ahora unificada de manera preventiva para sostener a Alberto ante cualquier eventualidad).

Pero otra cuestión es avanzar en contrarreformas más abiertas que alerten a los trabajadores y los distintos actores sobre sus posibles consecuencias…

Como se está viendo en la dinámica mundial, radicalizar hacia la derecha puede genera rebotes hacia la izquierda… También puede ocurrir que se imponga una derrota en las relaciones de fuerzas y se avance en contrarreformas al estilo Brasil; todo depende de la lucha de clases.

Enfocándonos en Brasil y la presión que significa sobre la burguesía Argentina, no se llegó a Bolsonaro sin pasar por grandes crisis, una grave crisis y desmoralización de los trabajadores y la contención que operó el Partido de Trabajadores.

La contención del peronismo existe en la Argentina, pero no ha habido grandes derrotas ni existe desmoralización; más bien, contrariamente y a pesar del factor reaccionario de la pandemia, las relaciones de fuerzas en el país restan inalteradas.

El peronismo en la Argentina está plagado de contradicciones internas. Al mismo tiempo, en cierto modo, es más fuerte y más asentado históricamente que el PT. Lula es una figura de masas más carismática y más incuestionable que Cristina. Sin embargo, y paradójicamente, el peronismo es una fuerza más orgánica que el PT.

También surgen otras diferencias. Juntos tiene la confianza y el apoyo directo del empresariado; configura una fuerza por intermedio de la cual el empresariado gobierna sin mediaciones (aunque no es lo mismo eventualmente Larreta, más político por así decirlo, que Macri o Bullrich).

Por otra parte, en tanto que aparato político, el PRO -sumado a los radicales- es más débil que el peronismo. El peronismo controla más territorio y, sobre todo, controla al movimiento de masas (sindicatos y movimientos sociales).

La propia “arquitectura” del Estado argentino está todavía en cierto modo “enhebrada” con el peronismo (en realidad, en lo que tiene que ver con la cuestión territorial e institucional, también con Juntos). Esta es una razón por la cual sigue siendo difícil -por más gestor histórico del capitalismo que el peronismo sea- desarmar profundamente esa estructura.

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Una estructura que, en cierto modo, siendo burguesa hasta la maceta, expresa de manera distorsionada determinadas relaciones de fuerzas; de ahí la predica cotidiana de los grandes medios contra el kirchnerismo y Cristina que, “pobrecitos”, tantos favores les han hecho a los capitalistas…

De esa misma usina mediática vienen los relatos de que se habría “acabado un período político”; el período legado por el Argentinazo. Un análisis abusivo donde las relaciones de fuerzas heredadas de la rebelión popular estarían superpuestas al destino del kirchnerismo, lo que es un análisis mecánico y, por lo demás, abierto al desarrollo de la crisis que podría venirse y decantar para la izquierda o para la derecha; la cuestión está abierta.

Pero si en este terreno hay que apreciar una serie de cuestiones, delimitarlas, en todo caso el problema de este tipo de análisis superficiales –amen del error de superponer cosas que son distintas: el destino del kirchnerismo como fuerza política respecto de las relaciones de fuerzas más generales-, para cualquier cuestión más estructural no alcanza con una u otra elección y menos una elección como la reciente, que no ha resuelto gran cosa: hace falta que los desarrollos se salden en la lucha de clases.

Aunque un fenómeno electoral haya sido las votaciones a Milei y Espert, el fenómeno de la extrema derecha no es nacional y, por lo demás, no hay que perder de vista que electoralmente, y en la amplia vanguardia, la izquierda tiene un papel de primer orden.

Entre las organizaciones que integran el fitu y el nuevo más estamos en todos los fenómenos de la vanguardia; también en todos los movimientos léase el movimiento de mujeres, de minorías, ecológico, las luchas de vanguardia de los trabajadores, los desocupados, las ocupaciones de tierras, los repartidores en proceso de organización, etcétera.

Es difícil pensar la Argentina sin pensar en la presión por izquierda que pueden sufrir corrientes como el kirchnerismo e, incluso, segmentos de la burocracia sindical, si se desnudan demasiado hacia la derecha en medio de una gran crisis: de ahí que hacia adelante vayan a tener importancia las tácticas de frente único.

No puede perderse de vista el papel que puede cumplir la izquierda revolucionaria si se desata una gran crisis. Y, sobre todo, si dicha crisis es seguida por un ascenso de la lucha de clases.

El pleito de las relaciones de fuerzas no está resuelto en la Argentina. Alberto y Massa –con el acompañamiento pasivo de Cristina- del lado del Frente de Todos y Larreta y Vidal del lado de Juntos, pretenden resolver la crisis por la “amplia avenida del centro”. Sin embargo, el centro burgués luce con un deterioro relativo –aunque se haya vuelto a llevar la suma mayoritaria de los votos- debido a las tendencias a la polarización y la crisis estructural del capitalismo mundial y nacional.

Por otra parte, atención: la Argentina no es Chile donde una rebelión está en curso –aún si más o menos mediada- y se acaba de derrumbar electoralmente el sistema tradicional de partidos yendo la elección realmente a los extremos. (Atención que todas las encuestas adelantan que se impondría Boric, es decir, que se produciría un giro al centroizquierda más allá del escamoteo de la Asamblea Constituyente que significa votar presidente y cámara de diputados como si nada[24].)

Los centristas tienen la ventaja de “jugar de callados”: no desafían abiertamente las relaciones de fuerzas al tiempo que, gradualmente, van imponiendo el ajuste y ciertas contrarreformas. Sin embargo, también es real que al no resolver las relaciones de fuerzas se quedan a mitad de camino y el país vive de crisis en crisis.

Ahí es donde se colocan los “halcones”: plantean imponer de una cambios de fondo, estructurales, digamos “a lo Brasil”, para llevar el fiel de la balanza bien a derecha previa derrota del movimiento de masas.

Sin embargo, la Argentina no es Brasil. Las elecciones resultaron fragmentarias, sin un sentido claro, y la coyuntura regional no parece inclinarse hacia la derecha –ver las recientes elecciones en Honduras y mismo, eventualmente, la segunda vuelta en Chile- ni regionalmente ni internacionalmente.

La coyuntura en el extremo centro internacional augura polarización y más polarización y se verá qué sale de dicho enfrentamiento. Y lo mismo podría valer para el país si estalla una crisis sea por un default o sea porque se pasa un acuerdo con el FMI que implica un duro ajuste en 2022.

  1. Poner en pie un polo alternativo desde la izquierda

 Toda esta dinámica desafía a la izquierda y nuestro partido. Se podría decir, de manera realista, que la izquierda ha quedado como una cuarta fuerza electoral, algo de mucha importancia.

Claro está que esta fuerza electoral hay que traducirla en una mayor orgánica y, sobre todo, en una actuación firme y revolucionaria en el caso de desatarse una crisis.

No vamos a repetir aquí lo escrito en todos documentos. En todo caso saludamos la iniciativa común de movilizar en común las principales fuerzas de la izquierda contra el acuerdo con el fondo el sábado 11.

La convocatoria será seguramente un hecho político en cualquier escenario. Más aún si se desata antes o de manera concomitante una corrida contra el peso que agite las aguas y meta presión sobre los sectores del oficialismo más pasibles a las posiciones de la izquierda.

De momento no se aprecia procesos reales de radicalización. Pero la izquierda viene de hacer una campaña electoral audaz –en nuestro caso, no del fitu- y de obtener buenos resultados en distritos populares –el caso del fitu-.
Experiencias como las que estamos poniendo en pie de frente único para la convocatoria de la marcha contra el fondo opinamos que deben extenderse en el tiempo; expresan un reagrupamiento más avanzado que el otro espacio contra la deuda externa –que pregona simplemente investigación de la deuda y suspensión de los pagos- y también cierta superación de la experiencia de MVyJ que viene bastante en crisis por la defección oficialista del PCR.

Si se desata una crisis general se pondrán sobre la mesa tanto elementos de coordinación en medio de la crisis, de frente únicos de tendencia de lucha, como de frentes únicos de corrientes políticas hacia la izquierda al tiempo que la construcción estratégica de nuestro partido –de las corrientes que pasen por la crisis de manera revolucionaria, sin ceder a las presiones oportunistas.

Camino a la marcha del 11/12 y a nuestro plenario nacional de cuadros y siguiendo férreamente las leyes constructivas de partido de vanguardia en construcción, apostamos a que una eventual crisis radicalice la lucha de clases en el país, la polarice, y plantee que la izquierda enarbole un programa anticapitalista alternativo como el que agitamos masivamente en la reciente campaña electoral y presento en sociedad Manuela Castañeira y el resto de nuestras figuras.


 

[1]Aquí hay varias precisiones para hacer. Una de ellas es que en el voto a Juntos conviven votos al PRO y al radicalismo, votos que no tienen exactamente los mismos matices. Por ejemplo: la candidatura de Facundo Manes aparece como más “progresista” que la de los radicales del interior del país, por poner un caso. Una segunda precisión es que, en realidad, la que aparece como una candidatura de extrema derecha pura y dura es Milei (alardea acciones extraparlamentarias que se verá si concreta), mientras que Espert y López Murphy son de derecha extrema, pero no está claro que apunten a sacar los pies del plato del régimen político.

[2]En las fábricas se apreciaron “nichos” de voto a la izquierda (aunque dentro de una totalidad general que votó al oficialismo o a la oposición de Juntos).

[3]La elección del FITU en Jujuy fue impactante –se alzó con el 25% del electorado- pero hay que verificar si se trata de otro fenómeno “gaseoso” como las votaciones -en su momento- en Salta o Mendoza, o algo más orgánico. Atentos que en Mendoza así como en Santa Fe y Córdoba, en cuanto aparece algún fenómeno electoral de centro izquierda, la votación del FITU se desinfla (el partido verde en Mendoza, Del Frade en Santa Fe y los propios k –vistos como de “izquierda” en una provincia tan a la derecha- en Córdoba)…

[4]La centrista de Larreta y Vidal, y el “shock” que promueven Macri y Bullrich si ganaran las elecciones en 2023 (Macri insiste que el gradualismo fracasó y que por eso habría que ir a un ataque brutal apenas asuman un nuevo gobierno).

[5]Está claro que el voto de las clases medias reaccionarias tiene otra base vinculada a la defensa incondicional de la propiedad privada y, concomitante con esto, al tema seguridad.

[6]A nadie se le escapa que el peronismo tiene más gobernabilidad que Juntos: controla los sindicatos y los movimientos sociales mayoritarios.

[7]Que demostró que no todo son elecciones; que también, y sobre todo, valen las relaciones de fuerzas extraparlamentarias.

[8]Otra espada de Damocles tremenda sería un retorno a pleno de la pandemia, cuestión que no se puede descartar pero tampoco hay suficientes señales para adelantarla todavía.

[9]Aun con este gasto en pesos –irrisorio-, la pobreza ha aumentado de manera sideral: algo en torno al 40% de la población está debajo de la línea de pobreza (es decir, tienen ingresos por debajo de los $65.000), por no hablar de los que no llegan al nivel de indigencia (ingresos por debajo de los $30.000 en cifras aproximativas).

[10]El gobierno ha anunciado que pagaría otros 1800 millones de dólares al fondo el próximo 22/12.

[11]Sus índices cualitativos tienden a ser alarmantes.

[12]El “control de precios” de Felletti es un parche sin efectividad alguna. Además, los acuerdos en el sector de la carne son otro rompecabezas que no evita el aumento sistemático de los precios en las condiciones donde viene disminuyendo el consumo cárnico per cápita.

[13]El turismo emisivo gasta anualmente entre 10.000 y 5000 millones de dólares.

[14]El nivel cultural del país sumado al turismo y la necesidad incorporada de los viajes por el mundo –una necesidad que defendemos como un derecho para todos en el actual mundo globalizado-, suma presión sobre la carencia de divisas.

[15]Las condiciones generales de la acumulación capitalista remiten a las grandes inversiones de capital social general que suelen hacerse desde el Estado devengando una parte del plusvalor privado (el plan de Biden, con todo lo miserable que es, apunta a encarar este tema dejado de lado en las últimas décadas en los Estados Unidos.La presión, evidentemente, es la competencia con China).

[16]La estructura de clases de la Argentina es clásica: burguesía y proletariado y una “clase media” urbana de magnitud. Es decir, sin grandes cuestiones nacionales como es el problema mapuche en Chile, por ejemplo. Si sus fuerzas productivas –materiales- son atrasadas, el nivel cultural del país es relativamente alto.

[17]Las reservas del BCRA se componen de varios elementos: parte de los encajes de los depósitos en dólares en la banca privada (que, a priori, no se pueden tocar; si se tocan ahí se tiene el corralito); reservas en oro (que según la información oficial están en los Estados Unidos); una serie de papeles subproducto de los swaps con China y otros mecanismos indirectos de préstamo, los DGE del FMI, que se utilizaran para pagar deuda con el organismo a fin de mes, y las reservas líquidas en dólar billetes por la irrisoria cifra que estamos comentando.

[18]Las declaraciones altisonantes de Máximo o de Parrilli y algún otro k, son eso: declaraciones altisonantes de gente que no tiene ninguna alternativa real –ningún programa alternativo al albertismo.

[19]Se habla de que el fondo exige un 1.5% de déficit primario cuando este año se estaría en el 4% y en 2020 fue del 8%. Sólo ver la cifra para darse cuenta de la magnitud del ajuste educativo, jubilatorio, en la salud, en materia de infraestructura, etcétera, que se vendrá.

[20]Esto no quita que existan “bolsillos” de trabajadores con altos salarios relativos (automotrices, petroleros, aceiteros, etcétera).

[21]Acá se coloca el problema estratégico de que la generalidad de los movimientos de desocupados –sean oficialistas o dirigidos por la izquierda- no peleen por trabajo asalariado genuino.

[22]En esto desde la izquierda tenemos que tener muy presente la eventualidad de unidades de acción o frentes únicos con desprendimientos de esta fuerza. De aquí que también el acuerdo que hemos pasado las principales fuerzas de la izquierda para la marcha del sábado 11/12 deba sostenerse en el tiempo.

[23]Tenemos el honor que nuestro partido y Manuela Castañeira fuimos los primeros en salirle al cruce a Milei.

[24]Chile es un buen ejemplo de lo que significa que la constituyente no sea soberana. Ocurre que en el caso de serlo debería gobernar y no restar como una institución subordinada para dictar una constitución que, eventualmente, va a nacer maniatada. En todo caso se verá como sigue evolucionando la situación del país que en la reacción que demuestra contra Kast expresa que aun de manera distorsionada, la rebelión popular y sus asambleas populares y movimientos extendidos por todo el país continúan vivos y activos.

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