Fragmento de Dialéctica de la transición socialista, marzo de 2011

 

“La evolución del sistema soviético en la URSS, los choques entre las clases, mal dirigidos y mal regulados por una política errónea y zigzagueante, se traduce en una línea quebrada. Esto quiere decir que, por el momento, no podemos definir más que la tendencia general (…) muy bien expresada por la declaración de Rakovsky como la de la transformación del Estado proletario con deformaciones burocráticas en un Estado burocrático con restos comunistas. Los camaradas Jomiski, etc., están descontentos con esta definición dialéctica, dinámica, que admite que se podría producir en la línea quebrada un giro que modificaría la dirección prevista. El camarada Jomiski exige una definición estática que podría tener cabida en un manual y constituiría un punto fijo allí donde los hechos reales, los fenómenos controlados, no lo marcan”

L. Trigubov, “La declaración de abril y sus consecuencias” (30-7-1930), Cahiers León Trotsky, N° 6, París, 1980

 

La experiencia del siglo XX ha dejado profundas enseñanzas respecto de la dialéctica del desarrollo histórico. Lenin había definido la época abierta con la Primera Guerra Mundial como de “crisis, guerras y revoluciones”. A priori, la época de la transición al socialismo. Sin embargo, esa definición objetiva, absolutamente correcta, no tenía por qué habilitar una idea mecánica por la cual la historia tiene ineluctablemente un final feliz. Al respecto, y contemporáneamente, Rosa Luxemburgo había terciado con una definición de cuño engelsiano: la guerra mundial mostraba que la perspectiva para la humanidad era “el socialismo o la barbarie”. Es dentro de estas coordenadas generales que se deben leer las experiencias anticapitalistas del siglo pasado y los acontecimientos en curso del actual.

Esto viene a cuento porque la comprensión que se tenga de la dialéctica del devenir histórico condiciona hasta cierto punto la apreciación de las sociedades de transición (o, más exactamente, de transición bloqueada o abortada) en el siglo pasado, tanto la ex URSS cómo las de la segunda posguerra. La idea de que el tránsito al socialismo era “ineluctable” distorsionó la manera de apreciar su dinámica y sus leyes de desarrollo. Un error más grave aún fue considerarlas de manera completamente ahistórica, sobre todo los grupos antidefensistas defensores de la idea del “colectivismo burocrático”, pero también los del capitalismo de Estado.

Parte de este matriz es que se hayan considerado necesariamente de “transición” todas las economías de los países no capitalistas, incluso cuando estaba cada vez más claro que no conducían a ningún socialismo y que su tránsito real era más bien hacia el capitalismo.

Una concepción a la vez materialista y dialéctica del desarrollo histórico previene contra interpretaciones demasiado vulgares de que por una supuesta “necesidad histórica” esas experiencias se abrirían paso, de una u otra manera, en un sentido socialista (a este respecto desarrollamos una extensa polémica con un intelectual del PSTU de Brasil en “Notas sobre Las esquinas peligrosas de la historia de Valerio Arcary. El recurso al sustituismo social”, Socialismo o Barbarie 21, noviembre 2007).

En todas las sociedades esa transición quedó bloqueada al ser desplazada la clase obrera del poder (cuando llegó a estarlo). La producción nunca llegó a socializarse realmente; la economía pasó a estar centralizada por un Estado en manos de la burocracia, y la acumulación fue sistemáticamente dirigida en una dirección opuesta a la satisfacción de las necesidades humanas. Por ende, esas sociedades no pueden considerarse como hizo l mayoría del trotskismo de posguerra, “Estados obreros”.

En cuanto a la dialéctica histórica, flaco favor le hace afirmar que como se estaba en “la época de la revolución socialista”, lo que era y es correcto, tales sociedades no podían ser otra cosa que “Estados obreros” en diversos grados de “degeneración”. El razonamiento es que “en una época en que la contrarrevolución es burguesa, toda revolución anticapitalista es socialista” (V. Arcary, cit.). Para Arcary, una apreciación concreta de la experiencia histórica real de las revoluciones del siglo XX que escape al economicismo y determinismo habitual en las filas del trotskismo del siglo pasado sería un ejercicio de “posmodernismo”. Pero las definiciones no puedan estirarse al precio de deformarse totalmente y perder todo contenido. Un auto chocado sigue siendo un auto, pero si es imposible volver a hacerlo funcionar se transforma en chatarra, y es un engaño seguir definiéndolo como auto cuando ya ha perdido todo atributo de tal. Y una vulgar filosofía de la historia no puede reemplazar la tarea de dar cuenta de las enseñanzas del proceso histórico real, a fin de sacar las conclusiones del caso.

La dialéctica histórica es materialista pero no mecánica. Sociedades surgidas de la expropiación del capitalismo eran, por ende, no capitalistas; la burguesía fue expropiada y ésta fue una tarea histórica progresiva. Pero su determinación no podía ser la de Estados “obreros” o de automática transición al socialismo cuando la clase obrera no tenia ni arte ni parte en el ejercicio del poder, como es el caso de Cuba hasta el día de hoy, aun con la presencia de elementos emparentados con los de la transición socialista.

Ninguna supuesta ley histórica o filosofía de la historia puede resolver por sí misma el hecho de que la clase obrera no detentó el poder y que esas experiencias se terminaran desviando hacia una vía muerta y de allí de vuelta al capitalismo. Porque el carácter evidentemente anticapitalista de las revoluciones de posguerra no podía anular la dialéctica que supone la revolución socialista: un Estado obrero requiere de la clase obrera al frente. Y si esto no ocurre, lo que se desarrolla, así sea “inorgánicamente”, es otra cosa: una suerte de aborto histórico dónde la transición al socialismo queda bloqueada, más allá de que sirviera a la acumulación de experiencias y generara efectivamente conquistas que defender, como sigue siendo el caso hasta hoy de Cuba.

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Una analogía útil para la comprensión de la dialéctica histórica es el desarrollo del darwinismo moderno. Entendemos como del mejor cuño marxista aprovechar los desarrollos de otras ciencias para iluminar los nudos problemáticos del materialismo histórico. Los biólogos dialécticos Lewontin, Kamin y Rose ofrecen en ese sentido sugerentes criterios metodológicos y epistemológicos: “Es característico del reduccionismo asignar pesos relativos a distintas causas parciales e intentar evaluar la importancia de cada causa manteniendo constantes todas las demás mientras se hace variar un solo factor. Las explicaciones dialécticas, por el contrario, no separan las propiedades de las partes aisladas de las asociaciones que tienen cuando forman conjuntos, sino que consideran que las propiedades de las partes surgen de estas asociaciones. Es decir, de acuerdo con la visión dialéctica, las propiedades de las partes y de los conjuntos se codeterminan mutuamente” (Lewontin, Rose y Kamin, No está en los genes, Barcelona, 2003, p. 23).

Puede echar luz sobre la singular evolución de la URSS, por ejemplo, esta observación de tipo general sobre la mecánica del desarrollo: “La metáfora más reciente, introducida por primera vez en el siglo XIX, es un singular legado intelectual de Darwin. Es la metáfora del ensayo y el error, del desafío y la respuesta, del problema y su solución. Según este modelo, los organismos, las sociedades y las especies se enfrentan a problemas que les plantea la naturaleza exterior, independientes de su propia existencia, y reaccionan ensayando soluciones diversas hasta que encuentran una adecuada. El arquetipo es el modelo variacional de la evolución darwiniana. El mundo exterior plantea problemas de supervivencia y reproducción. Las especies se adaptan probando variantes al azar, los ‘ensayos’, algunos de los cuales triunfan reproductivamente, difundiéndose entre la especies y proporcionándoles una respuesta adaptativa al desafío exterior” (ídem, p. 331).

En un sentido similar, para el paleontólogo estadounidense, ya fallecido, Stephen Jay Gould, el desarrollo natural está pautado por determinaciones materiales pero también por imprevistos y circunstancias fortuitas que dirigen las cosas en direcciones no previstas.

Las últimas dos décadas mostraron en la biología una polémica creciente contra las concepciones más deterministas, sobre todo en lo referente a la ciencia de la evolución. Esta recepción, actualización y reelaboración de la teoría de Darwin sigue un criterio dialéctico valioso e instructivo para el abordaje de las experiencias socialistas y anticapitalistas del siglo pasado. Desde ya aclaramos que no somos especialistas en biología ni epistemología, y nos disculpamos por anticipado por posibles imprecisiones que esta reflexión pueda contener.

Un aspecto a rescatar de este corpus es una apreciación de la dinámica de la evolución de la naturaleza que rompe con el mecanicismo ambiente sin perder el terreno material de las cosas.

Es sabido que Darwin rompía con las teorías creacionistas, que explicaban la aparición de la vida y las especies como un fiat divino, un “hágase la vida” sobrenatural. En Darwin, el mecanismo de la evolución es material: la selección natural, dependiente de la aptitud adaptativa de las especies a los cambios en el medio ambiente. Darwin es muy enfático en señalar que no podía haber “eslabones perdidos”: la evolución no da saltos, afirmaba. Y si había saltos en el registro fósil, esto se debía simplemente a la insuficiencia de los datos y las investigaciones.

En cambio, Gould recoge algo de la tradición “catastrofista” para entender las situaciones precisamente catastróficas. ¿Cómo explicar los saltos de registro fósil cuando realmente no pueden ser llenados, no porque falten investigaciones sino porque se produjo un real salto evolutivo? Gould desenvuelve la teoría del “desarrollo puntuado”, que intentar dar cuenta de los saltos evolutivos. En el curso de la evolución, contra lo que creía Darwin, no todo era gradualismo evolutivo: había verdaderas catástrofes que cortan toda una línea de desarrollo, incluso cegando toda una “cantera de vida”.

Incluso más: el curso de la historia natural da lugar a toda una serie de desarrollos en paralelo, muchos de los cuales terminan en ninguna parte. Un ejemplo muy conocido es el de los homínidos: hubo varias líneas de desarrollo que podían conducir a los humanos modernos. Pero muchas de ellas quedaron, o se desviaron, a vías muertas. Solamente la que dio lugar al homo sapiens se terminó afirmando para dar lugar a los humanos modernos. En el fondo, la idea sorprende por su sencillez: el proceso de la historia natural combina elementos de determinación material y también circunstancias no previstas, accidentes históricos: “Las redes y cadenas de los eventos históricos son tan intrincados, tan imbuidos de elementos casuales y caóticos, tan irrepetibles en dar lugar a tal multitud de objetos singulares (y singularmente interactuantes), que los modelos estándar de simple predicción y replicación no se aplican. La historia puede ser explicada con significativo rigor si la evidencia es adecuada, luego de una secuencia de acontecimientos, pero no puede ser predicha con ninguna precisión por anticipado” (S. J. Gould, La riqueza de la vida, Vintage, Londres, 2007, p. 210).

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Desde ya, esos “accidentes” no ocurren en cualquier terreno sino sobre la base material de las circunstancias determinadas. Accidentes históricos en eras geológicas diferentes tienen impactos diferentes, y lo propio ocurre con la historia humana: las circunstancias “accidentadas” no tienen las mismas características, ni consecuencias, en la sociedad feudal que en la transición del capitalismo al socialismo: “Las explicaciones dialécticas intentan dar una interpretación coherente y unitaria, pero no reduccionista del universo material. Para los dialécticos, el universo es unitario pero está sometido a continuo cambio; los fenómenos que podemos ver en cada momento son partes de procesos, procesos con historia y un futuro cuyos caminos no están sólo determinados por sus unidades constituyentes. Los conjuntos se componen de unidades cuyas propiedades pueden ser descritas, pero la interacción de estas unidades en la construcción de los conjuntos genera complejidades que dan lugar a productos cualitativamente diferentes de las partes que los componen” (Lewontin, Rose y Kamin, cit., p. 23).

Tanto en la naturaleza como en la historia, las cosas no funcionan según un determinismo natural, histórico o social de tipo mecánico. No hay automatismo que haga que la sociedad vaya al socialismo, cómo tampoco ningún mecanicismo predeterminado que obligara, por caso, a la burocratización de la Revolución Rusa. Sobre un terreno material e histórico determinado, esto dependió de la interacción de determinadas fuerzas y peleas socio-políticas, que tampoco admiten explicación a priori sino sólo a posteriori.

El escenario histórico está pautado, y de manera creciente, por la alternativa de socialismo o barbarie histórico-natural, en la que la acción humana tiene un peso histórico relativo cada vez mayor: “La interacción entre el organismo y el medio ambiente está entonces, incluso para los no humanos, lejos de los modelos simplistas ofrecidos por el determinismo biológico. Y esto es especialmente cierto en el caso de nuestra propia especie. Todos los organismos legan al morir un medio ambiente ligeramente modificado a sus sucesores; los humanos, más que ningún otro, afectan constante y profundamente su medio ambiente, de tal modo que a cada generación se le presenta un conjunto bastante novedoso de problemas que debe explicar y decisiones que debe tomar; nosotros hacemos nuestra propia historia, aunque bajo circunstancias que no han sido elegidas por nosotros mismos (…) Éste es el motivo por el que la única cosa sensata que se puede decir sobre la naturaleza humana es que está ‘en’ esa misma naturaleza la capacidad de construir su propia historia. La consecuencia de la construcción de esa historia es que los límites de la naturaleza humana de una generación se vuelven irrelevantes para la siguiente” (ídem, p. 25).

De allí también que la entrada en la época de la revolución socialista no tenía forma de garantizar por sí misma que las revoluciones anticapitalistas de la segunda posguerra fueran indefectiblemente socialistas, o que la transición fuera necesariamente al socialismo. Se trata de revoluciones anticapitalistas y economías no capitalistas, sin duda. Pero el desarrollo histórico en todo el decurso del siglo pasado muestra que no todos los caminos revolucionarios deben conducir al socialismo. Está la posibilidad de que los procesos aborten y vayan a vías muertas.

Es este criterio materialista, pero no determinista, el que desarrolla lo mejor de la biología dialéctica actual y también los estudios de Gould: “La historia incluye demasiado caos, o extrema dependencia en pequeñas e inconmensurables diferencias en las condiciones iniciales, llevando a resultados masivamente distintos basados en pequeñas y desconocidas disparidades en los puntos de comienzo. Y la historia incluye mucha contingencia, o la configuración del presente como resultado de una larga cadena de impredecibles estados anteriores, en vez de determinación inmediata por leyes ahistóricas de la naturaleza (…) Los humanos emergieron como un resultado fortuito y contingente de miles de eventos vinculados, dentro de los cuales uno de ellos podría haber ocurrido de otra manera y llevado la historia a una vía alternativa que nunca hubiera dado lugar al [desarrollo humano] consciente (…) Esta visión es altamente contradictoria con el determinismo convencional de los modelos de la ciencia occidental” (S. J. Gould, cit., p. 211).

Como a nuestro juicio la dialéctica es una sola, histórica y natural, las evoluciones recientes algo tienen para decirnos acerca de la auténtica revolución socialista en el siglo XXI. Y la primera lección es que no podemos reposar plácidamente sobre las “leyes de la historia”: si no hay una lucha consciente, si no está la clase obrera peleando conscientemente, el proceso no va al socialismo. Y esta condición vale asimismo para la transición socialista. Y en lo metodológico, lo que nos plantea el curso histórica del siglo XX es ir de las formulaciones teóricas a priori, de los esquemas histórico-universales, al análisis de las experiencias concretas de transición iniciada pero fallida y volver a generalizar a partir de ellas. Ya decía muy bien Gould en su propio terreno que “para entender los eventos y generalizar las vías de desarrollo de la vida, debemos ir más allá de los principios de la teoría evolutiva, al examen paleontológico de las contingencias de la historia de la vida en nuestro planeta” (ídem, p. 221).

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