Polémica

No, subir el salario mínimo no genera inflación

A la campaña del Nuevo MAS y Manuela Castañeira han respondido con el prejuicio sin fundamentos de que los aumentos salariales generan inflación. Respondemos a la propaganda empresarial y "progre" que intenta justificar la miseria para los trabajadores.

Federico Dertaube
Editor del Suplemento semanal de Izquierda Web.


Argumentos de los más variados (y absurdos) se han planteado para justificar una única idea: los salarios no pueden subir más que hasta cierto techo. Apenas un poco más arriba de lo «necesario» significaría un problema económico general, daría impulso a la ya muy alta inflación en Argentina.

Con pretensiones de «ciencia» se quiere justificar una idea política. Economistas «progres» y liberales se unen en un coro de seudo neutralidad científica para defender los intereses de los empresarios. Porque es de notar que siempre tienen una batería bien cargada de pólvora para bombardear con argumentos sobre las funestas consecuencias de los aumentos de salarios pero nunca, jamás, encuentran fundamentación económica alguna para encontrar un límite a los ingresos de los empresarios. Los ingresos de los trabajadores tendrían un límite «natural», objetivo, inmutable… los de los empresarios apenas uno «moral», en el mejor de los casos. 

Sin embargo, como hemos dicho en otro lado, en el último año los ingresos de los trabajadores se han reducido en favor de las ganancias empresarias. Evidentemente, la proporción de la riqueza que va a trabajadores y empresarios no es una suma fija. Así lo demuestran los hechos.

Veamos, de la manera más sintética y simple que podemos, por qué los «argumentos» que dicen que aumentar los salarios tiene por consecuencia una mayor inflación son, en el mejor de los casos, un error; cuando no son mentiras malintencionadas.

«Aumentan los costos»

La cosa sería aparentemente muy simple. Cada mercancía lanzada al mercado tiene un costo para el empresario. Basta imaginar el libro de cuentas: si una de las variantes que componen el «costo» sube, entonces es completamente natural que el precio final lo haga proporcionalmente.

Este argumento es, ciertamente, muy viejo. El propio Marx dedicó uno de sus trabajos (Salario, precio y ganancia) a refutarlo.

Volvamos a nuestro libro de cuentas imaginario de nuestro capitalista imaginario. Éste revisa los números y, obviamente, no quiere ganar menos. La solución es, entonces, de lo más simple: lo que perdió por un aumento salarial lo recupera aumentando los precios.

Los principales defensores de esta tesis creen ser profundamente progresistas, se indignan con su capitalista imaginario pero se inclinan ante la fatalidad de los hechos, bajan los hombros y se resignan: el empresario imaginario aumentó los precios imaginarios y no hay nada que hacer más que suspirar por las eternas leyes de la economía, tan injustas e imaginarias.

Pero detengámonos un segundo: ¿desde cuándo el capitalista individual puede arbitrariamente asignar el precio que se le antoja a sus mercancías? Ni siquiera el más poderoso de los monopolios puede hacer semejante cosa. No hay una sola escuela de economía política, ni una, que sostenga que así son las cosas.

Dice Marx en el trabajo ya citado:

Indudablemente, la voluntad del capitalista consiste en embolsarse lo más que pueda. Y lo que hay que hacer no es discurrir acerca de lo que quiere, sino investigar su poder, los límites de este poder y el carácter de estos límites.

Afirmar que el capitalista puede subir los precios a su antojo es negar la existencia de la competencia y el mercado. Uno de ellos sube los precios, otro de la misma rama hace lo mismo pero ve una oportunidad y los sube menos para poder tener una parte mayor del mercado en disputa, el primero se da cuenta del problema y los sube aún menos que el otro… y así hasta que del aumento de precios porque hubo aumentos de salarios no quede nada. Sin mencionar que los consumidores también juegan su papel y probablemente dejarían de comprar algunos productos si aumentaran más de la cuenta. El juego de la oferta y la demanda hace completamente imposible que se establezcan precios de manera tan arbitraria. 

Intentar entender los precios (o los valores) a partir de los «costos» es una idea vieja completamente deslegitimada. Porque el problema es el siguiente: si los valores de las mercancías se determinan por los costos… ¿Cómo determinamos los costos? Evidentemente, por los precios de las mercancías que son parte de ellos: la tela en el caso de la producción de ropa, el metal en la de tenedores, etc. Pero esas mercancías también tienen valores que deben ser explicados. La conclusión es, entonces, que los costos son determinados por los costos.

David Ricardo fue el primero en darse cuenta de este razonamiento circular en el que se había trabado la economía política anterior a él y logró llegar a una conclusión revolucionaria para esta ciencia. Hizo una distinción entre los «costos» de las mercancías y el trabajo necesario para su producción como fuente de valor. Las materias primas simplemente transfieren su valor original, creado por el trabajo, a la nueva mercancía en su proceso de producción.

El mismísimo Adam Smith había confundido en varias de sus elaboraciones «costos» con la determinación de los valores por el trabajo. Siendo quien le dio comienzo a la economía política como ciencia, hizo muchos (muchísimos) aportes hoy en día vigentes. Uno de ellos viene al caso: el concepto de «precios naturales». Hasta entonces, era recurrente también intentar explicar los precios simplemente por oferta y demanda. Los precios de una mercancía bajan si su oferta sube en relación a la demanda, suben en el caso contrario. Pero la oferta y la demanda explican las oscilaciones, las subas y bajas. ¿Qué pasa si oferta y demanda están equilibradas? Es evidente que, en caso de equilibrio, la oferta y demanda dejan de explicar por qué una mercancía es más cara que otra. Ese punto de equilibrio, en torno al cual oscilan los precios de mercado, es a lo que Smith llamó «precios naturales».

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A partir de esa idea es que se desarrollaría luego (primero por Ricardo y luego, más profundamente, por Marx) el concepto de «valor de cambio». En un sistema de intercambio de mercancías, el valor de cambio es la proporción en la que una mercancía puede ser intercambiada por otras. La expresión de esta proporción en dinero es el «precio», que sube y baja en torno al valor de cambio con los cambios de la relación entre oferta y demanda. ¿Y cómo se determinan los valores de cambio en la sociedad capitalista? Por la cantidad de trabajo socialmente necesario para la producción de la mercancía que porta ese valor, demuestra Marx, quien sistematizó y superó las elaboraciones de Smith y Ricardo. Lo hizo analizando las leyes de funcionamiento del capitalismo como históricas, no naturales de toda sociedad humana. No nos detendremos en la ridícula teoría marginalista de los precios, a la que ya respondimos en La absurda teoría liberal austríaca de valores y precios.

Con el aumento de los «costos» por la suba de los salarios no cambia la cantidad de trabajo que contienen las mercancías, su valor no necesariamente varía en consecuencia. Con el mayor poder adquisitivo del salario, sí puede darse que aumente la demanda de productos de primera necesidad que consume la clase trabajadora. Pueden, entonces, aumentar esos precios (y solo esos) y por lo tanto subir proporcionalmente las ganancias relativas en las ramas de la producción correspondientes. Pero si hay más ganancias por las subas de los precios (insistimos, en esas ramas en especial), es prácticamente seguro que crecería proporcionalmente la inversión en ellas, que se produzca más y por lo tanto que suba la oferta. Los valores volverían entonces a su punto de partida. «Los períodos de tiempo medios durante los cuales se compensan entre sí las fluctuaciones de los precios en el mercado difieren según las distintas clases de mercancías, porque en unas es más fácil que en otras adaptar la oferta a la demanda» agrega Marx.

Claro que todo esto está distorsionado por la economía altamente inflacionaria de Argentina. Los «valores» en apariencia están siempre sistemáticamente subiendo (¡y cuánto!). Pero en realidad se está devaluando la unidad de medida, la moneda, el peso. Los valores, con todas las demás circunstancias iguales, se mantienen. Un vendedor de zapatos podrá comprar la misma cantidad de pantalones con ellos si hipotéticamente los primeros pasaron de cinco mil pesos a diez mil y los segundos de cuatro mil a ocho mil. Se expresan de maneras diferentes en pesos (5 mil y 4 mil/10 mil y 8 mil) las mismas relaciones de valor. La inflación es una subida generalizada de los precios, no necesariamente de los valores. Hay, entonces, una sola mercancía que viene perdiendo sistemáticamente, año tras año, con la inflación: la fuerza de trabajo. Su precio, conocido como salario, cae frente a todas las demás.

Las ganancias y el salario

¿De dónde saldría el dinero para pagar ese aumento? Eso preguntan con regularidad los progresistas que tienen por vocación la rendición ante lo establecido y los derechistas que tienen la de odiar todo lo que no sea un millonario.

Hay algo con lo que no hay escuela económica que no pueda estar de acuerdo. Una vez vendida la mercancía, la plata salida de ella tiene tres destinos: reponer el capital usado (y ampliarlo), al consumo de los empresarios y al de los trabajadores. ¿Cómo se explica cuánto va a cada uno?

Los economistas liberales y keynesianos (inclinados servilmente a los empresarios), intentan dar una explicación que niegue la explotación como base de la sociedad capitalista. Hablan de la «retribución de los factores productivos». Éstos serían, resumidamente, el capital y el trabajo. Según esta idea, las ganancias y salarios se dividirían según cuanto aporta cada uno a la producción.

Esta noción es bastante absurda por muchos motivos. Entre otras, la idea neoclásica de la «productividad del capital» no tiene base alguna. Rolando Astarita lo explica bien en este artículo.

Pero no nos detengamos en eso. Vamos a lo que nos concierne: si las ganancias y los salarios estuvieran fijados de una vez y para siempre según cuanto «aportó» cada uno, entonces toda nueva distribución sería imposible sin una transformación previa en la producción.

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La única manera de sostener semejante disparate es negar que haya existido alguna vez una suba del salario real generalizada sin una transformación previa en la forma de producción en todas las ramas de la economía a la vez (o al menos en una porción significativa).

Esta teoría, para ser tomada en medianamente en serio, necesita negar casi toda la historia del movimiento obrero. En general, los grandes aumentos salariales se han dado por rama de producción.

Pero hay casos en los que el salario real subió de manera generalizada. Tal vez los más emblemáticos son las conquistas de la limitación legal de la jornada laboral. Cuando la jornada laboral legal baja sin que se modifiquen los salarios, el salario por hora está aumentando en todos lados al mismo tiempo. Así sucedió, por ejemplo, con la conquista de la jornada de 10 horas en Inglaterra en la década del 40′ del siglo XIX y con la de las 8 horas en Estados Unidos, cuando fueron asesinados los Mártires de Chicago. En ambos casos, mientras se extendían los reclamos, ejércitos de plumíferos economistas dedicaron su profesión a explicar por qué era imposible darle a los obreros lo que pedían sin el derrumbe de toda la sociedad. Como es sabido, estuvieron en todos los casos, sin excepción, completamente equivocados.

La fuerza de trabajo, como toda mercancía, tiene por valor el trabajo socialmente necesario para producirlo. ¿Y cómo se mide? Por la sumatoria de valores de las mercancías necesarias para producir y reproducir la vida del obrero. Sus valores están determinados, a su vez, por el trabajo socialmente necesario para producirlas.

Así, el valor está compuesto, explica Marx, por: el capital constante (maquinarias, materias primas, etc.), el capital variable (salarios) y el plusvalor. Las mercancías que componen el capital constante simplemente trasladan su valor a la nueva. El nuevo valor es producido exclusivamente por la fuerza de trabajo. En una jornada laboral, el trabajador produce en una parte de su jornada el valor igual a su salario diario y en otra el plusvalor, la fuente de ganancias de los empresarios.

Así, si las mercancías necesarias para la producción y reproducción de la vida del obrero representan una jornada laboral de seis horas pero la jornada laboral es de 8, dos horas de ese trabajo se las apropia el capitalista. Ese es el plusvalor, que luego se divide entre diferentes categorías de capitalistas (ganancia industrial, ganancia comercial, interés y renta).

¿De dónde saldría el dinero para pagar el aumento de salarios entonces? Del plusvalor. La cosa es bastante simple: aumentar los salarios implica reducir la tasa de ganancia empresarial.

Es curioso que nadie entre quienes sostienen que la distribución entre salarios y ganancias es una cosa más o menos inmutable hayan argumentado algo similar cuando, entre 2020 y 2021, la participación de los empresarios en los ingresos aumentó a costa de los trabajadores. El planteo es, entonces, evidente propaganda empresarial.

Se trata, en última instancia, no de leyes inmutables de la naturaleza sino del conflicto de intereses opuestos. «El problema se reduce, por tanto, al problema de las fuerzas respectivas de los contendientes» dijo Marx.

Emisión

Este es, probablemente, el más insólito y ridículo de los argumentos en danza. Hay quienes sostienen (es cierto, son pocos) que para aumentar los salarios habría que emitir moneda. Y eso significaría, por supuesto, más inflación.

Hay sectores del progresismo que sostienen contra el monetarismo liberal que no toda emisión de moneda es inflacionaria. Y tienen razón en términos generales. Pero nuestro problema hoy es concreto: en la Argentina del 2021, en sus condiciones económicas reales, la emisión es inflacionaria.

Ahora bien: ¿en qué retorcida cabeza puede caber que necesariamente aumentar los salarios implica emitir más moneda? Hay un solo y único empleador que tiene el poder de hacerlo para pagar ese aumento: el Estado. Todos los demás (la amplísima mayoría) deberían ver reducidas sus ganancias. Pero, incluso en el caso del Estado, tiene muchos recursos para aumentar los salarios de docentes y médicos (por ejemplo) sin necesidad de emitir: bajar los sueldos de los altos funcionarios, dejar de pagar la deuda externa que ahoga al país, etc.

La única manera en que podría tener algún mínimo sentido creer que aumentar los salarios implica crear nuevo dinero es que no hubiera otro dinero circulando en toda la economía que no sean los salarios. Es decir, en una sociedad en la que los asalariados son el 100% de la población (rondan actualmente el 70% de la población activa). Pero no: la mayoría del dinero del país no está en manos de los trabajadores. De esa mayoría, de las ganancias de los empresarios, es que debe salir el dinero para que haya un salario mínimo de 100 mil pesos en la Argentina del 2021. 

 

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