Se fue el 2020, el coronavirus no

No se puede enfrentar la pandemia con ajuste

En toda Europa, Estado Unidos y Latinoamérica la pandemia está cobrando nueva fuerza y los analistas más serios prevén que llevará todo el 2021 que la campaña de vacunación de sus frutos.

Martín Primo
Director del semanario Socialismo o Barbarie.


2020, un año difícil marcado en primer lugar por la pandemia de COVID-19, la crisis económica, la inflación y el ajuste del gobierno. Un año duro, que si lo pudimos cerrar con una sonrisa, fue gracias al extraordinario e histórico triunfo que significa la legalización del aborto legal en la Argentina. Una victoria inmensa que trasciende nuestras fronteras y que mal que le pese a muchos sí tiene artífices: la marea verde y toda la impresionante movilización de la juventud, cientos de miles de pibas y pibes, quienes junto a los sectores que desde hace años venimos luchando por este derecho, les arrancamos al gobierno y al Congreso una ley que por voluntad propia jamás hubiesen votado como lo demostraron los doce años de gobierno kirchnerista dedicados expresamente a negar este derecho, y la votación del Senado en 2018.

Durante diez meses la población hizo un esfuerzo enorme para tratar de frenar el contagio. Fueron largas semanas de encierro en la casa, de no ver a los familiares, de tomar miles de precauciones para no toser, no estornudar, cargar el alcohol en gel, el barbijo.

Fueron diez meses en que los trabajadores y trabajadoras de la salud (médicos, enfermeros, personal no médico) se jugaron al máximo para luchar contra un virus que no conocían. Lo hicieron abnegadamente, hasta el agotamiento, sin los recursos necesarios, sin los sueldos que se merecen, viendo como sus compañeros se contagiaban y como no había quien los reemplace en sus funciones duplicaban sus tareas.

Fueron diez meses en que gran parte de la juventud trabajadora sufrió el despido o la precarización de sus condiciones de trabajo. La juventud que estudia vio imposibilitadas o dificultadas al máximo las posibilidades de avanzar en sus carreras y sus proyectos educativos. Los más chicos vieron cerradas sus escuelas y debieron afrontar todo un año de incertidumbre sin que desde los gobiernos nadie hiciese nada para garantizar la vinculación y conectividad de cientos de miles de pibes y pibas con sus maestros.

Fueron diez meses en que los trabajadores y trabajadoras de la educación debieron improvisar en 24 horas todo un nuevo método de enseñanza para tratar de sostener con su solo esfuerzo y garantizándose ellos mismos los recursos materiales y económicos, una educación virtual que, pese a todos sus esfuerzos, dejaba afuera a miles de estudiantes. Y una vez más sin el menor acompañamiento de las autoridades educativas que se limitaron a sobrecargarlos de tareas burocráticas sin sentido.

Fueron diez meses durante los cuales la inmensa mayoría de la clase trabajadora (aquella que no perdió el trabajo), se vio obligada a seguir trabajando en condiciones de mayor explotación, con descuentos en sus salarios. Trabajando en sitios en donde los protocolos sanitarios siempre se decían “estrictos” (el adjetivo estricto, pareció seguir al sustantivo “protocolo” con tanto empecinamiento como liviandad en la boca de funcionarios y burócratas). Pero dichos protocolos eran insuficientes y en muchísimos lugares ni se cumplían, exponiéndose de esa forma ella misma al contagio y por medio de sí, a toda su familia. Además, el sector de trabajadores informales no solo perdió su trabajo, sino en muchísimos casos sus viviendas dado la imposibilidad de sostener el pago de un alquiler. Ese fue el trasfondo de las recuperaciones de tierras, con la toma de Guernica como caso testigo, el cual tuvo como principal respuesta del gobierno la policía, la topadora y la quema de casillas.

Fueron diez meses durante los cuales los más viejos se llevaron la peor parte. El virus se empecinó con ellos más que con nadie. Fueron larguísimos meses de encierro, con miedo a ver a sus hijos y nietos. Largos meses de una vida que se sabe ya no tan larga. Y como si el coronavirus fuera poca cosa, a esto se le sumó el empecinamiento del gobierno que usó a las jubilaciones como preferencial recurso de ajuste. Alberto Fernández no solo suspendió la movilidad jubilatoria y la reemplazó por un sistema arbitrario y no universal. Sino que a fin de año impuso una nueva fórmula que desconoce a la inflación como medida de reajuste y que además supone un año de gran crecimiento económico como si la pandemia no existiese más.

Los fríos números dirán que durante 2020 Argentina tuvo 1.578.267 contagios registrados y sufrió 42.501 muertes a causa de la COVID-19.

Como dijimos, el año terminó, pero la pandemia parece cobrar nuevos bríos en todo el mundo y en la Argentina también. Los primeros números de este año verifican lo que ya se veía venir a finales de diciembre: Argentina apenas salió de la primera ola y enseguida le vino la segunda. Los registros publicados en los últimos días indican un número de contagios que está por encima de los 13.000 casos diarios.

El número es realmente preocupante y aún más teniendo en cuenta que esta segunda ola empieza en pleno verano y en un país que está económicamente extenuado, socialmente agotado y con una preparación y previsión nulas para enfrentarla.

Un gobierno del ajuste a la medida de los acreedores y el FMI

Lo descrito más arriba fue lo que significó la pandemia para millones de trabajadores en la Argentina. Para el gobierno fue un poco distinto. Desde que comenzó el año su preocupación pasó siempre por garantizar el pago a los acreedores y avanzar en el acuerdo con el FMI. De hecho, las primeras medidas y declaraciones en relación a la pandemia del Ministro de Salud tuvieron como objetivo despreciar el riesgo de la pandemia y no tomar mayores medidas de prevención. Pero evidentemente cuando la enfermedad llegó al país dieron un giro sobre sus talones. Evidentemente, el terror no es zonzo. El saber que las condiciones sociales y sanitarias del país son paupérrimas, y el pavor a un colapso del sistema de salud los llevó a decretar una primera cuarentena temprana que tenía como principal objetivo evitar el temido colapso. Evidentemente, hasta aquí, el gobierno tuvo éxito en este objetivo. El 2020 pasó y salvo algunos casos puntuales, el sistema no se vio desbordado. Claro que esto se hizo a expensas del estrujamiento de los nervios, músculos y cerebro del personal de salud que fue exprimido hasta extenuar su salud física y mental.

Evidentemente, las medidas de restricción que suponen una cuarentena, sumadas al enfriamiento de la economía mundial que significa una pandemia de estas dimensiones y agravado aún más por el desastre que se arrastraba del gobierno de Macri, puso al rojo vivo los números de la economía nacional, agravando cualitativamente la crisis social. El gobierno frente a esto impulsó una serie de paliativos por medio de la IFE y los ATP. Ambas medidas siempre se presentaron como extraordinarias. Desde estas páginas siempre alertamos que la cuarentena era una medida necesaria frente a la pandemia, pero que para sostenerla económicamente era necesario tomar medidas de fondo contra los grandes capitalistas y el imperialismo. Para el gobierno social liberal de Alberto Fernández esto era absolutamente imposible, una cosa era tomar medidas más o menos acotadas para evitar el desastre que suponía un colapso del sistema sanitario, pero otra cosa muy distinta era ir contra el sector empresarial y el imperialismo.

Siguiendo la lógica social liberal, ni bien el peligro del desborde sanitario pareció controlado y ante la presión de los sectores empresarios que exigían normalizar la economía para volver a los negocios, el gobierno empezó a dar marcha atrás poco a poco con las medidas de prevención. Y junto con las medidas de prevención, también eliminó la IFE y los ATP.

De hecho, es sintomático del carácter social liberal de este gobierno el que frente a una pandemia desconocida y de alcances incalculables, en vez de cuidar los pocos recursos económicos que tenemos (dólares) para destinarlos a luchar contra la pandemia, el gobierno se haya dedicado a pagar religiosamente la deuda externa. Y que frente al incremento de la miseria que cualquier epidemia supone, Alberto Fernández y cía. haya desatado un ajuste en regla mediante una inflación descontrolada, el recorte de sueldos y jubilaciones y el aumento de combustibles, tarifas de servicios y transporte.

Finalmente, el nudo gordiano que supuso la discusión entre priorizar la salud y la economía, el gobierno de Alberto lo cortó con la espada del ajuste. Es que es una contradicción lógica el pretender luchar contra la pandemia y las consecuencias que esta trae y al mismo tiempo ajustar el bolsillo de los trabajadores para garantizar el pago a los acreedores extranjeros. La salud debe humillarse ante el altar de los acreedores.

Un gobierno irresponsable a la espera de la vacuna salvadora

Durante meses el gobierno se dedicó a medir cuán cerca estábamos del colapso por medio del seguimiento diario del número de camas de terapia intensiva ocupadas. Toda su política frente a la pandemia se limitó en definitiva a aguantar los trapos hasta que aparezca una vacuna salvadora. Ese fue su único plan, quemar las naves y esperar el milagro. Pero… ¿qué pasa si el milagro no llega o si se retrasa? Es una pregunta que no tiene respuesta.

Durante estos largos diez meses el gobierno apostó todo a que la vacuna llegue y por arte de magia resuelva el problema. Es como un apostador vicioso que juega todo a un solo número con la idea de salvarse. Durante diez meses no se tomó ninguna medida para prepararnos ni en el plano de la salud, ni en el de la educación (gran olvidada en 2020) ni en el de la economía.

La irresponsabilidad fue tan grande, que en el presupuesto votado en el Congreso para el 2021 no se destina ninguna partida para afrontar la pandemia. Ni para subsidios como la IFE o los ATP, ni para reforzar el sistema de salud contratando más personal, mejorando los salarios, no se destina un centavo a preparar las escuelas y las universidades para poder volver a algún tipo de educación presencial en condiciones de seguridad sanitaria, no se votó ninguna partida para mejorar el servicio de transporte público y evitar viajar hacinado como ganado. No, nada de eso. Parece que el Ministro de Economía Guzmán y Alberto Fernández en lo único que pensaron es en cómo garantizar las condiciones para cumplir con los acreedores privados y pagarle al FMI. De hecho, el dibujo del presupuesto es tan grande, que, al ignorar la pandemia, ignora uno de los elementos centrales que van a incidir, no solo en el desarrollo de la economía argentina, sino en la economía de todo el planeta. Ahora, en 2021 parece que a la pandemia le queda mucho hilo.

Apostar todo a la vacuna y generar expectativas desproporcionadas es una irresponsabilidad. En primer lugar, porque todas las vacunas están en desarrollo y la efectividad real de cada una se sabrá con el correr de los meses; en segundo lugar, porque la elaboración y producción de la vacuna no está bajo control de la Argentina y la llegada efectiva de los millones de dosis necesarios está mediada por el peso geopolítico que tenga cada país y de sus recursos económicos; y finalmente, porque el proceso de inocular a decenas de millones de personas es en sí mismo una tarea titánica que requiere de personal capacitado, de estructura sanitaria y de tiempo, mucho tiempo.

Como ejemplo tomemos a Italia. Este es, después de Alemania el país que mejor performance inoculadora tuvo en Europa. Italia consiguió alrededor de 540.000 vacunas, en este tiempo ya logró inyectar la primera dosis a casi 200.000 personas. Según el New York Times “esa cifra apenas representa un 37,3% de las dosis que recibieron, y menos del 0,3% de la población italiana. Al paso actual, tardarían seis años en vacunar a los 60 millones de habitantes del país”. Sin duda es muy probable que con el correr de los meses y con la llegada de nuevas vacunas es posible que el ritmo de vacunación se incremente, pero en cualquier caso todavía nos queda un largo periodo de convivencia con el COVID-19 para el cual es imperioso estar preparados.

Toque de queda sanitario (o de casa al trabajo y del trabajo a casa)

Pero como dijimos, Alberto Fernández y su gobierno no previeron nada. Durante meses relajaron todos los controles y desmontaron todas las medidas para garantizar los negocios empresariales. Su sueño era que la vacuna mágicamente resuelva todo, pero la vida no está hecha con el material de los sueños, sino con la materialidad de los tozudos hechos. La segunda ola es una realidad, la vacuna apenas está empezando a llegar y el país está desarmado frente al repunte de la COVID-19.

Esta situación lo llevó al gobierno a buscar un chivo expiatorio que cargue con todas sus culpas frente a la segunda ola reforzada y a un eventual colapso del sistema de salud. Los muy canallas del gobierno y sus alcahuetes han puesto la mira en los sectores más pobres y la juventud para cargar las tintas. El discurso es unánime: “son los jóvenes que no se cuidan, son irresponsables y hacen fiestas clandestinas, son los culpables del incremento de casos”; “son quienes se amontonaron para despedir a Maradona los que iniciaron la segunda ola”, “son las pibas y los pibes que se manifestaron para arrancarles el derecho al aborto al Congreso las culpables de que haya tanto contagio”.

Este chivo expiatorio es un culpable ideal: libra de responsabilidad a los gobernantes y además evita tomar mediadas desagradables y onerosas como volver a una cuarentena. Ahora parece que la “solución” es impedir la circulación de la juventud. Alberto Fernández se reunió esta semana con los gobernadores y les propuso tomar una medida “radical”: impedir la circulación de 23 a 6 de la mañana. El objetivo: que la gente solo pueda salir de su casa para trabajar y que después vuelva al encierro.

Es evidente que la mayor circulación de gente supone una mayor circulación del virus y con esto un aumento de los contagios. Es indiscutible que reuniones y fiestas de 200 o 500 personas son situaciones propicias para el contagio. Lo que es una cretinada es echarles la culpa a estas personas por el inmenso rebrote de 13.000 casos diarios en todo el país. Mucho más cuando el gobierno normalizó casi todo como era antes de la pandemia. Los colectivos van llenos con gente parada uno al lado del otro, los trenes y colectivos son latas de sardinas en las horas pico. Todo el mundo va a trabajar codo a codo durante largas jornadas en casi las mismas condiciones de antes (los tapabocas son medidas necesarias de profilaxis, pero no hacen magia).

El toque de queda sanitario es una medida represiva, inútil e innecesaria que tiene como objetivo hacer como que se hace algo y responsabilizar a la juventud por la irresponsabilidad e indolencia de los gobiernos que solo se preocupan por garantizar los negocios empresarios y el pago al FMI y los bonistas privados.

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