Reforma laboral esclavista

Negociaciones en el Congreso y marcha de la CGT: crecen el ruido y las dudas en la previa de la Contrarreforma Laboral

La CGT anunció que se movilizará sin paro en rechazo a la Contrarreforma Laboral del gobierno de Javier Milei el próximo miércoles (11), día en que la Cámara de Senadores iniciará el tratamiento del proyecto de ley esclavista. La convocatoria cegetista es a las 15 horas en la Plaza de los Dos Congresos.

La vergonzante negativa de la central sindical a convocar a un paro general expresa una vez más la histórica voluntad de entrega de la burocracia sindical cegetista. Con ese propósito explícito se formó meses atrás el actual triunvirato, compuesto por Cristian Jerónimo (del gremio del Vidrio), Octavio Argüello (Camioneros) y Jorge Sola (Seguros). Hasta hace mes y medio atrás, el cegetismo parecía encolumnarse directo a la firma de la Contrarreforma. Pero el gobierno no accedió a negociar los artículos que amenazan los intereses de la burocacia sindical. Caso de la restricción de derechos sindicales (derecho a huelga y acciones en lugares de trabajo) en las ramas denominadas «esenciales» y la eliminación de la ultraactividad de los convenios colectivos.

Y la convocatoria se instala por las mismas horas en que al oficialismo parecen escapársele fichas dentro del Congreso. La negativa del gobierno en torno a impuestos coparticipables con las provincias le abrió rispideces con varios gobernadores. Un gesto de intransigencia parlamentaria habitual en el gobierno, pero que no por esperable entraña menos imprevistos. Ya fueron varios los proyectos oficialistas que cayeron o fueron desguazados capítulo por capítulo luego de gestos de este tipo.

En las últimas horas parecen haber fracasado las negociaciones del gobierno con los gobernadores Martín Llaryora de Córdoba (responde a Schiaretti) y el santafesino Maximiliano Pullaro (del radicalismo). Pero tampoco la CGT se ganó el apoyo de los gobernadores no peronistas, que tenían pactada una reunión con el Triunvirato para esta semana y la cancelaron subrepticiamente.

El miércoles (4), los triunviros se habían reunido con los gobernadores kirchneristas-peronistas: Kicillof (Buenos Aires), Quintela (La Rioja), Melella (Tierra del Fuego) y Zilotto (La Pampa). Ahí la consigna fue «evitar que la reforma prospere o avance en los términos en que fue redactada por el Poder Ejecutivo«.

También estuvo en el temario la «posibilidad de un rencuentro amplio del peronismo para trabajar en la construcción de un proyecyo nacional con respaldo social y una plataforma política para 2027″. Toda una declaración de intenciones: rechazar la reforma verbalmente, ver si se la puede moderar o podar votando capítulo por capítulo en el Congreso y empezar a contar porotos para repartirse los cargos en la lista del peronismo el año próximo.

El peronismo, primer partido del régimen político nacional, parece reducido a una caricatura de sus propios vicios. La traición a los intereses de la mayoría trabajadora es descaradamente abierta. Lo mismo que la guerra interna para repartirse desvergonzadamente cargos, cajas y candidaturas. El derrotismo peronista ante la contrarreforma corre parejo a su falta de programa. Tal que hace necesario aclarar que se pretende tener «una plataforma política» que hoy no existe.

Ruidos y dudas

En todo caso, la debilidad entreguista del peronismo en todos sus niveles (parlamentario, sindical, programático) no quita de escena las incógnitas objetivas en torno al proyecto oficialista. Aunque Patricia Bullrich declaró que la votación está «95% acordada» con los bloques colaboracionistas (PRO, UCR y provinciales) persisten puntos de crisis como la coparticipación y la baja de Ganancias. Hay miles de millones de pesos que las provincias (y diversos entramados productivos atados a sus estructuras) perderán de un día para el otro si se aprueba el texto tal como lo redactó el Poder Ejecutivo. Ahí hay una fricción de intereses concreta, independientemente de la innegable voluntad de entrega del establishment capitalista.

Y el ruido parlamentario se suma a las expresiones de choque dentro de la propia burguesía argentina. El cruce Milei – Rocca de la semana pasada alcanza para ilustrar las preocupaciones de los capitalistas locales ante un gobierno que proyecta un interminable camino de recesión, desacumulación industrial y reprimarización de la economía como único horizonte. La contrarreforma laboral mileísta es tan salvaje y reaccionaria que ofrece pocas garantías o directamente malos pronósticos para sectores enteros de la economía y de la burguesía industrial.

Los distintos niveles de fricción dejan bastante más borrosos los cálculos triunfalistas del gobierno. La fricción con la burguesía industrial, por ejemplo, tiene su reflejo en las fricciones dentro de la burocracia sindical. Los sectores opositores al Triunvirato incluyen a la UOM (la metalurgia está fuertemente golpeada por la apertura a importaciones baratas), Aceiteros, Luz y Fuerza, Aerolíneas y otros.

A esto se suma que la irracionalidad (o racionalidad reaccionaria) del proyecto mileísta es una fuente de inestabilidad en sí misma. La renuncia de Marco Lavagna del INDEC en la última semana volvió a abrir el debate sobre cuál es el plan económico del oficialismo. Es evidente que el plan no es tal. El proyecto político mileísta es profundamente reaccionario y parasitario. Sus rasgos oscurantistas no son sólo políticos, cuturales o ideológicos sino también plenamente económicos: es un proyecto de destrucción y desacumulación económica y productiva, que dibuja la realidad mientras destruye.

Tampoco el anuncio del acuerdo comercial con Estados Unidos borra las dudas en torno a la contrarreforma. La apertura del mercado interno a productos más competitivos provenientes del agro estadounidense es una muestra más del fervor cipayo de Milei. El problema (que hasta el más mileísta de los analistas advierte por estas horas) es que el gobierno acumula demasiadas contradicciones demasiado despreocupadamente. Y entre las grietas podría colarse el fuerte descontento social que ya se expresó el año pasado, vetándole al ultraderechista con peluquín caminar por la vía pública durante toda la campaña electoral.

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