Polémica

Morales Solá y La Nación quieren levantar la cuarentena

“La cuarentena está en conflicto con la libertad” titula Joaquín Morales Solá en su columna en La Nación de hoy (miércoles 27 de mayo). Los intereses empresarios de llenarse los bolsillos a toda costa camuflados una vez más (y van) atrás de la muy noble palabra “libertad”.

Federico Dertaube
Editor del Suplemento semanal de Izquierda Web.


A esta altura debería ser evidente que levantar la cuarentena en esta etapa de las cosas (con poca preparación de infraestructura y menos tests para determinar el alcance real de los contagios) es sumamente irresponsable. El solo ensayo de relajar las condiciones del aislamiento significó una disparada de los casos y las muertes.

La columna de Morales Solá habla de muchas cosas: del derecho de reunión y protesta, de la división de poderes, de las personalidades de la Corte Suprema y el rol del poder judicial, Boudou y la corrupción K… por momentos es difícil seguir el hilo de qué tiene todo esto que ver. El artículo parece un amontonamiento de información para echar a los ojos del lector gritando las conclusiones para, en la confusión, lograr hacerse tomar en serio. La conclusión es una y sólo una: la cuarentena atenta contra la “libertad” de la actividad económica y debe ser levantada cuanto antes.

No es casual que comiencen a levantar la voz en favor de la vuelta a la explotación como en tiempos normales ahora. La gestión puramente capitalista de la cuarentena en manos del gobierno nacional comienza a mostrar fisuras (aunque no parecen ser aún suficientes para hundir el barco). Los últimos días estuvieron marcados por crisis de signo opuesto en los que en pequeña escala el gobierno perdía el control de la situación: de un lado, la derecha retrógrada y capas bajas de explotadores exigiendo la vuelta al trabajo; del otro, las luchas en Córdoba y la crisis de la expansión del virus en el barrio Villa Azul. Apoyando la vuelta a la “normalidad” de los negocios como la caravana “cheta” de Tigre, Morales Solá intenta usar la situación de los sectores populares como argumento. Veamos.

De un lado, nos dice: “El conflicto entre la pandemia y la libertad tuvo el escenario menos pensado cuando se dio en un asentamiento de emergencia de la provincia de Buenos Aires: Villa Azul, un lugar pobre y sombrío entre Quilmes y Avellaneda.” Sobre el final del artículo: “El derrumbe de la actividad económica en abril y mayo podría dejar a la economía en los mismos niveles de 2004… Otra vez el argumento de que la crisis económica sucede en todo el mundo no es una razón para que aquí no se hable de la economía.”

¿En qué confundida cabeza se puede mezclar desordenadamente los hechos de esa forma? Solamente en la de un agente a sueldo de las grandes fortunas y quienes le creen. De un lado, un barrio popular que no puede hacer la cuarentena realmente por su situación de hacinamiento y pobreza que es cercado militarmente como toda respuesta “sanitaria”. Del otro, el reclamo de hace dos días de sectores acomodados que quieren volver a poder llenarse los bolsillos mientras ven la pandemia pasar inadvertidamente desde un cómodo barrio privado. La «libertad» de unos es la de no morir mientras son rodeados por un cerco policial, la «libertad» de los otros es la de exponer a otros miles de trabajadores al contagio por obligarlos a volver normalmente a sus labores.

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Porque la crisis económica producto de la pandemia es pura y exclusivamente capitalista: la sociedad contemporánea tiene los recursos acumulados más que suficientes para soportar la baja de la producción sin perder ningún insumo productivo fundamental, garantizando a su vez las condiciones para que la mayoría de la población cumpla la cuarentena: comida, servicios y edificios no faltan. Lo único que en esta crisis realmente falta es infraestructura de salud. La crisis económica se debe a que la estructura misma de la sociedad está ordenada en torno a la acumulación y ganancias capitalistas: si no se puede garantizar esto, la sola producción para la satisfacción de necesidades pierde sentido. Y los ideólogos de la clase dominante como Morales Solá, aunque disimulen, lo saben muy bien, esa es su principal preocupación.

Y aunque los escribas de La Nación hagan berrinches sobre una supuesta presión de los sectores “cristinistas” del gobierno contra la propiedad privada, los capitalistas tienen mucho para agradecer al gobierno. Debería ser claro con la gestión opuesta de dos casos de propagación del Coronavirus. Mientras a Villa Azul se la militariza y aísla, en el Frigorífico El Federal dejaron que la empresa continúe normalmente con los negocios mientras los trabajadores se infectaban (sólo accedieron a ceder a los reclamos obreros con la presión de su lucha, no sin antes reprimirla).

Hay una preocupación de Morales Solá que es parcialmente cierta: el Ejecutivo se ha fortalecido en esta crisis a costa de los otros poderes, que dieron un voluntario paso al costado. Sin embargo, sus cavilaciones en torno a eso no tienen ningún principismo republicano abstracto. Cuando el macrismo usaba a sus aliados entre los jueces para hacer vulgares operetas contra su oposición política, a nuestro columnista le parecía que se trataba de la esencia misma del rol que debía tener. Eso no significa que el aparato de estado no esté plagado de corruptos, pero la indignación de Morales Solá con el caso Boudou es bastante más sonora que con el caso Correo Argentino.

A pesar de querer mostrar la caravana de Tigre y la situación en Villa Azul como un único y mismo problema, mezclando la Biblia y el calefón de manera poco decorosa, no puede perder de vista su necesaria defensa de la política represiva del estado contra los trabajadores:

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¿Qué habría sucedido en la Capital si Horacio Rodríguez Larreta hubiera ordenado el aislamiento policial de la villa 31 o de la 1-11-14, donde empezaron los brotes más numerosos de la pandemia? Desde el cristinismo hasta la izquierda trotskista, todos hubieran convertido a la Capital en un escenario de furia y fuego. Simplemente, se hubiera repetido lo que ocurrió con el aumento a los jubilados. El cristinismo y la izquierda destrozaron la Plaza del Congreso cuando el gobierno de Macri mandó un proyecto de ley sobre una rebaja en la forma de aumentarles los salarios a los jubilados.”

Presentar las jornadas del 14 y 18 de diciembre de 2017 como un conflicto artificial dirigido exclusivamente contra el personal político que es de su simpatía, sin raíces profundas de descontento popular, es de una desverguenza demasiado puramente capitalista. De un plumazo, se le niega toda subjetividad y voluntad a los trabajadores haciéndolas pasar por una mera conspiración palaciega, una tormenta en un vaso de agua.

Darle protagonismo en esa lucha al “cristinismo” es al menos cuestionable y, por otro lado, la izquierda trotskista viene participando muy activamente de las luchas obreras contra los ataques a sus condiciones de vida bajo Fernández. Los casos de Penta, El Federal, los médicos y municipales cordobeses, están ahí para atestiguarlo. Si las cosas no escalan a otro nivel se debe a la situación política más general: las amplias masas confían en este momento en el gobierno. Hay que recordar que las primera medidas de ajuste de Macri pasaron sin demasiada resistencia, pues todavía contaban con una relativa mayoría social que las aprobaba pensando que se trataba de algo meramente transitorio. Fue necesario soportar dos largos años de interminables ajustes para que se gesten las jornadas de diciembre de 2017.

Presentar esa lucha como “cristinistas y trotskistas destrozando la Plaza Congreso” es una reinvindicación demasiado explícita del derecho de la policía a pisotear las cabezas de jubilados y trabajadores cuando protesten. Su poco creíble “indignación” con lo que sucede en Villa Azul quiere dejar las puertas abiertas a la función del estado policial una vez satisfechos los reclamos empresarios.

La única movilización que La Nación y su columnista ven con realmente simpatía es la de Tigre, pues dice lo que ellos quieren que se diga: hay que volver a los negocios. Ese es el único significado que tiene para ellos la palabra “libertad”. ¿O alguien los escuchó indignarse con las represiones a los trabajadores de los últimos dos meses?

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