Minneapolis 2026: Insurgencia Plutocrática y Disuasión del Común

Reproducimos este artículo por tener algunos valiosos elementos de análisis de la comuna popular que es en cierta manera la rebelión de Minneapolis contra Trump y ICE. Lo hacemos, sin embargo, a pesar de no compartir la visión marxista de Izquierda web y nuestro suplemento semanal.


La insurgencia  plutocrática: una síntesis conceptual

Para comprender lo ocurrido en Minneapolis a partir de 2025, es necesario situarlo en el marco de lo que los teóricos Robert J. Bunker y John P. Sullivan han denominado insurgencia plutocrática. Este concepto designa un fenómeno en el que élites económicas y políticas, actuando desde las alturas del poder, emprenden una guerra de clases «desde arriba» contra el Estado de derecho y las poblaciones que deberían proteger. No se trata de una insurgencia convencional que busca derrocar al gobierno, sino de una mucho más sutil y profunda: la captura del aparato estatal para desmantelar sus funciones protectoras, aislar la riqueza de las obligaciones públicas y reorientar los recursos colectivos hacia fines privados y represivos.

El primer y más escandaloso acto de esta captura fue la designación de Elon Musk al frente del recién creado Departamento de Optimización y Gestión Digital del Estado, conocido por sus siglas DODGE. La elección no podía ser más reveladora: el hombre más rico del planeta, propietario de empresas que dependen de contratos públicos y de una red de satélites con capacidad de vigilancia global, puesto al frente de una agencia destinada a «optimizar» el gasto público, lo que en la práctica significaba desmantelar programas sociales, privatizar servicios esenciales y reorientar los contratos estatales hacia sus propias corporaciones. La fusión entre el poder económico y el poder político se consumaba sin pudor, convirtiendo al Estado en una extensión de los intereses privados de un oligarca tecnológico.

La amplitud y sistematicidad de esta captura se manifiesta en fenómenos que trascienden fronteras y jurisdicciones. Un ejemplo paradigmático es la progresiva integración de altos ejecutivos de las grandes tecnológicas en las estructuras de mando militar. En junio de 2025, el Pentágono creó el «Destacamento 201», un programa que comisionó directamente a cuatro ejecutivos de Palantir, Meta y OpenAI con el rango de teniente coronel, otorgándoles acceso a inteligencia clasificada y capacidad de incidir en la estrategia militar sin pasar por los controles democráticos habituales. La distinción entre contratista y comandante, entre beneficio privado y defensa nacional, fue deliberadamente borrada.

Esta simbiosis alcanza dimensiones igualmente preocupantes en la política exterior. En septiembre de 2025, el gobierno de Donald Trump anunció su plan de veinte puntos para Gaza, y puso al frente de la junta de supervisión de la transición a Tony Blair, el exprimer ministro británico, junto a una constelación de figuras de la élite inmobiliaria y financiera global. Jared Kushner, yerno del presidente y empresario inmobiliario, diseñó el plan que aspira a convertir la Franja en la «Riviera de Oriente Próximo». Marc Rowan, consejero delegado de la gestora de activos Apollo Global Management, fue propuesto como parte del equipo. La reconstrucción de un territorio devastado por la guerra se presentaba así no como un asunto humanitario, sino como una oportunidad de negocio para una red de multimillonarios y ex-mandatarios que mediante una red de corrupción generalizada combinan los mundos de los negocios y la política.

La insurgencia plutocrática opera mediante mecanismos coordinados: neutraliza  los organismos de control que podrían limitarla; desnaturaliza el sentido mismo de las instituciones públicas, transformando la corrupción en norma; desarticula los vínculos institucionales que garantizan el funcionamiento coordinado del Estado; y desagrega el territorio nacional en espacios de excepción donde la ley rige de manera desigual o simplemente no rige. Cuando esta máquina alcanza el control del ejecutivo nacional, el Estado mismo se convierte en un instrumento de guerra contra sectores enteros de la población.

Lo ocurrido en Minneapolis constituye una manifestación paradigmática de esta dinámica: el gobierno federal desplegó una fuerza paramilitar que no se comportó como agencia de control migratorio, sino como ejército de ocupación destinado a generar terror, disciplinar a la población y consolidar el poder ejecutivo mediante la fuerza coercitiva.

La ciudad como organismo vivo: hacia una ecología política de lo urbano

Para comprender la naturaleza profunda de lo que estaba en juego en Minneapolis, es necesario abandonar la metáfora mecánica de la ciudad como mero agregado de edificios y personas, y adoptar en su lugar una visión más orgánica y compleja: la ciudad como organismo vivo. Esta perspectiva, que hunde sus raíces en la ecología urbana y la teoría de sistemas, concibe la urbe no como un artefacto inerte, sino como un entramado dinámico de relaciones que opera en tres dimensiones indisociables.

La primera es la dimensión material: la ciudad es su infraestructura física —calles, viviendas, escuelas, hospitales, redes de agua y energía— que constituye el soporte de la vida colectiva. Pero estos elementos no son meros objetos; son lo que los teóricos de la cognición distribuida denominan artefactos cognitivos, extensiones materiales de la inteligencia comunitaria que almacenan memoria, facilitan la coordinación y hacen posible la vida en común. Una escuela no es solo un edificio: es un nodo donde confluyen generaciones, donde se transmiten saberes, donde se tejen relaciones. Una calle no es solo una vía de circulación: es un espacio de encuentro, de intercambio, de vigilancia mutua.

La segunda es la dimensión cognitiva: la ciudad es también un sistema de procesamiento de información distribuido a través de sus habitantes y sus artefactos. Como desarrolló Edwin Hutchins, la cognición no ocurre solo dentro de los cráneos individuales, sino en redes extendidas que incluyen personas, herramientas y entornos. En una ciudad sana, la información fluye: los vecinos saben quién vive al lado, las alertas circulan, los rumores se verifican, las decisiones colectivas se toman. Esta inteligencia distribuida es lo que permite a una comunidad autoorganizarse, responder a emergencias, sostener la vida cotidiana.

La tercera es la dimensión afectiva: la ciudad es finalmente un tejido de vínculos emocionales, de lazos de confianza, de memorias compartidas y de cuidados mutuos. Es lo que los vecinos de Minneapolis expresaban cuando hablaban de su «orgullo comunitario», cuando describían el dolor de ver a los niños con miedo, cuando arriesgaban su seguridad para acompañar a otros. Esta dimensión afectiva no es un adorno sentimental de la vida urbana: es su sistema inmunológico, la red de relaciones que protege a la comunidad del trauma y la desintegración.

Estas tres dimensiones —material, cognitiva, afectiva— son inseparables. La infraestructura material sostiene los procesos cognitivos; los procesos cognitivos tejen y sostienen los lazos afectivos; los lazos afectivos, a su vez, movilizan a las personas para mantener y defender la infraestructura material. La ciudad viva es este circuito de retroalimentación permanente entre materia, información y emoción.

El despliegue como operación de guerra interna y demolición del tejido urbano

A finales de 2025, el gobierno de Donald Trump desplegó tres mil agentes federales armados en el área metropolitana de Minneapolis-St. Paul bajo el nombre de «Operation Metro Surge». Esta fuerza, cinco veces superior al tamaño del departamento de policía de Minneapolis, no se comportó como una agencia de control migratorio, sino como una fuerza de ocupación paramilitar. Los agentes, vestidos con equipamiento táctico y rostros cubiertos, patrullaban en vehículos sin identificación, realizaban paradas sin orden judicial, irrumpían en viviendas sin mandato.

Este despliegue no fue una operación policial convencional. Fue, en los términos acuñados por el geógrafo Stephen Graham, una operación de urbicidio: la destrucción sistemática de la ciudad como organismo vivo. Graham ha mostrado cómo las técnicas de guerra urbana desarrolladas en las ciudades del sur global —Palestina, Irak— han retornado a las metrópolis del norte mediante lo que Foucault denominó «efecto boomerang», transformando los espacios urbanos en campos de batalla. Lo que ocurría en Minneapolis no era un exceso aislado, sino la aplicación de una lógica de demolición del tejido urbano que trata a la ciudad no como un espacio de vida, sino como un «entorno hostil» a ser disciplinado.

El objetivo de esta operación no era meramente deportar inmigrantes, sino desarticular el organismo urbano en sus tres dimensiones. En la dimensión material, los allanamientos sin orden judicial, las detenciones arbitrarias, los vehículos que patrullaban sin identificación, convertían el espacio público en un territorio inseguro, disolviendo la confianza en los lugares que antes eran refugio. En la dimensión cognitiva, el clima de terror interrumpía los flujos de información: los vecinos dejaban de comunicarse por miedo a infiltraciones, las redes de alerta se volvían cautelosas, la hipervigilancia sustituía a la confianza. En la dimensión afectiva, el miedo paralizaba los lazos de cuidado: niños que dejaban de ir a la escuela, adultos que abandonaban tratamientos médicos, familias que no salían a comprar alimentos.

La investigación de Human Rights Watch documentó cómo este terror afectaba todos los marcadores de salud de la población. Un niño que no podía concentrarse en la escuela, una embarazada que no acudía a controles prenatales, un anciano que dejaba de medicarse por miedo a salir —cada uno de estos casos era una herida infligida al organismo urbano, una ruptura en el circuito que sostiene la vida colectiva.

El asesinato de Alex Pretti, enfermero de la unidad de cuidados intensivos del hospital de veteranos de Minneapolis, mientras documentaba a agentes federales, no fue un accidente. Fue la expresión más brutal de esta lógica demoledora: matar a quien cuida, eliminar a quien documenta, destruir a quien testimonia.

El común organizado: la respuesta desde el corazón del organismo urbano

Frente a esta máquina de terror, la comunidad de Minneapolis desplegó una respuesta que podemos denominar la «disuasión del común»: la asunción por parte de la ciudadanía organizada de la responsabilidad colectiva de proteger el organismo urbano y, al hacerlo, de disuadir a la máquina plutocrática de continuar su ofensiva. No se trataba de una resistencia periférica, marginal, secundaria. La población no respondía «desde los márgenes» de la ciudad, sino desde su centro vital, desde el corazón mismo del organismo agredido. Era el sistema inmunológico urbano movilizándose para defender su integridad.

La respuesta comunitaria se estructuró como un sistema complejo que integraba las tres dimensiones del organismo urbano.

En la dimensión material, surgieron los centros de acogida y distribución. La Iglesia Metodista, el Modern Times Café, la tienda erótica Smitten Kitten y un supermercado local se convirtieron en nodos de una infraestructura alternativa de supervivencia. Estos espacios no solo proveían alimentos y medicinas, sino que funcionaban como artefactos cognitivos: señalaban «aquí hay seguridad», almacenaban información sobre familias necesitadas, coordinaban la distribución de recursos. Un gerente explicó: «Sabíamos que el gobierno no iba a salvarnos, así que tuvimos que actuar para salvarnos nosotros mismos».

En la dimensión cognitiva, se desplegaron las redes de alerta temprana y los observadores entrenados. Cada vecindario mantenía canales en Signal donde se compartían en tiempo real los movimientos de agentes federales. Un organizador explicó: «Hay una respuesta rápida establecida en todos los vecindarios. Están conectados«. Miles de voluntarios, formados por Nonviolent Peaceforce y el National Lawyers Guild, se situaban en las calles con chalecos amarillos para documentar cada interacción. Desde la perspectiva de la cognición distribuida, estos observadores no eran individuos aislados: eran nodos de una red cognitiva extendida que incluía los teléfonos —memoria externa—, los chalecos —comunicación de rol—, los canales cifrados —sistema de alerta— y las bases de datos compartidas —memoria colectiva—. Más de doce mil personas participaban en los grupos de respuesta rápida, y el triple en sus redes vecinales locales.

En la dimensión afectiva, se organizaron las redes de acompañamiento comunitario. Voluntarios acompañaban a niños desde la escuela hasta sus hogares, escoltaban a personas mayores a citas médicas, organizaban viajes compartidos para quienes no podían usar el transporte público. Una observadora describió: «Acompañan al personal hasta sus coches, acompañan a los niños hasta sus padres, o algunas personas llevan a los niños a casa». Este acompañamiento no era solo logístico: era la reconstrucción del tejido afectivo que el miedo había desgarrado. Cada niño que volvía a la escuela acompañado, cada anciano que llegaba a su cita médica escoltado, era una afirmación: la comunidad sigue cuidando, el organismo urbano sigue vivo.

El cuidado comunitario como reparación del organismo urbano

Lo más notable de la respuesta de Minneapolis es cómo el cuidado mutuo se convirtió en el eje estratégico. Esta orientación respondía directamente a la comprensión de que la máquina plutocrática no solo atacaba cuerpos, sino que buscaba desmantelar el organismo urbano en su conjunto. Disuadirla implicaba reparar las tres dimensiones de la ciudad viva.

El acompañamiento escolar restablecía el flujo de niños a las escuelas, reparando el vínculo entre familias e instituciones educativas. La telemedicina comunitaria creaba nuevos canales de comunicación que reemplazaban los bloqueados por el miedo. Las redes de abastecimientomantenían el flujo de recursos que sostenía la vida material. Los espacios segurosproporcionaban entornos donde la cognición podía ocurrir sin la interferencia del terror.

La socióloga Roz Lee, de Nonviolent Peaceforce, observó que la participación en patrullajes comunitarios tenía un efecto terapéutico profundo: «Cuando salí a una patrulla el otro día, la compañera con la que estaba dijo: ‘Nunca pensé en mi vida que tendría que tener una máscara antigás’. Y sin embargo, ahí estaba ella, asumiendo ese rol con cuidado y profesionalismo, haciendo lo necesario para mantener a la gente segura». La acción colectiva se convertía así en antídoto contra la parálisis del trauma. Quien participaba en la defensa comunitaria recuperaba la agencia que la máquina intentaba arrebatarle, y al hacerlo, se volvía más difícil de intimidar.

Los documentos y testimonios recogidos durante la crisis revelan una diferencia fundamental en las tácticas y la disposición afectiva entre dos tipos de actores: el común organizado, centrado en la reparación del organismo urbano, y los grupos radicalizados, centrados en la confrontación y la provocación. Esta distinción puede reinterpretarse a la luz de la metáfora orgánica como una diferencia entre respuesta inmunológica y respuesta autoinmune.

El común organizado actuaba como un sistema inmunológico sano: detectaba la amenaza —los agentes federales—, movilizaba recursos —observadores, redes de alerta, centros de acogida—, protegía los tejidos vulnerables —niños, ancianos, enfermos— y, al hacerlo, disuadía al agresor mostrándole que su ataque sería inútil. Su lógica era la de la protección: mantener el organismo vivo, funcional, conectado. Su lema, «Nos mantenemos seguros unos a otros», expresaba esta filosofía.

Los grupos radicalizados, en cambio, actuaban según una lógica autoinmune: buscaban la confrontación, provocaban la respuesta violenta del agresor y, al hacerlo, infligían daño al propio organismo que decían defender. El periodista independiente Cam Higby infiltró canales de Signal de activistas radicalizados y encontró manuales que explicitaban la estrategia de crear «puntos de ignición» (flashpoints) para generar confrontación directa con las fuerzas del Estado. Un documento definía «punto de ignición» como «cualquier momento y lugar donde masas de personas se enfrenten directamente a las fuerzas armadas del Estado».

Esta estrategia es exactamente lo que la insurgencia plutocrática necesita. Cada enfrentamiento violento justifica el endurecimiento represivo, presenta al gobierno como defensor del orden frente al «caos», y debilita al organismo urbano al exponerlo a más trauma. El individuo conocido como «Josiah», un activista que provenía del estado de Washington y se jactaba de haber participado en la quema de una comisaría en 2020, personificaba esta lógica: venía a la ciudad no para protegerla, sino para usarla como escenario de su confrontación.

La guía publicada por líderes comunitarios del vecindario Cedar-Riverside es un ejemplo perfecto de inteligencia orgánica aplicada a la protección: «No tengan miedo. Sigan con su día normal. Si ven actividad de protesta o comportamiento ofensivo, no se involucren, no discutan, no confronten, no respondan». Sabían que los provocadores buscaban desestabilizar el organismo urbano, y la respuesta adecuada era negarles esa desestabilización, mantener el funcionamiento normal del sistema.

Minneapolis: un laboratorio de la Disuasión del Común

El caso de Minneapolis integra todas las dimensiones que hemos examinado.

Primero, la máquina plutocrática como fuerza demoledora del tejido urbano: el despliegue de fuerzas federales fue una operación de guerra contra la ciudad como organismo vivo, dirigida a desarticular sus dimensiones material, cognitiva y afectiva.

Segundo, la producción sistemática de trauma como ruptura orgánica: las operaciones generaron un colapso de los marcadores biosociales de salud, evidenciando cómo el terror desgarra el tejido urbano.

Tercero, la respuesta del común como reparación orgánica desde el centro vital: la comunidad, situada en el corazón del organismo agredido, desplegó una arquitectura que reconstruía las tres dimensiones de la ciudad viva —redes materiales de supervivencia, sistemas cognitivos de alerta y documentación, lazos afectivos de acompañamiento y cuidado.

Cuarto, el cuidado como táctica central de disuasión: cada intervención reparaba la infraestructura dañada, restablecía canales de comunicación, creaba entornos seguros. Al neutralizar la capacidad de la máquina para generar terror, se la disuadía de seguir intentándolo.

Quinto, la diferenciación estratégica: el común organizado se distinguió de los grupos radicalizados que, al buscar confrontación, actuaban como respuesta autoinmune dañando al propio organismo. La disuasión silenciosa del común desactivaba a la máquina; la violencia pseudorrevolucionaria la alimentaba.

La presión comunitaria sostenida logró resultados concretos. El cinco de febrero de 2026, el zar fronterizo Tom Homan anunció la retirada de setecientos agentes federales. La oficina local del FBI vio removido a su director interino. El gobernador Tim Walz declaró: «La única manera de garantizar la seguridad de la gente de Minnesota es que el gobierno federal retire sus fuerzas y ponga fin a esta campaña de brutalidad».

Chelsie Glaubitz Gabiou, presidenta de la Federación Laboral Regional de Minneapolis, resumió el espíritu de la respuesta con una frase que condensa todo lo aprendido: «Esto es por lo que estás empezando a ver algunas grietas en la administración ahora, porque simplemente no nos detenemos«.

No se detuvieron. No se dejaron provocar. No abandonaron a los suyos. No cedieron al miedo. Y al hacerlo, demostraron que la máquina plutocrática, por poderosa que sea, tiene un punto ciego: no sabe cómo enfrentarse a un organismo vivo que decide curarse a sí mismo.

La leccion de Minneapolis 2026

Lo que ocurrió en Minneapolis no fue una revolución ni un levantamiento armado. Fue algo más profundo y más esperanzador: una comunidad que decidió defender su ciudad como organismo vivo, utilizando todas las herramientas a su alcance para reparar el tejido que la máquina intentaba desgarrar.

Esta respuesta encarna lo que podemos llamar la «disuasión del común»: la asunción por parte de la ciudadanía de la responsabilidad colectiva de proteger la ciudad viva, cuando el Estado ha sido capturado por la insurgencia plutocrática y se ha vuelto una fuerza de demolición. No busca tomar el poder, sino proteger a la gente. No busca confrontación violenta, sino disuasión mediante presencia. No busca mártires, sino vidas vividas con dignidad.

Como escribió un miembro de la comunidad: «No voy a apagar mi voz por ese miedo. Simplemente no podría vivir conmigo mismo». Desde la perspectiva orgánica, esa voz no es la de un individuo aislado en la periferia; es parte del sistema inmunológico de la ciudad, una célula del organismo que se niega a morir. Apagarla sería debilitar al conjunto, pero el organismo tiene redundancias, tiene memoria, tiene cuidado. Puede permitirse perder una voz sin colapsar, porque miles de voces siguen sonando.

La lección de Minneapolis es que la máquinaria plutocrática puede ser disuadida. No mediante la violencia que ella misma necesita para justificarse, sino mediante la organización paciente, el cuidado obstinado, la presencia territorial ininterrumpida y la negativa a dejarse provocar. Cuando miles de personas con chalecos amarillos ocupan las calles no para confrontar, sino para acompañar; cuando vecinos comparten en sus teléfonos la ubicación de los agentes; cuando comercios se convierten en refugios y las escuelas en territorios protegidos; cuando el organismo urbano se moviliza para curarse a sí mismo desde su propio centro vital, la máquina encuentra un límite que no puede franquear. La máquina plutocrática puede matar, puede deportar, puede intimidar, pero no puede obligar a una comunidad decidida a dejar de cuidar de sí misma. Y en esa imposibilidad, encuentra su límite más profundo.

No es una victoria definitiva, porque la máquina sigue existiendo y seguramente intentará nuevas formas de avanzar. Pero es una victoria real, concreta, que demuestra que el común puede defender su ciudad y, al hacerlo, disuadir al agresor. Y en esa modesta pero tenaz determinación —en esas miles de personas con silbatos y teléfonos, en esos comercios convertidos en centros de acopio, en esos vecinos que acompañan a los niños a la escuela— reside quizás la respuesta más adecuada a esta fase de la agresión plutocrática. No porque sea una solución definitiva, ni porque immunice contra el horror venidero, sino porque genera precisamente las condiciones que la comunidad necesitará para enfrentar los desafíos futuros, sean estos más complejos, más brutales o simplemente diferentes.

La disuasión del común no promete la victoria final; promete algo más valioso: la capacidad de seguir adelante, de aprender, de adaptarse, de sostener la vida colectiva incluso cuando la máquina cambie sus tácticas o endurezca su mano. Porque cuando el Estado abandona su función protectora y se convierte en una fuerza de demolición, la comunidad, desde el corazón mismo de su ciudad, no solo aprende a proteger su propia casa: aprende a prepararse para los desafios futuros.

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Enlaces consultados

  • Small Wars Journal:«Plutocratic Insurgency and the Criminal-Corporate Nexus»
  • Modern War Institute (West Point):«The Other Insurgency: Rethinking the Character of Future Conflict»
  • The Strategy Bridge:«Twin Insurgency: A Framework for Understanding Contemporary Crisis»
  • The Intercept:«Documents Reveal Pentagon Program Embedding Tech Executives in Military Command»
  • Middle East Eye:«Trump’s Gaza Plan: Kushner, Blair and the Billionaires’ Reconstruction»
  • The Washington Post:«DODGE: Inside Elon Musk’s New Agency to ‘Optimize’ Government»
  • Democracy Now!:«Minneapolis Under Siege: Community Responds to Federal Crackdown»
  • The Guardian:«‘We Keep Us Safe’: How Minneapolis Neighbors Mobilized Against Federal Agents»
  • AP News:«Minneapolis ICE Operations Draw Thousands of Protesters, Civilian Monitors»
  • Associated Press:«3 Killed by Federal Agents in Minneapolis: What We Know»
  • The Guardian:«Alex Pretti Killing: Nurses Union Demands Answers After Federal Agent Shoots Veteran»
  • NBC News:«Videos Show No Justification for Killing of Minneapolis Observer by Border Patrol Agent»
  • Human Rights Watch:«US: ICE Operations Traumatizing Communities, Blocking Healthcare Access»
  • National Nurses United:«ICE is a Public Health Crisis: NNU Report on Federal Raids»
  • Nonviolent Peaceforce:«Civilian Protection in Minneapolis: Unarmed Civilian Peacekeeping During ICE Raids»
  • The Appeal:«Constitutional Observers: The Volunteers Putting Themselves Between ICE and Their Neighbors»
  • Mother Jones:«The Signal Networks Keeping Immigrant Communities Safe from ICE»
  • The Progressive:«Mutual Aid in Minneapolis: How Local Businesses Became Sanctuaries»
  • In These Times:«The Smitten Kitten and the Resistance: A Sex Shop’s Role in Protecting Immigrants»
  • The Intercept:«Leaked Signal Chats Reveal Strategy to Create ‘Flashpoints’ in Minneapolis»
  • Unicorn Riot:«Infiltration of Activist Channels Reveals Divide in Minneapolis Resistance»
  • The Nation:«The Provocateurs: When Out-of-Town Agitators Undermine Local Resistance»
  • Cedar-Riverside Neighborhood Organization:«Community Guidelines for Outside Agitators»
  • Sahan Journal:«Cedar-Riverside to Outsiders: Stay Out, We’re Handling This Ourselves»
  • Minnesota Reformer:«Homan Announces Withdrawal of 700 Federal Agents from Minneapolis»
  • Star Tribune:«Federal Agents to Begin Drawdown After Weeks of Community Pressure»
  • MPR News:«Walz: ‘Federal Government Must End This Campaign of Brutality'»
  • London School of Economics:«The Real Target of Immigration Raids: Consolidating Executive Power» (Stephanie Schwartz)
  • The New Yorker:«The Battle for Minneapolis: What the ICE Raids Reveal About the Future of American Democracy»

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