El capitalismo argentino está en crisis hace prácticamente 20 años. La economía está estancada -el PBI por habitante no crece desde 2008-, los salarios pierden poder de compra, cae el empleo registrado y aumenta la pobreza. El gobierno dice que su plan económico va a revertir estas casi dos décadas de estancamiento. ¿Es verdad? Para responder, conviene mirar primero los datos y después el relato oficial.
El EMAE[1] del INDEC muestra una economía en “serrucho”: meses de crecimiento y meses de recesión. Es el rasgo dominante de la economía argentina desde la crisis internacional del capitalismo del 2008.

El gobierno de Milei no logró escapar a esta lógica de estancamiento del capitalismo argentino en crisis. La economía sigue sin despegar, pero con una novedad: una gran volatilidad intersectorial[2]. Mientras sectores como la construcción, la industria manufacturera y el comercio -los que emplean a más trabajadores- se derrumban, el agro, las finanzas, la minería y los hidrocarburos muestran una expansión.

¿Hay un “plan” económico?
El gobierno viene tomando medidas que apuntan con exactitud a ese resultado. Para sostener el supuesto “déficit cero” paralizaron la obra pública. Esto produjo un desplome de la construcción, en un país donde la inversión estatal es fundamental para el sostenimiento de la infraestructura. Promovieron un Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) que otorga grandes beneficios impositivos y de acceso a divisas, pero no obliga a los beneficiarios a comprar productos de fabricación nacional. Levantaron los reglamentos técnicos que implican barreras a la importación de algunos productos. Redujeron impuestos a la importación y aprobaron el acuerdo de libre comercio con la Unión Europea. Mantienen un dólar barato en términos históricos.
Todas estas medidas llevan a un cambio de paradigma en la industria manufacturera: hay muchos productos que antes se fabricaban en el país que ahora es más conveniente importar. Muchos empresarios industriales están despidiendo a sus trabajadores para convertirse en importadores de lo que antes fabricaban. Otras fábricas directamente cierran sus puertas.
Al mismo tiempo, la reducción de los impuestos a la exportación (retenciones), los incentivos del RIGI, entre otras medidas, benefician a los sectores primarios exportadores: el complejo sojero, del maíz, del trigo, la carne, la minería y el sector hidrocarburífero.
El gobierno pretende un cambio de paradigma económico. Su precepto neoliberal es que el país debería producir sólo aquello en lo que tiene ventajas comparativas. Es decir, especializarse solo en los sectores relativamente más productivos. La industria argentina en general no es competitiva, no por un problema natural sino social: los capitalistas no quieren invertir en el país. Eso lleva a que la industria opere, en general, con equipamiento viejo, a una escala muy chica[3]. La infraestructura del país también está muy deteriorada, lo que lleva a elevados costos logísticos, que hacen menos productiva la industria local en relación con la industria mundial.
En cambio, la producción primaria sí puede ser competitiva, porque el país cuenta con recursos naturales excepcionales. La existencia de estos recursos -el propio suelo de la pampa húmeda, metales y minerales, petróleo y gas convencional y no convencional- compensa la baja productividad de la economía del país al posibilitar la apropiación de una renta extraordinaria[4].
Pero no es verdad que una sociedad produce sólo aquello en lo que es más competitiva en el mundo. A la pura determinación de la productividad se suman determinaciones históricas, culturales, políticas, de la lucha de clases, ambientales. Con la primera guerra mundial, a principios del siglo XX, en Argentina comenzó un proceso de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), que se dinamizó en la década de 1930 con el crack de Wall Street y la pérdida de importancia en el mercado mundial del Reino Unido, nuestro principal socio comercial hasta el momento. Con diferentes formas, la ISI marcó la estructura económica y social del país hasta la última dictadura militar. Si bien con la dictadura del ‘76 se puso en cuestión dicho modelo, la industria siguió teniendo un peso importante en la economía, con amplias huellas en la demografía del país. Cerca del 20% de los trabajadores en blanco trabajan directamente en la industria. La población del país está concentrada en los grandes centros urbanos e industriales: más del 40% de la población vive en los grandes conurbanos, el bonaerense, el cordobés, de Rosario y Santa Fé[5].
| Empleo registrado en los diferentes sectores productivos | |
| Sector | % de empleo registrado |
| Servicios | 49% |
| Industria | 18% |
| Comercio | 18% |
| Construcción | 6% |
| Agricultura, ganadería y pesca | 6% |
| Minería y petróleo | 1% |
| Electricidad, gas y agua | 1% |
| Fuente: INDEC. Empleo asalariado privado registrado por sector de actividad. Año 2022. | |
El gobierno sueña con un proceso de “destrucción creativa”. El concepto es del economista austríaco Joseph Schumpeter, basado en su lectura de Marx. La destrucción creativa significa que el capitalismo, al revolucionar constantemente las fuerzas productivas a partir de la innovación y el desarrollo tecnológico, destruye capital en algunos sectores o empresas que quedaron rezagados mientras crece, acumula y crea, en aquellos que están avanzando en la frontera tecnológica y productiva. En la tradición marxista este no es un proceso armonioso sino profundamente contradictorio, que puede llevar a grandes crisis[6]. Schumpeter en cambio lo veía como un proceso virtuoso: el cambio de paradigma tecnológico tiene que llevar a una economía más próspera, con mayor nivel de empleo.
Lo peculiar del mileísmo es que imagina este proceso no como resultado de una transformación tecnológica, sino como efecto de una reestructuración productiva impulsada desde el Estado. La destrucción de capital industrial -cierres, despidos, quiebras- debería compensarse, según esta lógica, con nuevas inversiones en los sectores privilegiados por el propio gobierno.
Eso es exactamente lo que expresó el Ministro de Desregulación Federico Sturzenegger, uno de los principales ideólogos económicos del gobierno:
“De hecho, son las economías con menor productividad las que más tienen para ganar del comercio, ya que esto les permite concentrar la producción en aquello que son relativamente mejores reemplazando actividades en las que son muy ineficientes.
(…)
Y un recordatorio sobre el que siempre vale la pena insistir: el comercio nada tiene que ver con el empleo. Simplemente permite transferir producción de aquello en lo que somos malos a aquello en lo que somos buenos lo que aumenta el ingreso y bienestar de la sociedad. Recordemos que no hay efecto sobre el empleo porque como una importación necesita divisas que genera la exportación “cada importación crea su propia exportación” (el trabajo de Feldstein y Horioka de 1980 fue el primero que marcó esto, digo, para quienes necesitan una referencia académica). La apertura genera más importaciones y más exportaciones.”[7]
¿Qué tiene en la cabeza Sturzenegger? El cierre de industrias “ineficientes” permitiría invertir los recursos del país en “en lo que somos buenos”. Eso aumentaría el ingreso y el bienestar de la sociedad. ¿Cómo? Todas las inversiones que hay en la industria deberían reconvertirse al petróleo, al gas, a la minería. Todos los trabajadores de la industria, cientos de miles de soldadores, torneros, mecánicos, costureros, tejedores, fresadores, electricistas, operadores de control numérico computarizado, deberían ir a trabajar a estos sectores en los que somos tan buenos. Quizás algún soldador esté convencido de la idea del ministro estrella de Milei, y salga a recorrer su barrio en el Gran Buenos Aires o Gran Rosario para ver si encuentra un trabajo “productivo de verdad” -según Sturzenegger-. Obviamente no lo va a encontrar: esos sectores productivos no están donde se encuentra la mayoría de los trabajadores del país. No se preocupen, el ministro tiene una solución para todo:
“Cuando Argentina cerró el país y su economía, concentró su actividad en un cordón industrial del conurbano que hacía la sustitución de importaciones. Si Argentina se abre, va a desarrollar industrias de exportación que están distribuidas por todo el país, es un modelo productivo que va a generar un aumento de la actividad en otras partes”, analizó.
Y remarcó: “Se va a dar un proceso interesantísimo de migración inversa, no sé hasta qué punto las provincias están conscientes de esto. Son procesos que van a durar décadas y que considero espectaculares”.[8]
Acá aparece uno de los principales problemas del “plan” económico del gobierno, que hace que tenga muy poco de plan y mucho de improvisación permanente. La teoría económica neoclásica que inspira el pensamiento de Sturzenegger no tiene en cuenta las fricciones de la economía y de la sociedad reales. Para los neoclásicos, el capital es tan fungible como el dinero. Tener un millón de dólares en telares de algodón es lo mismo que tener un millón de dólares en equipos para perforación petrolera[9]. El capital puede transformarse y moverse de acá para allá. También los trabajadores: un soldador puede convertirse en el conductor de una sembradora. Mandar a tus hijos al colegio en Avellaneda es lo mismo que hacerlo en Añelo, Neuquén. Para Sturzenegger, los grandes problemas de la economía, de la sociedad, de las familias trabajadoras, son tan sencillos de resolver cómo mover números en una planilla de excel. Para cualquier trabajador o trabajadora tan solo plantearse esta situación es de una crisis terrible[10].
Problemas económicos del plan de Sturzenegger
El capital invertido no es como una plastilina que puede tomar la forma que quieras. Esto es obvio para cualquier ser humano, pero no para los economistas formados en la síntesis neoclásico-keynesiana, como la mayoría de los funcionarios del gobierno nacional. Un puente grúa en una fábrica metalúrgica del Gran Buenos Aires no puede transformarse en una perforadora en la cordillera. El capital, en su metamorfosis, toma varias formas.
Inicialmente el capital es valor, capacidad de comandar trabajo ajeno, dinero. Bajo esa forma, el capital puede transformarse en cualquier mercancía: fuerza de trabajo, tierra, una máquina en particular, vivienda, bienes de consumo, etc. Pero para poner en marcha el proceso productivo, ese capital se somete a una metamorfosis, y una parte toma la forma de capital variable (contratación de trabajadores, los que con su fuerza de trabajo agregan valor) y capital fijo concreto: máquinas, edificios, etc. Una vez que toma esa forma, el capital no puede simplemente volver a transformarse en dinero. Para valorizarse, necesita poner en marcha un proceso productivo, laboral. El capital fijo que no puede ser parte de un proceso productivo se desvaloriza. Si alguno tiene en su casa un telar a vapor, no puede venderlo como si siguiéramos en 1790, dejó de ser valioso hace casi 200 años.
Por eso existe una resistencia burguesa al modelo económico de Milei[11]. En nuestro país existe una burguesía nacional y multinacional, en muchos casos asociada, que tiene miles de millones de dólares invertidos en infraestructura productiva. Miles de máquinas, líneas de montaje, herramientas, galpones, edificios, logística, capacitaciones. Las transformaciones institucionales, legales, impositivas, de comercio internacional y tipo de cambio del gobierno hacen que sectores productivos enteros dejen de ser rentables, llevando a la quiebra a cientos de empresas. Un empresario que quiebra no queda en la calle, pero no puede convertir su fábrica por arte de magia en una mina de litio en Jujuy. El capital fijo de las empresas quebradas, en general, se remata: la sociedad en su conjunto se descapitaliza. Miles de trabajadores durante decenas de años estuvieron aportando su trabajo vivo para la acumulación de trabajo muerto bajo la forma de capital fijo, que desvaloriza producto de la intervención del Estado que comanda Milei.
Hay industriales que ya están convirtiéndose en importadores. Otros no tienen esa posibilidad, como Paolo Rocca de Techint (don chatarrín, para Milei). A Rocca y los burgueses como él, representados políticamente muchas veces por el diario La Nación, les gustaría que otro político burgués se haga cargo del gobierno, un político como Mauricio Macri, que defienda el ajuste de Milei contra los trabajadores pero no destruya el modelo económico y productivo mediante el cual los burgueses industriales hicieron su fortuna[12]. Por el momento, este proyecto político parece una utopía.
Este sector de la burguesía opina que pueden torcerse las relaciones de fuerza, derrotar históricamente a la clase obrera, sin afectar el modelo de acumulación capitalista imperante. El gobierno parece apostar a algo más profundo: para derrotar a la clase obrera pretende quitarle su base material y geográfica. Una clase obrera derrotada es una que tiene que buscar empleo de algo que nunca trabajó y mudarse con su familia a una provincia que no conoce.
El gobierno quiere cambiar el eje económico y social del país: de los grandes conurbanos a la Ruta 40, la que atraviesa la cordillera de norte a sur[13]. Pero el problema es profundo: Argentina es un país donde históricamente su burguesía ha invertido un porcentaje muy bajo de la plusvalía que extrae a sus trabajadores. Las tasas de inversión del país son un 20% menores a las del resto del mundo. El plan del gobierno lleva a la descapitalización del país, por la vía del cierre de gran parte de su industria.
Hay empresas multinacionales y nacionales que están prometiendo grandes inversiones, producto de los jugosos beneficios impositivos del RIGI. Pero esas inversiones aún no se concretaron (las inversiones necesitan décadas para llevarse adelante y madurar) y no llegan ni de cerca a toda la inversión que hace falta para reconvertir el entramado productivo del país.
Hacen falta grandes obras de infraestructura, viales, rutas, ferroviarias, construcción de viviendas, escuelas, hospitales, que el gobierno se niega a hacer. Hoy Argentina tiene un costo logístico descomunal producto de años de falta de inversiones en infraestructura. Para orientar el país hacia el comercio exterior hacen falta ferrocarriles, mejorar las rutas, renovar el parque de camiones, construir nuevos puertos y mejorar los existentes, mejorar la infraestructura fluvial. Todo eso requiere inversiones millonarias que la burguesía argentina no tiene interés en realizar.
En este punto cruje el plan de Milei y revela en todo voluntarismo: ¿acaso los burgueses que fugaron 240 mil millones de dólares ahora van a traer todas esas riquezas para hacer “inmediatamente” un país nuevo sobre la Ruta 40, simplemente porque el gobierno se puso “creativo” con la destrucción? ¿La burguesía argentina va a cambiar su lógica de acumulación porque Sturzenegger le explique las ventajas de invertir en los sectores más productivos por twitter? El gobierno sueña con un proceso de “destrucción creativa”, pero concentra todos sus esfuerzos en la parte de la destrucción y deja voluntaristamente librada a la voluntad del mercado (¡de los empresarios!) la parte de la creación.
La destrucción está en tiempo presente, pero la creación está en un futuro muy dudoso. La teoría neoclásica no sabe ni qué es el capital ni que es el tiempo, pero no necesita entenderlo para chocarse de frente con la realidad. El país va a profundizar su crisis económica si los trabajadores no logramos derrotar al gobierno de Milei.
Problemas sociales del plan de Sturzenegger
Destruir la industria para apostar al campo, la minería y el petróleo implica una enorme crisis social. La industria ocupa al 18% de los trabajadores en blanco, mientras que el campo, la minería y el petróleo juntos solo al 7%. Los sectores que favorece el gobierno generan mucho menos empleo que los que destruye. Pero además, existen miles de comercios y servicios en las grandes ciudades que forman parte del ecosistema de las fábricas, que viven de proveer directamente a la industria o a sus trabajadores. Alrededor de las fábricas se crean barrios enteros que prosperan cuando los trabajadores están mejor y entran en crisis cuando los trabajadores son ajustados por la patronal.
La industria no solo genera empleo directo, sino que crea un entramado urbano propio de la modernidad que es progresivo y genera una enorme riqueza social: escuelas, colegios, universidades, cines, teatros. Todo ese ecosistema social y productivo está en riesgo. No es casualidad que Milei ataque no solo a la industria y a sus trabajadores, sino también a las universidades y la cultura.
La solución de Sturzenegger, una vez más, niega la realidad física del tiempo y el espacio. Propone un “proceso interesantísimo de migración inversa”, donde millones de trabajadores deberán mudarse con sus familias al interior del país. Los grandes procesos migratorios siempre se produjeron en medio de crisis y con enormes sufrimientos y procesos coactivos. Por ejemplo, las migraciones internas del campo a la ciudad en los albores del capitalismo inglés, producto de los cercamientos de tierras, con sus leyes de vagancia para obligar a los campesinos migrantes a trabajar en la industria.
Más recientemente, las migraciones internas en el sudeste asiático, del campo a las nuevas ciudades industriales. Estos procesos migratorios fueron realizados por la fuerza y en la mayoría de los casos bajo gobiernos ultra autoritarios. En China millones de campesinos tuvieron que dejar sus pueblos en el interior del país luego de que el gobierno permitiera la mercantilización de la tierra. Esos millones de nuevos obreros de las ciudades tienen pasaportes internos, y no pueden moverse a voluntad. En 2023 hubo una enorme rebelión obrera en la fábrica Foxconn, que no quería dejar que los trabajadores volvieran a sus pueblos para festejar el año nuevo. Esta política ultrarepresiva es llevada adelante por el Partido Comunista, que dirige un capitalismo de estado profundamente autoritario, sin un atisbo de derechos democráticos o sindicales elementales. Otro ejemplo es el de Corea del Sur, donde la dictadura militar capitalista fue la encargada de doblegar a los campesinos y trabajadores y apuntalar la industria en las grandes ciudades. Estas grandes transformaciones productivas y sociales históricas siempre fueron llevadas adelante con un gran protagonismo de Estados autoritarios que intervienen fuertemente en la economía. Milei en cambio pretende que el estado se ocupe de destruir y reprimir, pero no se hace cargo de las inversiones que hay que llevar adelante para que “funcione”.
Los primeros indicios de ese proceso ya se ven en Neuquén. Compañeros de la provincia cuentan que ya están empezando a llegar migrantes provenientes de los centros urbanos y también de países limítrofes buscando ingresar al sector petrolero. Hacen todos los días filas durante horas sin conseguir empleo. Muchos duermen en las veredas y revuelven la basura, imágenes que no se veían en Neuquén desde hace años. El proceso de “migración inversa” que tan livianamente festeja Sturzenegger ya empieza a mostrar su rostro más crudo.
¿Cómo imagina el ministro que va a ser este proceso donde se mude el 10 o 20% de la población del país? Su plan económico es el de Videla, no porque sean exactamente las mismas medidas, sino que porque, para aplicarlas, necesitan un régimen político mucho más autoritario. Hay que dimensionar las consecuencias sociales de las cosas que afirma tan livianamente el gobierno en Twitter, estamos hablando de millones de familias, chicos que cambian de colegio, de abuelos que se quedan sin familiares para cuidarlos. Una vez más, en la economía de Milei no entra la sociedad, como dijo Manuela Castañeira. Los seres humanos somos un objeto de la economía libertaria, no el sujeto. No tenemos derecho a vivir donde queramos, sino donde el capital nos considere más productivos.
Está comprobado que los sectores productivos a los que apuesta el gobierno son mucho menos demandantes de empleo que los que cierran. Sturzenegger nos propone que nos dediquemos a prestar servicios a estos sectores. Que el soldador de la fábrica metalúrgica de Villa Adelina que cerró se ponga una panchería en la puerta de una minera en Mendoza. Que la trabajadora textil de un taller de Avellaneda se dedique a hacer Uber en Añelo.
Es una enorme pérdida de conocimiento, de know how, de experiencia productiva, para ir a trabajos precarizados, sin derechos, menos productivos y de muy dudosa estabilidad. La clase obrera argentina destaca en la región por su calidad. Producto de décadas de una educación pública de calidad, conquistas económicas y sociales, y una relativa estabilidad laboral, junto muchas ganas de progresar y capacitarse por parte de los trabajadores, un sector muy importante de la clase obrera tiene amplias habilidades productivas. Eso es una verdadera ventaja comparativa con respecto a países de la región, no producto de la naturaleza, sino de las luchas sociales y aprendizajes colectivos de la clase trabajadora argentina. Con la precarización laboral, la pérdida de puestos de trabajo industriales y el ataque a la educación pública, toda esa fuerza productiva puede desaparecer.
Y lo que se preguntan los compañeros en muchas fábricas: ¿qué pasa cuando todos estemos haciendo Uber? ¿a quién vamos a llevar? El “plan” dice que nos quedemos tranquilos, que el capital es una plastilina, el tiempo no existe y todo va a andar bien, pero no hay una salida real para los sectores víctimas del proceso de destrucción, solo el peligro de la marginación social.
Hace falta una salida anticapitalista
La expectativa del gobierno es que en los próximos años se abra una etapa de crecimiento de la actividad y el empleo traccionada por los sectores primarios y extractivistas. En ese sentido, hoy ven un país “en dos velocidades”, con una industria manufacturera estancada y sectores exportadores creciendo que van a arrastrar al resto de la economía. Pero la realidad es exactamente al revés: el sector “destruido” representa la enorme mayoría de la producción y el empleo del país, y su derrumbe puede hundir al país en una crisis económica y social sin precedentes[14].
La reprimarización de la economía no solo va a contramano de la estructura económica y social actual del país, sino que es una regresión extractivista que no tiene en cuenta la destrucción del medio ambiente. La explotación de los recursos naturales del país no puede estar en manos de capitalistas privados, nacionales o extranjeros, que solo tienen en cuenta sus ganancias y no las consecuencias ambientales y sociales de su explotación.
La aplicación hasta el final de este “plan” implica una derrota de la clase trabajadora. Pero estamos lejos de una derrota, todavía hay enormes reservas de organización y resistencia a los ataques del gobierno en la clase obrera.
Con estos ataques aparecen problemas nuevos a los que tenemos que dar respuestas desde la perspectiva de los trabajadores. A medida que se desarrolla el “plan” del gobierno empieza a aparecer de forma dramática el problema del desempleo. En este momento el desempleo está siendo absorbido por el trabajo por plataformas. Por eso el gobierno quiere mantener la economía de plataformas desregulada: el reparto y el transporte de personas por aplicación se convirtieron en el nuevo pulmón del ejército industrial de reserva del capitalismo del siglo XXI. Esto lleva a la saturación de conductores y repartidores, que ya está reduciendo las “tarifas” que reciben los trabajadores y les hace cada vez más difícil llegar a fin de mes.
El gobierno quiere una clase trabajadora precaria, eventual, que esté a disposición de los capitalistas cuando la necesiten. La “solución” al problema del empleo que propone el gobierno es que estés dispuesto a trabajar por muy poco en cualquier lado, sin derechos. Por eso decíamos que la contrarreforma laboral de Milei es esclavista.
Argentina necesita una salida de la clase trabajadora, que se oponga a los ataques de Milei, pero que también se delimite del capitalismo argentino tradicional que defiende el peronismo, que nos trajo a esta crisis. Un programa anticapitalista, que parta de la defensa del salario y el empleo de los trabajadores. Un programa anticapitalista que impulse una Argentina moderna, con industria, cultura, universidades públicas, educación. Un programa anticapitalista con el salario de los trabajadores en el centro.
El eje de ese programa anticapitalista es la planificación democrática y racional de la economía por parte de la clase trabajadora. La burguesía argentina ya demostró que no es capaz de sacar al país de la crisis en la que estamos sumidos hace décadas. El peronismo nos trajo hasta acá, y Milei nos manda a seguir cavando el pozo mientras nos hace pagar la pala. Es hora de una alternativa anticapitalista y que el país lo gobiernen quienes nunca gobernaron: las y los trabajadores.
[1] El Estimador Mensual de Actividad Económica del INDEC es un indicador que estima el nivel de producción de bienes y servicios del país todos los meses.
[2] Volatilidad intersectorial es un término que remite a que el comportamiento divergente de los diferentes sectores productivos. Si la economía está estancada (“crece” al 0%), hay sectores que crecen al 50% mientras otros caen un 20%. Es síntoma de una crisis relacionada a un cambio de modelo productivo.
[3] La producción industrial suele tener rendimientos crecientes a escala. Eso quiere decir que una industria suele ser más competitiva si produce grandes cantidades. En argentina en general la industria produce a baja escala para el mercado interno, mientras que sectores más competitivos en todo el mundo producen a gran escala para el mercado mundial.
[4] Para un mayor desarrollo sobre la importancia de la renta de la tierra en Argentina, ver La rebelión de las 4×4, de Roberto Sáenz y Economía política de las retenciones en Argentina, del autor de esta nota.
[5] Argentina es uno de los países con mayor población urbana del mundo.
[6] “La dialéctica de progreso y regresión, por la obviedad de que todo desarrollo humano hasta nuestros días ha estado marcado por la sociedad de clases, por relaciones de explotación y opresión llamadas a ser abolidas en el comunismo” (Roberto Sáenz, Artemis II: una nueva frontera para la humanidad, Izquierda Web).
[7] Declaraciones de Federico Sturzenegger en X, 4 de febrero de 2026.
[8] Declaraciones de Federico Sturzenegger en Pulso Financiero, citado en El Cronista: “Sturzenegger: la ventaja competitiva que hoy tiene Argentina y por qué “es un mito” que la apertura destruye” empleos
[9] Este fue un debate famoso entre los economistas de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) Joan Robinson y Piero Sraffa, entre otros, y los neoclásicos del MIT (ubicado en Cambridge, Massachusetts, Estados Unidos) Paul Samuelson y Robert Solow, que se conoce como la crítica de Cambridge o la controversia de Cambridge.
[10] No es casualidad que Argentina sea uno de los países donde la población declara estar más estresada ¡del mundo! (Infobae, Argentina es el país con más personas estresadas)
[11] “En la Argentina la división burguesa también está a la orden del día. Hay ganadores y perdedores. Toda la patronal apoya la contrarreforma laboral, pero no todos están de acuerdo con un tipo de cambio ultra atrasado, por ejemplo, que quita competitividad cuando no se la gana por ningún otro lado que no sea el salario y la precarización laboral. ¿Qué pasa con la obra pública? ¿Qué competitividad puede tener un país si el Estado jamás invierte en infraestructura? Si hasta las rutas que existen se caen a pedazos. ¿Hasta cuándo se puede garantizar la gobernabilidad cuando los agregados suburbanos se quedan sin ninguna contención social?” (Roberto Sáenz, Radiografía de un país en una olla a presión. Izquierda web)
[12]“ La propia patronal tiene esta duda además de estar dividida alrededor del modelo mileísta. Hay sectores incondicionales, pero otros, como Paolo Rocca de Techint, están quejándose de la “destrucción del entramado industrial” y reclaman una <apertura inteligente>” (Ídem).
[13] En una reciente entrevista en el programa Cierre de Mercados del canal de Streaming “Ahora Play”, Sturzenegger afirmó que en los próximos años se van a mudar a Neuquén 1.500.000 de personas, a Catamarca 1.000.000 y a San Juan 800.000.
[14] Esto mismo señalaron con agudeza el economista liberal Carlos Melconian en Infobae y el historiador Pablo Gerchunoff en La Nación en entrevistas recientes.




