El CAREM no se terminó el día en que el Gobierno anunció su paralización. Para entonces, la obra llevaba meses perdiendo impulso: los pagos se demoraban, las contrataciones estaban frenadas y la incertidumbre crecía entre quienes sostenían el proyecto. La resolución oficial simplemente puso la firma al vaciamiento iniciado desde la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada. Todos los insumos ya habían sido comprados y 690 millones de dólares ya habían sido invertidos: Milei pretende entregarle los recursos y conocimientos resultantes a un empresario cercano a Trump. Es un saqueo descarado, un despilfarro de años de desarrollo e inversión puestos en el bolsillo de un multimillonario.
La imagen del edificio inmóvil en Lima puede llevar a una conclusión equivocada. Lo más valioso del CAREM-25 nunca fue únicamente el reactor. En esa estructura trabajaban investigadores, ingenieros, técnicos, soldadores especializados, universidades públicas, laboratorios y empresas proveedoras que durante más de cuatro décadas construyeron uno de los desarrollos científico-tecnológicos más importantes del país.
El hormigón puede permanecer donde está. Las personas que hicieron posible ese proyecto no.
Las advertencias llegaron mucho antes del anuncio oficial. Desde los primeros meses de la gestión, trabajadores de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), organizaciones sindicales y especialistas del sector denunciaron el atraso de los pagos, la paralización progresiva de la obra y el riesgo de perder equipos altamente especializados. Cuando el Gobierno confirmó la suspensión, buena parte del daño ya estaba hecho.
CAREM-25: mucho más que un reactor
Para comprender qué representa el CAREM hay que retroceder al siglo pasado. El proyecto nació a comienzos de los años ochenta, cuando la Comisión Nacional de Energía Atómica decidió avanzar en el diseño de un reactor modular íntegramente concebido en la Argentina. En aquel momento parecía una apuesta ambiciosa para un país periférico.
El CAREM pertenece a la nueva generación de reactores modulares pequeños (SMR), una tecnología que hoy concentra inversiones de las principales potencias por la posibilidad de construir centrales de menor escala, con diseños más flexibles y sistemas de seguridad simplificados. Haber alcanzado el nivel de madurez de diseño que tenía el CAREM colocaba a la Argentina entre el reducido grupo de países capaces de diseñar este tipo de reactores con herramientas propias.

Pero el verdadero valor del proyecto no residía solamente en el diseño del reactor. Durante años, el CAREM articuló el trabajo de universidades nacionales, institutos de investigación, laboratorios, talleres metalúrgicos y empresas que desarrollaron procesos productivos inexistentes hasta entonces. Muchos componentes debieron diseñarse desde cero; otros exigieron adaptar capacidades industriales que el país no poseía previamente. Ese proceso permitió formar generaciones de especialistas y consolidar una red científico-industrial cuya construcción demandó décadas.
Así, la Argentina había logrado posicionarse como uno de los principales exportadores mundiales de reactores nucleares de investigación a través de INVAP y de la propia CNEA, además de desarrollar tecnología para la producción de combustible nuclear y participar en proyectos internacionales de alta complejidad. El CAREM buscaba ampliar esa trayectoria incorporando al país en un campo donde sólo un puñado de naciones posee potencial de diseño e ingeniería.
El vaciamiento como política
La paralización del CAREM-25 forma parte de una amplia ofensiva contra el sistema científico argentino. Las universidades nacionales, el CONICET, el INTA, el INTI y otros organismos públicos sufrieron durante el último año recortes presupuestarios, congelamiento salarial, suspensión de programas de investigación y una creciente pérdida de personal calificado. Aunque cada conflicto aparece como un caso separado, el mecanismo se repite. Primero se reduce el financiamiento, luego se deterioran las condiciones de trabajo y finalmente la interrupción de actividades aparece presentada como una consecuencia inevitable. En realidad, el deterioro es el resultado directo de una decisión política.
Ese proceso tiene efectos que van mucho más allá de las instituciones involucradas. Cuando un laboratorio deja de investigar, no desaparece únicamente un presupuesto. También se interrumpen líneas de trabajo construidas durante años, se pierde experiencia acumulada y se debilita la formación de nuevos profesionales. Cuando una empresa deja de fabricar componentes de alta complejidad porque el proyecto que los demandaba se paraliza, ese conocimiento productivo tampoco permanece intacto esperando mejores condiciones económicas.
Por eso la discusión no puede reducirse a cuánto dinero cuesta terminar el CAREM. La pregunta central es otra: ¿qué ocurre cuando un país decide abandonar uno de los pocos sectores donde había logrado producir ciencia propia?
Mientras el mundo acelera, Milei impone el atraso
La respuesta adquiere todavía más relevancia si se observa el escenario internacional. Lejos de retirarse del sector nuclear, Estados Unidos, China, Francia, Corea del Sur, Rusia y Canadá, para enumerar algunos países a modo de ejemplo, incrementaron durante los últimos años las inversiones públicas destinadas a la producción de reactores modulares pequeños. Para esas economías, la competencia tecnológica en sectores estratégicos constituye una herramienta central de política industrial.
En ese contexto, la decisión del gobierno argentino resulta bastante significativa. Mientras las principales potencias fortalecen las instituciones que producen conocimiento y financian proyectos de largo plazo, la Argentina abandona uno de los proyectos que le permitían participar con capacidades propias en esa carrera tecnológica.

El argumento oficial sostiene que el mercado asignará los recursos de manera más eficiente. Sin embargo, la historia del CAREM, y de todo el desarrollo de tecnologías a lo largo de la historia, muestra precisamente lo contrario. Ninguna empresa privada sostuvo durante más de cuarenta años una investigación de esta magnitud sin esperar ganancias inmediatas. El proyecto existió porque el Estado financió investigación básica, formación de especialistas, infraestructura y expansión industrial durante varios años. Cuando ese respaldo desaparece, el sector privado no ocupa automáticamente ese lugar porque desarrollos de este tipo simplemente no funcionan con incentivos de ganancias a corto plazo.
Lo cierto es que hubo una inversión social que ahora va a ser apropiado por un privado, que no puso nada en desarrollo de personal, conocimientos, etc. Milei le está regalando el más mínimo desarrollo argentino a una empresa que no hizo nada para tenerlo.
Lo que realmente se pierde
La imagen del reactor detenido puede transmitir la idea de una obra inconclusa que algún día podrá retomarse. Pero el verdadero daño ocurre fuera del edificio. Cada investigador que abandona el proyecto, cada ingeniero que migra hacia otra actividad, cada técnico especializado que deja de transmitir su experiencia y cada taller que interrumpe la fabricación de componentes complejos representan una pérdida que ningún cambio presupuestario puede revertir de inmediato.
Los edificios pueden terminarse años después. La experiencia colectiva no permanece esperando junto al hormigón.
Ese es el efecto más profundo del vaciamiento impulsado por el gobierno de Javier Milei. No destruye únicamente un reactor. Comienza a desarmar una acumulación científica, tecnológica e industrial construida durante generaciones. Así, Milei renuncia a continuar con una de las pocas áreas en las que Argentina había logrado producir conocimiento, formar profesionales y desarrollar tecnología propia. Recuperar una obra puede llevar algunos años. Recuperar el trabajo colectivo que hizo posible el CAREM demandará, una vez más, décadas.




