Mientras el “círculo rojo” deshoja la margarita

Mayo fue el mes en que se ha instalado definitivamente una duda en la burguesía: ¿es conveniente seguir apostando políticamente por Milei? ¿O, manteniendo algunos clivajes básicos conquistados, hay que buscar otros rumbos menos disruptivos?

Esto se combina con una situación de crisis social empujada por la miseria salarial, los despidos y la precarización que genera una crisis de expectativas en un sector de la sociedad, y bronca y desasosiego en otra.

Mientras el gobierno se niega a cumplir con la aplicación de la Ley de Financiamiento Universitario, los estudiantes secundarios del Nacional Buenos Aires y el Pellegrini toman su escuela. Hay que profundizar el plan de lucha para torcerle el brazo a Milei.

El gran dilema del país burgués: ¿Qué hacer con Milei?

Las preguntas de la burguesía surgen de una constatación. Esto es que con Milei se logró construir un nuevo consenso burgués alrededor de, por los menos, dos puntos básicos: el superávit fiscal y la reforma laboral. Estas eran “reivindicaciones” sentidas por esta clase social desde hace por lo menos una década. El gobierno de Macri fue el primer ensayo de esta ofensiva. Como sabemos, fracasó en el intento con la reforma previsional el 14 y 18 de diciembre de 2017, cuando la movilización y el enfrentamiento a la represión sellaron su suerte.

El gobierno de Alberto Fernández y CFK fue la encarnación de esta irresolución: incapaz de avanzar con las reformas estructurales para no enemistarse con su base social, también estuvo limitado para otorgar mínimas concesiones que la satisfagan. Así, se consumió en la impotencia.

Esto generó el contexto en el que la burguesía utilizó a Milei como ariete para golpear desde la derecha e inclinar la situación política. Con ariete nos referimos a instalar una serie de discusiones que, en una Argentina marcada por dos sucesos “fundantes” (la caída de la dictadura y el Argentinazo en el 2001) que constituyeron un determinado nivel de relaciones de fuerzas entre las clases, habían quedado por fuera de lo decible. Milei vino a cuestionar varias de las conquistas anudadas alrededor de esos eventos, con disímil éxito, probablemente con más suerte en el campo económico-social, y prácticamente ninguno en el de las libertades democráticas y el desborde del régimen político.

Si bien en 2023 la primera opción de los empresarios era Patricia Bullrich, una vez consumada la votación y erigido Milei como presidente le dieron una tarea precisa: terminar con el “populismo” (eufemismo usado para llamar a los gobiernos de conciliación de clases, como el peronismo) y poner a la Argentina a tono con el mundo, donde se venía avanzando con las reformas estructurales (laboral, tributaria y jubilatoria).

Milei no cumplió con todo, pero llegó más lejos que sus antecesores, y eso por ahora es suficiente: “(…) ¿puede construir un modelo nuevo el mismo líder que destruyó lo viejo? Es la pregunta del millón. Un consultor de fuste lo describía así: es como cuando uno quiere remodelar su casa y llama a un maestro mayor de obras para que la tire abajo. ¿Llamaría a esa misma persona para decorarla y diseñarla como a uno le gusta? Probablemente no” (La Nación, 29/4/26). De ahí que sea la propia burguesía la que “adelante” la coyuntura electoral, con la preocupación puesta en preservar lo conquistado y orquestar un eventual recambio lo más prolijo posible.

Alertas, alertas y más alertas

Las preguntas de la burguesía se inscriben a su vez en un marco más amplio: la existencia de la extrema derecha como corriente política internacional y su performance de gobierno.

El gobierno de Milei es parte de la constelación de Trump, Netanyahu, Bolsonaro, Meloni, entre otros. Y desde la vuelta a la Casa Blanca del primero, ensaya un alineamiento casi completo. A causa de esto es que Milei, con sus especificidades, sufre también los mismos avatares que el presidente del imperialismo yanqui. Los últimos meses han abierto grandes interrogantes sobre la extrema derecha mundial: la ofensiva fracasada de Trump en Irán (de la cual no logra salir), la derrota electoral de Orbán en Hungría, el escándalo de corrupción que envuelve a Flavio Bolsonaro en Brasil, el pantano en el que está metido el gobierno argentino hace varios meses por desmanejos varios, etc.

La extrema derecha es un fenómeno que hunde sus raíces en factores estructurales del capitalismo del siglo XXI, y como tal, expresa tendencias profundas; pero electoralmente no logra (aún) afirmarse, ni menos desbordar por derecha el régimen político de la democracia burguesa. Ese “vacilar”, sumado a un determinado grado de independencia de este sector de los intereses de la burguesía y el peligro de que forzar demasiado los desarrollos hacia la extrema derecha puede generar un rebote hacia el otro lado, es lo que incomoda a sectores de la burguesía, que preferirían un personal político más previsible. Qué pase a fin de año con las elecciones en Brasil y Estados Unidos es fundamental para medir la consistencia de este sector político.

A este debate sumó su voz en los últimos días la Iglesia Católica. Tanto la encíclica del Papa León XIV como la intervención del arzobispo García Cuerva en el Tedeum del 25 de Mayo pusieron alertas acerca de los peligros que implica la concentración de riquezas sin reparos, el crecimiento de la desigualdad, la polarización política y social, y la explotación sin ningún tipo de límite ni contención. Nadie se anima a negar que esta versión cristiana del “capitalismo con rostro humano” en ambos casos apunta a Trump y Milei.

Ya en el terreno puramente nacional, otra arista de los problemas la expresa el editorialista Joaquin Morales Solá: “¿es necesario que Milei oriente su política exterior para seguir en todos los casos las líneas fundamentales que establece el gobierno de Washington? Debe recordarse que en enero de este año Trump decidió retirar a su país de la Organización Mundial de la Salud. Milei hizo lo mismo con la Argentina dos meses después. Si se mira lo que está sucediendo en un mundo de sucesivas guerras, es comprobable que Trump lleva a los Estados Unidos, la otrora única potencia mundial, a una situación de patética irrelevancia.” (La Nación, 27/5/26). Recordemos las advertencias de este mismo periodista hace meses atrás cuando Milei dijo que Argentina estaba “en guerra” con Irán a partir de la ofensiva de Estados Unidos e Israel. Las aventuras, menos que menos las militares, no están en la agenda de la burguesía.

Finalmente, este paréntesis ya empieza a afectar al sector dinámico de una economía fracturada (el agro, el petróleo y la minería por un lado; la industria, la construcción y el consumo por el otro): “La avalancha de inversiones del mundo en Vaca Muerta, apalancadas con el RIGI, no llegará. Y una peor noticia ya se asentó en oficinas argentinas: las empresas locales desaceleraron e incluso congelaron proyectos nuevos. Todos ya ingresaron a un adelantado clima electoral, en donde ven peligrar la continuidad de Javier Milei en el sillón presidencial” (Perfil, 24/5/26).

En síntesis, un sector de la burguesía opina que lo que Milei cumplió con su tarea, pero para consolidar y construir se necesitan otro personal y otras herramientas.

Los que se prueban el traje

En este punto es donde comienza la danza de nombres para construir el posmileísmo. Bullrich picó en punta desmarcandose del caso Adorni, y dentro del gobierno nacional es probablemente la única figura con personalidad y peso electoral propio. Mientras tanto, Macri salió del ostracismo de los últimos años para intentar reconstruir un machucado PRO.

Por su lado el peronismo no logra rehabilitarse del fracaso del gobierno de Alberto Fernández, y la posterior derrota de octubre de 2025 (luego de ganar por más de 14 puntos en la provincia de Buenos Aires un mes y medio antes) aunque lentamente empieza a esbozar una serie de tendencias en competencia.  Por un lado, el kirchnerismo, con CFK presa y proscripta (situación que desde el Nuevo MAS denunciamos), atraviesa probablemente su momento de menor influencia político-ideológica desde que existe como corriente. La negativa a hacer algo disruptivo frente a su injusta detención (opinamos que no tenía que entregarse a la Justicia), sumado a la falta de proyecto alternativo y la renuencia de sectores de la burguesía para con ella, lo están reduciendo a su mínima expresión. Por otra parte, Kicillof y su Movimiento Derecho al Futuro (orquestado alrededor de los intendentes y la burocracia sindical) intenta mostrarse como la némesis absoluta de Milei, mientras que la provincia que administra se hunde en la crisis social, se destruye la salud y la educación y aplica al personal estatal de cualquiera de sus ramas los mismos salarios de miseria que el gobierno nacional. Por último, el sector del PJ Federal apareció en las últimas semanas.

Su “reorganización interna” se debate alrededor de qué modelo económico ofrecer, y quien mejor lo esbozó fue Aníbal Fernández, quien hoy apoya a Kicillof. Dijo que de las medidas económicas implementadas por Milei “no tocaría nada”, que en todo caso hay que “mirar pedacito por pedacito. Porque el esfuerzo que le hicieron hacer al pueblo argentino no se puede dilapidar ni dejar de costado”. Así, mientras dejan pasar la destrucción a la que somete Milei al país, el peronismo se adapta al nuevo consenso burgués: mantener el equilibrio fiscal, renegociar y pagar la deuda con el FMI, y generar confianza en los mercados. Mirándose en el espejo de Brasil, se postulan como la versión argentina del Lula 3: volver a gobernar sin modificar una coma de los destrozos hechos por el gobierno anterior.

Copar la Plaza de Mayo para que Milei cumpla con la ley

Como venimos señalando en nuestros análisis, las dudas de la burguesía, sumado a las 3 movilizaciones de masas de los últimos meses (24M, la marcha de la CGT del 30 de abril a Plaza de Mayo, y el 12M por la Universidad), la crisis social sin fondo y la caída en la imagen y aprobación de Milei y el gobierno, han abierto un interregno. Aún golpeado, el gobierno pelea por reafirmarse, e incluso parlamentariamente consigue apoyos para sacar algunas leyes.

En ese marco, la izquierda tiene enormes desafíos por delante. El país está cruzado por varios interrogantes: sobre la continuidad del gobierno de Milei, sobre qué modelo de país hay que construir, y en ese marco, cómo intervenir desde los intereses de los trabajadores.

Contradictoriamente, el momento más desafiante de los últimos años encuentra al FITU en su peor momento: consolidado como una mera cooperativa electoral sin ningún acuerdo siquiera para movilizarse de conjunto, mucho menos intervenir de manera unificada en un conflicto. La ubicación de Myriam Bregman en términos de imagen positiva, si bien es un dato alentador y una conquista del conjunto de la izquierda, al ser puramente electoral, no tiene la capacidad para resolver este problema estratégico (amén de que falta un año y medio para las próximas elecciones, y ni siquiera esté claro cuáles serán las reglas de juego electorales). Nuestra propuesta, desde una perspectiva unitaria, es que hay que conformar un frente de toda la izquierda, que debe construir un programa de independencia de clases que sea de cumplimiento para todas las fuerzas integrantes, en la perspectiva de superar el mero terreno electoralista.

Lamentablemente, se han perdido oportunidades -por responsabilidad del PTS en particular-, como hubiera sido conquistar el Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras de la UBA. Un centro de estudiantes dirigido por la izquierda en esta facultad sería clave en estas semanas que se reavivó el conflicto universitario, fundamentalmente a partir de las tomas en el Nacional Buenos Aires y el Carlos Pellegrini. La juventud anticapitalista del ¡Ya Basta! y Tinta Roja se encuentra en la primera línea del impulso activo de esta pelea, empujando la toma por tiempo indeterminado en los preuniversitarios, y el cacerolazo educativo en Puan y Rivadavia votado por la asamblea del CEFyL. Este último se transformó en un hecho político por la intervención destacada de nuestra joven compañera Violeta Alonso en los medios de comunicación, en particular frente al fascista de Feinmann. La viralización de su intervención refleja el enorme apoyo social a la causa universitaria. Sobre esa base, queda planteada la construcción de un paro activo nacional en la universidad y volver a copar la Plaza de Mayo hasta que Milei cumpla con la Ley de Financiamiento.

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