CINE Y POLÍTICA

Microhábitat: La juventud sin hogar

Miso es una joven coreana que vive al día limpiando casas, pero la dificultad de pagar un alquiler la llevará a deambular entre los departamentos de sus amigos para poder vivir. De esta manera, esta producción surcoreana refleja la triada que aqueja a las nuevas generaciones bajo el capitalismo del S. XXI: la falta de educación gratuita, empleo formal  y el acceso a la vivienda.

Martine Luxemburgo y Santiago Damiani

Para nuestra protagonista, la felicidad reside en dos cosas: tomar whisky y fumar cigarrillos. A pesar de la falta de calefacción en su hogar y su precario empleo, se mantiene con determinación y decide no abandonar aquello que la hace feliz, con una inocencia un tanto naive. Este peculiar personaje define, ante el aumento del precio de los cigarrillos como de la renta de su departamento, abandonar el mismo y vivir como una nómade entre las casas de sus ex-compañeros de la universidad.

A lo largo de su odisea va descubriendo las diversas problemáticas que viven sus amigos, a pesar de contar con un trabajo estable y una vivienda. Miso se dedicará a escucharlos y darles un soporte emocional, sin importar que cuestionen sus decisiones. Así, el film refleja la realidad cotidiana de muchos jóvenes atravesada por situaciones tales como separaciones, embarazos no deseados y violencia de género, en escenas no exentas de comicidad e ironía.

El cine asiático viene en ascenso desde finales de los 80 y, particularmente, el surcoreano es el que ha tomado la palabra en este siglo. Autores como Lee Chang-dong, Hong Sang-soo o el recientemente multipremiado Bong Joon-ho, se encuentran entre lo más alto del cine mundial, pero aún falta la  visibilización de directoras mujeres, quizás más que en cualquier otra región. Por eso Microhábitat se establece como un gran debut de su realizadora, Jeon Go-woon, quien logra crear un relato de urgencia social manteniendo cierta ternura, incluso en escenas dramáticas como cuando la pareja de Miso debe alistarse al ejército para ganar un poco más de dinero. El personaje principal es entrañable y maravillosamente escrito, de esos que se te quedan en la consciencia y se vuelven icónicos.

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Uno de los aspectos centrales que se desprende de esta ficción y traza un lineamiento a lo largo de la trama, es el abordaje de las dificultades de la juventud actual para acceder a una vivienda. Con trabajos precarizados y en su mayoría sin registrar, ingresos insuficientes y elevados costos en los alquileres, el derecho a la vivienda se posiciona como una de las problemáticas que atañe a las nuevas generaciones del siglo XXI. Lejos quedaron los años dorados del capitalismo que, mediante crecimiento económico, supo brindar pleno empleo y la posibilidad de adquirir una vivienda propia. Nada de eso ha quedado hoy. Por el contrario, la juventud actual se encuentra en uno de los momentos críticos que jamás se han observado a nivel mundial, expuestxs aun capitalismo cada vez más voraz, que se propone incluso, continuar acrecentando sus ganancias a costa de extinguir el mismísimo planeta tierra.

Particularmente en la trama se puede observar la realidad surcoreana en la que tiene lugar la vida de Miso, enmarcada en uno de los sistemas socioeconómicos con mayores niveles de elitismo, reflejados en una educación privatizada inalcanzable, altos costos de vida y una marcada diferencia entre las clases sociales. La falta de perspectiva en el futuro que logran transmitir los personajes, construyen los momentos más dramáticos del film. De esta manera, el paralelismo e identificación con la realidad juvenil hoy se hace clara. “Mi objetivo es vivir una vida sin deudas”, manifiesta la protagonista, evidenciando que la vida bajo el capitalismo se contrapone absolutamente con la plenitud del ser vital, la felicidad y la posibilidad de alcanzar condiciones de vida dignas, logrando acceder a derechos tan elementales. Al tiempo que obliga a lxs jovenes a un estilo de vida en los márgenes del ultracapitalismo elitista, al cual pocxs pueden acceder.

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Si bien en las últimas décadas Corea del Sur se fue transformando en un centro de avance tecnológico de gran magnitud, este avance de las fuerzas productivas no se traduce en condiciones económicas estables. No para la juventud y el conjunto de la clase trabajadora surcoreana, la cual presenta grandes índices de desempleo y se ve atravesada por verdaderas relaciones de competencia en el mercado laboral, como lo muestra el film. Donde la falta de un techo para vivir empuja a grandes sectores de la población a tomar territorios o viviendas (en los mejores casos, cuando no terminan en la calle), expandiéndose los asentamientos híper-precarizados o los hace esclavos a planes de viviendas. Así, la lógica de acumulación capitalista y la propiedad privada muestra su peor cara: mientras unos pocos cuentan con varias propiedades que permanecen desocupadas la mayor parte del tiempo; otros luchan a diario por sobrevivir sin dejarlo todo.

Sin embargo, el desarrollo industrial en ascenso del continente asiático, contradictoriamente permitió la aparición y desarrollo del proletariado de mayor densidad a nivel mundial, un aspecto de gran importancia que debe ser considerado en un contexto mundial en constante transformación, donde la lucha de clases no descansa, sino que se enciende cada vez más.

Mientras los gobiernos burgueses del mundo han dado muestras que el acceso al empleo formal, la educación gratuita y de calidad y la vivienda no forman parte de la agenda gubernamental, la juventud se organiza y se levanta en busca de una nueva perspectiva con oportunidades para todxs y la posibilidad de vivir en una sociedad más justa.

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