Reunión a 30 años de su fundación

Mercosur: encontronazos, crisis e incertidumbre

Un análisis de los roces y diferencias sobre los destinos del Mercado común entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay y sus relaciones con el imperialismo.



El pasado 20 de marzo se cumplió el 30 aniversario de la conformación del Mercado Común del Sur (Mercosur). Con este motivo se celebró una conferencia virtual en la que hablaron los presidentes de los 4 países miembros (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) y posteriormente los de los países asociados (Bolivia y Chile).

En el transcurso de los discursos se hicieron visibles las dificultades para consensuar un rumbo común para los próximos tiempos, y se delimitaron dos sectores: uno que podríamos llamar de continuidad (Alberto Fernández) y otro que plantea la “flexibilización” del Mercosur para ir hacia relaciones más descarnadas de sometimiento a los países imperialistas (Bolsonaro, Lacalle Pou, Abdo Benítez).

El papel del Mercosur y sus limitaciones

El Mercosur se creó en 1991 a partir del Tratado de Asunción, pensado como un organismo de integración regional. Estableció facilidades para el comercio entre sus países miembros y, al mismo tiempo, un Arancel Externo Común (AEC) que sus países miembros cobran a los productos extranjeros que ingresan a la región. El Mercosur tiene la particularidad (a diferencia de otros organismos de este tipo, como la Unión Europea o el Nafta, salvando las distancias) de integrar a países periféricos, cuyo desarrollo industrial y económico ha estado históricamente dificultado por las relaciones de opresión con el centro imperialista del mundo. Aún así, se lo considera a priori como el cuarto bloque económico en importancia mundial, y reúne el 82% del PBI de Sudamérica, una región caracterizada por su enorme riqueza natural.

Los acuerdos establecidos entre los socios del Mercosur operan en un doble sentido. Por un lado, para fomentar el libre comercio entre los países sudamericanos, facilitando a cada país la colocación de sus productos dentro de los países vecinos y permitiendo cierta complementación productiva entre los mismos. Esto último es lo que sucede en el caso de la industria automotriz, que ubica distintas etapas de la cadena productiva en los países del Mercosur (Argentina y Brasil, particularmente).

Por otro lado, la imposición del AEC por parte de los países del Mercosur permite una relativa coordinación en materia de proteccionismo económico con respecto a economías más desarrolladas que las sudamericanas, nivelando los precios de las mercancías extranjeras que ingresan a la región.

La existencia del Mercosur podría cumplir un rol progresivo en Sudamérica, si funcionara como una herramienta para elevar el nivel de desarrollo productivo de la región en su conjunto y como un contrapeso a las presiones del imperialismo. Por esta razón es que muchos sectores de los  intelectuales y corrientes del “progresismo” latinoamericano (incluido el kirchnerismo) han hablado durante décadas de la importancia y potencial del Mercosur.

No obstante, estos mecanismos de proteccionismo y promoción del desarrollo productivo se ven socavados en la práctica por el carácter burgués del organismo. Para sacar a la región del atraso productivo en el que se encuentra sería necesario chocar frontalmente contra los intereses imperialistas, con medidas tales como la nacionalización del comercio exterior y de las ramas más importantes de la industria; medidas que ni las burguesías sudamericanas ni sus gobiernos tienen el menor interés en tomar.

Transcurridos ya 30 años desde la fundación del Mercosur, la estructura productiva de los países latinoamericanos no se ha modificado cualitativamente: siguen siendo países periféricos o semi – coloniales. Es representativo el hecho de que las ramas más dinámicas de la industria en Sudamérica dependen de capitales extranjeros, como en el caso de las automotrices. Y son, al mismo tiempo, estos capitales extranjeros los que terminan beneficiándose de los tratados de libre comercio al interior del Mercosur.

Cómo salir de la crisis

La reunión por el 30 aniversario del Mercosur estuvo atravesada por el contexto económico actual, marcado por la crisis económica que se inició en el 2008 y que recrudeció significativamente con la pandemia del Covid – 19. Si bien estaba pensada como no mucho más que un acto conmemorativo, la conferencia se transformó en una discusión pública sobre qué rumbo debe encarar el Mercosur en el contexto de una crisis que está aún lejos de terminar.

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Los discursos tuvieron bastante resonancia en los medios por el encontronazo entre Alberto Fernández y el presidente uruguayo Lacalle Pou. Pero éste no dio una mera opinión personal, sino que fue quien más abiertamente expresó la posición del sector mayoritario dentro del Mercosur: que la vía para salir de la crisis económica que sufre la región es ir hacia un mayor nivel de sometimiento de los países sudamericanos con respecto al imperialismo.

El presidente uruguayo dijo que el Mercosur no puede seguir siendo “un lastre o un corsé” y que debe ser en cambio un “trampolín” para que los países miembros se desarrollen, y que la vía para hacerlo debe ser la flexibilización de las negociaciones que el organismo mantiene con países extranjeros para establecer acuerdos comerciales.

Actualmente, para que los países miembros del Mercosur firmen un tratado comercial con países no miembros debe llegarse a un acuerdo consensuado entre los países miembros. A través de este mecanismo, Alberto Fernández rechazó hace pocos días la posibilidad de acuerdos comerciales entre el Mercosur y Corea del Sur, Canadá, Líbano y Singapur (acuerdos a los que Fernández había dado el visto bueno un año atrás). ¿Qué significa flexibilizar el Mercosur? La exigencia de Lacalle Pou es, en pocas palabras, que los países miembros puedan llegar a acuerdos individuales con países no miembros sin consensuarlo con el resto del Mercosur.

Bolsonaro y Abdo Benítez se expresaron en términos similares. El presidente brasileño promulgó la “modernización” del organismo en un corto alegato que duró 6 minutos (en contraste con el de Fernández, que tomó 23 minutos), luego del cual abandonó la reunión sin mayores explicaciones.  El presidente paraguayo, por su parte, dijo que “las negociaciones externas [entiéndase: con el imperialismo. A.S.] deben ser conjuntas” pero “sin impedir el desarrollo de nuestra economía”, lo cual significa básicamente flexibilizar el organismo de común acuerdo.

Discursivamente, cada mandatario se expresó de manera más abierta o más matizada, pero sus planteamientos políticos fueron esencialmente los mismos. Además de la flexibilización, los 3 presidentes mencionaron la necesidad de reducir el monto del Arancel Externo Común (AEC).

La nota discordante en la discusión la dio Alberto Fernández, quien en su discurso habló largo y tendido de las virtudes del Mercosur, como por ejemplo tener “una de las agendas comerciales más dinámicas del planeta”, una abstracción que contrasta en los hechos con la grave crisis económica que atraviesa la región desde hace años, por no hablar de los desastres sanitarios, sociales y políticos que se están desarrollando en estos momentos como resultado de la negligente gestión que se está haciendo de la crisis del Covid – 19. Si bien contestó enérgicamente a Lacalle Pou y rechazó la perspectiva de una flexiblización, Fernandez quedó evidentemente a la defensiva y en una situación de minoría total al interior del Mercosur.

La falta de un proyecto alternativo

Terminada la reunión, se extendieron por la prensa sudamericana los rumores sobre una posible “ruptura” del Mercosur. Si bien ninguno de los mandatarios participantes se expresó en estos términos, es real que las diferencias sobre el rumbo a seguir cuestionan la existencia real del Mercosur (aunque nominalmente se sostenga).

Aunque Alberto Fernández declaró a los medios que la discusión con Lacalle Pou habría sido un exabrupto ocasional y que el funcionamiento del organismo continuará normalmente (esta es la posibilidad más probable en el corto y mediano plazo), lo que quedó claro en la reunión es que no hay forma de lograr consensos generales para definir una orientación clara en el próximo tiempo.

Sin embargo, la posición relativa de estas posiciones está lejos de ser fija. El destino del Mercosur depende también de la evolución política de la región. Las posiciones de Brasil y Uruguay dependen en gran medida de la estabilidad de sus gobiernos actuales, que están lejos de haberse consolidado. Tanto uno como otro están todavía en su primer mandato y no tienen asegurado un segundo. Paraguay es el país más estabilizado hacia la derecha, con el Partido Colorado dominando su vida política casi sin fisuras.

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La perspectiva planteada por Lacalle Pou, Bolsonaro y Abdo Benitez implica una sumisión cada vez mayor de los países sudamericanos al imperialismo, lo que derivaría necesariamente en que la estructura productiva de dichos países sea cada vez más dependiente. La idea de bajar los aranceles y flexibilizar las negociaciones externas apunta a abaratar los costos de producción y de importación en los países sudamericanos, permitiendo a los capitales extranjeros venir a la región a hacer negocios fáciles y llevarse las ganancias. Se trata de abrir un proceso de re – primarización del sistema productivo, desguazando el poco desarrollo existente (particularmente en Argentina y Brasil) y limitando el papel de los países sudamericanos al de exportadores de materias primas para el mercado mundial.  Una idea que recuerda mucho a las exhortaciones macristas a “integrarnos al mundo” para atraer la “lluvia de inversiones”[1].

Lo que no queda claro es cuál sería la propuesta alternativa de Fernández para el futuro del Mercosur. Era esperable, dadas las diferencias del gobierno fernandista con respecto a los de sus socios (hablamos de un gobierno social – liberal de Fernández frente a gobiernos abiertamente neoliberales en los casos uruguayo, brasileño y paraguayo, e incluso reaccionario y con tintes fascistoides en el caso de Bolsonaro), que el presidente argentino se negara a consensuar diplomáticamente un curso flexibilizador de este tipo. Pero las quejas de Fernández no pasan de la negativa, y su glorificación del estado actual del Mercosur tiene sabor a poco en el contexto de una crisis económica que no da tregua.

Esta es una contradicción constitutiva de un gobierno como el de Fernández: se niega a profundizar el desguace abierto y descarado del sistema productivo nacional por la necesidad de contener a su base social y evitar desbordes sociales pero, al mismo tiempo, y por su carácter burgués, se niega a tomar medidas que permitan reactivar la economía en base a los intereses de los trabajadores y evitar que sea el curso mismo de la crisis económica el que socave la estructura económica del país. Así, su propuesta de continuidad para el Mercosur queda reducida a la “aguantar”, a no cambiar nada de fondo y defender lo (poco) que ya se tiene.

En estos términos, todo apunta a que la función del Mercosur para el próximo período será meramente formal. Queda por verse el desarrollo de las reuniones de Cancilleres previstas para mediados de abril, que tendrá sede en Buenos Aires, y en las cuales se supone que se discutan específicamente las negociaciones externas. Pero, incluso si la propuesta de flexibilización neoliberal de Lacalle Pou, Bolsonaro y Abdo Benitez no logra consenso, no hay en el horizonte ninguna política de coordinación regional que apunte a beneficiar los intereses de la clase trabajadora y las mayorías populares.

Sin embargo, estructuralmente ninguna de las posiciones en juego implica cambiar el lugar de países dependientes y subdesarrollados de los miembros del Mercosur. Una apuesta a la subordinación total, la otra a una subordinación con condicionamientos, mediada, con margen de autonomía relativa mayor.

De concretarse esta posibilidad, que parece ser lo más probable, significaría dejar a la región librada al curso de la crisis y a la gestión individual que cada gobierno haga de la misma dentro en su país, lo cual es inmensamente negligente en momentos como el actual, cuando la crisis sanitaria, económica y social producto de la pandemia demuestra que los problemas sociales que estamos presenciando no pueden resolverse únicamente dentro de las fronteras nacionales.

 

 

[1] Ni lerdo ni perezoso, el imperialismo británico tomó nota de la discusión y salió rápidamente a sentar posición a través de Faye O’Connor, su canciller. La funcionaria se reunión con Lacalle Pou en los últimos días y declaró a la prensa que el gobierno británico está muy interesado en llegar a acuerdos comerciales con Uruguay y el resto de los países del Mercosur, aclarando que el Reino Unido tiene más para ofrecer al Mercosur que la Unión Europea, expresando sus ánimos de competir por el reparto imperialista de los negocios en Sudamérica.

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