Medio Oriente en re-definición: Trump e Irán escalan y negocian mientras Israel continúa su agenda colonial

Mientras las negociaciones Trump-Irán se estiran, Israel continúa sus avances expansionistas sobre Líbano y Siria. Tanto Washington como Teherán quieren llegar a un acuerdo, pero los términos son difíciles: ninguno se quiere mostrar perdiendo. El principal factor de inestabilidad de la región, y a nivel inernacional, es el sionismo: su expansionismo desbocado no parece poder encontrar estabilidad alguna.

Medio Oriente permanece como una región caótica y en vías de re-definición mientras la crisis interminable alrededor de Ormuz expande sus consecuencias económicas y despierta dudas a largo plazo en Asia.

Escalada o negociación

El domingo por la noche, Trump realizó una nueva conferencia de prensa desde la Casa Blanca para abordar por enésima vez el tema de las negociaciones de paz con el régimen iraní. El discurso llegó tras largas semanas de crisis política para Trump por la imposibilidad de cerrar (o al menos acercarse a) un acuerdo con Irán, especialmente alrededor de la reapertura del Estrecho de Ormuz.

La conferencia fue, en gran medida, una película repetida. Dió un nuevo ultimátum a Irán para firmar un acuerdo, bajo la amenaza de bombardear infraestructura civil con toda la fuerza del «Mayor Ejército del Mundo». También se esforzó por señalar que el régimen iraní estaría deseoso por firmar un acuerdo de paz. Y dijo una vez más, que «la guerra no tenía por objetivo el cambio de régimen, pero ya lo conseguimos». El régimen actual (es decir, los mismos funcionarios que hasta hace algunos meses atrás, salvo por el asesinado Jameneí) sería «menos fundamentalista» y más «negociador».

En todo caso, ninguno de los pronósticos trumpistas se cumplió. La hora del ultimátum llegó y pasó. No hubo acuerdo ni bombardeo de infraestructura crítica iraní. Este martes (9) Trump volvió a amenazar a Irán, esta vez a través de un comunicado. Allí acuso al régimen iraní de haber derribado un helicóptero militar estadounidense sobre Ormuz, cerca de las costas de Omán, y dijo que EEUU «respondería» a la ofensa. 

El miércoles (10) EEUU atacó las zonas sur y centro de Irán abriendo un nuevo intercambio de retaliaciones. Por la mañana atacó una reserva de agua potable en el sur, dejando a 20.000 personas sin suministro, según reportes de los medios iraníes. Hacia la medianoche y madrugada del jueves (horario de Teherán) el Comando Central estadounidense lanzó ataques aéreos sobre una docena de ciudades iraníes, entre ellas Isfahan, Kish, Sirik, Minab, Karaj, Bandar Abas y las afueras de Teherán. De momento, el ejército yanqui parece cuidarse de golpear la capital iraní. 

El gobierno iraní respondió atacando la Quinta Flota estadounidense en Baréin, así como bases militares ubicadas en Kuwait y Jordania. En respuesta, el comando militar iraní anunció el cierre total de Ormuz y declaró haber atacado dos embarcaciones en el estrecho. Tras el intercambio, el Comando Central estadounidense (“CENTCOM”) emitió un comunicado en cual declaraba haber “completado ataques en defensa propia contra objetivos múltiples en Irán”. Más o menos al mismo tiempo, el ejército israelí declaró haber recibido proyectiles provenientes de Líbano hacia el norte de Israel. Y los hutíes de Yemen (aliados de Irán) amenazaron a Israel con eventuales ataques. De conjunto, se trata de la mayor escalada de ataques y retaliaciones desde el inicio del alto al fuego a mediados de abril. 

Aún así el escenario general no parece ser el de una escalada que se extienda en el tiempo. Los gestos que mediaron la escalada así lo sugieren. El gobierno de Trump avisó públicamente antes de atacar, no impactó las grandes ciudades (especialmente Teherán, el centro político del país) ni concretó las amenazas de atacar infraestructura crítica (plantas energéticas, puentes). De la misma manera, el CENTCOM se ocupó de oficializar el final de la serie de ataques. 

Esto no significa que una escalada mayor esté fuera de las posibilidades. La situación en el Golfo (y en el globo entero) entraña demasiados elementos de crisis de perspectivas, desequilibrio de fuerzas e inestabilidad. Entre ellas, la propia existencia del trumpismo. Trump ingresó a una guerra sin estrategia, dominada por un infinito tacticismo. No puede descartarse que la suma de inestabilidad y discrecionalidad trumpista den paso a nuevos intercambios de fuego, bombardeos o una ruptura general del ya frágil alto al fuego. Mucho menos teniendo en cuenta que, además de Trump, un factor de infinita inestabilidad es el accionar de Israel. La insistencia de Netanyahu (y de todo el régimen sionista) por continuar los bombardeos y la ocupación en Líbano fue el primer elemento causante de la escalada de la última semana. 

Trump en su laberinto

Lo cierto es que las negociaciones entre Trump e Irán se extienden interminablemente, en un contexto de indefinición que periódicamente amenaza con escalar al tiempo que sigue desgastando políticamente al gobierno trumpista. 

El discurso del domingo por la noche fue bastante clarificador en cuanto a las coordenadas políticas actuales del conflicto. El propio Trump hizo algunas confesiones: «podemos destruir militarmente a Irán pero no podemos evitar que cierren el Estrecho de Ormuz. Destruimos su armada, su aviación, sus bases militares, pero les alcanza con un bote de pescador y una mina para cerrar Ormuz». Las palabras del ultraderechista clarifican (más allá de las obvias exageraciones propagandísticas) las limitaciones políticas con las que Trump chocó al iniciar unilateralmente una guerra que pretendía ganar de forma avasalladora. Trump acaba de conocer la subordinación de lo militar a lo político. 

Trump Irán

No caben dudas de que las fuerzas armadas estadounidenses son infinitamente superiores a las iraníes (sin olvidar que Irán, por mucho que Trump exagere, tiene un desarrollo relativo de importancia y capacidad de daño real dentro de determinadas proporciones).  Pero no alcanza con superioridad militar para ganar una guerra si no se tienen las relaciones de fuerza políticas necesarias. Trump dice que “podríamos bombardear Irán un par de semanas y todo terminaría, pero eso implicaría matar a mucha gente, y no quiero hacer eso”. En realidad, lo que está diciendo es que no posee las relaciones de fuerza necesarias para encarar una acción de ese tipo. Ni Trump ni el imperialismo estadounidense en ninguna de sus variantes tuvieron jamás demasiados pruiritos en generar una masacre. El propio Trump se ocupó de legitimar y asistir a Netanyahu en su plan de operaciones genocidas sobre Gaza. 

Por muchas bombas que tenga en su arsenal, el gobierno de Trump no tiene legitimidad interna para una guerra de exterminio en Irán (ni para ningún otro tipo de guerra, en este momento). La base demócrata no apoya una guerra de incursión imperialista sobre Medio Oriente. Y la propia base trumpista (el sector MAGA) está en contra de la incursión, tras largos años motorizando la idea de America First en oposición a la tradición de intervenciones sobre el extranjero de las últimas décadas. 

Y faltan ya pocos meses para las elecciones de medio término en Estados Unidos. Trump viene de sufrir una fuerte derrota política durante las jornadas de lucha de masas contra el ICE, especialmente con el proceso de movilizaciones en Minneapolis. Tras la fallida incursión en el Estado del norte, Trump no pudo encarar otro asedio sobre ninguna de las ciudades demócratas que tenía en la mira. Hoy por hoy, la perspectiva electoral para Trump es más bien sombría. Tras poco más de un año en el gobierno, llega a la contienda con una parte importante de su base social dubitativa o alejándose, una guerra abierta cuyos objetivos materiales nadie atina a comprender o internalizar y una inflación todavía no descontrolada pero sostenidamente al alza desde el inicio de la agresión imperialista contra Irán. 

En ese contexto, las elecciones de noviembre parecen tomar un matiz cada vez más refrendario. Una suerte de prueba de medidas que ará algunos indicios sobre cuál es el estado real del trumpismo en el seno de la sociedad yanqui. Si obtiene un resultado desfavorable, podría perder la mayoría republicana en el parlamento. De concretarse estavariable, podría enfrentarse incluso a la posibilidad de un impeachment. Así las cosas, Trump necesita un acuerdo con Irán para salir de la guerra de forma urgente.

Netanyahu y el expansionismo colonial permanente

Lo anterior no quita que Irán pague un costo por la guerra, sobre todo en términos regionales (en términos internos, la cuestión es más compleja). Si bien Irán logró sostener el control de Ormuz para poner en jaque el tráfico internacional de hidrocarburos y otras mercancías críticas (como los fertilizantes), es difícil pensar que no sufra daños por los ataques combinados de Israel y Estados Unidos. Esa es una de las razones por las cuales también el régimen teocrático – militar necesita y busca un acuerdo con Trump. 

El sionismo aprovecha esa situación para continuar expandiéndose regionalmente. Es evidente que desde el principio del conflicto el régimen israelí, con Netanyahu a la cabeza, logró tomar una posición más autónoma y perseguir intereses propios en la región. Además de mantener la ocupación sobre el 70% de la Franja de Gaza y avanzar en la colonización de Cisjordania (con avanzadas reales hacia su eventual anexión), Israel está avanzando en territorio sirio y libanés con movimientos tanto de las IDF como de colonos sionistas. 

Aún si el principal punto de apoyo geopolítico de Israel es EEUU, su carácter no es el de un mero enclave colonial del imperialismo yanqui. Israel es un Estado colonial con un proyecto de expansión territorial definido, motorizado con los métodos de la limpieza étnica y el genocidio, y amparado ideológicamente en la idea ultrarreaccionaria de construir un Gran Israel. Es evidente a esta altura que, mientras Trump podría pagar un altísimo costo político por su incursión sobre Irán, Netanyahu y el establishment sionista están sacando provecho de la situación de caos regional. 

Sobre todo porque el conflicto con Irán introdujo desequilibrio general en todo Medio Oriente, tanto en términos políticos como militares y territoriales. Israel aprovecha la ofensiva sobre Irán pero también el debilitamiento momentáneo de Hezbolá en Líbano y el colapso del régimen sirio tras la caída de Al-Asad. En las últimas semanas, en un contexto de supuesto cese al fuego, Israel avanzó y cuadruplicó la franja de territorio libanés que mantiene ocupada. La llamada línea amarilla de las IDF ahora se ubica aproximadamente 40 kilómetros dentro del Líbano. 

El martes (9) Israel bombardeó nuevamente la ciudad de Tiro, en el oeste del país. Esta vez decidió atacar también barrios de mayoría cristiana. Hasta ahora, los ataques israelíes se habían circunscripto a las zonas de mayoría chiita, con un claro mensaje de limpieza étnica y con la excusa de neutralizar a Hezbolá. El avance contra los barrios cristianos (que generó varios miles de nuevos desplazados en pocas horas) marca la clara voluntad del sionismo de avanzar territorialmente y ocupar de forma permanente una porción considerable del territorio libanés. 

Siria en vías de redefinición y la avanzada territorial sionista

No contento con semejante raíd de racismo, limpieza étnica y anexionismo, Netanyahu avanza desde hace meses en una incursión (semi) silenciosa sobre Siria. Para eso aprovecha la caída del régimen de Al-Asad y su reemplazo por Ahmed Al-Charaa, una figura proveniente del yihadismo también conocido por su nombre de guerra Abu Mohamed al-Golani, que dirigió la seccional siria de Al Qaeda (Al-Nusra) y tuvo cercanía con el Estado Islámico en la época de su apogeo. 

Ahmed Al-Charaa. Alias Abu Mohamed al-Golani (Foto: AREF TAMMAWI/AFP via Getty Images)

Durante la última década, Al-Charaa se dedicó a ganar autonomía respecto a otras organizaciones islamistas y a convertirse en una figura digerible para el sionismo y el imperialismo yanqui, los gendarmes de la región. Tras la caída de Al-Asad a fines del 2024, Al-Charaa se convirtió en presidente de facto de Siria con el apoyo de Trump, Arabia Saudita y el implícito visto bueno del sionismo. La estrategia de Al-Charaa fue pragmática. Aprovechó la debilidad terminal de Al-Asad para tomar Damasco, mientras las milicias pro – turcas del ENS y las fuerzas democráticas kurdas (FDS) imponían presiones múltiples al régimen en decadencia. Una vez en el poder, disolvió las ENS y avanzó sobre el territorio de las FDS (la única fuerza progresiva militarmente organizada en el caos de la guerra civil siria) en enfrentamientos que incluyeron la limpieza étnica. 

La llegada de Al-Charaa al poder significó, a trazo grueso, un debilitamiento de las posiciones rusas en Medio Oriente, un fortalecimiento de la influencia diplomática yanqui y de sus aliados suníes. Para la población siria significó el reemplazo de una dictadura dinástica por una dictadura transicional hacia nadie sabe exactamente qué, con el aplastamiento de la incipiente autonomía kurda y en el contexto de una sociedad destruida por una década de guerra civil, desplazamientos y persecuciones. 

Al mismo tiempo, facilitó el avance israelí. Ya durante los enfrentamientos que le dieron caída al baazismo, Netanyahu comenzó a bombardear territorio sirio, destruyendo bases militares y armamento. Y extendió la histórica ocupación de los Altos del Golán, en un avance territorial silencioso pero constante hasta el dia de hoy. A pesar de los guiños de Al-Charaa al sionismo, las IDF montaron puestos de vigilancia en varias localidades sirias, además de realizar bombardeos periódicos y destruir tierras de cultivo.

Israel se mueve en la región como un Estado colonial y expansionista en estado de guerra permanente. Toma cada vez más las características de un régimen fascista por sus métodos de limpieza étnica y no da muestra alguna de mesura, aún si su orientación lo lleva a acumular crecientes rasgos de aislamiento diplomático. Las recientes rispideces de Netanyahu con Trump (que no evitan, obviamente, que EEUU continúe sosteniéndolo geopolíticamente) son un síntoma de la creciente autonomía del Estado israelí. 

Mientras Trump se empantana en su propia crisis política por una guerra que él mismo comenzó, Netanyahu y el resto del sionismo no dan tregua en sus ínfulas de expansión. Los elementos de desgaste político que Netanyahu venía acumulando (corrupción, errores en la gestión de “seguridad” interna) parecen resumirse en una fuga hacia delante que se traduce en nuevas masacres y avances territoriales. En este panorama, la existencia misma del Estado genocida y colonial israelí es el principal factor de desequilibrio y caos regional para Medio Oriente. 

La crisis de Ormuz extiende sus consecuencias y sacude Asia

El alargamiento de la crisis en el Golfo no sólo extiende sino que intensifica las consecuencias económicas del cierre del estrecho de Ormuz. Trump (como muchos otros gobiernos occidentales) está pagando el costo de una inflación reavivada por el aumento de los precios internacionales del crudo. Pero la situación es bastante más aguda en Oriente. 

El último año, el 80% del petróleo y el 90% del gas que se exportan vía Ormuz se dirigieron a países de Asia. El cierre del estrecho está imprimiendo fuertes presiones inflacionarias y recesivas sobre las economías más débiles de la región, aquellas que no tienen capacidad para redirigir sus importaciones ni cuentan con reservas energéticas significativas para capear la escasez actual. Al mismo tiempo, la interrupción de los circuitos comerciales (más allá del petróleo) y el encarecimiento de los fletes marítimos impone fuertes contradiccioenes a las líneas de aprovisionamiento. Esto sacude los mercados alimentarios, así como la llegada de mercancías críticas, como los semiconductores cruciales para la industria. 

Irán Estrecho Ormuz

El Banco de Desarrollo de Asia calcula una caída en torno al 0,7% para las expectativas de crecimiento del PBI y un aumento de la inflación del 5,2% para la región este año, si los precios del petróleo se mantienen entre los 80 y 100 dólares. Lo que queda cada vez más claro es que las consecuencias económicas de la guerra, aún si Trump llega a un acuerdo con Irán en el próximo período, se extenderán en el mediano y largo plazo. Por poner un ejemplo: los precios de los seguros de transporte marítimo están aumentado hasta el 50%. Una vez cerrado el conflicto militar, es esperable que este tipo de ítems se mantengan altos. Tras la guerra, los precios de los seguros (y, probablemente, muchos otros) seguirán altos porque “el riesgo geopolítico estará retasado” (Iran war reverberations, Brookings, 8/10). . 

Tiene todo el sentido. La primera conclusión dejada por el cierre de Ormuz es que los circuitos de comercio internacional son fácilmente interrumpibles. Lo dijo el propio Trump el domingo pasado. EEUU puede arrasar Irán militarmente gastando miles de millones de dólares en armamento. Pero Irán puede cerrar Ormuz e imponerle una retracción al PBI de decenas de países con un bote y algunas minas. 

La crisis energética golpea fuerte la economía asiática pero además agudiza la desigualdad entre países, reforzando la tendencia a la dependencia de las economías más débiles. “Los pesos pesados económicos de la región han construido reservas [de petróleo] par actuar como amortiguadores en tiempos de crisis como este. China, Japón, Corea del Sur e India rankean ente los 10 países con las mayores reservas de petróleo estratégicas, pero ningún país de Asia Meridional entra en la lista. Las reservas chinas pueden cubrir aproximadamente 220 días de consumo, las de Japón y corea uno 201 o 202 días. Tailandia (108 días) e India (74 días) están menos cubiertas pero encima de Filipinas (60 días), Indonesia (25 días) y Vietnam (25 días)”. 

La tendencia natural que se desprende es hacia una exacerbación de las desigualdades del continente, ya de por sí acuciantes. Generará seguramente una mayor subordinación de las economías débiles respecto a las potencias. Esespecialmente respeto a China, que no pierde oportunidad para reforzar su hegemonía económica en la región. Su primera medida durante la crisis fue detener sus exportacions energéticas al resto del continente. Al mismo tiempo, la escasez energética plantea la posibilidad (bien concreta) de problemas en el suministro alimentario y la perspectiva de una recesión para el próximo período. Esto se podría traducir en miles de puestos de trabajo perdidos, millones de nuevos pobres e incluso inseguridad alimentaria en muchos paises. 

Las consecuencias sociales ya están haciéndose sentir por todo el continente. En el último período se registraron 1200 protestas en los países de Asia Meridional con motivo del encarecimiento del costo de vida. El promedio de protestas diarias se multiplicó por 5 respecto a las estadisticas previas al inicio de la guerra. Los países con más registros fueron Pakistan y Nepal, especialmente dependientes del petróleo del Golfo. 

Si bien las protestas parecen (por ahora) ser mayormente expresiones de descontento, la extensión en el tiempo de la inflación y la escasez podría convertirlas en proceso más amplios. Sobre todo teniendoen cuenta que la región reúne dos condiciones significativas: niveles de desigualdad entre los más altos del planeta (con economías en muchos casos hiper endebles) y un pasado reciente de inestabilidad, crisis políticas y rebeliones populares. De hecho, Bangladesh, Nepal y Sri Lanka tuvieron rebeliones populares que derribaron gobiernos sólo en los últimos cuatro años. El costo de vida (y de la energía en particular) había sido un factor relevante en más de un caso. Además, la región está en época de plantación y los fertilizantes son otro foco de escasez. Como si fuera poco, varios países (Pakistán, Bangladesh) atraviesan programas de austeridad auspiciados por el FMI. 

A este panorama se suman otros elementos menos cuantificables pero bien concretos: la caída del turismo internacional (fruto de la inflación global) y la retracción en las remesas enviadas por miles de trabajadores migrantes, mucho de ellos ubicados justamente en países de Medio Oriente. La imagen de conjunto es la de una región que sufrirá durante un largo plazo (y más fuertemente que otras regiones) las consecuencias económicas de la guerra en el Golfo. Es imposible y contrafáctico intentar predecir de qué forma se concretarán. Lo cierto es que las ondas largas de Ormuz podrían redibujar las relaciones económicas y las problemáticas sociales de la región. Mientras Medio Oriente combustiona interminablemente y la extrema derecha trumpista se empantana en su propia crisis, en el otro extremo del globo podría gestarse un nuevo gran cúmulo de inestabilidades. 

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