La agresión imperialista de Trump y Netanyahu amenaza con extender la guerra a toda la región. Mientras tanto, el cierre del Estrecho de Ormuz sacude la economía internacional y el trumpismo se debate ante las posibilidad del cambio de régimen en Irán.
Medio Oriente en combustión
Trump y Netanyahu comenzaron los bombardeos sobre Irán el sábado 28/2. Con especial énfasis sobre Teherán, también otras ciudades, como Isfahan, Ilam y otras. Hasta el miércoles (4) se contabilizaron al menos 1000 víctimas iraníes, la mayoría civiles. Como primera respuesta, Irán retalió sobre Israel y las bases militares yanquis ubicadas en la región: Emiratos Árabes, Baréin, Kuwait, Qatar, Arabia Saudí y Jordania. En Israel se detectaron varios casos de desborde de la cúpula de hierro. El domingo hubo al menos 10 muertos israelíes, la mayoría de ellos en Jerusalén.
Los drones y misiles iraníes impactaron en varias bases militares estadounidenses de la región, dejando 4 estadounidenses muertos en Kuwait. Un dron iraní generó un incendio sin víctimas en la embajada de los Estados Unidos en Riyad, Arabia Saudí.
Hezbollá, por su parte, atacó Israel desde el Líbano. El sionismo responde bombardeando los barrios de Beirut y amenaza con la posibilidad de una ofensiva por tierra. En las últimas horas, exigió a la población libanesa que abandonara el sur del país. Ya hay 83.000 desplazados internos. Milicias afines a los iraníes también se activaron (con menor intensidad) en Irak. En las últimas horas, Washington instó a todos sus ciudadanos a abandonar la región por no poder garantizar su seguridad ante «protestas anti EEUU».
Los Estados de la región venían intentando evitar o atrasar un ataque a gran escala sobre Irán, incluso los adherentes de los tratados de Abraham. Hace poco más de un mes, «los Estados del Golfo y Turquía comunicaron a Trump su rechazo a una intervención. Los saudíes incluso le negaron el uso de su espacio aéreo para realizar operaciones militares. La reapertura de un conflicto armado con Irán podría generar desequilibrios agudos en la economía de la región, sobre todo en el transporte marítimo del Golfo. Y, en un contexto de guerra civil abierta en Yemen y Siria, era una Caja de Pandora que las potencias regionales no deseaban abrir«.
Esto se debía al contexto de inestabilidad interminable que precede a la nueva agresión imperialista. No sólo existen dos guerras civiles abiertas (Siria y Yemen) en las que los actores regionales se disputan el control de territorio y recursos, sino que se acaba de sumar la guerra abierta entre Pakistán y Afganistán. Hace menos de un mes fue noticia la resistencia del movimiento autonomista kurdo con motivo del avance militar del gobierno sirio. Una situación que generó movilizaciones en Irak y Turquía.
Esto sin mencionar la mayor fuente de inestabilidad de la región: la existencia misma del Estado de Israel, un enclave colonial y genocida en expansión territorial. En el último año destruyó Gaza, incrementó la construcción de asentamientos de colonos en Cisjordania, atacó Líbano y tomó los Altos del Golán aprovechando el reavivamiento de la guerra civil siria.
La guerra se extiende
«La guerra en Oriente Próximo cada vez lo es menos. Solo este miércoles, en su quinto día, el conflicto iniciado por Israel y Estados Unidos ha reverberado tan lejos como el océano Índico, donde Estados Unidos hundió un buque de guerra iraní frente a las costas de Sri Lanka con 180 personas a bordo. También en Turquía, país de la OTAN, que interceptó un proyectil lanzado desde Irán, lo que llevó a Ankara a convocar al embajador iraní. E incluso en Francia, que ayudó a Emiratos Árabes Unidos a derribar drones enviados por Teherán» (El Pais, 4/3).
Quedó claro en cuestión de horas que la incursión sobre Irán convertía a toda la región en potencial zona de guerra. Los bombardeos cruzados ya marcaron a Irán, Israel, Kuwait, Baréin, Qatar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Líbano y Jordania. Y los países que no sufrieron ataques directos no escapan del trastocamiento militar. El nuevo régimen sirio está movilizando miles de efectivos militares a la frontera con Líbano. En las últimas horas, Israel amenazó con bombardear la zona por la actividad de Hezbolá.
La actividad militar en territorio de Sri Lanka y Turquía ya insinúan contornos más amplios para el mapa del conflicto. Lo mismo con el bombardeo iraní a una base británica en Chipre, luego de que Keir Starmer declarara que proveería más ayuda militar a EEUU. En las últimas horas, Emmanuelle Macron tomó la decisión de trasladar el buque de guerra francés Charles de Gaulle al este del Mediterráneo aduciendo la defensa de «los intereses económicos franceses» en la región. Y solicitó al gobierno neerlandés que hiciera lo mismo con la fragata antiaérea Zr. Ms. Evertsen.
Ya en las primeras horas de bombardeos, la tríada Francia – Alemania – Reino Unido (nombrada como E3) emitieron un comunicado conjunto declarando su predisposición a atacar Irán «para proteger sus intereses en Oriente Próximo«. «Francia y Reino Unido, ambas potencias nucleares con sillón permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, tienen bases en la región. Alemania, en pleno proceso de rearme, es el aliado más próximo de Israel en Europa».
Una sacudida global
El impacto de la guerra en Medio Oriente está trastocando todos los cursos naturales (espontáneos, inerciales) de la situación internacional. El conflicto acelera las contradicciones gepolíticas que lo preceden y amenaza con despertar nuevos puntos de crisis a cada paso.
En los primeros días del conflicto, el precio del gas subió hasta un 40% en Europa por el parate en la producción qatarí, luego de que un dron iraní atacara instalaciones petroleras. También, se paralizó la refinería de petróleo de Ras Tanura en Arabia Saudí, una de las mayores del planeta. En ese contexto, el precio del crudo subió un 7% en Europa y un 8% en Estados Unidos. Pero los analistas y consultoras advierten que, de permanecer cerrado durante un mes el Estrecho de Ormuz, los precios internacionales podrían duplicarse, llegando a los 140 dólares por barril.
Por el Estrecho de Ormuz circula el 20% del gas y petróleo del planeta. Al cerrrarse, Kuwait, Baréin, Qatar y Emiratos no pueden exportar petróleo. Arabia Saudita se ve obligada a exportar solo por vía terrestre, lo que reduce su capacidad a la mitad. Ya hay unos 150 buques estacionados en la zona a la espera de la reapertura del paso marítimo.
Es evidente que, si el conflicto se extiende durante varias semanas, el impacto económico será global. Ese era uno de los temores de los gobiernos del Golfo y es la principal razón por la cual Trump desea una guerra corta. Con el pasar de las horas queda claro que, como mínimo, la guerra ya está siendo más larga de lo que Trump deseaba. El gobierno yanqui está desplegando miles de tropas más en la región ante la relativamente alta capacidad de respuesta iraní.
Las consecuencias económicas de un enfrentamiento largo podrían ser particularmente perniciosas para el gobierno Trump. El ultraderechista naranja llegó al gobierno apoyándose en el descontento económico por la suba sostenida de la inflación tras la pandemia y la constante erosión del poder adquisitivo estadounidense. Este año se enfrentará a una elección de medio término que se anticipa problemática por el clima de crisis alrededor del ICE y la rebelión en Minneapolis. Una eventual suba de la inflación en el contexto de un nuevo conflicto militar, que ningún estadounidense desea (hasta la base electoral MAGA condena la intervención), podría ser un escollo difícil se sortear para Trump.
Lo cierto es que también China mira con preocupación los efectos económicos del conflicto. El 90% del combustible que sale de Ormuz se dirige a Asia, un 25% de él directamente a China. La eventual interrupción del suministro iraní, sumada al cierre de la canilla venezolana, podría encarecer y dificultar significativamente el acceso a combustible para la mayor potencia manufacturera del planeta.
El tacticismo trumpista y el régimen de los mulás
La duda que recorre el planeta es por qué Donald Trump decidió iniciar una guerra abierta con Irán y desatar, para sorpresa de nadie, el pandemonium que todo el mundo esperaba: convertir a la región en un polvorín bélico, interrumpir las cadenas de suministro energético globales por el cierre del estrecho de Ormuz, encarecer abruptamente los precios del petróleo y el gas.
En los primeros días, los ataques israelíes y estadounidenses alcanzaron por lo menos 2.000 objetivos. Se atacaron ciudades y regiones del interior del país como Tabriz, Kermanshah, Isfahan o Bandar Abbas. Pero el epicentro de los ataques es claramente Teherán. La distribución de los ataques sugiere que el objetivo militar inmediato es doble.
En primer lugar, se busca disminuir o neutralizar la capacidad de retaliación de las fuerzas armadas iraníes. Muchos de los bombardeos se dirigieron a plantas productoras y contenedoras de misiles y drones, a bases navales y aéreas. Si bien en las primeras horas parecían verse algunos signos de desorientación entre la Guardia Revolucionaria, no parece que Trump y Netanyahu estén logrando desarmar a Irán sino, por el contrario, empezando a dimensionar su capacidad de retaliación.
La cúpula de la Guardia Revolucionaria (hoy el centro material del poder del régimen) declara haberse preparado para una guerra de largo aliento. Y hay varios elementos que parecen demostrarlo. Las imágenes de misiles hipersónicos iraníes penetrando cotidianamente la cúpula de hierro israelí son nuevas e inéditas por su magnitud. Irán no sólo cuenta con un desarrollo misilístico específicamente diseñado para los sistemas de defensa israelí, sino con un amplio arsenal de drones baratos utilizado para desgastar al rival. En los últimos días, cientos de drones de unos pocos miles de dólares inundaron distintas zonas de Israel y las bases militares yanquis, obligando a la utilización de misiles antiaéreos Patriot que cuestan unos 4 millones de dólares cada uno.
En segundo lugar, los ataques parecen dirigidos a disminuir y resquebrajar la capacidad de control interno del régimen de la República Islámica. Fueron atacadas especialmente instalaciones de la policía iraní y de la Basij (fuerza paramilitar que depende de la Guardia Revolucionaria, especialmente utilizada para la represión cotidiana). La posible búsqueda de un cambio de régimen en Irán queda sobre la mesa desde el inicio de la incursión. El ataque a las fuerzas represivas internas completa militarmente el descabezamiento del régimen con el asesinato de Jameneí, sumado al posterior bombardeo del cónclave que votaba a su sucesor. Y a eso se suman los llamamientos de Trump, Netanyahu y el arrastrado Reza Pahlevi (hijo del último sha) a que la población iraní «derroque» a la República Islámica.
El Wall Street Journal releva la intención de Trump de apoyar a grupos internos para que tomen las armas contra Teherán. Esta perspectiva no es otra que la de desatar una guerra civil en Irán, un conflicto que podría desangrar el país interminablemente para el único beneficio del imperialismo yanqui y el colonialismo sionista. Una guerra civil auspiciada por Trump no augura ninguna perspectiva liberadora para la población persa ni para las nacionalidades oprimidas dentro de Irán.
Pero las acciones de Trump dejan un reguero de dudas y errores de cálculo político a su paso. El desarrollo de la última rebelión popular en Irán y su posterior aplastamiento a fuerza de masacre, ya había demostrado que el principal punto de apoyo del régimen no era la legitimidad de la institucionalidad chiíta, sino las botas de la Guardia Revolucionaria. La Guardia Revolucionaria Islámica no es una mera milicia interna. Se trata de una burocracia militar – estatal de cientos de miles de efectivos, que tiene en sus manos muchos de los hilos del poder material, político y económico iraní.
La línea discursiva trumpista (debilitar al régimen para que sea «derrocado» por la población) no es creíble, además de ser un taparrabos para la destrucción imperialista. Si hay algo que pueden conseguir los bombardeos es sembrar el terror aún más, disperar y desmoralizar al pueblo que se levantó en las movilizaciones de hace apenas algunos meses. El primer día de ataques murieron 165 personas tras el bombardeo de una escuela, la mayoría de las víctimas eran niñas.
El ataque imperialista contra Irán no es solamente un ataque contra los ayatolás y la Guardia Revolucionaria, es también un ataque contra toda la población del país. Como tal, no tiene nada de «liberador» ni abre ninguna perspectiva a la acción de la población. De hecho, su efecto es inmediatamente reaccionario. Las masas iraníes, que demostraron una enorme valentía en la rebelión del 28 de diciembre, tienen mínimo o ningún margen de actividad bajo los bombardeos yanqui – sionistas. El régimen está aprovechando la situación para endurecer las condiciones represivas dentro del país, tal como había sucedido durante la Guerra de los Doce Días.
Pocas horas después de iniciada la operación militar, quedó claro que las perspectivas de acción del trumpismo son cuanto menos difusas. Por estas horas el debate ya dejó atrás la pregunta sobre los objetivos y el trumpismo se limita a discutir los tiempos. «Irán no podrá aguantar más que nosotros» dijo Pete Hegseth, ministro de Guerra de Trump.
La declaración genera más dudas que certezas. ¿Cuál es el límite de Irán y cuál el de Estados Unidos? ¿Dónde está la intersección de lo aguantable militarmente y lo aguantable políticamente? En todo caso, algunas previsiones señalan que bastarían unas tres semanas para empezar a generar problemas de suministro militar en los ejércitos yanqui e israelí, además de mermar la capacidad de los sistemas anti-aéreos.
Hegseth es un experto en declaraciones enigmáticas. El 2 de marzo dijo que «esta guerra no es de cambio de régimen, pero el régimen ha cambiado». Lo que deja en evidencia este visionario militar no es otra cosa que el extremo tacticismo del accionar trumpista. Ni Trump parece saber a ciencia cierta y con precisión qué quiere en Irán y Medio Oriente.
La agresión imperialista y la Caja de Pandora
«Los bombardeos en la operación que EE UU denomina Furia Épica e Israel, Rugido del león, no van solo dirigidos contra objetivos militares. También contra infraestructuras civiles, incluidas escuelas y hospitales, lo que está teniendo ‘graves’ consecuencias para la infancia en Irán, ha subrayado este miércoles el Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas. El caso más claro es el bombardeo de la escuela femenina en Minab, en el que murieron 165 personas, la mayoría niñas, enterradas en un multitudinario duelo colectivo» (El País, 4/3).
La incursión de Trump y Netanyahu es una aberración con todas las letras. Es una guerra para subordinar a Irán, un país de 90 millones de habitantes, y ponerlo completamente de rodillas. Pero es, además, una incursión que busca redefinir el mapa de poder en la región y, directamente, ampliar la zona de influencia territorial del Estado ilegítimo de Israel. El sionismo ya está avanzando posiciones para ocupar un franja de tierra en el sur del Líbano, para lo que deberá desplazar a Hezbolá.
Hoy la agresión imperialista-sionista y la guerra civil ya se solapan en la región. No sólo por los conflictos internos existentes (Yemen, Siria, por no mencionar los elementos de guerra civil contrarrevolucionaria del Estado de Israel contra la población palestina), sino por los que podrían abrirse luego del ataque contra Irán.
Forzar una guerra civil es una de las hipótesis con las que Trump coquetea abiertamente. Ni siquiera el presidente yanqui se esfuerza por ocultar que esto podría llevar a un desastre político, institucional, social y humanitario como los que EEUU ya generó en la región. «El grupo de gente al que íbamos a apoyar para que tomen el poder [en Irán] ya está muerto. El segundo grupo que teníamos en cuenta probablemente también esté muerto. Esperamos que, al final, quienes queden a cargo [en caso de caer el régimen de los mulás] no sea peores que Jameneí» dijo Trump en las últimas horas.
Son numerosas las potenciales vías que se abren. Guerra civil, colapso estatal, incluso la posibilidad de resurrección de grupos terroristas que habían estado inactivos durante largos años. Ya se estaban viendo elementos de esto en Siria, con la liberación de células del ISIS debido al desequilibrio de poder interno y la avanzada de Damasco contra los kurdos. Y la intervención imperialista podría darle mucho terreno fértil al fundamentalismo al crear un caldo de cultivo de marginación, desplazamientos y resentimiento social.
Lo cierto es que Trump decidió abrir una caja de Pandora que podría ser demasiado grande para poder controlarla o prever los efectos del conflicto sobre la región. No sólo por la disrupción de la normalidad política en todo el Golfo y de los flujos comerciales. Sino también porque nadie sabe cómo va a traducirse la guerra en los cuerpos sociales. Son demasiados millones de personas cuyas cotidianidades se parten.
Es evidente que nada bueno puede venir de la intervención de las potencias sobre Irán y la región. La única vía progresiva posible radica en la intervención de las masas iraníes y de las diversas nacionalidades que se ven afectadas.
En varios países de la región se registraron movilizaciones de masas en repudio a la agresión de Trump y Netanyahu. Fue el caso de Yemen, donde cientos de miles de personas salieron a la calle en defensa de Irán. En Bahrein y Pakistán se registraron enfrentamientos con la policía local cuando la población asedió las embajadas norteamericanas. No es para nada sorprendente. Los efectos de la última ola de incursiones imperialistas todavía están frescos en la región, con el desastre talibán en Afganistán.




