El ultimátum de Trump a Irán terminó en una postergación de la fecha límite. Es un muy extraño ultimátum el que nunca se cumple. Las cosas son cada vez más obvias: Trump no puede cumplir con sus amenazas porque se le abre una crisis política interna que no es capaz de controlar. Cuando quedó claro que no iba a lograr con Teherán lo que consiguió con relativa facilidad con Caracas, se quedó sin estrategia. Se había metido en una guerra que creyó ganada antes de comenzar. Y cuando realmente comenzó, se encontró con que no tenía las condiciones políticas para sostenerla.
El trumpismo creyó realmente que podía resolver un problema histórico, que viene involucrando a varias generaciones, con un movimiento militar quirúrgico de un solo día, cuando asesinó de manera artera a Jamenei y buena parte de la cúpula militar y política iraní. Los hechos lo pusieron en su lugar.
A la vez, la movilización popular en Irán de finales del 2025 y principios del 2026 puso frente a los ojos del mundo nuevamente que el régimen de los ayatolá no es un ejemplo de estabilidad de largo plazo. Es a todas luces uno de los países con mayor persistencia y tradición de organización de protestas de toda la región. Y, sin embargo, un gobierno que se sostuvo perpetrando una masacre de civiles y que mostró que no merece existir, resiste mucho más de lo esperado por algunos de sus enemigos.
El balance de los últimos meses es claro y a la vez tiene consecuencias completamente impredecibles. Por un lado, la agresión imperialista y colonial de Estados Unidos e Israel inhibió profundamente a la movilización popular, junto a las masacres represivas del propio gobierno. Por el otro, tanto Trump en Estados Unidos como los ayatolá en Teherán han entrado en una profunda crisis de perspectivas.
Estados Unidos y la cuestión iraní
La tregua y el intento de acuerdo entre Washington y Teherán es sumamente frágil, tanto que parece casi todos los días al borde de romperse. Ambos bandos necesitan desesperadamente ponerle un freno a las hostilidades
«Esta noche una civilización entera morirá» había dicho Trump en medio de su desesperación para darle cierre a una guerra que probablemente ya sabía que no debía haber comenzado. No dijo que un régimen morirá, ni un gobierno, ni siquiera una elite, dijo que una «civilización entera» iba a morir. Era una amenaza de aniquilación de civiles y de destrucción de la milenaria tradición cultural persa, que trasciende ampliamente a Irán.
La inquietud de Estados Unidos con Irán se remonta a la realidad abierta en Medio Oriente en las últimas décadas del siglo XX. En la década de los 50′ y los 60′, el gran rival de la influencia imperialista (primero los imperios coloniales británico y francés, después Estados Unidos) en la región fue el nacionalismo laico y los movimientos de izquierda con fuerte influencia comunista. Su principal referencia fueron el gobierno de Nasser en Egipto y la resistencia palestina a la ocupación sionista. Los grandes aliados de Estados Unidos en esa época fueron el régimen fundamentalista de Arabia saudí y el gobierno títere del sah en Irán.
La revolución iraní de 1979 derrocó a uno de los grandes aliados de los yanquis en esa encrucijada histórica. Lo que comenzó como una revolución encabezada por las ciudades, con las organizaciones sindicales y de izquierda al frente, fue finalmente aplastado cuando asumió el poder el actual régimen, encabezado entonces por Jomeiní. Lo hizo apoyándose en las zonas rurales, cuya vida diaria suele estar organizada en torno al clero chiíta desde hace siglos. La evolución política iraní fue la de todo Medio Oriente, con el ascenso del islamismo tras la derrota del nacionalismo y el «socialismo árabe». Pero el régimen de Teherán emergió como expresión distorsionada de una verdadera revolución. Quiso presentarse a sí mismo como representante de los oprimidos de la región con la bandera del Islam, que es una religión tan repleta de tensiones y contradicciones como el cristianismo aunque le pese al racismo y la islamofobia. Y lo hizo como resultado del derrocamiento de un régimen profundamente imbricado en los intereses yanquis.
Los 80′ fueron los años del ascenso de Reagan y Thatcher, de la decadencia del «bloque» encabezado por la URSS, del comienzo de la «apertura» capitalista de China y la masacre de Tiananmen, de la decadencia definitiva del «panarabismo» laico en Medio Oriente. Y, a contramano de esa situación, fue también la época de la revolución iraní. El signo reaccionario tuvo su influencia en la propia revolución, con el ascenso ayatolá. Inmediatamente después, tuvieron que pasar la dura prueba de la brutal guerra con el Iraq de Sadam Hussein, que contaba con el respaldo de Washington.
Pero, a su vez, Teherán fue el único de los gobiernos de lo grandes países de la región que se mantuvo independiente. En ese momento, tanto lo que después fueron los Talibán como Sadam Hussein estaban aliados a los yanquis, que también tenían aliados políticos en la dinastía saudí que gobierna la mayor parte de la Península Arábiga. Paradójicamente, a pesar de su ideología ultra reaccionaria, esa posición les permitió ser vistos como aliados del progreso de las masas oprimidas de los países cercanos. Incluso en el momento de mayor poder «unipolar» de Estados Unidos, Irán siguió siendo una espina en el costado de la principal potencia mundial, con aliados en otros focos de confrontación con el imperialismo (como Hamas, Hezbolá o las milicias chiíes iraníes). Trump intentó resolver la cuestión iraní «de arrebato», como creyendo realmente que el problema persistía por falta de resolución de sus antecesores. Estaba equivocado.
Tregua frágil, guerra frágil
A esta altura, para nadie es un secreto que en Medio Oriente se abrió una situación política nueva, extremadamente contradictoria y de inestabilidad permanente, con el lanzamiento del genocidio en Gaza a finales del 2023 y la resistencia internacinal en respuesta. La región estuvo cruzada en este siglo primero por las invasiones a Iraq y Afganistán, después por la Primavera Árabe y su derrota. Después se sucedieron las guerras civiles producto del vacío político dejado por invasiones y rebeliones, sobre todo en Iraq y Siria. Siguió una tensa calma con un statu quo muy frágil, marcado por la retirada relativa de Estados Unidos y las negociaciones diplomáticas «normalizadoras» de los Acuerdos de Abraham, que fue finalmente roto en 2023.
Medio Oriente era ya el emblema del retroceso del imperialismo yanqui en este siglo. Y mientras escalaba su crisis política con el genocidio en Gaza y la caída de Al Assad, Trump fue reelecto en Estados Unidos. Lo hizo apoyándose en un movimiento conservador que es en parte «aislacionista». Son una franja minoritaria pero en crecimiento de la coalición MAGA, y quieren la utopía reaccionaria de seguir siendo la principal potencia mundial sin involcurarse con el resto del mundo. Esa promesa tácita del trumpismo es imposible de cumplir.
Trump sencillamente no tiene las condiciones políticas para desatar una nueva guerra en regla en Medio Oriente, con intervención de tropas sobre el terreno. Decíamos en la declaración de la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie que «el consenso total tanto popular como entre las clases dominantes yanquis para con las guerras de Bush no existe en absoluto en las guerras de Trump. Al contrario, cada paso de agresión externa que da el trumpismo desgarra más y más internamente el tejido político estadounidense, con todos sus consensos».
Pensó que podía forzar la caída el régimen de Teherán con un golpe sobre la mesa. En lugar de tener un triunfo fácil, consiguió empantanarse en un conflicto largo y costoso. El régimen de Teherán no solamente respondió militarmente, también impuso un duro golpe económico con el cierre del estrecho de Ormuz. Y Trump pasó semanas con amenazas, pedidos de ayuda a sus aliados, desprecio a sus aliados, declaraciones sobre negociaciones avanzadas, nuevas amenazas, y así.
Efectivamente, Trump no quiere desatar la guerra real con la que viene amenazando porque eso puede implicar la derrota definitiva de todas sus aspiraciones políticas. Pero a la vez quiere poder mostrar que su movimiento ofensivo no es completamente derrotado. No puede. Trump, entonces, necesita que haya un freno a las hostilidades, pero a la vez puede significar un golpe político durísimo para él que la guerra termine en estas condiciones.
Teherán, por su parte, ha demostrado una capacidad de resistencia mucho mayor a la esperada, pero también necesita con urgencia aire para poder recuperar su gestión del país. La economía iraní está en la ruina desde al menos mediados del año pasado. Para sobrevivir, quieren arrancarle a Estados Unidos alguna garantía de estabilidad a mediano plazo. Pero también quieren poner un freno a la escalada con urgencia. No hay que olvidarse de que perdieron a casi toda su cúpula de gobierno en el último mes y medio.
La tregua es frágil porque Teherán no puede respirar con alivio y porque Trump le mostró al planeta entero que podía ser duramente derrotado.
Ni siquiera se puede saber qué quiere Estados Unidos con este conflicto. Toda guerra tiene una «estrategia», un objetivo. Se habló de cambio de régimen, después Trump pidió que lo dejen participar de la elección del nuevo «Líder Supremo», después de la rendición del uranio enriquecido…
El nivel de humillación es directamente proporcional a los anuncios triunfalistas. La vocera de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, fue portavoz en X de los intentos de mostrar la derrota como triunfo. «Esta es una victoria para los Estados Unidos que el presidente Trump y nuestro increíble ejército hicieron posible». ¿Por qué? «Gracias a las increíbles capacidades de nuestros guerreros, hemos logrado y superado nuestros objetivos militares principales en 38 días». ¿Cuáles? Nadie lo sabe.
Israel: la agresiva bala perdida colonial del imperialismo
El proyecto colonial sionista no podría haberse convertido en un Estado sin el amparo del imperialismo. Pero el sionismo tiene intereses propios que no son exactamente iguales a los de sus aliados. Y eso ha quedado particularmente en evidencia con esta guerra.
Parece cada vez más evidente que el gobierno de Netanyahu se está tratando de jugar a una ofensiva histórica en la región. Su principal objetivo estratégico es el de erradicar para siempre al pueblo palestino, pero también están jugando con concretar la idea del «Gran Israel» con su ocupación actual de zonas de Siria y Líbano, con su correspondiente limpieza étnica. El sionismo quiere una radicalización de la guerra regional que no necesariamente coincide con lo que busca a corto plazo Estados Unidos. Pero, a la vez, Estados Unidos necesita de Israel para hacer valer sus intereses en la región, e Israel necesita de Estados Unidos para existir. Son dos organismos simbióticos entre sí que parasitan a toda la región.
Este cortocircuito se volvió demasiado incómodo con la masacre perpetrada en el Líbano por Netanyahu el día que se anunciaba el comienzo de la tregua. Fue una evidente provocación para forzar la continuidad de la agresión, lo que obligó a Trump a excluir a Tel Aviv de las negociaciones en Pakistán. Israel quiere una ofensiva total que sería demasiado costosa para Estados Unidos.
En junio pasado, caracterizábamos al gobierno de Netanyahu como directamente fascista:
«Uno de los rasgos del fascismo clásico es la necesidad de un estado perpetuo de guerra. Y esa es también otra de las cosas que claramente caracteriza el gobierno de Netanyahu. La más mínima insinuación de paz ha implicado desde su asunción el comienzo de los cuestionamientos internos. La polémica reforma judicial había desatado protestas masivas. La oposición parlamentaria también cuestiona la posibilidad de continuidad del propio gobierno. Uno de los miserables objetivos de Netanyahu es afirmarse en el poder fronteras adentro imponiendo la guerra fronteras afuera.
La disensiones internas dentro de Israel vienen creciendo. La base social más firme del gobierno son los grupos de colonos, que son fuerza de choque pseudo civil contra los palestinos todos los días. Las clases medias «progresistas» de centros urbanos como Tel Aviv son las que ya venían protagonizando protestas incluso antes del 7 de octubre del 2023. Ahora, son las que rechazan la política de abandono a los rehenes por negarse a llegar a ningún acuerdo real con Hamas. Con el estado de guerra permanente, Netanyahu impone una sensación interna de sitio, afianzando el aparato del Estado alrededor suyo y su gabinete de ultraderecha, además de una parte de la población civil.»
Las masas iraníes y su futuro
Los hechos son contundentes, pese a las mentiras del trumpismo y a los relatos del «campismo», el imperialismo demostró claramente en estos meses que es un brutal enemigo de las movilizaciones populares iraníes. Las amenazas de matar a su «civilización» son una manera de decir la verdad: que la voluntad de Washington es pisotear a las masas populares.
Trump y Netanyahu dijeron cínicamente, sin creer ni una sola palabra de lo que decían, que actuaban para apoyar al descontento callejero. Estados Unidos e Israel no quieren solamente someter a los ayatolá, quiere debilitar a Irán como tal, arrebatarle todo rastro de independencia y soberanía, que es justamente lo que desesperadamente intentaban conquistar las movilizaciones. Un Irán débil, sin proyecto de desarrollo económico propio (incluido el nuclear), es lo que quieren sus enemigos, no su pueblo.
La larga historia de Medio Oriente ya dejó muy en evidencia de qué se tratan las guerras de «liberación» del imperialismo norteamericano: la imposición de regímenes títeres como el del sah o de «Estados fallidos» como Iraq y Libia, en los que proliferan monstruos como ISIS. Nunca jamás los Estados Unidos le llevaron «la democracia» a nadie. No es algo que se pueda imponer por la fuerza de las armas imperiales.
La agresión militar externa desorganiza la vida entera del pueblo iraní, haciendo imposible su organización. «Hace más de un mes que nos dormimos con el sonido de los aviones de combate y las explosiones, que nos despertamos con esos mismos ruidos, y que, en medio de todo este miedo, intentamos aun así continuar algo que se parezca a una ‘vida'» contaba un testimonio recogido por el Colectivo Roja. «Estamos literalmente atrapados. Cada día perdemos vidas civiles que nos son queridas; tenemos miedo, lloramos y a veces mostramos una sonrisa forzada, simplemente para resistir. De la mañana a la noche luchamos con configuraciones y todo tipo de VPN, y vivimos a cada instante con esta pregunta: ¿en el minuto siguiente la casa seguirá en pie o no?»
Si el movimiento popular iraní es (al menos por ahora) derrotado, uno de los principales responsables será Donald Trump.
El historiador de origen iraní Peyman Jafari argumenta que las grandes transformaciones históricas en Irán se han dado con la intervención de la organización de su clase trabajadora. Así fue en la revolución del 79, así fue con el movimento de mujeres del 2022. También identifica que las sanciones económicas de Estados Unidos y luego la agresión militar hunden a sectores de masas iraníes en una miseria en la que solamente se puede sobrevivir en el día a día, haciendo casi imposible la organización contra el régimen autoritario que los gobierna.
No hay «democracia» posible, ni emancipación de ningún tipo, que no sea conquistado por las manos de los mismos oprimidos.
A la vez, hay que darle una explicación a la capacidad de resistencia de un régimen tan cuestionado como el iraní. Jafari argumenta que es mucho más que un régimen político, sostiene que se confunde profundamente con su sistema económico. Los capitalistas que dominan la producción y administración de bienes han conquistado sus propiedades de la mano de los ayatolá y la Guardia Revolucionaria Islámica. Muchos son miembros de uno y otro grupo, empresarios en lo privado y funcionarios en lo público. A su vez, el claro chiíta es el organizador social de la vida rural iraní. Tiene así fuertes raíces en los pueblos mientras que ciudades como Teherán son un bullicio de modernidad.
El «cambio de régimen» que buscaba Trump solamente puede redistribuir el poder al interior de la clase dominante iraní. Para sacarse de encima al autoritarismo ayatolá, para conquistar su soberanía frente a las potencias extranjeras, la movilización popular iraní necesita adoptar la perspectiva anticapitalista del derrocamiento político y la expropiación económica de sus opresores. Eso puede hacerse con las manos de los trabajadores, las mujeres y diversidades, las etnias oprimidas y todos los protagonistas del movimiento popular que recorrió las calles del país.




