Tecnología, maquinismo y emancipación humana

Marx y las máquinas: la aparición del «General Intellect»

“Fragmentos sobre las máquinas”, Grundrisse (1857/8), “Manuscritos sobre las máquinas”, V y XIX y XX (1861/3) y El capital, tomo 1 (1867).  Apuntes sobre maquinismo y trabajo humano para "El marxismo y la transición socialista", tomo 2.

“Al contrario de lo que quiere Fourier, el trabajo no puede volverse juego, pero a aquél le cabe el gran mérito de haber señalado que el ultimate object (fin último) no era abolir la distribución, sino el modo de producción, incluso en su forma superior. El tiempo libre –que tanto es tiempo para el ocio como tiempo para actividades superiores– ha transformado a su poseedor, naturalmente, en otro sujeto, el cual entra entonces también, en cuanto ese otro sujeto, en el proceso inmediato de la producción. Es éste a la vez disciplina –considerado con respecto al hombre que deviene– y ejercicio, ciencia experimental, ciencia que se objetiva y es materialmente creadora – con respecto al ser humano ya devenido, en cuyo intelecto está presente el saber acumulado de la sociedad–. Para ambos, el trabajo, en la medida en que exige actividad manual y libertad de movimientos, es la vez exercise (ejercicio)”

Marx, 1980: 236/7

Continuamos con esta entrega nuestro trabajo de estudio del “Fragmento de las máquinas” de los Grundrisse, siendo ésta nuestra tercera entrega de la serie de artículos titulados “Marx y las máquinas”.

1- “Die politische Oekonomie ist nicht technologie” (la tecnología no es economía política)

“El capital fixe, o capital que se consume en el proceso mismo de producción, es, en un sentido riguroso, medio de producción” (1980: 216).

Está claro acá lo que señalamos en la introducción: Marx llega al concepto del capital fixe como aquel capital acumulado o trabajo muerto que excluye las materias primas: el capital fixe es propiamente las máquinas.

“(…) el capital se presentó como la totalidad de las condiciones de este proceso y se escindió, conforme a éste, en ciertas proporciones cualitativamente diferentes: material de trabajo (es ésta, no materia prima, la expresión correcta y conceptual), medios de trabajo y trabajo vivo [estas divisiones son conforme al valor de uso y, por tanto, trans-históricas, más allá de la transformación del trabajo en actividad]. Por una parte el capital, conforme a su existencia material [es decir, en tanto que valor de uso], se fraccionaba en estos tres elementos; por el otro, la unidad dinámica de los mismos constituía el proceso de trabajo (o la incorporación conjunta de estos elementos en el proceso), la unidad estática constituía el producto” (1980: 217).

Seguimos en el terreno general de la producción material, es decir, de la producción de valores de uso, del proceso de producción y no todavía del proceso de valorización. Podemos agregar que los tres conceptos remiten al trabajo, que en cierto modo, en los Grundrisse, aparece más como sujeto de la producción que en El capital. (Considerándolo subjetivista, que lo era –subjetivista/objetivista para nosotros–, Hundis señala que Negri veía los Grundrisse superiores a El capital porque el último sufriría lo que los “teóricos de la dialéctica sistemática” encuentran más atractivo en él: un “cierto objetivismo” en el cual las categorías económicas asumen, en cierto modo, vida propia, una preocupación similar a la expresada por Karel Kosic mediante su categoría de pseudoconcreticidad, como vimos en nuestro tomo 1.)

Marx agrega en esta cita algo agudo: que la unidad dinámica del material de trabajo (en vez de materias primas), los medios de trabajo (en vez de medios de producción) y el trabajo vivo –¡todo remitido al trabajo humano!–, está constituida por el proceso de trabajo en cuanto factor activo en el cual el producto es su resultado estático, pasivo podríamos decir. Acá se aprecia un juego de palabras entre lo activo y lo pasivo, donde lo activo, evidentemente, es la reunión dinámica de los tres “factores” de la producción donde el trabajo humano es la parte viva –dominante en ese sentido– del proceso. Aunque el trabajo vivo devenga en actividad, el pensamiento de Marx, obviamente, no es pos humanista: la naturaleza tiene el orden de prioridad ontológico pero la totalidad de las relaciones humano-naturales comprenden el objeto y el sujeto, y es propio de la humanidad ser el factor activo, consciente, de esta relación en las áreas de actuación que la humanidad va conquistando a cada momento de su desarrollo.

“En esta forma los elementos materiales –material de trabajo, medios de trabajo y trabajo vivo– se presentan únicamente como los momentos esenciales del proceso mismo de trabajo, de los cuales se apropia el capital. Pero este aspecto material –o su determinación en cuanto valor de uso y proceso real– se separa totalmente de su determinación formal [es decir, en tanto que capital creador de valor]” (1980: 217).

Hay que entender algo esencial que no por conocido debe dejarse de lado: el proceso material de la producción y el proceso de valorización coinciden en cierto punto porque el segundo tiene como base material el primero, pero no son lo mismo: son dos universos paralelos. Hay una definición de Marx que es muy aguda a este respecto y la ponemos primero en alemán porque es muy categórica (además de servir, también, para entender la transición socialista): “(…) die politische Oekonomie ist nicht Technologie” (la política económica no es tecnología; una es técnica, aunque no puramente positivista como ya hemos visto; la otra son relaciones sociales). Por esto, en la transición socialista, en la cual las relaciones económicas no pueden ser todavía reducidas a meras relaciones técnicas, no puede hablarse de “tecnología social” en sustitución de la economía política: siguen dominando, guste o no, las categorías de la economía política (las categorías económico-sociales), aunque bajo los “rigores” de la planificación democrática y la democracia socialista.

El marxólogo-teólogo Enrique Dussel es agudo a este respecto: “La tecnología es «instrumento de producción» (Produktionsinstrument). En este nivel hay que situar bien el asunto, porque «la economía política no es tecnología». Se trata de la intervención de la tecnología en el mero «proceso de trabajo» (Arbeitsprozess), en general, en abstracto, en sí; en la producción de valor de uso; como «destreza» [del] ejercicio repetido, o como instrumentos objetivos (máquinas)” (Dussel, 1984: 24).

Retomando a Marx, está claro: lo que le interesa al capital es el proceso de valorización como tal (la creación de valor y plusvalor), sea bajo el soporte material que sea (valor de uso: siempre debe haber un “soporte material” salvo que se trate de capital ficticio).[1] De ahí que el proceso formal se separe “totalmente” del proceso material, aunque, repetimos, sin el proceso material, sin el “soporte material”, es decir, sin la producción de valores de uso, aunque no sea el objetivo específico del capital, no puede haber producción de valor (no se puede crear valor en el aire salvo que sea, como esta dicho, capital ficticio).

Esta separación de los momentos materiales y formales de la producción capitalista no quiere decir que puedan independizarse completamente, sino que el elemento formal domina –paradójicamente– al material (¡y en eso consiste la economía política!): “Yo no hablo en parte alguna de la «sustancia social común del valor de cambio»; lo que digo, por el contrario, es que los valores de cambio (pues el valor de cambio sólo existe cuando hay al menos dos) representan algo común a ellos, algo independiente «de sus valores de uso» (aquí, de su forma natural), a saber: «el valor». Así, en el libro I de El capital se dice: «Ese algo común que se manifiesta en la relación de intercambio o en el valor de cambio de las mercancías es, pues, su valor” (Marx, Notas sobre Wagner, 2022: 15).[2]

En la transición socialista y el comunismo, las determinaciones se invierten: la producción mercantil tiene que ser “acorralada”, el “proceso formal” debe ser acorralado, y, finalmente, dominar con exclusividad el aspecto material del proceso: la producción de valores de uso para satisfacer las necesidades humanas, dejando atrás en la historia la producción fundada en la explotación del trabajo humano, bajo la forma histórica que sea.

“La forma material del valor de uso, bajo la cual existen estas porciones diversas [de valor], nada modifica en la homogeneidad de esta determinación [de valor: magnitud de trabajo abstracto]. Con arreglo a la determinación formal, se presentaban tan solo como si el capital se escindiera cuantitativamente en porciones” (1980: 217).

Está claro: la determinación cuantitativa de valor, de trabajo abstracto, hace caso omiso a la forma concreta de cada trabajo, al valor de uso de lo producido, y lo único que importa es la magnitud de valor creado. Esto último es lo que caracteriza al modo de producción capitalista: el proceso de valorización del capital, el dominio del momento formal sobre el material de la producción.

Marx juega con lo cuantitativo y lo cualitativo bajo la escuela de Hegel: “Sabido es que Pitágoras ha expuesto las relaciones racionales o filosofemas en números (…) En el respecto pedagógico ha sido considerado el número como el objeto más apropiado de la intuición interior y la tarea de calcular las relaciones numéricas [ha sido considerada] como la actividad del espíritu donde éste lleve a la intuición sus relaciones más propias y en general las relaciones fundamentales de la esencia. Hasta qué punto puede competer el número este alto valor, se desprende de su concepto, tal como se ha presentado.

”Vimos al número como determinación absoluta de la cantidad, y su elemento como diferencia convertida en indiferente –que es la determinación en sí, puesta al mismo tiempo plenamente sólo como extrínseca. La aritmética es ciencia analítica, porque todas las conexiones y diferencias que se presentan en su objeto, no están en este mismo, sino que le son sobrepuestas de una manera totalmente exterior” (la determinación de magnitud –de valor– es formal en palabras de Marx, parafraseando a Hegel sin duda alguna respecto de la cantidad y la calidad, de lo formal y lo real; Hegel, 1982: 274).

Sigamos con Marx. “La diversidad, en cuanto valores de uso, o sea el aspecto material, en la medida en que entra en escena, lo hace sin embargo quedando por entero al margen de la determinación formal del capital” (1980: 217). Se trata de lo que venimos señalando, pero no deja de tener interés: es como que el valor como valor que se valoriza y el valor de uso están espalda contra espalda, unidos “asintóticamente” sin llegar nunca a unirse; responden a mundos completamente distintos (mundos paralelos, galaxias distintas): toda economía debe ser productora de valores de uso porque debe responder, en una forma económico-social u otra, a las necesidades materiales de la reproducción humana, a la relación material-metabólica-humano-natural: “La primera premisa de toda historia humana es, naturalmente, la existencia de individuos humanos vivientes. El primer estado que cabe constatar es, por tanto, la organización corpórea de estos individuos y, como consecuencia de ello, su relación con el resto de la naturaleza” (Marx, 2010: 19). Sin embargo, la forma mercancía o la “forma valor” de la producción capitalista, en realidad, no tiene por objeto –directo– satisfacer las necesidades humanas, sino solamente su valorización; si la producción capitalista satisface dichas necesidades es porque no puede sostenerse materialmente sin producir valores de uso. (Ninguna forma histórico-social puede hacerlo, porque no habría reproducción humana.)

Pero dichos valores de uso no son su objetivo específico: su objetivo específico es la producción de valor y plusvalor, la reproducción ampliada del capital (D-M-D’, dinero que se valoriza). Hay que tomar nota de que el modo de producción mercantil simple sigue teniendo como objetivo la producción para el intercambio, pero no la valorización del capital: de ahí que su fórmula sea M-D-M. En la producción específicamente capitalista domina completamente el elemento formal sobre el real de la producción de valor por el valor mismo, desconociéndose la importancia del valor de uso como tal, de ahí que su fórmula sea D-M-D’.

Todo lo anterior es importante desde el punto de vista de la transición socialista y el comunismo porque en ellos la dinámica se invierte: es la determinación real la que domina a la formal hasta el punto en que, finalmente, la determinación formal desaparece sin dejar rastros. (La forma mercantil se mantiene durante un tiempo, pero en una transición socialista auténtica se retorna a una suerte de “modo de producción mercantil simple” como paso intermedio a una producción que deja de ser del todo para el intercambio, mediante la socialización de la producción, a la que no hay que confundir con la estatización de la propiedad, un momento anterior.)

“El material de trabajo y el producto del trabajo, el precipitado neutro del proceso laboral [neutro desde el punto de vista del proceso de valorización del capital], en cuanto materia prima y producto, tampoco están ya materialmente determinados como material y producto del trabajo, sino como valor de uso del capital mismo en fases diversas” (1980: 218).

Es certero Marx al hablar del “precipitado neutro” de la producción capitalista, porque alude a la misma insistencia en que el objetivo específico del capitalismo es la producción de valor y plusvalor; la valorización del capital a como dé, y no la producción de valores de uso: es indistinto qué valores de uso se producen si ellos dan lugar, como soporte material, a la valorización del capital.

“(…) el medio de trabajo (…) experimenta [históricamente] una modificación formal únicamente en cuanto pasa a aparecer no solo como medio de trabajo según su aspecto material, sino a la vez como modo especial de existencia determinado por el proceso global del capital: como capital fixe” (1980: 218).

Es obvio el señalamiento: la modificación formal es que el medio de trabajo, la máquina, fuerza productiva, valor de uso, pasar a ser capital como capital fixe en cuanto ingresa en el proceso global de la producción capitalista. Materialmente es el mismo tipo de medio de trabajo que antes, pero formalmente ha sufrido una profunda transformación: se ha transformado en un instrumento para la valorización del capital.

Es decir, dicho capital fixe no es solamente un medio de producción (o medio de trabajo), una fuerza productiva, sino un medio de valorización del capital previo paso por la explotación del trabajo en la producción, evidentemente. Marx supone acá los elementos comunes y los elementos diversos del proceso de trabajo y el proceso de valorización. Si el primero remite a la transformación material de la materia prima (algo que, a priori, “queda afuera de la economía política”, en palabras del propio Marx), el segundo remite al aspecto formal de la creación de valor y de plusvalor (la explotación del trabajo ajeno): “Si bien el capital tan sólo en la maquinaria (…) se confiere su forma adecuada como valor de uso dentro del proceso de producción, ello en absoluto significa que ese valor de uso –la maquinaria en sí– sea capital, o que su existencia como maquinaria sea idéntica a su existencia como capital” (Marx citado por Dussel, 1984: 24).

El capital fixe es, justamente, ese constructo que permite al capitalista estrujar el trabajo vivo del trabajador. Toda su lógica es lograr dicho estrujamiento lo más profundamente que se pueda pero bajo una forma histórica determinada: la extracción de plusvalor relativo, es decir, el achicamiento del valor de la fuerza de trabajo, el aumento de la productividad del trabajo bajo la forma de la máxima creación de mercancías en el menor tiempo posible: “La maquinaria se presenta como la forma más adecuada del capital fixe, y el capital fixe como la forma más adecuada del capital en general” (Marx citado por Dussel, 1984: 24).

2- Trabajo, ciencia y actividad

“(…) una vez inserto en el proceso de producción del capital, el medio de trabajo experimenta diversas metamorfosis, la última de las cuales es la máquina o más bien un sistema automático de maquinaria (sistema de la maquinaria; lo automático no es más que la forma más plena y adecuada de la maquinaria, y la transforma por primera vez en un sistema), puesto en movimiento por un autómata, fuerza motriz que se mueve por sí misma; este autómata se compone de muchos órganos, mecánicos e intelectuales, de tal modo que los obreros sólo están determinados como miembros conscientes del sistema” (1980: 218).

Bueno, despejemos primero un elemento general vinculado a lo que venimos señalando y luego profundicemos en la “inmersión” de Marx en las máquinas. Lo primero es lo obvio: el capital fijo inserto en el proceso de producción del capital significa que ha ocurrido una metamorfosis, el proceso de pasaje de la subsunción formal a la real del trabajo al capital. Ya no es más el trabajador el órgano de la producción, el cuerpo orgánico de ella (con su calificación y relaciones de fuerzas debido a ello), ahora es el cuerpo inorgánico de la producción lo que la estructura; el sistema de máquinas le ha expropiado su calificación y es lo que estructura al sistema productivo; es en el pasaje de la subsunción formal a la real donde el capital fixe, el sistema de máquinas, cumple su rol de explotación y dominación del trabajo vivo por parte del muerto, algo demasiado conocido para desarrollarlo in extenso acá.

Realizada esta transformación de lo orgánico a lo inorgánico como base de la producción –específicamente– capitalista, detengámonos en las definiciones que da Marx de la maquinaria (las señalamos en los anteriores artículos pero las volvemos a retomar ahora, trataremos de evitar las repeticiones cuando tengamos el cuerpo principal del tomo 2 de nuestra obra): a) la maquinaria se compone de muchos órganos mecánicos e intelectuales (en varios lados Marx habla de la máquina como un conjunto de herramientas reunidos en un mismo órgano, la maquina misma); b) la máquina o sistema automático de maquinaria se caracteriza por ser un autómata, es decir, por poseer una fuerza motriz que se mueve por sí misma (a esto remite el concepto de “automático” o de “autómata”, aunque en este tipo de polisemia se deslizan apreciaciones que son distintas: lo automático es un sistema “mecánico” automatizado, mientras que el concepto de autómata –aunque Marx no lo tome exactamente en este sentido– remite más a un sistema que se auto-regula; Naville, Simondon)[3]; c) Marx señala que en el sistema de máquinas los únicos que están determinados como miembros conscientes de sistema son las y los trabajadores. La palabra únicos la agregamos nosotros aunque Marx agarra la cosa por otro lado, por la subsunción real del trabajo al capital, y habla de su subordinación –contradictoria– como miembros conscientes de tal sistema. Que “solo estén determinados como miembros conscientes de sistema” nos da la impresión de que supone que lisa y llanamente quedaron subordinados al sistema de máquinas, que por sí mismo no es un sistema consciente, y que el ser miembros conscientes del sistema entraña una contradicción, algo que no puede ser sometido del todo: su conciencia crítica, no automática, su sufrimiento de las condiciones de explotación, la necesidad que aprieta, eventualmente los pueden hacer rebelarse; tienen conciencia, autoconciencia, apreciación y representación eventualmente autónoma de las cosas.

Acá se pone en juego la reversibilidad dialéctica que recorre este fragmento de los Grundrisse, que implica cómo el maquinismo somete a las y los trabajadores y cómo, a la vez, éstos pueden someter “reversiblemente” a las máquinas para su emancipación del yugo del trabajo (de esto se habla poco en los textos de referencia que estamos citando, aunque no así en Naville ni en Negri). Esta dialéctica recorre toda la elaboración de Marx y tiene que ver con que este mayor grado de desarrollo de las fuerzas productivas que significa el maquinismo, tanto sirve para superexplotar y dominar a los trabajadores como para que ellos se emancipen bajo un modo asociado de producción (el concepto se lo robamos a Paresh Chattopadhyay): “La alienación no puede ser vencida por la vía técnica de la automación; como conciencia personal ella no puede ser vencida más que logrando una conciencia colectiva que se sustraiga al sentimiento de subordinación” (Naville, 1963: 189).[4]

“La máquina en ningún aspecto aparece como medio de trabajo del obrero individual. Su differentia specifica en modo alguno es, como en el caso del medio de trabajo, la de transmitir al objeto la actividad del obrero, sino que más bien esta actividad se halla puesta de tal manera que no hace más que transmitir a la materia prima el trabajo o acción de la máquina, [a la] que vigila y preserva de averías” (1980: 218).

Acá hay tres definiciones a subrayar: a) la máquina es una suerte de “herramienta colectiva” a diferencia de la vieja herramienta artesanal, por lo que no puede aparecer como “medio de trabajo del obrero individual”: en ese caso el medio de trabajo era un órgano del trabajador; en el caso de la máquina la relación se invierte y el trabajador aparece como un órgano de ella; b) se produce una modificación radical en los términos de la propia actividad productiva: si la herramienta transmitía al objeto la actividad del obrero/a (la acción del obrero/a), ahora es la máquina en vez del trabajador/a el que trasmite su actividad a la materia prima. (Ocurre una transformación radical, potencialmente revolucionaria, entre los términos de la producción material donde el o la trabajadora como principio activo de la producción son reemplazados por la máquina o el sistema de máquinas y el o la trabajadora pasan, evidentemente, a ocupar otro lugar.)

Todo esto es muy significativo y algo nos está diciendo acerca de la transformación del trabajo en el sentido tradicional de la palabra: si los términos de la “ecuación laboral” se modifican, entonces, evidentemente, el trabajo humano, que es uno de dichos términos, el principal, también debe modificarse. La actividad humana sigue siendo, en última instancia, el término más importante, pero se ha operado una modificación en la estructura misma del intercambio material productivo con la naturaleza: “La inactividad pura es contraria a la manifestación de la existencia de los organismos vivos. El organismo es la sede de intercambios activos constantes con el medio ambiente inmediato y mediato. La inactividad total, es la muerte. Pero el no-trabajo no es la inactividad: es al contrario la actividad, pero la actividad que no tiene más precio. Como tal, ella deviene felicidad, Genus, satisfacción de las necesidades del ser humano (…) la felicidad es ella misma interés, pero en otro sentido: como participación directa en el movimiento de la naturaleza, es decir como libertad” (brillante reflexión de Naville aunque no pueda tomarse en sentido literal, 1970: 495).

Yendo al punto c) si ya no es el obrero/a el que transmite su actividad al objeto de trabajo sino la máquina, ocurre una modificación profunda en esta misma actividad, como venimos señalando: esta actividad se halla puesta de tal manera que no hace más que transmitir a la materia prima el trabajo o acción de la máquina, “[a la que el obrero/a] (…) vigila y preserva de averías”.

¿Qué tenemos acá? Bueno, un cambio sustancial en la actividad del trabajador/a que modifica, a nuestro entender y en última instancia, el carácter mismo del trabajo, obviamente bajo relaciones sociales emancipadas (la dialéctica entre fuerzas productivas y medios de producción es más compleja incluso de la que, por razones analíticas, presenta Marx). “Vigilar y preservar de averías” a las máquinas no es lo mismo que, como bajo el capitalismo y en los Estados burocráticos, estar subyugado a ellas (el trabajo muerto deja de dominar al vivo; la relación se invierte).

Como digresión, una referencia crítica a Marx es necesaria. Marx es Marx, y son palabras mayores. Y se entiende que, analíticamente, quiera separar las fuerzas productivas (la relación humanidad/naturaleza) de las relaciones de producción (relaciones entre las personas para la producción), por ejemplo contra el abordaje reduccionista de las máquinas por parte del movimiento ludista (de todas maneras era lícito que las atacaran, porque eran utilizadas por los primeros capitalistas contra ellos, aunque su lógica era romántica anticapitalista y no propiamente socialista): “Las máquinas no constituyen una categoría económica, como tampoco el buey que tira del arado. Las máquinas no son más que una fuerza productiva. La fábrica moderna, basada en el empleo de las máquinas, es una relación social de producción, una categoría económica” (Marx, 1987: 105).

Contra el culturalismo, este análisis de Marx es perfecto y, por lo demás, la transición socialista arrancará con el sistema de máquinas existente (incluso con la organización del trabajo existente; la crítica de Lenin al “taylorismo” es demasiado superficial para que la suscribamos tout court).[5] Pero también hay que cuidarse de cierto “positivismo” que no puede apreciar que las mismas fuerzas productivas son “contaminadas” hasta cierto punto por las relaciones sociales de producción (las “categorías económicas”) y las transforma en un factor independiente de la historia.[6]

Una historia crítica materialista, como la que hace Pasquinelli de la IA, lo demuestra con claridad: “(…) en la Inglaterra industrial [del siglo XIX], Charles Babbage adoptó la intuición de la división del trabajo como un principio interno de la Difference Engine (máquina diferencial), designando de esta manera el primer prototipo moderno de la computadora. Babbage, y esto es fundamental, entendió que la división del trabajo no era sólo un principio para diseñar máquinas, sino también para computar los costos de producción (lo que fue conocido a partir de ahí como el «principio Babbage», Babbage principle” (Pasquinelli, 2023: 4).

Por lo demás, en la cita de los Grundrisse que veníamos comentando se produce un interesante juego de palabras y conceptos porque en cuatro renglones se habla de cosas diversas: a) “actividad del obrero” en vez de trabajo del obrero, b) “trabajo o acción de la máquina” cuando es obvio que la acción de la máquina no es propiamente trabajo como lo entendemos en el marxismo (como trabajo humano), etc., oscilaciones en la reflexión del propio Marx (de todos modos, no podemos olvidar que los Grundrisse son cuadernos de trabajo no pensados para su publicación) que muestran, en cierta forma, y como trasfondo, una transmutación del concepto de trabajo humano mismo en actividad. Porque, además, al colocarse el o la trabajadora como “vigilador y preservador de averías”, es evidente que el sudor humano deja o tiende a dejar de ser la medida de la riqueza (¡de lo cual Marx era consciente y explícito en estos fragmentos!). En todo caso, Marx está dando cuenta de la nueva situación –real en un sentido y potencial en el otro– producida por la maquinaria o el sistema de maquinaria, donde al modificarse el medio de trabajo se tiende a modificar el trabajo mismo: este es “esclavizado” por la máquina en la fábrica capitalista, y a la vez la máquina puede ayudar materialmente a su emancipación, dependiendo de las relaciones sociales y técnicas que se pongan en juego.[7]

3- General Intellect y emancipación humana

Comencemos ahora a abordar el concepto de General Intellect en los “Fragmentos de las máquinas” de Marx: “No es como el caso del instrumento, al que el obrero anima como a un órgano, con su propia destreza y actividad, y cuyo manejo depende por tanto de la virtuosidad de aquel. Sino que la máquina, dueña, en lugar del obrero, de la habilidad y la fuerza, es ella misma la virtuosa, posee un alma propia presente en las leyes mecánicas que operan en ella, y así como el obrero consume comestibles, ella consume carbón, aceite, etc. (…) con vistas a su auto-movimiento continuo” (1980: 218/9).

Está clara la inversión de determinaciones. En el caso del instrumento, el o la trabajadora son el sujeto de la producción. En el caso de la máquina, las determinaciones se invierten: es este nuevo medio de trabajo, la máquina o el sistema de máquinas, el nuevo sujeto, y no el trabajador/a. Un “sujeto mecánico” (o cibernético o algorítmico, lo mismo da) cuya “alma” son las leyes naturales que operan en ella (tiene un “auto-movimiento” fundado en ellas). La agudeza de las determinaciones colocadas en este párrafo tiene que ver con que a las leyes de la naturaleza descubiertas por la humanidad se las puede poner a trabajar de manera autónoma como sujeto de la producción en reemplazo del sujeto tradicional, que son las y los trabajadores, y que en un caso pueden operar como esclavizadoras de los seres humanos y en otro caso como emancipatorias (esto depende de que en la transición socialista y el comunismo el trabajo vivo domine al trabajo muerto, y no a la inversa como ocurrió en los Estados burocráticos).

Pasquinelli, que no se plantea en su estudio sobre la IA la problemática de la emancipación del trabajo humano, hace un planteo al respecto de estas afirmaciones de Marx que nos parece sumamente equivocado; carece de imaginación realista en su abordaje, se muestra incapaz de “proyección utópica”, de aprehender los conceptos materiales de frontera de los cuales habla Ernest Bloch: “Marx (…) asumió el rol económico de la calificación, del conocimiento y de la ciencia en los Grundrisse, específicamente en la sección (…) del «Fragmento de las máquinas». Allí Marx exploró la hipótesis heterodoxa que no fue repetida en El capital, de que debido a la acumulación del General Intellect (específicamente, como el conocimiento científico y técnico inserto en la máquina) el trabajo podría devenir secundario para la acumulación capitalista, causando la crisis de la teoría del valor trabajo y haciendo estallar los fundamentos del capitalismo hacia las estrellas” (Pasquinelli, 2023: 100).

Pero nosotros tenemos una interpretación completamente distinta del abordaje de Marx del General Intellect. Pasquinelli ontologiza demasiado el trabajo y no entiende que de lo que Marx está hablando en estas líneas es de las potencialidades que encierra el “maquinismo”, en el sentido de que sean las fuerzas productivas creadas por la humanidad, y no el trabajo humano mismo, la fuente de la riqueza. Lógicamente que para que esto se haga valer, es necesaria la revolución socialista. Pero lo que se le pierde a Pasquinelli es la afirmación de Marx –usada por el oportunismo y el menchevismo de manera oportunista– de que “ninguna sociedad se plantea tareas que no puede resolver”. (Esta es una frase correcta del “Prólogo” del 59 que hay que saber tomar en su justa dimensión; una manera de hacerlo es cruzarla con el texto hermoso y anti-mecanicista de Gramsci “Revolución contra El capital”.)

Pues bien, el desarrollo de las fuerzas productivas de la humanidad en este siglo XXI, que lamentablemente devienen enseguida en destructivas, abre materialmente la posibilidad de la emancipación del trabajo humano, la posibilidad de que la medida de la riqueza deje de ser el trabajo humano directo (una “base miserable”, afirma Marx). Al malinterpretar y no ver esta potencial tendencia histórica (las tendencias ascendentes y descendentes de la historia de las que habla Engels y señalamos en la nota anterior), ¡Pasquinelli no ve nada! Y no ve nada porque no coloca su investigación –sólida y sugerente en muchos sentidos– en el contexto de una investigación más universal acerca del futuro del trabajo humano: las potencialidades emancipatorias de la actividad humana –siempre sobre bases materiales determinadas–.   

Agrega Pasquinelli: “Después de 1989, el fragmento de Marx sobre las máquinas fue revivido por el pos-operaísmo italiano (…) Desde ahí, muchos autores –incluyendo algunos fuera del marxismo– han movilizado estos esotéricos fragmentos como una profecía” (Pasquinelli, 2023: 100 y 101). Pero esto es una verdadera tontería teórico-estratégica y una falta de imaginación creativa (una falta de horizonte transformador revolucionario).

Porque, efectivamente, si el operaísmo italiano era obrerista y anti-político y el pos-operaísmo del mismo origen asumió rasgos posmodernos (en ambos casos una escuela marcada por el subjetivismo-objetivista), eso nada tiene que ver con la presciencia de los “Fragmentos sobre las máquinas” de Marx, que constituyen una totalidad junto con sus “Manuscritos sobre las máquinas” de 1861/3 y que, efectivamente, sientan bases para pensar materialmente la eventualidad de la superación del yugo del trabajo por parte de la humanidad, una reflexión que, además, es de muchísima importancia para analizar críticamente la fetichización del trabajo (explotado) que ocurrió en la URSS y demás sociedades no capitalistas.        

En todo caso, para terminar este texto y antes de continuar con el próximo “Marx y las máquinas”, le podemos responder a Pasquinelli con el mismo Marx: “En la misma medida en que el tiempo de trabajo –el mero cuanto de trabajo– es puesto por el capital como único elemento determinante, desaparecen el trabajo inmediato y su cantidad como principio determinante de la producción –de la creación de valores de uso–; en la misma medida, el trabajo inmediato se ve reducido cuantitativamente a una proporción más exigua, y cualitativamente a un momento sin duda imprescindible, pero subalterno frente al trabajo científico general, a la aplicación tecnológica de las ciencias naturales por un lado, y por otro frente a la fuerza productiva general resultante de la estructuración social de la producción global, fuerza productiva que aparece como un don natural del trabajo social (aunque [sea en realidad un ] producto histórico). El capital trabaja, así, en favor de su propia disolución como forma dominante de producción” (1980: 222).

Bibliografía

Enrique Dussel, Cuaderno tecnológico-histórico de 1851, estudio preliminar, México, 1984.

Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), 1857/8, Volumen 2, edición a cargo de José Aricó, Miguel Murmis y Pedro Scaron, traducción de Pedro Scaron, Siglo Veintiuno Editores, México, 1980.

  • Notas marginales al Tratado de Economía política de Adolph Wagner, traducción Aricó, Blanco y Di Lisa, revisión Dos Cuadrados, Estado Español, febrero 2022.
  • La ideología alemana, Nuestra América, Buenos Aires, 2010.
  • Miseria de la filosofía, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1987.

G.W.F. Hegel, Ciencia de la lógica, Ediciones Solar, Buenos Aires, 1982.

Peter Hundis, Marx’s concept of the alternative to capitalism, Brill, Leiden-Boston, 2012.

Pierre Naville, Vers l’automatisme social? Problemes du travail et de l’automation, Gallimard, París, 1963.

Le Noveau Leviathan 1., De l’aliénation a la jouissance. La genese de la sociologie du travail chez Marx et Engels, editions antropos, Paris, 1970.

Matteo Pasquinelli, The Eye of the Master. A social history of artificial intelligence, Verso, London, 2023.


[1] El “soporte material” puede ser “soporte inmaterial” en el sentido de la creación de producto en las redes sociales o cosas así que, de todos modos, tienen su soporte material: la nube de ICloud o similares tiene unos inmensos aparatos físicos donde se almacena la producción, así como las “mineradoras” de las criptomonedas.

El capital como capital, es decir, valor que se valoriza, debe pasar directa o indirectamente por el trabajo humano, creador de valor. El capital ficticio es “valor que se valoriza” que ni directa ni indirectamente pasa por el trabajo humano: por eso es ficticio. Y por eso también se crean las burbujas de valorización que se derrumban de un día para el otro. De cualquier manera no es el tema que nos interesa en nuestra investigación y no somos especialistas en él; solo lo colocamos acá a modo de ejemplo. (La realidad es que no nos interesa la economía marxista capitalista como tal, lo que nos interesa es la economía de la transición, a la que abordamos más desde el ángulo general del materialismo histórico –de la misma manera leemos El capital– que como economía propiamente dicha.)

[2] En el original de esta traducción hay un error, porque en vez de decir “algo en absoluto independiente de sus valores de uso” debería decir “algo independiente de sus valores de uso”. Aun así, hay una aclaración de los traductores con una cita de Marx de El capital que es muy ejemplificadora y vale aquí: “Ahora bien, si ponemos a un lado el valor de uso del cuerpo de las mercancías, únicamente les restará una propiedad: la de ser productos del trabajo. No obstante, también el producto del trabajo se nos ha transformado entre las manos. Si hacemos abstracción de su valor de uso, abstraemos también los componentes y las formas corpóreas que hacen de él un valor de uso. Ese producto ya no es una mesa o casa o hilo o cualquier otra cosa útil. Todas sus propiedades sensibles se han esfumado. Ya tampoco es producto del trabajo del ebanista o del albañil o del hilandero o de cualquier otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo se desvanece el carácter útil de los trabajos representados en ellos y, por ende, se desvanecen también las diversas formas concretas de esos trabajos; éstos dejan de distinguirse, reduciéndose en su totalidad a trabajo humano indiferenciado, a trabajo abstractamente humano” (El capital citado por Arico, Blanco, Di Lisa como nota al pie de los traductores y editores en Notas sobre Wagner, 2022: 57).

[3] La obra de Simondon aún no hemos logrado estudiarla.

[4] Esto es genial pero no se trata solo de un “sentimiento” de subordinación: es la materialidad de la vivencia de la subordinación permanente a la cual debe enfrentar el proletariado para transformarse en clase histórica. Una de las condiciones materiales para ello es la automatización y el desarrollo de las fuerzas productivas; la perspectiva emancipatoria tiene en ello una condición material pero es, esencialmente, y sobre la base de esa condición material, un proceso político y social de lo más complejo (como lo ha demostrado la experiencia anticapitalista del siglo pasado).

[5] Una crítica que pierde de vista las condiciones concretas de la desorganización del trabajo en la Rusia soviética después de la revolución.

[6] No hemos llegado todavía a profundizar en el clásico estudio del marxista analítico positivista Gerald A. Cohen, La teoría de la historia de Karl Marx (1978). La “biblia” de este tipo de marxismo es el famoso “Prólogo” a la Contribución a la crítica de la economía política (1859), que tantos dolores de cabeza le ha dado al marxismo por su mecanicismo (o elementos de mecanicismo).

[7] Atención que en este juego de palabras del cual hablamos nos basamos en la traducción al castellano de Siglo XXI Editores, de Pedro Scaron, que entendemos que sigue siendo la mejor que existe hasta el momento, pero no manejamos el alemán ni tenemos atributos de filólogos (suponemos que los filólogos manejan un nivel de ansiedad inferior al promedio).

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