“Desde el momento en el que la participación inmediata del ser humano en la producción se reduce sólo al hecho de que él comienza a actuar como simple fuerza, en ese momento se origina el principio de producción mediante la máquina. El mecanismo ya era evidente: la fuerza motriz se podía sustituir en lo sucesivo por el agua, por el vapor, etc.”
(Marx: 2022: 114)
“En cuanto sistema organizado de máquinas de trabajo que sólo reciben su movimiento de un autómata central (…) la industria maquinizada reviste su figura más desarrollada. La máquina individual es desplazada aquí por un monstruo mecánico cuyo cuerpo llena fábricas enteras y cuya fuerza demoníaca, oculta al principio por el movimiento casi solemnemente acompasado de sus miembros gigantescos, estalla ahora en la danza locamente febril y vertiginosa de sus innumerables órganos de trabajo”
(Marx: 1981: 464)
El llamado “Fragmento de las máquinas” de Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), 1857/8 (primer intento de redacción de El capital) es uno de los textos más brillantes de Marx. Está marcado por su presciencia.[1] Bajo la forma de un “borrador de trabajo”, Marx explora pormenorizadamente en unas casi 60 páginas (en nuestra edición, de las páginas 216 a la 273) los límites del trabajo humano tal como lo conocemos hasta nuestros días. Es un texto escrito alrededor de 160 años atrás y que sirve de soporte teórico, incluso para entender de manera materialista los debates actuales sobre la IA, marcados por el impresionismo ambiente.
Por otra parte, en los “Manuscritos” de los años 61/63, Marx retoma el análisis de las máquinas pero no desde el ángulo del trabajo humano sino de las máquinas mismas (por así decirlo, pasa de lo subjetivo a lo objetivo), por lo que podemos considerar ambos textos como complementarios (Di Lisa insiste en que a partir de 1863 Marx comienza un nuevo género de investigación en su apartado sobre las máquinas: la metamorfosis del instrumento en máquina se presenta como una fase crucial de la formación económica de la sociedad). Se trata, en todo caso, de borradores de trabajo que luego darán lugar a los capítulos respectivos en el primer tomo de El capital: los capítulos del plusvalor absoluto y relativo, de la cooperación, la manufactura y la gran industria.
Pero en ningún otro texto Marx llega tan lejos en la evaluación de la transformación del trabajo humano bajo el maquinismo como en los Grundrisse: plantea con claridad que el trabajo humano –al menos en su forma inmediata– deja de ser la base de la producción material. En nuestras palabras, el trabajo humano se transforma de tal manera que pasa a ser otra cosa: actividad.[2]
Como antecedentes a estos textos, no hay que olvidarse de sus primeros apuntes sobre las máquinas, un cuaderno de citas de septiembre y octubre de 1851, cuando ya está instalado en Londres y, según comenta Dussel, le escribe a su amigo Engels en una carta del 13/10/51 que estaba trabajando principalmente sobre “sobre tecnología, sobre su historia, y sobre agronomía”. Tampoco hay que olvidarse que en 1847 Marx publica, en polémica con Proudhon, Miseria de la filosofía, cuyo capítulo II, punto 2, se titula “La división del trabajo y las máquinas”, en el cual hay ya afirmaciones sugerentes para el tema que nos convoca en este texto.
Finalmente, está el cuerpo del primer tomo de El capital, publicado por Marx ya como texto terminado, donde aborda la cuestión del trabajo humano y el maquinismo de manera podríamos decir “definitiva”.
En el conjunto de estos borradores, pero sobre todo en los Grundrisse (donde lleva más lejos la reflexión que nos interesa acá), Marx lleva a cabo un operativo coherente y materialista. Se interroga sobre en qué medida, junto con la modificación del medio de trabajo, es decir, con el maquinismo, se modifica también el trabajo humano (Marx señala en los Grundrisse que le parece más adecuado llamar a los medios de producción “medios de trabajo”). El trabajo deviene una actividad vigiladora y reguladora, ni operatoria ni motriz, que se coloca al lado del proceso de producción y no subsumido en él, lo que en cierto modo modifica su carácter mismo, agregamos nosotros.
En lo que sigue llevaremos adelante una ficha de estudio comentada lo más minuciosamente que podamos del conjunto de estos textos (habíamos prometido esta ficha en “Del trabajo humano al «General Intellect», o el pasaje de la transición al comunismo” (izquierda web, 12/10/25), siendo esta primera parte una suerte de introducción a dicho estudio.
1- El nacimiento del autómata
A modo introductorio señalemos que Marx comienza su reflexión alrededor de la conceptualización del capital fijo (en los “Manuscritos” del 61/63 pasará a un análisis más concreto de las máquinas propiamente dichas). Como sabemos, a partir del ordenamiento categorial que hace Marx en El capital (los Grundrisse lucen, en relación al Opus magnum de Marx, como más “desordenados”, sin estructura conceptual global; más como un borrador de trabajo para clarificar sus propias ideas), no hay que confundir los conceptos de capital constante/capital variable con los de capital circulante/capital fijo. (Llama la atención que Enrique Dussel, un reconocido marxólogo, se “saltee” en cierta forma la fundamental delimitación entre capital constante y capital fijo en su “Estudio preliminar del cuaderno tecnológico-histórico de Marx de 1851”: “En tercer lugar la tecnología entra en dicho silogismo como su premisa mayor o punto de partida: el capital constante es ahora el capital fijo […]”, Dussel, 1984: 27, y lo mismo le ocurre en dicho texto cuando repite: “[…] podremos concluir que la cuestión que nos ocupa es esencial en la totalidad del pensamiento de Marx, en la estructura misma de la esencia [sic] del capital, en el núcleo mismo fundamental de la producción, como capital fixe, o constante, o productivo”, 1984: 24.)
En el primer caso, vinculado al proceso mismo de producción, en el tomo I de El capital, el capital variable es exclusivamente la fuerza de trabajo. Y el capital constante todo lo demás: materias primas y medios de producción (es decir, lo que no crea valor). Sin embargo, desde el punto de vista de la reproducción-circulación del capital las categorías se modifican. En el tomo II de El capital aparecen, precisamente, los conceptos de capital circulante y capital fijo (“capital circulant” y “capital fixe”, en la letra de Marx en los Grundrisse).[3] El capital circulante es todo lo que entra y sale constantemente y de manera íntegra en cada proceso inmediato de producción. Acá se combinan, se mezclan por así decirlo, tanto la fuerza de trabajo como las materias primas (es decir, tanto lo que crea valor como lo que no lo hace), las que se agotan en cada proceso productivo, en cada jornada laboral. Pero en el caso del capital fijo, sólo una parte de él es gastada en el proceso inmediato de producción. Su valor total no ingresa íntegramente en el proceso de producción inmediato sino solamente la parte proporcional de desgaste-depreciación en cada jornada laboral, lo que hace a su permanencia como capital fijo. La máquina –o el sistema de máquinas, lo mismo da– ingresa en su totalidad en cada jornada laboral como valor de uso, pero no así como valor: transfiere solamente la parte componente de su desgaste bajo la forma de una porción parcial de su valor.[4]
Teniendo presentes estas determinaciones elementales, Marx en los Grundrisse se interroga por las revolucionarias modificaciones en los medios de producción que significa el maquinismo, y paralelamente, como materialista dialéctico, se interroga también sobre las virtualidades (modificaciones reales y potenciales) que encierra el maquinismo respecto del trabajo humano (el “Marx más allá de Marx” del cual habla Tony Negri).[5]
Tiene lógica evidentemente, porque lo que ocurre bajo el capitalismo –hablando en términos generales y señalado ya en el Manifiesto comunista como específico de este sistema, algo que se verifica todos los días en las economías capitalistas avanzadas– es un permanente revolucionamiento de sus fuerzas productivas. Es el caso hoy de la IA más allá del debate sobre sus potencialidades productivas y sus posibles reversibilidades destructivas, amén del insoportable impresionismo ambiente.[6] Y parte de las fuerzas productivas son los medios de producción –medios de trabajo–, que, con la gran industria capitalista, sufren un revolucionamiento completo con la aparición de la máquina –el maquinismo–.[7]
Así las cosas, acá hay una segunda transición: el capital fijo como aquel capital que no se renueva íntegramente en el proceso inmediato de producción sino a lo largo de todo un periodo es, propiamente dicho, el capital expresado en las máquinas, capital fixe. Es distinto así del concepto de capital constante que, desde el punto de vista de la no creación de valor, aparece mezclado en dicho concepto con las materias primas e impide identificar al sistema de máquinas como tal. Dicho capital fijo aparece en la circulación como la parte del capital constante que no se renueva íntegramente en cada círculo productivo, o como la parte del trabajo acumulado (muerto) que sufre el proceso de desgaste gradual, como ya hemos visto.
Así llegamos al capital fijo del cual habla Marx en esta parte de los Grundrisse: a las máquinas o al sistema de máquinas. Y resulta ser que el capital fijo es precisamente el trabajo muerto acumulado bajo la forma de máquinas; o más bien, como afirma Marx, “sistema de máquinas”. Del “cuerpo orgánico de la producción” fundado en las y los trabajadores o artesanos se pasa, en la gran industria, al “cuerpo inorgánico de la producción” fundado en el maquinismo. El o la trabajadora quedan expropiados de su “saber hacer” y pasan a ser “apéndices” en el proceso productivo fundado en las máquinas (el concepto de “saber hacer” es del autor autonomista John Holloway: Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder, 2002, es la obra de referencia de dicho concepto).[8]
Sin embargo, en el “Fragmento sobre las máquinas” de los Grundrisse, Marx no se ocupa de la delimitación que acabamos de señalar sino que va directamente hacia dos objetos (objetivos): a) el surgimiento de la máquina y el maquinismo y b) las modificaciones que sufre el trabajo humano en este proceso (el cual es el objetivo último de nuestra investigación por cuenta del análisis de las subsistentes relaciones de auto-explotación en la transición socialista y su potencial superación en el comunismo, la base material y de las relaciones sociales a tales efectos. De paso señalemos que en muchos trabajos sobre maquinismo que estamos estudiando para nuestra obra, la cuestión del maquinismo como base material para la emancipación humana no aparece como foco).
Marx arranca dichos fragmentos por el análisis de las máquinas y por el sistema de máquinas cuyo subtítulo largo es: “El proceso de trabajo – Capital fixe. Medio de trabajo. Máquina – Capital fixe. Transposición de las fuerzas de trabajo en fuerzas del capital, tanto en el capital fixe como en el circulant – En qué medida el capital fixe (máquina) crea valor. – Lauderdale. – La máquina presupone una masa de obreros” (1980: 216). Agregamos, de paso, que el análisis específicamente concreto de las máquinas es retomado años después en los cuadernos V y XIX-XX de los “Manuscritos” de 1861/63, cuestión que abordaremos en la segunda parte de este ensayo, así como en sus Cuadernos tecnológico-históricos de 1851, que también debemos revisar. Lo que es enfocado de manera más “conceptual” (más abstracta) en los Grundrisse, en los “Manuscritos” 61/63 es acometido de manera más concreta: realiza una historia de las máquinas (como Marx es Marx, para entender las máquinas en sentido concreto, toma un curso práctico con un especialista en el tema que les daba clases a los obreros: el profesor Willis. De paso señalemos que a diferencia del instrumento, que siempre es operado por el o la trabajadora, la máquina es un conjunto de instrumentos y un autómata, ya lo veremos).
De su análisis se desprende que el molino es la primera verdadera máquina, una máquina que hunde sus raíces mucho antes del surgimiento del capitalismo: “El molino (…) puede considerarse el primer instrumento de trabajo en el cual se aplica el principio de la máquina. En el molino esto fue posible en forma relativamente más fácil que en los tornos de hilar, en las máquinas textiles, etc., porque en este caso la parte operativa propiamente dicha de la máquina, es decir, la parte que vence la resistencia del objeto de elaboración, actuaba ya desde el comienzo independientemente de la mano del ser humano y sin sus injerencias ulteriores. Ya sea que se machaque el grano seco o que se lo restriegue con la muela en el mortero, la mano entra en juego sólo como fuerza motriz” (Marx, 2022: 119).
En realidad, Marx ubica al molino y al reloj como las primeras máquinas, que son previas al capitalismo: “Al releer el Cuaderno tecnológico-histórico [1851] llegué a la conclusión de que los inventos de la pólvora, la brújula y la imprenta son condiciones previas del desarrollo burgués, es decir, desde el período de las artesanías, desde el siglo XVI al XVIII, se desarrollaron hasta convertirse en manufacturas y llegar a la auténtica gran industria. Esta tuvo dos bases materiales con las que se formó en el interior de las manufacturas y como trabajo preparatorio para la constitución de la industria mecánica, y fueron el reloj y el molino (…) ambos transmitidos desde la Antigüedad (…) El reloj fue el primer autómata aplicado al uso práctico y fundamento de la teoría del desarrollo de la producción de un movimiento constante (…) Por otra parte, en el molino, desde que se descubrió el molino hidráulico, se conocieron las diferentes partes esenciales de la máquina como si fuera un organismo (…)” (Dussel, 1988: 269/70).
Como introducción a los “Fragmentos” de 1857/8, señalemos con Marx que a la máquina moderna sólo puede apreciársela por la vía del análisis (algo similar ocurre con la inteligencia artificial, Pasquinelli)[9]. ¿Qué quiere decir “apreciarlas por la vía del análisis”? Significa que se opera un doble proceso de descomposición de las capacidades del artesano y de recomposición de esas capacidades en la máquina, como acabamos de ver, en cita al pie con Pasquinelli, en el “entrenamiento” para el manejo de vehículos auto-conducidos.[10] La recomposición del trabajo posrevolucionario socialista no pasa por la vuelta al artesanado, evidentemente, sino que es una recomposición del trabajo en un nivel superior: la planificación económica socialista, el trabajo asociado. Es una polémica que Marx establece con Proudhon.[11]
La máquina es así una composición de dos términos: a) un sistema combinado de herramientas (una máquina es una multiplicidad de herramientas que “vence la resistencia del material”); b) un sistema que se mueve por un principio motor propio: un autómata.[12] Los primeros autómatas fueron los esclavos. Porque ellos, como medio de producción y no solo como fuerza de trabajo, como cosas, eran autómatas: tenían auto-movimiento. Eran “herramientas mugientes”, en palabras de Aristóteles.[13]
Lo interesante y contraintuitivo acá es que, como se verá con más precisión en nuestro fichaje de los “Manuscritos” 1861/63, para Marx no es el autómata el que antecede al “principio de la máquina”, sino que el principio de la máquina –en el sentido de un conjunto de herramientas que realizan una labor que antes realizaban uno o varios artesanos humanos– antecede al reemplazo del principio motor humano, la fuerza humana, por la fuerza natural, el autómata propiamente dicho.
Esto es así porque en las primeras máquinas la transmisión de la energía seguía siendo humana (Marx lo afirma con claridad). Posteriormente, dicha energía fue reemplazada por la energía natural, hidráulica, eólica, mecánica, electrónica, es decir, energía no humana: “(…) La revolución industrial abarca, en primer lugar, la parte de la máquina que ejecuta el trabajo. La fuerza motriz es, en los comienzos, todavía el ser humano (…) Desde el momento en el que la participación inmediata del hombre [ser humano] en la producción se reduce sólo al hecho de que él comienza a actuar como simple fuerza, en ese momento se origina el principio de la producción mediante la máquina. El mecanismo ya era evidente: la fuerza motriz se podía sustituir en lo sucesivo por el agua, por el vapor, etc.” (Marx, 2022: 114). Y es evidente también que si esto es así, si el ser humano deja de ser esencial para la producción –es verdad que Marx le agrega siempre la palabra “inmediata”–, comienza a operarse, para nosotros, una transformación en el concepto mismo de trabajo tal como lo conocemos hasta nuestros días.
En la esclavitud asalariada moderna, las y los trabajadores pierden su autonomía porque quedan como un apéndice mecánico del sistema de máquinas: el trabajo puramente mecánico se esconde detrás del velo del libre movimiento desapareciendo el auto-movimiento (acá estamos parafraseando a Marx –2022: 118– según nuestro criterio: nos queda la imagen chaplinesca inmortalizada en Tiempos modernos). Las máquinas pasan a ser el verdadero sujeto de la producción aunque la producción de valor es patrimonio solo del trabajo vivo.[14] ¿Cómo aparece la máquina? Por la vía del análisis del trabajo y de la expropiación del saber hacer del trabajador/a. La máquina recompone lo que se ha descompuesto del trabajador/a, como ya hemos dicho. Y lo recompone al mismo tiempo como autómata: con una fuente propia de energía.
Dando un paso más, el sistema de máquinas (porque de eso se trata) viene a ser el colectivo de máquinas puestas a funcionar al unísono en un ámbito común (en una “cadena de producción” automatizada, en una fábrica, en un sistema de fábricas). En El capital el análisis de la emergencia del sistema de máquinas va desde la cooperación simple hasta la gran industria, pasando por la manufactura. Ya en el marco del sistema fabril, el taylorismo, el fordismo, el toyotismo, la automatización, la robotización, el trabajo bajo algoritmos (esto no lo analiza Marx evidentemente, porque son formas de sujeción del trabajo científico-capitalista posteriores a él), son formas de organización del trabajo que adaptan a las y los trabajadores al revolucionamiento constante del “sistema de máquinas” y a las formas de división del trabajo que le son propias.
Hablando de la “condena” que la división del trabajo significa bajo el capitalismo, podemos citar a Marx: “Adam Smith fue más perspicaz de lo que piensa el señor Proudhon. Vio muy bien que «en realidad la diferencia de talentos naturales entre individuos es mucho menor de lo que creemos. Estas disposiciones tan diferentes, que parecen distinguir a las personas de diversas profesiones, cuando llegan a la edad madura, no son tanto la causa como el efecto de la división del trabajo». La diferencia inicial entre un mozo de cuerda y un filósofo es menor que la que existe entre un mastín y un galgo. El abismo entre uno y otro lo ha abierto la división del trabajo” (Marx, 1987: 101; es interesante que Marx y Engels buscaran achicar también las diferencias entre los seres humanos y los animales basándose en Reimarus, pero este es otro tema, que abordamos en cierta forma en Engels antropólogo). Existe una relación dialéctica entre máquina y división del trabajo en la que una influye sobre la otra, pero la prelación materialista es la de la división del trabajo, a consecuencia de la cual va surgiendo la máquina. Sin embargo, acá hay varias interpretaciones (la de Dussel es una de ellas: “Marx muestra que no es la división del trabajo lo que crea las máquinas”, 1984: 17) y cuesta identificar las idas y venidas entre una y otra determinación (que pueden dar lugar tanto a interpretaciones positivistas como culturalistas, ambas erróneas): “Constituye un error en general –escribía Marx en El capital– la idea de que al principio la máquina moderna se apoderó de aquellas operaciones que la división manufacturera del trabajo había simplificado. Durante el periodo manufacturero fueron divididas en nuevas categorías la hilandería y la tejeduría y se perfeccionaron y diversificaron sus herramientas, pero el proceso mismo de trabajo, que en modo alguno se dividió, siguió siendo artesanal. El punto de partida de la máquina no es el trabajo, sino el instrumento de trabajo” (Marx citado por Di Lisa, 1982: 20).
Sin embargo, en el farragoso pero valioso texto de Di Lisa también se cita a Marx afirmando que “La diferenciación, la especialización y la simplificación de los instrumentos de trabajo, nacidas de la división del trabajo en la industria manufacturera, que a su vez se basa en esta misma división, y los mecanismos construidos para efectuar operaciones muy simples, teniendo en cuenta justamente las tres, están entre los más importantes presupuestos tecnológicos y materiales del desarrollo de la producción mediante la máquina, en cuanto elementos que revolucionan los métodos y relaciones de producción (Marx citado por Di Lisa, 1982: 20).
Como se ve, división del trabajo y desarrollo de los instrumentos y las máquinas están muy entrelazados, teniendo quizás al principio “vidas paralelas” que luego se unen, pero a este nivel de nuestra investigación no podemos decidirnos con claridad por el orden de prelación, dadas las consecuencias de una u otra interpretación para el abordaje equilibrado del marxismo.
Marx mismo señala con agudeza desde Miseria de la filosofía: “El trabajo se organiza y se divide de diferentes modos según sean los instrumentos de que disponga [algo que luce bien materialista]. El molino movido a mano supone una división del trabajo distinta que el molino de vapor. Querer comenzar por la división del trabajo en general, para llegar luego a uno de los instrumentos específicos de la producción, significa, pues, burlarse de la historia.
”Las máquinas no constituyen una categoría económica, como tampoco el buey que tira el arado. Las máquinas no son más que una fuerza productiva. La fábrica moderna, basada en el empleo de las máquinas, es una relación social de producción, una categoría económica” (Marx, 1987: 105).
Está bastante claro que la máquina aparece acá como fuerza productiva y la fábrica como relación social. Pero dicho así, en sentido lato, y atento a los desarrollos del marxismo en el siglo XX, que hizo de las fuerzas productivas una relación independiente de las relaciones sociales, o una relación intrínsecamente maligna, la cosa debe profundizarse; a nuestro modo de ver, en ambos casos hay que delimitar cuánto de fuerzas productivas y cuánto de relación social tienen ambos términos (¡aunque por supuesto la transición socialista deberá arrancar de las máquinas que tenga a mano!).
A nuestro modo de ver, en todos los casos (mecánicos, eléctricos, automáticos o cibernéticos), el “sistema de máquinas” funciona mediante el análisis del trabajo humano individual y social. Pasquinelli demuestra bien en su obra el direccionamiento explotador que tienen la IA y los algoritmos bajo las condiciones de acumulación del capital: “En este libro argumento (…) que el código interno de la IA está constituido no por imitación de la inteligencia biológica sino por la [imitación] de la inteligencia del trabajo y las relaciones sociales. Hoy en día, debería ser evidente que la IA es un proyecto para capturar el conocimiento expresado a través del comportamiento individual y colectivo y codificado (encode) en modelos algorítmicos para automatizar las más diversas tareas (…)” (Pasquinelli, 2023: 2).[15]
La fuerza productiva expropiada a las y los trabajadores mediante el sistema de máquinas, sin embargo, puede revertir en su contrario; esa es la dialéctica de las cosas, el lado B del maquinismo, que pocos analistas toman y abre potencialidades emancipatorias: no se trata de volver al viejo sistema integrado individual del trabajo del artesano sino de apropiarse del “sistema de máquinas” y la producción social como un todo, mediante la planificación democrática de la economía por parte de las y los trabajadores (como trabajadores sociales, colectivos, asociados).
Este proceso de autonomización de la producción respecto del trabajo humano directo (del sudor humano, del estrujamiento de los nervios y músculos de las y los trabajadores, de la raquítica base de valor de la producción que fue mantenida por el estalinismo aunque en cierto modo deba ser violada en toda transición socialista auténtica; es decir, la base de intercambio de valores) es, dialécticamente, el de la aparición a cada momento, y a un nivel superior, del conocimiento de las ciencias de la naturaleza y sociales expresadas en el desarrollo de la técnica productiva como potencialidad emancipatoria, repetimos.
Es la aparición de lo que Marx llama el General Intellect, que son las fuerzas del conocimiento histórico-social acumuladas por la humanidad y transformadas en fuerzas productivas: “(…) la creación de la riqueza efectiva se vuelve menos dependiente del tiempo de trabajo y del cuanto de trabajo empleados, que del poder de los agentes puestos en movimiento durante el tiempo de trabajo, poder que a su vez –su powerful effectiveness– no guarda relación alguna con el tiempo de trabajo inmediato que cuesta su producción, sino que depende más bien del estado general de la ciencia y del progreso de la tecnología o de la aplicación de esta ciencia a la producción (…) La riqueza efectiva se manifiesta más bien –y esto lo revela la gran industria– en la enorme desproporción entre el tiempo de trabajo empleado y su producto, así como en la desproporción cualitativa entre el trabajo, reducido a una pura abstracción, y el poderío del proceso de producción vigilado por aquél” (Grundrisse, 1980: 227/8).[16]
En la medida en que esto ocurre y en tanto las “pulsiones utópicas” no devengan en distópicas, es decir, en tanto sean producto de una revolución y una transición auténticamente socialistas (tendencia al dominio del trabajo vivo sobre el trabajo muerto) y no de un proceso de burocratización o de un camino a la barbarie capitalista, se puede entender con claridad por qué Marx habla de la reducción del trabajo en su acepción tradicional (el concepto de trabajo como explotado y dominado) a una “pura abstracción” que niega su propio contenido tradicional: el trabajo deviene genéricamente actividad (es decir, se plantea otro concepto para entender-contener el necesario intercambio metabólico eterno entre la humanidad y la naturaleza).
Señala Di Lisa al respecto: “La intervención en la «gran batalla sobre la distinción entre la máquina y el instrumento» tendría como objeto defender y consolidar las conquistas conceptuales: la desaparición del trabajo inmediato como principio determinante de la producción, su paso a un segundo plano frente al devenir de la fuerza productiva de la ciencia” (1982: 16), cosa que Pasquinelli deja completamente de lado en su ridícula crítica al concepto de General Intellect como “idealista” (sic). Y agrega Di Lisa citando a Marx: “Como ya hemos visto, la máquina no desplaza a la herramienta. Esta, de instrumento minúsculo del organismo humano, crece en volumen y cantidad hasta convertirse en herramienta de un mecanismo creado por el hombre [ser humano]” (1987: 21).
Acá podemos subrayar que en Marx la dialéctica histórica es una dialéctica abierta, hecha de sus tendencias ascendentes y descendentes (Engels), no el “romanticismo anticapitalista” escéptico de Weber, que sólo apreciaba los elementos negativos de la racionalización capitalista y perdía de vista las potencialidades emancipadoras del desarrollo de las fuerzas productivas, claro que superando la camisa de fuerza de las relaciones explotadoras del capitalismo. Marx no es idiota: en estos textos sobre el maquinismo identifica tanto la expropiación del saber hacer de las y los trabajadores, como las virtualidades emancipatorias que entraña el maquinismo. Y aquí nos hallamos en la tercera década del siglo XXI devanándonos los sesos sobre cómo relanzar la batalla por la revolución socialista frente a un capitalismo que ha dado un giro destructivo brutal y creado multitud de fuerzas que escapan a su control: militarismo, destrucción ecológica, inteligencia artificial, etc.
Por lo demás, hay que destacar un último concepto de importancia. El maquinismo, en cualquiera de sus estadios, es una fusión entre naturaleza y cultura: leyes de la naturaleza “atrapadas” para la producción humana en el “sistema de máquinas”. Es una rara síntesis entre naturaleza y cultura humana, un subproducto de la fusión “orgánica” entre ambas. Es la creación de algo donde anteriormente no había “nada” –salvo la materia prima natural–, como señalara Gordon Childe respecto de la industria de la alfarería analizada en la arqueología. “Se ve cómo la industria y la existencia que se ha hecho objetiva de la industria son el libro abierto de las fuerzas humanas esenciales (…)” (Marx citado por Dussel, 1984: 15).
Por último, aprovechándonos de cierta pedagogía en Dussel, es interesante la genealogía genérica que hace –de manera sumaria– del concepto de modo de producción en Marx, que sólo dejamos apuntado para estudios ulteriores. Rastrea en la Gaceta Renana la siguiente idea: “Lo mismo que todo determinado modo de vida (Weise des Lebens) es el modo de vida (Lebensweise) de una determinada naturaleza. Sería absurdo pedir que el león se atuviera a las leyes de la vida del pólipo (…)” (Marx citado por Dussel, 1984: 10). Dussel agrega que de esta manera se encuentran protoconceptos de los futuros “modos de producción” en la idea de “modos de vida”.
Y más adelante agrega, precisamente tomando como fuente La ideología alemana: “El mismo hombre [ser humano] se diferencia de los animales a partir del modo en que comienza a producir sus medios de vida (Lebensmittel zu produzieren) (…) Al producir sus medios de vida, el hombre [ser humano] produce indirectamente su propia vida material. El modo (Weise) como los hombres producen sus medios de vida depende de la naturaleza misma de los medios de vida (…) Este modo de producción (Weise der Produktion) (…) es ya un determinado modo de objetivar su vida, un determinado modo de vida (Lebensweise). De donde se desprende que un determinado modo de producción (Produktionsweise) lleva siempre aparejado un determinado modo de cooperación o una determinada fase social (…) La historia de la humanidad debe estudiarse y elaborarse siempre en conexión con la historia de la industria y del intercambio” (Marx citado por Dussel, 1984: 16).
Luego de esta introducción general y todavía tentativa, pasemos a analizar y comentar algunos fragmentos de Marx para no perdernos nada de su riqueza. En esta primera parte nos dedicaremos al “Fragmento de las máquinas” de los Grundrisse (1857/8), en la segunda a los fragmentos dedicados al maquinismo de los Cuadernos V y XIX y XX (1861/3) y en una tercera a los antecedentes de los Cuadernos tecnológicos-históricos de 1851.
2- Del artesanado al maquinismo, racconto sumarísimo
Para entender las citas de los Grundrisse y de los respectivos Cuadernos que analizaremos en próximos artículos, debemos hacer un repaso sumario de algunas definiciones de Marx en El capital, que, como es archisabido, es una obra posterior (10 años pasaron entre el borrador de los Grundrisse y la publicación del tomo I de El capital). Hay que recordar que, antiguamente, los primeros trabajos no agrarios se hacían en el seno de la comunidad rural. La primera división del trabajo fue la división del trabajo campo-ciudad, como le recuerda Marx a Proudhon: “(…) reducir las cosas a las categorías del señor Proudhon sería simplificarlas demasiado. La historia no actúa de modo tan categórico. En Alemania se necesitaron tres siglos enteros para establecer la primera gran división del trabajo, es decir, la separación entre la ciudad y el campo. A medida que se modificaba esta sola relación entre la ciudad y el campo, se iba modificando toda la sociedad” (Marx, 1987: 100/1).
Los artesanos eran los encargados de realizar una serie de trabajos no directamente agrícolas y que, al mismo tiempo salían eventualmente del círculo familiar. El de zapatero, carpintero, sastre, herrero, etc., toda esta serie de trabajos salían del trabajo específicamente agrícola y, si salían también del ámbito familiar, eran realizados por artesanos que se especializaban en esta producción.
Lógicamente, si esto se concentraba en las ciudades, en ellas también se concentraba el intercambio, con lo cual se daba lugar a la circulación mercantil simple identificada por Marx como mercancía-dinero-mercancía (el origen de la mercancía es la producción para otro, no para uno, por lo que de suyo supone el mercado donde se intercambian dichas mercancías). Los artesanos, a su vez, se agrupaban en gremios con sus diversas jerarquías, que se mantuvieron rígidas a lo largo de siglos como “división natural del trabajo”, afirma Marx, como cristalización de una determinada división del trabajo.
Todo esto es demasiado conocido como para desarrollarlo in extenso acá.
La importancia del caso –si le sumamos también, por ejemplo, la óptica o la relojería, que son artesanados más complejos– es que el artesano (o sus subordinados conforme iban aprendiendo el oficio) realizaba toda la tarea: tenía un saber hacer en algunos casos muy refinado de su oficio: “(…) el virtuosismo del obrero detallista (…) Su transformación del trabajo parcial en ocupación vitalicia de un hombre (…) corresponde a la tendencia de las sociedades anteriores a hacer hereditarios los oficios, a petrificarlos en castas (…) a osificarlos en gremios. Castas y gremios surgen de la misma ley natural que regula la diferenciación de plantas y animales en especies y variedades; sólo que cuando alcanzan cierto grado de desarrollo, el carácter hereditario de las castas o el exclusivismo de los gremios son establecidos por decreto, como ley social” (Marx, 1981: 413).
Conforme fue emergiendo al lado de las clases señoriales una burguesía, una inicial acumulación de capital, con dicha acumulación también se podía tenerla de materia prima, y entonces se difunde el trabajo a domicilio. El incipiente capitalista provee de materia prima a las y los trabajadores domiciliarios, que le devuelven, por una suma de dinero, el trabajo terminado, la mercancía terminada.
La manufactura surge cuando los capitalistas comienzan a poder colocar a las y los trabajadores bajo un mismo techo: “(…) la producción capitalista sólo comienza, en rigor, allí donde el mismo capital individual emplea simultáneamente una cantidad de obreros relativamente grande y, en consecuencia, el proceso de trabajo amplía su volumen y suministra productos en una escala cuantitativamente mayor. El operar de un número de obreros relativamente grande, al mismo tiempo, en el mismo espacio (o si se prefiere, en el mismo campo de trabajo), para la producción del mismo tipo de mercancías y bajo el mando del mismo capitalista, constituye histórica y conceptualmente el punto de partida de la producción capitalista” (Marx, 1981: 391).
En un comienzo, dichos trabajadores/as-artesanos/as siguen realizando la tarea completa. Es decir, no se establece todavía una gran división del trabajo más allá de la división social del trabajo que significa que exista la rama de la agricultura como así también surja la manufactura (campo-ciudad): “En lo que respecta al modo de producción mismo (…), en sus comienzos la manufactura apenas se distingue de la industria gremial del artesanado por el mayor número de obreros que utiliza simultáneamente el mismo capital. El taller del maestro artesanal no ha hecho más que ampliarse” (Marx, 1981: 391).
Sin embargo, en el seno de la manufactura, de la reunión de trabajadores- artesanos bajo un mismo techo, comienza a surgir la magia de la cooperación (el trabajo asociado): “La forma de trabajo de muchos que, en el mismo lugar y equipo, trabajan planificadamente en el mismo proceso de producción o en procesos de producción distintos pero conexos, se denomina cooperación” (Marx, 1981: 395). (Es interesante cómo Marx asocia cooperación con planificación, algo que el estalinismo destruyó: en la planificación burocrática desaparecieron tanto la planificación como la cooperación. Como señalaba a este respecto con agudeza Nahuel Moreno, cada empresa, cada director de empresa, se tiraba uno contra el otro (¡la planificación había desaparecido en el “plan”, afirmaba Moshe Lewin!)
Y Marx agrega inmediatamente: “(…) la suma mecánica de fuerzas de obreros aislados difiere esencialmente de la potencia social de fuerzas que se despliega cuando muchos brazos cooperan simultáneamente en la misma operación indivisa (…) El efecto del trabajo combinado (…) no podría lograrlo el trabajo de individuos aislados (…) No se trata aquí únicamente de un aumento de la fuerza productiva individual debido a la cooperación, sino de la creación de una fuerza productiva que en sí y para sí es forzoso que sea una fuerza de masas” (Marx, 1981: 396).
Y reafirmando la “magia” del trabajo asociado (el concepto es nuestro, no de Marx), Marx señala con agudeza: “(…) el mero contacto social genera, en la mayor parte de los trabajos productivos, una emulación y una peculiar activación de los espíritus vitales (animal spirits), las cuales acrecientan la capacidad individual de rendimiento (…) obedece esto a que el ser humano es por naturaleza, si no, como afirma Aristóteles, un animal político, en todo caso un animal social” (Marx, 1981: 396/7).[17]
Conforme la manufactura se hace más estable, comienza a operarse en su seno una división de tareas. Ahí es donde comienza a romperse el oficio artesanal. “La cooperación fundada en la división del trabajo asume su figura clásica en la manufactura. En cuanto forma característica del proceso capitalista de producción, predomina durante el periodo manufacturero propiamente dicho, el cual dura, en líneas muy generales, desde mediados del siglo XVI hasta el último tercio del XVIII” (Marx, 1981: 409).
Y agrega que la manufactura surge de dos maneras: a) la primera consiste en reunir en un taller, bajo el mando del mismo capitalista, a trabajadores pertenecientes a oficios artesanales diversos e independientes, por cuyas manos tiene que pasar un producto entero hasta su terminación definitiva. Nos hallamos entonces aún en el terreno de la cooperación simple, que encuentra preexistentes su material humano y las cosas que requiere. b) Pronto ocurre, afirma Marx, un cambio esencial: el tapicero, el cerrajero, el latonero, etc., que solo se ocupa de la fabricación de una cosa, al perder la costumbre pierde también poco a poco la capacidad de ejercer su antiguo oficio artesanal en toda su amplitud. Su actividad, ahora unilateral, asume la forma mejor adecuada para el campo de acción restringido. Originariamente, la manufactura aparecía como una combinación de oficios artesanales independientes. Poco a poco se convierte en una división de la producción en las diversas operaciones particulares que la componen, cada una de las cuales cristaliza en función exclusiva de un obrero, siendo ejecutada la totalidad de las mismas por la asociación de estos obreros parciales.
Marx señala que, aunque haya dos vías por las cuales se llega a la manufactura, su principio sigue siendo el mismo: un mecanismo de producción cuyos órganos son los seres humanos (hay subsunción formal pero no real del trabajo al capital). “El artesanado continúa siendo la base técnica, base técnica estrecha que excluye, en realidad, el análisis científico del proceso de producción” (Marx, 1981: 412). Y lo excluye porque al reunir el artesano toda la tarea de manera “subjetiva” hace difícil el análisis de la cosa (su trabajo aún no ha sido descompuesto).
En esto Dussel es pedagógico: el taller artesanal y la manufactura son formalmente diferentes pero materialmente semejantes, porque se basan en instrumentos simples; asimismo, entre la manufactura y la gran industria el ámbito de producción ampliado es el mismo, pero materialmente las cosas ya son distintas: la producción se basa en la máquina o el sistema de máquinas.
A partir de ahí es donde comienza a establecerse el “principio de la máquina”: por la vía del análisis y la descomposición del trabajo artesanal, si se tienen los instrumentos respectivos, puede irse recomponiendo el trabajo en la máquina.
Como paso previo, de manera todavía artesanal, se pueden ir dividiendo las tareas de forma tal que un artesano-trabajador no la realice toda. Acá se combinan dos principios: a) la “magia del trabajo asociado” o de la cooperación que permite, con la especialización, ganar en productividad, ya que ahora un conjunto de trabajadores/as hacen unas cosas y otro conjunto otras; b) al mismo tiempo, comienza a surgir el “principio de las máquinas” o de la máquina-herramienta, porque en definitiva, como ya hemos visto, una máquina es una reunión de herramientas en una sola unidad, que a la postre trabaja con un principio motor propio, un autómata. “Toda máquina desarrollada se compone de tres partes esencialmente diferentes: [a] el mecanismo motor, [b] el mecanismo de transmisión y, finalmente, [c] la máquina-herramienta o máquina de trabajo. El mecanismo motor opera como fuerza impulsora de todo el mecanismo. Genera su propia fuerza motriz (…)” (Marx, 1981: 453; transforma la máquina en autómata).
Como digresión, señalemos que en esta misma página de El capital que acabamos de citar, Marx coloca una cita al pie que es una genialidad en materia de análisis dialéctico-materialista: “Darwin ha despertado el interés por la historia de la tecnología natural, esto es, por la formación de los órganos vegetales y animales como instrumentos de producción para la vida de plantas y animales. ¿No merece la misma atención la historia concerniente a la formación de los órganos productivos del hombre en la sociedad, a la base material de toda organización particular de la sociedad?
”¿Y esa historia no sería mucho más fácil de exponer, ya que, como dice Vico, la historia de la humanidad se diferencia de la historia natural en que la primera la hemos hecho nosotros y la otra no? La tecnología pone al descubierto el comportamiento del ser humano respecto de la naturaleza, el proceso de producción inmediato de su existencia y con esto, asimismo, sus relaciones sociales de vida y las representaciones que surgen de ellas” (Marx, 1981: 453).
Acá corresponden dos reflexiones. La primera, que la historia de la tecnología, de los instrumentos de trabajo, es una historia fundamental para un abordaje materialista de la historia humana, de sus instrumentos de interrelación entre vida humana y naturaleza, de la reproducción misma de la especie humana (La ideología alemana).
La segunda, parece que Marx le dio lecciones avant la lettre a objetivistas tipo Althusser, para los cuales la historia humana no tiene ninguna especificidad, nada “particular” que nos permita conocerla mejor; se trata de nuestra propia experiencia, algo que nos aproxima a conocerla más porque hace a nuestra propia existencia práctica, pero el concepto de experiencia nada vale para Althusser (solo vale, idealistamente, la “práctica teórica”).
Así las cosas, el “principio de la manufactura” lleva al “principio de la cooperación” y el principio de la cooperación lleva al “principio de la máquina”, todo bajo el amparo de una determinada división del trabajo:
“En la manufactura, la revolución que tiene lugar en el modo de producción toma como punto de partida la fuerza de trabajo; en la gran industria, el medio de trabajo” (la máquina, Marx, 1981: 451).[18] Y agrega Marx que el a) mecanismo motor y el b) mecanismo de trasmisión de la energía son dos de los componentes de la máquina, al cual se agrega el tercero y fundamental, c) la máquina-herramienta que se apodera del objeto de trabajo y lo modifica con arreglo a un fin (la idea del trabajo como actividad, como arreglo a un fin, teleológica, la desarrolla con agudeza George Lukács en su Ontología del ser social, cuestión que abordaremos en otro texto).
De esta parte de la maquinaria, de la máquina-herramienta, es de donde arranca la revolución industrial en el siglo XVIII. “La máquina, de la que arranca la revolución industrial, reemplaza al obrero que manipula una herramienta única por un mecanismo que opera simultáneamente con una masa de herramientas iguales o parecidas a aquella y que es movida por una fuerza motriz única, sea cual fuere la forma de esta. Tenemos aquí la máquina, pero solo como elemento simple de la producción mecanizada” (Marx, 1981: 457).[19]
La reunión de estos tres “mecanismos” es lo que lleva a lo que Marx llama la gran industria, que no es más que la organización de la producción sobre la base del sistema de máquinas: del cuerpo orgánico de la producción que estaba fundado en el obrero-artesano, se pasa al cuerpo inorgánico de la misma que está fundado en el capital fijo, el sistema de máquinas. “Un sistema de maquinaria (…) constituye en sí y para sí un gran autómata, siempre que reciba su impulso de un primer motor que se mueva a sí mismo” (Marx, 1981: 463).
Bibliografía
Daniel Bensaïd, La discordance des temps. Essai sur les crises, les classes, l’histoire, Les Éditions de la Passion, París, 1995.
Enrique Dussel, Hacia un Marx desconocido. Un comentario de los Manuscritos del 61-63, Siglo Veintiuno Editores, México, 1988.
- Carlos Marx. Cuaderno tecnológico-histórico, Estudio preliminar de Enrique Dussel, México, 1984.
John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder. El significado de la revolución hoy, Colección Herramienta, Universidad Autónoma de Puebla, Buenos Aires, 2002.
Karl Marx, El capital, Tomo 1, Volumen 2, Siglo Veintiuno Editores, edición a cargo de Pedro Scaron, traducción, advertencia y notas de Pedro Scaron, México, 1981.
- Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), 1857/8, Volumen 2, edición a cargo de José Aricó, Miguel Murmis y Pedro Scaron, traducción de Pedro Scaron, Siglo Veintiuno Editores, México, 1980.
- Manuscritos 1861/63. Cuadernos V y XIX y XX, Ediciones Dos Cuadrados, traducción Aricó, Blanco y Di Lisa, revisión Dos Cuadrados, Estado Español, febrero 2022.
- Progreso técnico y desarrollo capitalista (manuscritos 1861-1863), introducción de Mauro de Lisa, Cuadernos de Pasado y Presente, 93, México, 1982.
- Miseria de la filosofía, Editorial Cartago, Argentina, 1987.
Pierre Naville, Vers l’automatisme social? Problemes du travail et de l’automation, Gallimard, París, 1963.
De la alienación a la felicidad,
Matteo Pasquinelli, The Eye of the Master. A social history of artificial intelligence, Verso, London, 2023.
León Trotsky, El pensamiento vivo de Marx, Losada, Buenos Aires, 1984.
[1] Los borradores para la redacción de El capital están constituidos por los Grundrisse; la fallida en cierto modo Contribución a la crítica de la economía política publicada en 1859 (que contiene sólo los capítulos del dinero y la mercancía y que quedó como un texto muy abstracto); los “Manuscritos” 61/63 (pensados como continuación del texto del 59 y que contienen lo que después se vendría a conocer como las Teorías de la plusvalía, publicados por Kautsky), los valiosísimos fragmentos de continuidad del análisis de las máquinas en los cuadernos V y XIX y XX de dichos “Manuscritos”; los cuadernos del 63/65 que incluyen algunas partes que luego fueron a parar a los tomos II y III de El capital preparados por Engels; así como, finalmente, llegamos al tomo I de El capital publicado en su primera edición por Marx en 1867 (Marx publicaría en vida la valiosa edición francesa de dicho tomo –muy reivindicada por Raya Dunayevskaya por haber sido publicada luego de la Comuna de París–, así como la segunda edición en alemán de dicho tomo). En 1885 y 1894 Engels publicaría los tomos II y III de El capital restando esfuerzos a la publicación de textos originales de su autoría (nunca logró terminar uno de sus mejores textos, sino el mejor: Dialéctica de la naturaleza).
[2] Antoine Artous tiene la posición de que es imposible decidirse con Marx acerca del futuro del trabajo humano. Señala lo mismo que ponemos acá, que en los Grundrisse Marx aprecia su superación, pero que en El capital retrocede a la posición de que siempre existirán el trabajo necesario y el tiempo libre, lógicamente que en proporciones distintas que bajo el capitalismo, pero sin considerar críticamente la idea misma de trabajo. Como contrapartida, Tony Negri es más agudo (aunque con su estilo medio posmoderno y superficial) cuando en su famosa charla sobre los Grundrisse por invitación de Althusser en 1978, titula la obra que publicó posteriormente al respecto Marx más allá de Marx.
[3] Todo el mundo sabe que Marx incorporaba en sus redacciones palabras en varios idiomas, aunque escribía en alemán (la única obra escrita en otro idioma fue en francés: Miseria de filosofía, crítica a Proudhon de 1847).
[4] Los ciclos de los cambios tecnológicos pueden acelerar la obsolescencia del capital fijo, además de que las cosas son muy distintas en las diferentes ramas de la producción. Es evidente que hoy en día, en pleno siglo XXI, en ramas en pleno desarrollo acelerado como la IA, en la telefonía celular, en las ramas vinculadas a la transición energética o la astronáutica, incluso en la industria automotriz vinculada a los autos eléctricos, los tiempos son muy distintos de los promedios de la época de Marx (su promedio para la renovación del capital fijo era de un ciclo de 8/10 años).
La depreciación significa que, a priori, al final de su tiempo de utilidad, el capital fijo ha transferido todo su valor incorporado en las mercancías producidas; si son vendidas, es decir, si logran realizar su valor y plusvalor en el intercambio, significa que el capitalista ha recuperado todo el capital invertido en ellas. El negocio de la venta de maquinaria usada aparece acá como una suerte de “sobreutilización”, o una transferencia de valor al vendedor que vende maquinaria completamente “agotada” para que el comprador la expolie, a su vez, con ganancia –aunque en un nivel menor de productividad–, logrando él también una transferencia de valor al vender las mercancías producidas con ella.
En todo caso, este “juego” entre la creación de valor en la producción y las transferencias de valor en el mercado, es un “juego lógico” que supone infinitas combinaciones en los marcos conceptuales del análisis de Marx. La producción capitalista es, también, una compleja combinación de proporciones entre trabajo vivo y trabajo muerto, entre producción y mercado, etc. Es por esta razón que cualquiera que revise El capital verá que Marx se esfuerza por combinar el análisis cualitativo con el cuantitativo: materialismo histórico y economía marxista se mezclan para dar lugar a un producto científico que pretender ser, también, ciencia aplicada, que los números de lo que afirma cualitativamente cierren desde el punto de vista cuantitativo.
[5] Existe un reduccionismo que va desde el estalinismo y la socialdemocracia, del liberalismo de Hannah Arendt al posmodernismo de un Andre Gorz tardío, que trata de inventar un Marx cuyo universo es el “mundo del trabajo”…
[6] The Economist acaba de alertar que el desarrollo de la inteligencia artificial está fuera de control, y como la carrera entre EEUU y China no tiene límites, hará falta una catástrofe para obligar a una seria regulación de la IA. La irrefrenable búsqueda de ganancias a como dé lugar, y la igualmente irrefrenable lucha entre imperialismos por la hegemonía internacional en este siglo XXI, sólo las puede parar, según la revista inglesa, un apocalipsis tipo Three Mile Island o Chernobyl (TE ruega que sea la primera circunstancia, mucho más “benigna” que la segunda).
[7] El concepto de fuerzas productivas es complejo: Mandel y muchos otros marxistas confunden su contenido con su medición o magnitud. A nuestro entender, su concepto incluye tanto el capital fijo como la calificación de la fuerza de trabajo y su nivel de vida. Pero para Mandel, en su obra El capitalismo tardío, se reduciría al capital fijo. La confusión acá es que la apreciación del capital fijo, de su magnitud y “modernidad” por así decirlo, es el índice cuantitativo del desarrollo de las fuerzas productivas, pero su concepto real no puede excluir el desarrollo humano, parte componente fundamental de esas mismas fuerzas productivas (la exclusión del trabajo humano de su concepto da lugar a una mirada positivista de las fuerzas productivas).
[8] Esta conocida obra de Holloway es de una ingenuidad supina pero aporta algunos elementos y análisis de valor, como esta idea del saber hacer, es decir, del valor que sigue teniendo el oficio laboral en general, así como elementos de conceptualización más dialécticos sobre la conciencia trabajadora, que no es una “caja cerrada”, que contiene, como señalara Gramsci, elementos de conciencia falsa y de conciencia verdadera (en esto, su crítica es al joven Lukács y a una idea de partido demasiado esquemática).
[9] “(…) un automóvil auto-conducido (self driving-vehicle) está diseñado para imitar todas las micro-decisiones que un conductor [humano] realiza en una vía embotellada. Su trabajo neurológico artificial «estudia» las correlaciones entre la percepción visual del ambiente y el control mecánico del vehículo (frenar, acelerar, doblar) junto con las decisiones éticas que deben ser tomadas en pocos milisegundos en caso de peligro. Manejar requiere altas capacidades cognitivas que no pueden ser abandonadas a la improvisación, pero también la resolución rápida de los problemas que es posible sólo gracias al hábito y el entrenamiento, que no son completamente conscientes (…) incluso Elon Musk reconoció, después de no pocos accidentes fatales con los Tesla, que «generalizar el self driving (la conducción automática no humana) es un problema difícil» (…) Si las calificaciones del manejo [humano] pueden ser trasladadas a un modelo algorítmico, es porque manejar es una actividad [humana] lógica, porque, en última instancia, todo trabajo es lógico” (porque sólo de manera lógica pueden construirse valores de uso, agregamos nosotros; Pasquinelli, 2023: 3).
[10] Es impresionante cómo el estudio del análisis materialista de Marx sobre el maquinismo nos sirve de esquema teórico para entender cómo funciona, realmente, la IA.
[11] Proudhon sostenía erróneamente una “inversión de los términos” porque consideraba que la máquina permitía la recomposición del trabajo del obrero, cuando era exactamente al revés. Marx afirmaba, lógicamente, lo contrario: la máquina descompone el trabajo del artesano y lo recompone en sí misma como mecano bajo la forma de alienación o extrañamiento del trabajador o trabajadora, que queda como “trabajo desnudo” (el concepto es nuestro): “Las máquinas son, para el señor Proudhon, «la antítesis lógica de la división del trabajo» (…) El trabajo se organiza y se divide de diferentes modos según sean los instrumentos de que disponga. El molino movido a mano supone una división del trabajo distinta que el molino a vapor. Querer comenzar por la división del trabajo en general, para llegar luego a uno de los instrumentos específicos de la producción, a las máquinas, significa, pues, burlarse de la historia. Las máquinas no constituyen una categoría económica, como tampoco el buey que tira del arado. Las máquinas no son más que una fuerza productiva [en todo caso, sí suponen componentes de relaciones de producción, pero eso es secundario acá] (…) Lo que caracteriza la división del trabajo en el taller mecánico es que el trabajo pierde dentro de él todo carácter de especialidad. Pero, en cuanto cesa todo desarrollo especial, comienza a dejarse sentir el afán de universalidad, la tendencia a un desarrollo integral del individuo” (Marx, 1987: 104/5 y 115).
Lo dicho: la recomposición y superación del trabajo mismo se logra en el tránsito al comunismo mediante la planificación democrática y el trabajo asociado, llevando el trabajo humano a un nivel superior; no hay otra forma de lograrlo. De ahí la crítica al estalinismo, que, evidentemente, no recompuso el trabajo sino que mantuvo la dominación del trabajo muerto sobre el vivo. Por esto mismo es que Itsvan Mészáros habla de la necesidad de “ir más allá del capital”: por la subsistencia del dominio del trabajo muerto sobre el trabajo vivo en las sociedades no capitalistas del siglo XX.
[12] La idea de “primer motor” Marx la saca de Aristóteles, aunque en el caso del genial filósofo griego, el primer motor, precisamente, no tenía movimiento; obviamente en Marx este “primer motor” tiene auto-movimiento.
[13] Señalamos varias veces que los esclavos no eran considerados humanos en el mundo griego, sino simplemente “herramientas hablantes”. Haciendo una suerte de analogía con la contemporaneidad, podríamos afirmar que la IA es identificada por muchos como una herramienta “pos-humana” (que vendría a reemplazar a los humanos)… “Esta obra continúa los estudios analíticos del proceso laboral a través de la era industrial hasta la actual emergencia de la IA con el deseo de mostrar cómo la «inteligencia» de la innovación tecnológica siempre se ha originado por imitación de estos diagramas abstractos de la praxis humana y el comportamiento colectivo” (Pasquinelli, 2023: 5/6).
Lógicamente, originada la IA en una copia del comportamiento y el conocimiento humano, eso para nada quiere significar que no pueda salirse del control humano: como toda fuerza productiva bajo el capitalismo, es tanto fuerza productiva como, potencial y en muchos casos realmente, destructiva.
[14] La cita, en realidad, se refería a los animales puestos a trabajar con los ojos abiertos, aunque vale para aspectos de la subordinación de las y los trabajadores al sistema de máquinas, al dejar de ser, en cierta forma, sujetos de la producción (aunque, dialéctica mediante, es el trabajo vivo el único que produce valor porque todo el sistema se basa en la explotación del trabajo). La cita de Marx continúa brillantemente en lo que tiene que ver con esta combinación de criterios activos –sujeto– o pasivos, mecánicos: “El caso del molino es completamente diferente, ya que en este los animales son guiados con los ojos vendados y obligados a girar en círculo. En este caso, su movimiento es contra natura y ellos son obligados a seguir mecánicamente una línea recta o una circunferencia” (Marx, 2022: 118). ¡Marx es brillante, y aquellos marxistas que no entienden la profunda dialéctica sujeto/objeto que lo anima, no entienden nada!
[15] Lo dejamos señalado en otros textos y lo repetimos acá: no es lo mismo automatización que automación. La automatización es más “mecánica”, la automación remite a un autómata que tiene capacidad de adaptación autónoma. Esto nos lleva a un debate que no podemos abordar en este texto y que, como plantea Naville, requiere estudiar a Simondon, cosa que hasta el momento no pudimos hacer.
[16] Las itálicas en los textos nuestros son siempre del autor de estas notas.
[17] Marx agrega por cita al pie que “La definición de Aristóteles es, en realidad, la de que el ser humano es por naturaleza un miembro de la ciudad. Esa definición es tan característica de la Antigüedad clásica como lo es de la “yanquidad” la definición de Franklin, según la cual el hombre es por naturaleza un fabricante de instrumentos (tool making animal)” (ídem, 1981: 397).
En sus textos sobre Grecia, que son lo más valioso de él para nosotros, Castoriadis indaga con agudeza el sentido político de la ciudad en los griegos.
[18] Para Marx la primera máquina es el molino, como ya hemos visto: “Con el molino hidráulico, el Imperio Romano nos había legado la forma elemental de toda maquinaria. El período artesanal nos deja los grandes inventos de la brújula, de la pólvora, de la imprenta y el reloj automático” (Marx, 1981: 424). De todos modos, Marx agrega que la máquina específica del periodo manufacturero sigue siendo el obrero colectivo mismo, formado por la combinación de muchos obreros parciales.
[19] Marx agrega una definición-determinación importante: el punto de partida de la máquina no es el trabajo, sino el instrumento de trabajo. Volveremos sobre esto.




