“Los individuos no pueden dominar sus propias relaciones sociales antes de haberlas creado. Pero es también absurdo concebir ese nexo puramente cósico como creado naturalmente, inseparable de la naturaleza de la individualidad e inmanente a ella (…) El nexo es un producto de los individuos. Es un producto histórico. Pertenece a una determinada fase del desarrollo de la individualidad. La ajenidad y autonomía con que ese nexo existe frente a los individuos demuestra solamente que éstos aún están en vías de crear las condiciones de su vida social. Los individuos universalmente desarrollados, cuyas relaciones sociales en cuanto relaciones propias y comunitarias están ya sometidas a su propio control comunitario, no son producto de la naturaleza, sino de la historia”
Marx citado por Dussel, 2010 : 406[1]
Continuamos en este artículo con la segunda parte de nuestra investigación sobre los textos de Marx acerca de las máquinas y su vinculación con las perspectivas de la emancipación del trabajo humano en el comunismo y la transición socialista.
1- “Los trabajos y los días”
Vamos a trabajar a continuación, entonces, con una serie de citas elegidas y comentadas del texto de Marx de los Grundrisse, 1857/8, para intentar sacarles todo el “jugo” teórico que nos sea posible; que no se nos escape nada de su profundidad.
Bajo el subtítulo “El proceso de trabajo – Capital fixe. Medio de trabajo. Máquina – Capital fixe. Transposición de las fuerzas de trabajo en fuerzas del capital, tanto en el capital fixe como en el circulant. – En qué medida el capital fixe (máquina) crea valor. – Lauderdale – La máquina presupone una masa de obreros” (2022: 216), Marx comienza la sustancia de su reflexión acerca de lo que nos interesa: la relación (material y formal) entre la máquina y el sistema de máquinas y el trabajo humano; las modificaciones que sufre este último a partir de la emergencia del maquinismo.[2]
Aclaremos de paso una cuestión de importancia: la relación entre el sistema de máquinas y el trabajo humano es, sobre todo y ante todo, una relación material en tanto que producción de valores de uso. Esto es importante porque, como se sabe, Marx delimitaba con mucha claridad el proceso de producción del proceso de valorización, que no son exactamente lo mismo.
El proceso de producción hace al aspecto material de la producción misma y tiene elementos trans-históricos; lo que ocurre bajo el capitalismo, en el modo de producción específicamente capitalista, es que el proceso de producción queda subsumido en el proceso de valorización: no se produce nada que no pueda ser valorizable, es decir, que no constituya valor que se auto-valoriza (lo que importa realmente es el proceso formal de valorización, no el material de la producción; enseguida lo veremos).
Sin embargo, para nuestra investigación en esta primera parte de nuestro tomo II de El marxismo y la transición socialista, lo que nos interesa como marco de referencia teórico sobre el problema de la dialéctica histórica del trabajo humano (la dialéctica histórica trabajo-actividad), no son tanto las relaciones de valor como tales en la transición (cuestión que abordaremos pormenorizadamente en la segunda parte de este segundo tomo de nuestra obra, volumen uno), sino las relaciones materiales propiamente dichas creadas por el maquinismo capitalista y que generan las condiciones para la emancipación del trabajo o para su sumisión y “esclavización” (ninguna de las relaciones materiales de las fuerzas productivas pueden ser separadas, en cada momento histórico, de las relaciones de producción que le son connaturales).[3]
Es decir, lo que nos interesa centralmente en esta apertura de nuestro tomo 2 es una investigación sobre el trabajo humano y las condiciones materiales y sociales de su emancipación, porque en definitiva de esto se trata la cuestión en la transición socialista: que sirva para emancipar el trabajo de su explotación secular, y entender si esa emancipación hace que las relaciones metabólicas entre la humanidad y la naturaleza adquieran una connotación diferente del trabajo tal como lo conocemos hasta nuestros días.
Cerramos esta introducción con el texto de Hesíodo Los trabajos y los días, de los siglos VIII-VII A.C., que es el primer texto griego conservado que tematiza el trabajo de manera explícita, que no lo degrada como posteriormente haría Aristóteles (un antecedente de esto, al parecer, son La Ilíada y La Odisea, de Homero, pero de un modo muy subordinado).
“[No existe] en realidad una sola especie de las Érides [formas de manifestación de la discordia, la rivalidad y la contienda], sino que existen dos sobre la tierra (…) A la otra la parió primera la Noche tenebrosa y la puso el Crónida [Zeus] de alto trono que habita en el éter, dentro de las raíces de la tierra y es mucho más útil para los hombres: ella estimula al trabajo incluso al holgazán; pues todo el que ve rico al otro que se desvive en arar o plantar y procurarse una buena casa, está ansioso por el trabajo (…) ¡Oh Perses!, grábate tú esto en el corazón y que la Eris gustosa del mal no aparte tu voluntad del trabajo, preocupado por acechar los pleitos del ágora; pues poco le dura el interés por los litigios y las reuniones públicas a aquel en cuya casa no se encuentra en abundancia el sazonado sustento, el grano de Deméter, que la tierra produce. Cuando te hayas provisto bien de él, entonces sí puedes suscitar querellas y pleitos sobre las haciendas ajenas” (Fundación Carlos Slim, México).[4]
Bien; como se aprecia en Hesíodo, autor anterior a Aristóteles, el trabajo humano se valora como condición para el ágora, mientras que Aristóteles lo considera una actividad de rango menor porque para ello estaban los esclavos (personas-instrumentos de segundo rango que no son plenamente humanos). Pero conforme el desarrollo contradictorio de las fuerzas productivas, se abre potencialmente en el comunismo la eventualidad de la emancipación del trabajo como tal, y aquí se encuentra toda la radicalidad de los extraordinarios “Fragmentos sobre las máquinas” de Marx en los Grundrisse.
Sin más, vayamos al análisis de las citas de Marx.
2- Material-formal-material
Pasemos entonces a las citas comentadas de algunos de los párrafos de los Grundrisse. “(…) el capital se presentó como la totalidad de las condiciones de este proceso y se escindió, conforme a éste, en ciertas proporciones cualitativamente diferentes: material de trabajo [es ésta, y no ‘materia prima’, la expresión correcta y conceptual, Marx dixit], medios de trabajo y trabajo vivo [se aprecia como todo está referido al trabajo humano]. Por una parte, el capital, conforme a su existencia material, se fraccionaba en estos tres elementos; por otra, la unidad dinámica de los mismos constituía el proceso de trabajo (o la incorporación conjunta de estos elementos en el proceso), la unidad estática constituía el producto” (1980: 217).
Acá está lo que señalamos al comienzo de esta nota. Marx se mantiene, de momento, en el terreno material de la producción en el sentido estricto del término (no en el proceso de valorización, que abordará inmediatamente). Por eso habla del “capital, conforme a su existencia material”, es decir, como no capital, así como habla de proceso de trabajo y todavía no de proceso de valorización: “Lo «material» (en alemán Stoff, y no en latín material) es lo que dice relación inmediata ser humano-naturaleza” (Dussel, 2010: 397).
Marx remite el proceso de producción al trabajo humano, siendo el trabajo humano el “núcleo vivo” del mismo (en algunos momentos, ya lo veremos, Marx habla del trabajo humano como del “componente consciente” del proceso maquinizado). Es por esto que remite todo a la connotación trabajo (humano): material de trabajo, medios de trabajo y trabajo vivo. Y agrega algo agudo: que la unidad dinámica del material de trabajo, de los medios de trabajo y del trabajo vivo está constituida por el proceso de trabajo (del cual el producto es su resultado estático-pasivo). Acá hay un juego entre lo activo y lo pasivo, donde lo activo, evidentemente, es la reunión de los tres componentes por parte del trabajo humano, que es la parte viva, dinámica, de ese proceso.
“En esta forma los elementos materiales –material de trabajo, medios de trabajo y trabajo vivo– se presentan únicamente como los momentos esenciales del proceso mismo de trabajo, de los cuales se apropia el capital. Pero este aspecto material –o su determinación en cuanto valor de uso y proceso real– se separa totalmente de su determinación formal [es decir, en tanto que capital creador de valor]” (1980: 217).
Está claro: hay que delimitar el proceso material de transformación de la naturaleza, del proceso social de valorización del capital. Es obvio que lo que le interesa al capital es el proceso de valorización como tal. Y esta creación de valor y plusvalor (que es, específicamente, el proceso de valorización) ocurre bajo el soporte material que sea (valor de uso), soporte que no le interesa en su especificidad al capital. De ahí que el proceso formal se “separe totalmente” del proceso material, aunque atención: sin el proceso material –sin la producción material de valores de uso, aunque no sea el objetivo del capital– no puede haber producción de valor sencillamente porque el valor de uso es el soporte material del valor (la mercancía misma es valor de uso y valor que se expresa en el intercambio como valor de cambio-precio).
Por lo tanto, esta separación de los momentos materiales y formales de la producción capitalista no quiere decir que puedan independizarse completamente, sino que el elemento formal domina paradójicamente en la producción capitalista al material. Se da una inversión de términos donde lo formal domina a lo material y no como debería ser: que lo material domine lo formal. Y Dussel agrega, en el mismo sentido, que en este párrafo Marx distingue entre lo material y lo formal. Y que como sólo considera el aspecto material de la cosa, dicho proceso queda “por entero al margen de la determinación formal del capital” (Dussel, 2010: 399).
En la transición socialista y el comunismo estas determinaciones deben invertirse hasta que lo “formal” desaparezca: la producción mercantil tiene que ser “acorralada”, el “proceso formal” debe ser acorralado y, finalmente, el dominio exclusivo lo tendrá el aspecto material del proceso: la producción de valores de uso para satisfacer las necesidades humanas (dejando atrás en la historia la producción fundada en la explotación del trabajo humano en su última forma histórica, que es la producción mercantil capitalista).
“La diversidad, en cuanto valores de uso, o sea el aspecto material, en la medida en que entra en escena, lo hace sin embargo quedando por entero al margen de la determinación formal del capital” (1980: 217).
Se trata de lo que venimos señalando, pero no deja de tener interés: el hecho es que el valor (de cambio) y el valor de uso están espalda contra espalda, unidos “asintóticamente” pero sin llegar nunca a unirse; responden a universos completamente distintos: el universo de la producción material y el universo del proceso de valorización del capital.
Sin embargo, toda economía debe ser productora de valores de uso porque debe responder, en una forma histórica u otra, a las necesidades materiales de la reproducción humana. Pero ocurre que la forma mercancía en la producción específicamente capitalista (D-M-D’), en realidad no tiene por objetivo satisfacer dichas necesidades sino, solamente, valorizarse (si satisface indirectamente dichas necesidades es porque tampoco ella puede sostenerse sin producir valores de uso).
Lo anterior es importante tenerlo presente, porque en la transición socialista y el comunismo la dinámica se invierte: es la determinación real la que domina la formal hasta el punto en que, por fin, la determinación formal desaparece completamente de la escena. La forma mercantil se mantiene durante determinado tiempo, pero en una transición socialista auténtica se retorna, primeramente, a una suerte de “modo de producción mercantil simple” como paso intermedio hacia una producción que a la postre deja de ser del todo para el intercambio en la socialización de la producción; el “momento formal” de la producción ha desaparecido completamente. “Marx nunca, sin embargo, introdujo una equivalencia entre la producción de valor [en el sentido capitalista del término, de valor que se autovaloriza] y el intercambio de valores en el mercado [el intercambio mercantil simple]. En las sociedades precapitalistas (…) bienes y servicios eran primeramente intercambiados sobre la base de su utilidad material, no sobre la base de su (abstracto) valor de cambio. Sólo en el capitalismo (…) el valor deviene el principio definitorio de la reproducción social. Marx no sostiene que el trabajo es la fuente del valor en todas las formas de sociedad; el trabajo (junto con la naturaleza) en las sociedades precapitalistas es la fuente de la riqueza material, no del valor. Como estableció Marx en los Grundrisse, el concepto económico del valor no existía entre los antiguos” (Hundis, 2012: 7).
“El material de trabajo y el producto del trabajo, el precipitado neutro del proceso laboral, en cuanto materia prima y producto, tampoco están ya materialmente determinados como material y producto del trabajo, sino como valor de uso del capital mismo en fases diversas” (1980: 218).
Es agudo Marx al hablar del “precipitado neutro” de la producción capitalista. Porque alude a la misma insistencia de que el objetivo específico de esa producción es la valorización del capital, es decir, el material de trabajo y el producto del trabajo como valor de uso del capital para su valorización. Pero es evidente que esta dialéctica se invierte en la transición y el comunismo (tiende a invertirse en la transición y completa su inversión en el comunismo): la transición debe significar el pasaje (un pasaje mucho más complejo que lo que pensaban Marx y Engels, ya lo veremos en la segunda parte del volumen 2 de nuestra obra) de la producción mercantil a la producción de directos valores de uso: la producción de “precipitados neutros materiales” del proceso laboral. (Neutros significa no caracterizados por las relaciones sociales del proceso de valorización capital-trabajo, sino por las relaciones sociales del trabajo asociado productor de valores de uso.)
Y acá hace su irrupción, finalmente, luego de un largo rodeo, el concepto específico del capital fixe: “(…) el medio de trabajo (…) experimenta [históricamente] una modificación formal únicamente en cuanto pasa a aparecer no solo como medio de trabajo según su aspecto material, sino a la vez como modo especial de existencia determinado por el proceso global del capital: como capital fixe” (1980: 218). (Capital fixe en su acepción específica significa entonces que la “masa bruta” de los medios de producción pasan a transformarse en capital.)
En el capital fijo, los medios de producción –específicamente las máquinas o el sistema de máquinas– pasan a aparecer, históricamente, ya no sólo como valores de uso para la producción material, sino como valores: no sólo como medios de trabajo sino como medios de valorización del capital (previo paso por la explotación del trabajo en el mundo oculto de la producción, evidentemente).[5]
Marx supone acá los elementos comunes y los elementos distintos del proceso de trabajo y del proceso de valorización. Si el primero remite a la transformación material de la materia prima, el segundo remite al aspecto formal de creación de valor y plusvalor: la explotación del trabajo ajeno, del trabajo no pagado por encima de la reproducción de la fuerza de trabajo. (Proceso de trabajo y proceso de valorización no coinciden del todo, porque el proceso de trabajo remite a la creación de valores de uso mientras que el proceso de valorización supone la extensión del trabajo humano más allá de la fuerza de trabajo. Mirado desde la pura creación de valores de uso, ambos procesos serían similares, pero desde el punto de vista del proceso de valorización lo que cuenta no es solo la reproducción de la fuerza de trabajo sino el trabajo humano rendido más allá de ella: la explotación, el trabajo no pagado.)
Consecuencia de esto: el capital fixe es justamente ese constructo físico-material-científico que permite al capitalista estrujar el trabajo vivo del trabajador (desbordar in crescendo el proceso de producción por el proceso de valorización; por otra parte, de manera lógica pero no histórica, esto lleva al “derrumbe” del capital): toda su lógica es lograr dicho estrujamiento del trabajo humano lo más profundamente que pueda, aunque sobre la base ya no –o no exclusivamente– del plusvalor absoluto (que es la explotación pura y simple del trabajo en materia de alargamiento e intensidad de la jornada de trabajo), sino del plusvalor relativo, las ganancias de productividad (la producción de mayor cantidad de mercancías en menos tiempo) por las cuales se reduce el trabajo necesario: el valor de la fuerza de trabajo disminuye y aumenta la porción del trabajo excedente no pagado de la jornada laboral.
En síntesis: si la producción precapitalista era de valores de uso o de mercancías pero no de capital, y si en el capitalismo domina el proceso formal de valorización del capital, en la transición socialista y el comunismo la tendencia es al pasaje de la producción de capital a la producción mercantil simple y, posteriormente, a la simple producción de valor de uso por el trabajo asociado.[6]
3- El maquinismo como una rara simbiosis[7]
Recién ahora Marx pasa específicamente a analizar el principio de las máquinas (ya hemos señalado que el análisis específicamente concreto de las máquinas es retomado en sus Manuscritos 1861/3, que veremos en otros textos). “La máquina en ningún aspecto aparece como medio de trabajo del obrero individual. Su differentia specifica en modo alguno es, como en el caso del medio de trabajo, la de transmitir al objeto la actividad del obrero; más bien esta actividad se halla puesta de tal manera que no hace más que transmitir a la materia prima el trabajo o acción de la máquina, [a la] que vigila y preserva de averías” (1980: 218).
Esta definición es esencial para el tema que venimos tratando. A diferencia de la vieja herramienta, con la cual el trabajador o la trabajadora transmitía su actividad al objeto de trabajo, vencía su resistencia, ahora es la máquina la que transmite dicha actividad, y el trabajador/a se ocupa solamente de vigilar su funcionamiento y preservar de averías a la máquina.
Pero atención: ¡en estos seis renglones se expresa una revolución completa del trabajo humano tal como se lo conocía antes del maquinismo! Marx está señalando con claridad que la revolucionaria modificación que ocurre en el medio de trabajo con el maquinismo es el hecho histórico de que sea la máquina y no el trabajador/a el que realiza las transformaciones en el objeto de trabajo. Porque la máquina-herramienta es precisamente eso: la operadora de las transformaciones en el objeto natural, en la materia prima, lo que vence su resistencia, operación en la cual el trabajador o la trabajadora pasan “simplemente” a vigilar y a preservar la máquina de las averías.
Se aprecia en este párrafo un agudo –¡y quizás no del todo consciente!– juego de palabras entre los conceptos de trabajo y actividad. Porque se habla de la “actividad del obrero” en vez del trabajo de éste, al mismo tiempo que se menciona el “trabajo o acción de la máquina”, cuando es evidente que la acción de la máquina no es trabajo propiamente: el trabajo es una actividad transformadora de la materia natural propiamente humana. Esta oscilación conceptual de Marx muestra, en cierta forma, las dificultades que enfrenta el concepto mismo de trabajo cuando se lo coloca ya no subsumido en el proceso de producción sino como “vigilador y regulador”.
En nuestro auxilio convocamos a Pierre Naville: “Esto que la mano del ser humano creó, no es más un sujeto técnico que lo oprime directamente, es un objeto técnico viviente, pero donde la transducción de los operadores a la máquina y de la máquina a los operadores no está todavía asegurada más que bajo condiciones precarias y rudimentarias.[8] Desde este punto de vista, puesto en valor por Simondon, la relación entre el operador y la máquina cesa de ser una relación de trabajo en el sentido tradicional: ella deviene [evidentemente que acabando con las relaciones de producción capitalistas y la auto-explotación en la transición socialista] una relación técnica en un sentido nuevo que significa una asociación enriquecida por simbiosis (cultivée symbiose), y por lo tanto libertad. Todo lo que hoy se magnifica bajo el nombre de trabajo, no es hasta el presente más que una amalgama confusa de coacciones exigidas por las relaciones sociales y las relaciones prácticas apenas conscientes. Pero detrás de esta significación oscura y mal entendida, hay otra cosa, de la cual la industria automatizada nos puede dar hoy solo un presentimiento: una relación técnica que es una utilización recíproca conforme al orden profundo de la naturaleza. Me parece que esta perspectiva surge naturalmente del análisis de Marx, y lo prolonga” (Naville, 1963: 246).
Está claro que Naville parece extralimitarse un poco al no ver la reversibilidad distópica de estos desarrollos, por ejemplo ahora en el siglo XXI, aunque esta unilateralidad está compensada cuando señala expresamente que estos desarrollos “no están todavía asegurados más que bajo formas precarias y rudimentarias”. Y como si fuera poco, afirma inmediatamente: “En segundo lugar, Marx asocia el principio del automatismo a la encarnación del capital, como potencia dominante [bajo el capitalismo, obviamente, y también en los Estados burocráticos bajo la forma del dominio del trabajo muerto sobre el vivo], un «sujeto» hostil a los operadores [las y los trabajadores]. El capital fixe, es decir la maquinaria, absorbe las fuerzas vivas del trabajador/a que él somete; del trabajo vivo, él hace trabajo muerto, que atrapa al vivo [«el muerto atrapa al vivo» es una frase clásica de Marx]. Pero como lo remarca Simondon, incluso una transformación del signo del capital, que de propiedad extraña al trabajador deviene una propiedad común (o del Estado), no alcanza para transformar la función del trabajo. Es sobre esta incapacidad que los trabajadores de la URSS han hecho la experiencia” (Naville, 1963: 246).
En todo caso, en los Grundrisse Marx está dando cuenta de la nueva situación –potencialmente revolucionaria– producida por el maquinismo, donde al modificarse el medio de trabajo se tiende a modificar, también, el trabajo mismo: el trabajo puede ser esclavizado por la máquina, como ocurre bajo el proceso de valorización capitalista, o emancipado materialmente del yugo por ella, dependiendo de las relaciones sociales que se pongan en juego.
“No es como el caso del instrumento, al que el obrero anima como a un órgano, con su propia destreza y actividad, y cuyo manejo depende por tanto de la virtuosidad de aquel. La máquina, dueña, en lugar del obrero, de la habilidad y la fuerza, es ella misma la virtuosa, posee un alma propia presente en las leyes mecánicas que operan en ella, y así como el obrero consume comestibles, ella consume carbón, aceite, etc. (…) con vistas a su auto-movimiento continuo” (1980: 218/9).[9]
Está clara la inversión de determinaciones. En el caso del instrumento, el o la trabajadora eran el sujeto; como acabamos de señalar en cita al pie, el revolucionamiento de la producción que ocurre con la manufactura ocurre a nivel de la división del trabajo. Sin embargo, en el caso de la máquina –del sistema de máquinas– las determinaciones se invierten: es este nuevo “instrumento” el que es el sujeto y no el trabajador/a; un “sujeto mecánico” (o cibernético, o algorítmico, lo mismo da), cuya “alma” son las leyes naturales que operan en ella y que tiene auto-movimiento, es decir, que es un autómata en el doble sentido de la palabra: operador y motor a la vez. (Y que, lo acabamos de señalar, marca que en la gran industria la revolución se da en el instrumento de trabajo, en la máquina, y no en la división del trabajo.)[10]
La agudeza de determinaciones que están colocadas en estos fragmentos de los Grundrisse, tienen que ver con que a las leyes de la naturaleza descubiertas por la humanidad se las puede poner a trabajar de manera “autónoma” y “automática” como sujeto de la producción en “reemplazo” del sujeto tradicional de la producción, que son las y los trabajadores. Como señalábamos nosotros mismos en nuestra nota anterior, el maquinismo, en cualquiera de sus estadios, es una fusión entre naturaleza y cultura: leyes de la naturaleza “atrapadas” para la producción humana en el “sistema de máquinas”. Es una rara síntesis entre naturaleza humana y cultura humana, un subproducto de la fusión “orgánica” –una simbiosis, con Naville– entre ambas. Una creación donde antes no había nada –salvo la materia prima natural– tal cual la industria lítica en la prehistoria (¡y atención que se trata de cientos de miles de utensilios ya descubiertos!) o la más avanzada industria de la alfarería, ya dentro de la historia (en el sentido clásico del término, porque para Marx, mientras nos mantengamos en las sociedades de clase, todavía no ingresamos a la verdadera historia humana).
Bibliografía
Hesíodo, Los trabajos y los días, Fundación Carlos Slim, México.
Enrique Dussel, La producción teórica de Marx, Fundación Editorial El Perro y la Rana, Caracas, 2010.
G.W.F. Hegel, Lecciones de historia de la filosofía, Siglo Veintiuno Editores, México, 2008.
Peter Hudis, Marx’s concept of the alternative to capitalism, Brill, Leiden-Boston, 2012.
Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), 1857/8, Volumen 2, edición a cargo de José Aricó, Miguel Murmis y Pedro Scaron, traducción de Pedro Scaron, Siglo Veintiuno Editores, México, 1980.
Pierre Naville, Vers l’automatisme social? Problemes du travail et de l’automation, Gallimard, París, 1963.
[1] Señalemos de paso dos características generales de la obra de Dussel sobre Marx. A) muestra sistematicidad, lo que es encomiable; b) sin embargo, en pos de la pedagogía nos resulta poco profunda. Se cita profundamente a Marx, pero de la citación de Marx no se saca toda la profundidad de lo que dice.
Por lo demás, su principal problema es que es un abordaje “religioso” de Marx. Criticando correctamente el mecanicismo y objetivismo de muchos materialismos, su marxismo es un humanismo religioso e idealista, que pierde de vista la prioridad ontológica de la materia: “El «materialismo» de Marx [como si Marx no fuera materialista; si no, no se entienden las comillas] (…) no afirma que todo (el cosmos) es materia [efectivamente, todo el cosmos no es solo materia sino también representación], sino que el sujeto que trabaja (el a priori) [el sujeto que trabaja no es ningún a priori de la materia sino que reactúa sobre la materia] constituye la naturaleza (Natur) como «materia» (lo a posteriori del trabajo [acá Dussel confunde la “segunda naturaleza” o “naturaleza artificial” –Labriola– como lo producido por la humanidad a partir del intercambio con la naturaleza con la prioridad de la materia anterior al trabajo; evidentemente el cosmos no es producto del trabajo humano].” (Dussel, 2010: 407). Y luego agrega: “La voluntad humana (menschlichen Willens) (…) es el sujeto anterior: la materia es posterior y pende del sujeto como su «órgano» inorgánico (…) El problema es: ¿qué es primero: el sujeto que trabaja o la materia trabajada?” (ídem).
En fin, idealismo religioso puro, porque es evidente que la naturaleza y la materia trabajada es lo primero; si no, no habría sobre qué trabajar (otra cosa es que la humanidad reactúa sobre la naturaleza y crea una naturaleza humana, que es lo que pierde el materialismo mecánico. Pero el materialismo correctamente interpretado no puede ser una recaída en el idealismo.
[2] En realidad, Marx comienza su discurso sobre el capital fijo y el capital circulante unas páginas antes, en el punto que se titula “Triple determinación o modo de circulación” (2022: 200), pero como no está referido específicamente al sistema de máquinas, lo dejamos de lado. Lo único referido específicamente a este objeto es una última y muy aguda cita a Babbage que ya tomamos en cuenta en nuestro artículo anterior (“Marx y las máquinas”, parte 1, izquierda web).
Hay una cita, sí, que no queremos dejar pasar porque hace a la delimitación entre las relaciones materiales de producción, por así llamarlas, y las relaciones de valor (a la dialéctica entre lo material y lo formal que veremos enseguida): “El tosco materialismo de los economistas, que les hace considerar tanto las relaciones sociales de la producción humana como las determinaciones que las cosas reciben en cuanto subsumidas bajo estas relaciones, como si fueran propiedades naturales de las cosas, es un idealismo igualmente grosero, un fetichismo, sí, que atribuye a las cosas relaciones sociales como inmanentes a ellas, y de esta suerte las mistifica” (Marx, 1980: 211).
La delimitación de lo formal del proceso de valorización capitalista, de la producción de valor, y lo material de la producción en general como reproducción humano/natural, es clave para todo el discurso que sigue sobre el maquinismo.
[3] Como digresión, no queremos dejar de decir algo de la dialéctica cuando hay “marxistas” que reniegan de ella a lo Bernstein, afirmando que “la dialéctica, sobre todo tal como la entendió y utilizó Marx, es lo contrario de un procedimiento definido y reproducible” (sic). Bien, la definición anterior nos hizo acordar a Lecciones sobre historia de la filosofía de Hegel, maestro reconocido de Marx, donde Georg Wilhelm afirma de manera simple sobre Heráclito, el primer dialéctico: “El progreso necesario realizado por Heráclito consiste en haber pasado del ser como primer pensamiento inmediato [el necesario principio de identidad de la lógica formal] a la determinación del devenir como el segundo [el necesario movimiento de no identidad] (…) la unidad de lo contrapuesto que en él se plasma (…) Divisamos, por fin, tierra; no hay, en Heráclito, una sola proposición que nosotros no hayamos procurado recoger en nuestra lógica” (Hegel, 2008: 258).
[4] Una cita más para aprovechar el histórico texto de Hesíodo que expresa, en su totalidad, una suerte de ética –dramáticamente misógina por cierto: “En primer lugar, procúrate casa, mujer y buey de buen labor”: la mujer comprada, no desposada, para que también vaya detrás de los bueyes; ¡en el mundo griego histórico las mujeres y esclavos estaban casi en el mismo lugar!– de las condiciones del buen vivir: “(…) oculto tienen los dioses el sustento a los hombres; pues de otro modo fácilmente trabajarías un solo día y tendrías para un año sin ocuparte en nada (…) Por los trabajos se hacen los hombres ricos en ganado y opulentos; y si trabajas te apreciarán mucho los inmortales (y los mortales; pues aborrecen en gran manera a los holgazanes)”.
“El trabajo no es ninguna deshonra; la inactividad es una deshonra. Si trabajas pronto te tendrá envidia el indolente al hacerte rico. La valía y la estimación van unidas al dinero [sic]” (Hesíodo, ídem).
Por otra parte, Prometeo encadenado, tan caro al joven Marx, tiene importancia para la reflexión sobre la técnica, cuestión que abordaremos en otro artículo de esta serie sobre Marx y las máquinas.
[5] El “mundo oculto” de la producción –o un concepto similar que no recordamos del todo– es la formulación de Marx en el tomo 1 de El capital cuando pasa de los capítulos de mercancía y dinero a los capítulos de la producción del capital. El capital en cuanto dinero que se auto-valoriza debe pasar por la mediación de la explotación del trabajo, y la explotación del trabajo ocurre en otro terreno que no es el del mercado y su intercambio equivalente: ocurre en el mundo oculto de la producción económica, donde lo que interactúa es el trabajo humano en total (y no solo la fuerza de trabajo o la capacidad de trabajo) con los medios y materias de la producción.
[6] La acumulación burocrática no es propiamente capital pero tampoco producción mercantil simple, porque se realiza sobre la base de formas originales de explotación del trabajo. Nos referiremos a esto en el segundo volumen de nuestro tomo 2.
[7] Una simbiosis construida, trabajada y promovida activamente por los seres humanos en su relación con la naturaleza. Los organismos cyborg, protagonistas de la ciencia ficción, no es descartable que sean una de las vías del desarrollo de la tecnología, de la técnica humana, en la medida en que dicha técnica pueda compatibilizar lo inorgánico con lo orgánico. El maquinismo mismo (con este nombre genérico asociamos el maquinismo mecánico propiamente dicho de la época de Marx con la automatización del siglo XX y XXI y la actual IA y los algoritmos) es una especial combinación de naturaleza y cultura, de leyes de la naturaleza y del trabajo humano “capturados” o “atrapados” en el sistema de máquinas.
Acá, nuevamente, utopía y distopía se dan la mano, dependiendo de las relaciones de producción bajo las cuales se produzcan estos desarrollos: explotadoras o emancipatorias.
[8] El concepto de transducción en Simondon es muy complejo y remite a una suerte de simbiosis entre trabajo y máquina. Como señalamos varias veces, en este tipo de conceptos utopía y distopía pueden darse la mano y lo “utópico” para nosotros es el elemento emancipatorio, siempre dominado por los seres humanos, y lo distópico aquello del aparato técnico (IA) que puede escapar a su control.
[9] Aprovechamos la ocasión para aclarar una cuestión que en nuestra nota anterior había quedado abierta: parece claro que en la manufactura la revolución ocurre en la división del trabajo, y en la gran industria en el medio de trabajo (la aparición masiva de la maquinaria). En todo caso, volveremos sobre esto cuando abordemos los Manuscritos de 1861/3.
[10] De todos modos, vale una aclaración: nos cuesta muchísimo oponer mecánicamente fuerzas productivas y relaciones de producción por cuenta de los dobles reduccionismos que se han operado en el marxismo al respecto y que señalamos en nuestra nota anterior: “Marx y las máquinas: introducción”.




