“Tecnología por ello es, tanto la destreza del trabajador como los medios materiales de producción, ciencia aplicada en el proceso mismo del trabajo, «órganos productivos del ser humano social»” (Dussel, 1984: 43)
“(…) ninguna producción es posible sin un instrumento de producción, aunque este instrumento sea la mano. Ninguna es posible sin trabajo pasado, acumulado, aunque este trabajo sea solamente la destreza que el ejercicio repetido ha desarrollado y ha concentrado en la mano del salvaje” (Marx citado por Dussel, 1984: 31)
Nos dedicamos a continuación a la cuarta entrega de nuestro “Marx y las máquinas”, que, como ya hemos dicho, constituye en estas primeras notas una suerte de análisis comentado del famoso “Fragmento de las máquinas” de Marx sito en los Grundrisse (1957/8). (Recordamos de paso que lo que en los Grundrisse aparece de manera más teórica y general, en los primeros Cuadernos de apuntes sobre las máquinas de Marx de 1851 y en los Manuscritos de 1861/63, en la parte dedicadas a ellas, aparece de manera más concreta. Esto lo abordaremos en próximas entregas, sin olvidarnos de lo que afirma Dussel de manera pedagógica (Dussel es pedagógico y sistemático aunque poco profundo): que siempre que Marx suscita el problema del maquinismo lo hace en relación a su análisis del plusvalor relativo (y la perspectiva emancipatoria del trabajo mismo, algo que al filósofo argentino-mexicano se le escapa).
1- La fuerza productiva del “cerebro social”
En nuestro último artículo “Marx y las máquinas: la aparición del «General Intellect»”, izquierda web, culminábamos recordando que Marx afirma en los Grundrisse que “el capital trabaja en favor de su propia disolución como forma dominante de producción” al quitar la base de valor-trabajo de la economía, reemplazándola por el trabajo científico general, la aplicación tecnológica de las ciencias naturales y la fuerza productiva general resultante de la estructuración social de la producción global.
Es a partir de lo anterior que continuamos con nuestras fichas comentadas. El hecho es que inmediatamente después de eso, Marx arremete con la agudeza y presciencia que le son características: “La actividad del obrero, reducida a una mera abstracción de la actividad, está determinada y regulada en todos los aspectos por el movimiento de la maquinaria, y no a la inversa. La ciencia, que obliga a los miembros inanimados de la máquina –merced a su construcción– a operar como un autómata conforme a un fin, no existe en la conciencia del obrero, sino que opera a través de la máquina, como poder ajeno, como poder de la máquina misma sobre aquel” (1980: 219).
La actividad del obrero queda reducida a una “mera abstracción” porque pierde sus determinaciones concretas, su oficio, y como en la película de Charles Chaplin, Tiempos modernos, se transforma en una actividad mecánica (recordar lo señalado por Marx de la actividad mecánica y contra natura de los bueyes con los ojos vendados que no siguen un camino “consciente” sino uno regulado mecánicamente por el rotor –la circunferencia– del molino) regulada y determinada en todos sus aspectos por el movimiento de la máquina y que casi no tiene –ni requiere, in extremis– conciencia propia, autoconciencia; una autoconciencia que parece haberse traspasado a la máquina bajo la forma de las leyes naturales que operan como en alma en la máquina (vis a vis la IA, que parece inteligente pero, en realidad, lo que hace es imitar el conocimiento humano en general y el conocimiento laboral en particular).
Por lo demás, acá podría pensarse que el trabajador reducido a una mera abstracción de trabajo podría ser, en definitiva, suprimido, en un escalón social superior, por otra cosa que no sea una “mera abstracción” que niega su sentido originario: actividad humana libre y consciente, reguladora y planificadora (lo que no significa libre de las determinaciones materiales de la existencia ni de la naturaleza, con la cual nos relacionaremos y mediaremos eternamente como humanidad –en la medida en que la humanidad sea “eterna”, lo que no es así pero es secundario acá–).
“El proceso de producción ha cesado de ser proceso de trabajo en el sentido de ser controlado por el trabajo como unidad dominante. El trabajo se presenta, antes bien, sólo como órgano consciente disperso bajo la forma de diversos obreros vivos presentes en muchos puntos del sistema mecánico, y subsumido en el proceso total de la maquinaria misma, solo como un miembro del sistema cuya unidad no existe en los obreros vivos, sino en la maquinaria viva (activa), la cual se presenta frente al obrero, frente a la actividad individual e insignificante de este, como un poderoso organismo” (1980: 219).
Esto no es más que el pasaje de la subsunción formal a la real del trabajo al capital y de la dominación del cuerpo orgánico de la producción (todavía, en la manufactura, los obreros/as mismos) a la dominación por el cuerpo inorgánico de la misma: el sistema de máquinas, la “maquinaria viva”, lo que aparece como una contradicción en los términos respecto del concepto de “trabajo vivo” de Marx, pero una contradicción que Marx coloca conscientemente dando lugar a la inversión de los términos de la producción que se opera bajo el sistema automatizado: ahora el sujeto –“vivo”– de la producción es el sistema de máquinas y no el trabajador/a. Es el sistema de máquinas el que le da unidad al proceso de producción donde las y los trabajadores se presentan sólo como “órgano consciente disperso” en los diferentes “puntos de la producción”.
Y sin embargo, frente a esta dominación del trabajo muerto sobre el trabajo vivo expresado en la dominación del sistema de máquinas, del capital fixe sobre el trabajo vivo, no puede perderse la principal reversibilidad dialéctica que presenta el desarrollo del maquinismo (de la tecnología): que el órgano consciente disperso que aparece en los distintos puntos del proceso de producción, que son los trabajadores/as, aparezcan, en la transición socialista y el comunismo (en la segunda parte de este tomo nos dedicaremos a delimitar uno y otro momento del revolucionamiento de la sociedad), como órgano consciente concentrado en la planificación socialista de la economía. Marx deja picando la cuestión y hay que tomar el toro por las astas, sobre todo cuando tenemos detrás nuestro las primeras experiencias pos-capitalistas de la humanidad.
Por lo demás, no es menor que Marx hable de las y los trabajadores como órganos conscientes, una delimitación que sirve hasta hoy: es propio de los seres humanos frente a los animales pero también frente a los autómatas (incluyendo la IA) ser el único “factor” realmente consciente del intercambio humanidad/naturaleza: “Concebimos el trabajo bajo una forma en la cual pertenece exclusivamente al ser humano (…) Al consumarse el proceso de trabajo surge un resultado que antes del comienzo de aquél ya existía en la imaginación del obrero/a, o sea idealmente” (Marx, El capital, citado por Dussel, 1984: 46/7).[1]
“(…) el valor objetivado en la maquinaria [que no es más que trabajo muerto y “medios naturales”] se presenta además como supuesto frente al cual la fuerza valorizadora de la capacidad laboral individual desaparece como algo infinitamente pequeño” (1980: 220).
Acá pasamos del terreno puramente material de la relación trabajo humano-tecnología, es decir, del terreno de la producción de valor de uso, al terreno de la valorización del capital, es decir, las proporciones que en relación al proceso de valorización tienen que ver con la transferencia de valor de la maquinaria y la creación de nuevo valor por el trabajo vivo en las nuevas mercancías. Y resulta ser que, producto del maquinismo en el terreno de la valorización, el valor total de cada mercancía disminuye por el aumento de su cantidad en relación al valor total puesto en juego en su producción (nuevamente, transferencia de valor de la máquina y creación de nuevo valor por el trabajo vivo), al tiempo que por el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social –el maquinismo–, la proporción del trabajo necesario en el valor total de la mercancía disminuye, y aumenta la proporción de trabajo excedente: menos valor total de la mercancía se expresa en una mayor proporción de plusvalor en relación al valor de reproducción de la fuerza de trabajo (el trabajo necesario).
La contradicción es evidente y pone a dialogar los dos terrenos: el del proceso de trabajo y el del proceso de valorización o, si se quiere, el de la producción material propiamente dicha y el de la producción mercantil (el proceso de valorización como tal). Cuando ambas asíntotas se juntan, resulta evidente que la base de trabajo vivo, de creación de valor en la producción, de estrujamiento de los nervios y los músculos humanos, aparece como “algo infinitamente pequeño” en proporción a la magnitud fenomenal de riqueza material creada: la base de valor de la producción social se derrumba y, con ella, la relación de trabajo en el sentido estricto del término. Si el trabajo humano directo se transforma en una proporción infinitamente pequeña en relación al producto material total, esto significa que el trabajo humano tiene la potencialidad de transformarse en otra cosa; no en “no-trabajo” como afirma Tony Negri de modo abstracto e idealista, sino en algo más materialista que sucede al trabajo mismo en la eterna mediación de la humanidad con la naturaleza: actividad.
Dussel coloca una cita de Marx que nos es útil para entender cómo funciona la automatización bajo el proceso de valorización –no todavía en la sociedad emancipada–: “No por reemplazar trabajo la máquina crea valor, sino únicamente en la medida en que es un medio para aumentar el plustrabajo, y éste es a la vez tanto la medida como la sustancia de la plusvalía puesta con el auxilio de la maquinaria, o sea, sólo y absolutamente con el auxilio del trabajo. La máquina produce «la reducción del trabajo necesario en proporción al plustrabajo»” (Marx, Grundrisse, citado por Dussel, 1984: 66).
Como digresión, detengámonos por un momento en la polémica con Negri respecto del futuro del trabajo. “A la exaltación capitalista de la organización del trabajo se le opone la abolición del trabajo (…) No es el caso de detallar este salto: debemos arrojar todo (…) lo que exista entre la organización del trabajo y su abolición (…) No es cuestión de definir la transición en términos de comunismo, sino, tras haber homogeneizado los dos términos (y esto no significa que sean lo mismo), de definir al comunismo por la transición” (Negri, 2000: 75). Y en el mismo sentido: “El trabajo ya no es trabajo, es trabajo liberado del trabajo. El contenido del comunismo, por ello, consiste en una reversión que suprime, al mismo tiempo, el objeto revertido. El comunismo es sólo reversión del trabajo en la medida que esta reversión es supresión del trabajo. Liberación de las fuerzas productivas: ciertamente, pero como dinámica de un proceso que conduce a la abolición, a la negación en su forma más total. Cambiando de la liberación-del-trabajo hacia ir más-allá-del-trabajo es el centro, el corazón de la definición del comunismo. No debemos temer en insistir en este momento teórico: la liberación del trabajo viviente exalta su poder creativo, la abolición del trabajo es lo que le da vida a cada momento. El contenido, el programa del comunismo es un desarrollo de necesidades universales que han emergido de la base colectiva pero miserable de la organización del trabajo asalariado, pero que, de un modo revolucionario, significa la abolición del trabajo, su muerte definitiva” (Negri, 2000: 77).
Hablar es fácil, lo difícil es dar cuenta, científicamente, de las potencialidades materiales reales de la emancipación humana. No se puede materialmente “arrojar todo lo que exista entre la organización del trabajo y su abolición”. Negri no vive de transiciones: el comunismo es aquí y ahora y, encima, mal definido. Ni se le ocurre que el reino de la necesidad permanezca y que haya que medirse con él. Por eso habla livianamente de la “abolición del trabajo” tout court y no como nosotros, de un proceso dialéctico material por el cual el trabajo deviene actividad, no su simple abolición. Y tampoco se puede “homogeneizar” los términos comunismo y transición porque, precisamente, ambos procesos están regidos por leyes materiales distintas: para decirlo rápidamente, la transición socialista es formación económico-social y el comunismo es modo de producción emancipado; no puede haber identidad entre ambos términos porque expresan, precisamente, procesos, momentos, que no son iguales.
Por lo demás, el comunismo es, efectivamente, la emancipación definitiva del trabajo por necesidad (cosa que todavía no puede ser la transición socialista, marcada por la auto-explotación del trabajo); pero la emancipación del trabajo no es, simplemente, su momento negativo, su abolición, sino un momento dialéctico que a Negri no le gusta (Negri, al igual que Althusser, niegan la dialéctica): es una superación que conserva algo de lo “anterior”, el momento del eterno metabolismo humano-natural: con el desarrollo de las fuerzas productivas del “maquinismo” (para decirlo genéricamente) y la revolución socialista, previo paso por la transición socialista, el trabajo deviene no simplemente su opuesto, su abolición, sino su superación crítica: actividad humana creadora, algo de lo que, al decir de Naville, no podemos saber exactamente sus contornos pero que será otra cosa que el trabajo tal como lo conocemos. El trabajo no deviene no-trabajo, deviene actividad.
Por lo demás, y opuesto por el vértice a Negri, Dussel olvida completamente los Grundrisse en el remate de su texto introductorio a los Cuadernos tecnológicos-históricos de Marx de 1851, y se va por una fuga completamente idealista (y religiosa): “(…) Marx postula el reino de la libertad como un más allá absoluto, utopía que moviliza la historia sin poder realizarse dentro de ella. Su comunismo (…) es un horizonte práctico-crítico absoluto (…)” (Dussel, 1984: 76). Opuesto por el vértice a Negri, que pretende el salto absoluto del trabajo al no-trabajo en el comunismo, Dussel pretende al comunismo como un horizonte utópico irrealizable, un “concepto límite al estilo de Hinkelamert, agudo kantiano de la misma escuela que él.
Volvamos ahora a Marx: “En la maquinaria, el trabajo objetivado ya no se presenta directamente solo bajo la forma del producto (…), sino bajo la forma de la fuerza productiva misma. El desarrollo del medio de trabajo como maquinaria no es fortuito para el capital, sino que es la metamorfosis histórica del medio de trabajo legado por la tradición, transformado en adecuado para el capital” (1980: 220).
Esta viene a ser la transformación del instrumento en máquina. El medio de trabajo transformado en máquina es el “adecuado para el capital” porque la producción artesanal es una base técnica demasiado estrecha para la valorización multiplicada del capital. Otra cosa ocurre con la máquina y el sistema de máquinas: la frontera del proceso de producción se expande infinitamente y da base material para que el proceso de producción se transforme en proceso de valorización (del silogismo M-D-M puede pasarse ahora al silogismo D-M-D’, capital incrementado).
Veamos esto apoyándonos en la erudición de Dussel –su erudición y sistematicidad son reales, más allá de su pensamiento religioso y escasa reversibilidad dialéctica emancipatoria–: “Lo esencial del asunto estriba en la cuestión de la simultaneidad del manejo de herramientas varias (múltiples) por medio de un único mecanismo (…) El grado de efectividad, entonces, puede alejar su límite de manera gigantesca, con respecto a un ser humano que maneja una herramienta. En efecto, no solo muchas herramientas pueden ser movidas simultáneamente por una fuerza motriz, sino que dicha fuerza motriz (una máquina motriz) puede elevarse a niveles enormes de potencia. Pero además –nuevo nivel de efectividad multiplicada–, puede articularse por cooperación muchas máquinas similares, hasta constituir un «sistema de máquinas». Marx ha penetrado de esta manera la lógica interna del desarrollo estructural y al mismo tiempo histórico de la tecnología [ha atrapado, efectivamente, sus momentos “ontológicos”]” (Dussel, 1984: 60).
Y Dussel nos recuerda que en abril de 1784, fecha en que Watt patentó su máquina a vapor, no como invento para “fines especiales, sino como agente general de la gran industria” (El capital, Marx), se dio un salto cualitativo y nació, en cierta forma y propiamente hablando, el modo de producción específicamente capitalista (“industrial” o cibernético, lo mismo da acá).
“La acumulación del saber y de la destreza, de las fuerzas productivas generales del cerebro social, es absorbida así, con respecto al trabajo, por el capital y se presenta por ende como propiedad del capital, más precisamente como capital fixe” (220).
Más allá de que acá Marx destaque cómo las fuerzas productivas son apropiadas por el capital bajo la forma de capital fixe[2], algo evidente en la medida en que nos venimos dedicando a ello en nuestros apuntes sobre maquinismo, nos interesa dar cuenta de un concepto que está puesto como al pasar en este párrafo: “La acumulación del saber y de la destreza, de las fuerzas productivas generales del cerebro social”.
Dicha acumulación del saber y de la destreza humana, Marx ya lo ha dicho, son un producto del cerebro humano subproducto de la mano humana. Así que de la acción material de la mano para transformar la naturaleza, mano que en ella misma tiene saber acumulado expresado en su destreza, pasamos a la interacción material y el desarrollo del cerebro humano que reactúa, a su vez, sobre la mano humana en la creación de las herramientas. Pero en esta dialéctica básica del proceso de trabajo que se compone de tres elementos, el sujeto de la producción, el medio de producción y el objeto de producción, Dussel nos recuerda que “Los momentos simples del proceso de trabajo son: a) la actividad orientada a un fin (o sea, el trabajo mismo), b) su objeto y c) sus medios (Mittel)” (El capital citado por Dussel, 1984: 48). Lo que ocurre es un salto en calidad: aparecen las fuerzas productivas del trabajo social, que por su potencialidad pueden reemplazar el trabajo humano directo como base de la producción: el trabajo deviene actividad.
Como se aprecia, y como planteamos en la primera nota de esta serie, este texto de Marx, a diferencia de los Cuadernos del 61/63,[3] todavía no está enfocado de manera concreta en lo que podríamos llamar la “historia de las máquinas”, sino más bien en su principio conceptual, en su “definición de principios”, y en una definición de principios que tiene estrecha vinculación dialéctica, lógicamente, con las transformaciones que significan respecto del trabajo humano: al cambiarse el medio de trabajo se modifica “ontológicamente” el trabajo mismo.
2- Ciencia, explotación y emancipación
“La maquinaria, pues, se presenta como la forma más adecuada del capital fixe y el capital fixe (…) como la forma más adecuada del capital en general” (1980: 220).
La maquinaria es la forma más adecuada del capital fixe porque, en cierto modo, es su forma más elaborada (los instrumentos individuales de los cuales es dueño el capitalista también son capital fixe pero con una potencialidad infinitamente menor que el maquinismo, ya lo vimos). A su vez, el capital fixe es la forma más adecuada del capital en general porque es el soporte material de la subsunción real del trabajo al capital. Sin máquinas o sistema de máquinas, la subsunción del trabajo al capital solo puede ser formal: el cuerpo de la producción sigue siendo orgánico, las y los trabajadores, a los cuales no se puede explotar de manera científica y “racional” en dichas condiciones (el “proceso de racionalización” del proceso productivo depende de que la producción no se apoye más en el cuerpo orgánico del trabajador/a y pase a apoyarse en el cuerpo inorgánico del maquinismo).
“Por otra parte, en la medida en que el capital fixe está inmovilizado en su existencia como valor de uso determinado, no corresponde al concepto del capital, que en cuanto valor es indiferente a toda forma determinada de valor de uso y puede asumir o abandonar cualquiera de ellas como encarnación indiferente” (1980: 220).
Acá hay que entender qué pretende afirmar Marx. Está vinculado al problema del “movimiento”, cosa que señalamos con Dussel más arriba y retomaremos enseguida. La fórmula del capital que se valoriza “a sí mismo” es D-M (medios de producción y fuerza de trabajo en el terreno de la producción misma)-D’ (el capital inicial con el agregado del nuevo trabajo no pagado en la producción). En esta medida, del valor que se valoriza, el capital fijo es soporte material de dicho proceso de valorización si entra en acción en el proceso de producción; si no lo hace, su desgaste, en vez de ser transferencia parcial de su valor a las nuevas mercancías, se transforma en pérdida de valor por desuso. Y se sobrentiende que, desde este punto de vista, su inmovilización como valor de uso determinado no corresponde al concepto del capital si no está puesto en acción (si no es utilizado). Afirma Marx citado por Dussel: “El proceso total de producción del capital incluye el proceso de circulación propiamente dicho y el proceso de producción propiamente dicho. Constituyen los dos grandes momentos de su movimiento, que se presenta (erscheint) como totalidad (Totalitaet) de esos dos procesos (…) como proceso determinado o de una rotación de aquél, como un movimiento que retorna (zurueckkehrenden) a sí mismo. Como sujeto (Subjekt) que domina las diversas fases de este movimiento, como valor que en éste se mantiene y reproduce como sujeto de estas transformaciones que se operan en un movimiento circular –como espiral, circulo que se amplía–, el capital es capital circulante (…) En tanto permanezca en el proceso de producción no es capaz de circular y se halla virtualiter [virtualmente] desvalorizado. En tanto permanezca en la circulación, no está en condiciones de producir, de poner plusvalía, no está en proceso como tal (…)” (Marx citado por Dussel, 1984: 61/2). Y agrega Dussel de su propia pluma que en el proceso circular (Kreislaufsprozess) del capital, recorrido que es su propia vida, este se niega a sí mismo fijándose como tecnología, como capital fixe más propiamente, agregamos nosotros, lo que nos lleva de nuevo al comienzo de la cita de Marx que estamos comentando: que un capital fixe inmovilizado como valor de uso no corresponde propiamente al concepto del capital y muestra la materialidad del sistema de máquinas como valor de uso potencialmente emancipatorio. (Aquí vale la afirmación de Marx de que la máquina es fuerza productiva y la fábrica relación de producción, aun cuando dicha afirmación, útil analíticamente, pueda contener alguna unilateralidad. Y también vale, como vimos en las notas anteriores, la distinción que hace Marx en los Grundrisse entre los momentos materiales y los formales de la producción capitalista.)
Detengámonos un minuto en la metáfora del círculo y el espiral como representación de la dialéctica del movimiento. La dialéctica como círculo de círculos que no retorna exactamente al punto inicial sino como espiralado, como círculo que se amplía constantemente, está en la cita textual de Marx y se “contrapone” en cierto modo a la referencia que hace Dussel del concepto de círculo de círculos de Hegel pero que, sin embargo, admite sus matices: “Así como la lógica ha retornado (zurückgegangen) en la Idea Absoluta aquella unidad simple que es el comienzo, la pura indeterminación del ser” (Hegel en la Ciencia de la lógica citado por Dussel, 1984: 61), de todas maneras se agrega: “(…) un círculo de círculos, pues cada momento particular (…) es reflexión sobre sí que por cuanto retorna al comienzo, es al mismo tiempo el comienzo de un nuevo movimiento” (Hegel, ídem, citado por Dussel, 1984: 62).
Nos detenemos un momento en esto –ateniéndonos estrictamente a las citas escogidas por Dussel y sin ambición mayor– por referencia a Althusser, y en dos sentidos: a) en el caso de Marx, parece ser claro que el círculo de éste es una espiral en un movimiento siempre ascendente y ampliado, es decir, no es una contradicción simple. En el caso de Hegel, la idea de contradicción simple, tan criticada por el filósofo francés, aparece –al menos acá, no somos especialistas en el tema– con un matiz: “el retorno al comienzo es al mismo tiempo el comienzo de un nuevo movimiento”, lo cual puede interpretarse en el sentido de una superación dialéctica y no de una contradicción simple como le critica Althusser a Hegel.
Dejamos esto simplemente anotado para un estudio ulterior, aunque sin dejar de señalar que Marx aprecia el movimiento dialéctico como una espiral: algo que podríamos entender como un proceso concéntrico incremental (y no un simple retorno a lo mismo, a los “orígenes” o algún concepto metafísico por el estilo).
“Por cuanto la maquinaria (…) se desarrolla con la acumulación de la ciencia social, de la fuerza productiva en general, no en el obrero sino en el capital donde está representado el trabajo generalmente social, la fuerza productiva de la sociedad se mide por el capital fixe” (1980: 221).
Efectivamente: la fuerza productiva de la sociedad se mide en el capital fixe, pero no se reduce a él (como creen Mandel y otros autores, lo cual hemos criticado en otro lado); también incluye la calificación de la fuerza de trabajo, aunque la medición de ella sea más compleja.[4]
Y Marx agrega inmediatamente que no es este el lugar donde abordará en detalle la maquinaria, es decir, no en estos “Fragmentos sobre las máquinas” de los Grundrisse, cosa que ya hemos señalado y que Marx tenía en claro porque ya había abordado esa temática en sus cuadernos de estudio de 1851 y retornará sobre ella en 1861.[5]
“El pleno desarrollo del capital (…) tan solo tiene lugar (…) cuando el medio de trabajo está determinado no solo formalmente como capital fixe (…) [sino materialmente] en calidad de máquina; el proceso entero de producción, empero, no aparece como subsumido bajo la habilidad directa del obrero, sino como aplicación tecnológica de la ciencia. Darle a la producción un carácter científico es, por ende, la tendencia del capital, y se reduce el trabajo a mero momento del proceso” (1980: 221).
La subsunción real del trabajo al capital significa: a) que la ciencia está puesta al servicio del capital vía el desarrollo material del capital fixe, es decir, de la maquinaria; b) que la habilidad directa del obrero/a ha dejado de ser la base material de la producción, reemplazada por la aplicación tecnológica de la ciencia (es ahora ella la que “sabe” y ya no más el trabajador/a); c) de ahí deviene que la producción adquiera un carácter científico, porque el sistema de máquinas o de maquinaria es una fusión de cultura y naturaleza, de las ciencias de la naturaleza puestas a disposición de la producción material; d) y de una producción material que es proceso de valorización, con lo cual el trabajo directo del obrero queda reducido a un mero momento de la producción (ya no es el cuerpo orgánico de la misma como en la manufactura), aunque el maquinismo mismo introduce otra condición de posibilidad: emancipar al trabajador/a del yugo del trabajo al menos directo en la producción. (Como afirma Marx, en el maquinismo el trabajador/a puede ya no estar subsumido en el proceso de producción sino colocarse al lado de él como vigilador y regulador.)
“(…) ello en absoluto significa que ese valor de uso –la maquinaria en sí– sea capital, o que su existencia como maquinaria sea idéntica a su existencia como capital (…) La maquinaria no perdería su valor de uso cuando dejara de ser capital. De que la maquinaria sea la forma más adecuada del valor de uso propio del capital fixe, no se desprende, en modo alguno, que la subsunción en la relación social del capital sea la más adecuada y mejor relación social de producción para el empleo de la maquinaria” (1980: 222).
Varias cuestiones son significativas acá: a) la maquinaria, “en sí”, es valor de uso; b) su existencia como maquinaria no es idéntica a su existencia como capital porque, como Marx ya ha dicho desde Miseria de filosofía en 1847, la maquinaria es fuerza productiva (más allá de que su forma técnico-social varía eventualmente a depender, también, de las relaciones de producción en las cuales está inserta, algo a lo que nos referimos en artículos anteriores y no vamos a repetir acá; no sabemos si Pasquinelli se da cuenta de que tiene una apreciación distinta de la de Marx en esta cuestión, porque él aborda claramente la IA como una suerte de síntesis entre fuerza productiva y relación de explotación); c) que la maquinaria no perdería su valor de uso cuando dejara de ser capital es evidente, porque puede ser puesta “perfectamente” al servicio de la transición socialista y el comunismo, es decir, al servicio de un proceso de abolición de la explotación del trabajo por oposición al proceso de valorización del capital, que se caracteriza, precisamente, por ser un proceso de explotación del trabajo, el más avanzado hasta ahora en la historia humana; d) lo más interesante viene al final: ¿por qué la relación social del capital no es la más adecuada y mejor relación social de producción para el empleo de la maquinaria? Sencillamente porque la máquina es un desarrollo de fuerzas productivas que encuentra su sentido más profundo, no en la valorización del capital sino en la producción para las necesidades humanas, es decir, no como capital sino como valor de uso.
3- Cuando el trabajo deviene actividad (o las condiciones para una auténtica acumulación socialista)
Esto último es lo que anotaremos, finalmente, mediante el conjunto de citas de Marx que vienen a continuación, que hablan por sí mismas en el contexto del análisis que venimos realizando, y que expresan, de manera palmaria, la virtualidad de la transformación del trabajo en actividad. (Una perspectiva que efectivamente, como señala Artous, Marx no retoma en El capital: en dicha obra Marx no va más allá del cambio de las proporciones entre trabajo necesario y tiempo libre para actividades superiores y ocio recreativo.)
Este conjunto de citas brillantes y anticipatorias de Marx aparecen bajo el subtítulo “Contradicción entre la base de la producción burguesa (medida del valor) y su propio desarrollo. Maquinaria, etc.” (ubicadas en la página 227 de nuestra edición).
“El intercambio de trabajo vivo por trabajo objetivado, es decir, el poner el trabajo social bajo la forma de antítesis entre el capital y el trabajo, es el último desarrollo de la relación de valor y de la producción fundada en el valor. El supuesto de esta producción es y sigue siendo la magnitud del tiempo inmediato de trabajo, el cuanto de trabajo empleado como el factor decisivo de la producción de la riqueza. En la medida, sin embargo, en que la gran industria se desarrolla, la creación de riqueza efectiva se vuelve menos dependiente del tiempo de trabajo, y del cuanto de trabajo empleados, que del poder de los agentes puestos en movimiento durante el tiempo de trabajo, poder que a su vez –su poweful effectiveness– no guarda relación alguna con el tiempo de trabajo inmediato que cuesta su producción sino que depende más bien del estado general de la ciencia y del progreso de la tecnología o de la aplicación de esta ciencia a la producción. (El desarrollo de esta ciencia, esencialmente de la ciencia natural y con ella de todas las demás, está a su vez en relación con el desarrollo de la produccion material.)” (1980: 228).
“La riqueza efectiva se manifiesta más bien –y esto lo revela la gran industria– en la enorme desproporción entre el tiempo de trabajo empleado y su producto, así como en la desproporción cualitativa entre el trabajo, reducido a una pura abstracción, y el poderío del proceso de producción vigilado por aquel” (1980: 228).
“El trabajo ya no aparece tanto como recluido en el proceso de producción, sino que más bien el ser humano se comporta como supervisor y regulador con respecto al proceso de producción mismo”. (Lo dicho sobre la maquinaria es válido también para la combinación de las actividades humanas y el desarrollo del comercio.) (1980: 228).
“El trabajador ya no introduce el objeto natural modificado como eslabón intermedio, entre la cosa y sí mismo, sino que inserta el proceso natural, al que transforma en industria, como medio entre sí mismo y la naturaleza inorgánica, a la que domina. Se presenta al lado del proceso de producción, en lugar de ser su agente principal” (esta cita es fundamental en el Marx de los Grundrisse, 1980: 228).
“En esta transformación, lo que aparece como el pilar fundamental de la producción y de la riqueza no es ni el trabajo inmediato ejecutado por el ser humano, ni el tiempo que este trabaja, sino la apropiación de su propia fuerza productiva general, su comprensión de la naturaleza y su dominio de la misma gracias a su existencia como cuerpo social; en una palabra, el desarrollo del individuo social” (1980: 228).
“El robo de tiempo de trabajo ajeno, sobre el cual se funda la riqueza actual, aparece como una base miserable comparado con este fundamento, recién desarrollado, creado por la gran industria misma. Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar, de ser su medida y por tanto el valor de cambio [deja de ser la medida] del valor de uso” (1980: 228).
“El plustrabajo de la masa ha dejado de ser la condición para el desarrollo de la riqueza social, así como el no trabajo de unos pocos ha cesado de serlo para el desarrollo de los poderes generales del intelecto humano. Con ello se desploma la producción fundada en el valor de cambio, y al proceso de producción material inmediato se le quita la forma de la necesidad apremiante y el antagonismo” (1980: 228/9).
“Desarrollo libre de las individualidades, y por ende no reducción del tiempo de trabajo necesario con miras a poner plustrabajo, sino en general reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo, al cual corresponde entonces la formación artística, científica, etc., de los individuos gracias al tiempo que se ha vuelto libre y a los medios creados para todos” (1980: 229).
“Las fuerzas productivas y las relaciones sociales –unas y otras aspectos diversos del desarrollo del individuo social– se le aparecen al capital únicamente como medios, y no son para él más que medios para producir fundándose en su mezquina base. In fact, empero, constituyen las condiciones materiales para hacer saltar esa base por los aires. Una nación es verdaderamente rica cuando en vez de 12 horas se trabajan 6. La riqueza (Wealth) no es «disposición de tiempo de plustrabajo» (riqueza masiva), «sino disposable time (tiempo disponible)», aparte del usado en la producción inmediata, para cada individuo y toda la sociedad” (Marx citando “The source and Remedy”, 1821, 1980: 229).
“La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, ferrocarriles, electric telegraphs, selfacting mules (hiladoras automáticas), etc. Son éstos productos de la industria humana, material natural, transformados en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza o de su actuación en la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana, fuerza objetivada del conocimiento” (1980: 230).
“El desarrollo del capital fixe revela hasta qué punto el conocimiento o knowledge social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del General Intellect y remodeladas conforme al mismo. Hasta qué punto las fuerzas productivas sociales son producidas no solo en la forma del conocimiento, sino como órganos inmediatos de la práctica social, del proceso vital real” (1980: 230).
Y Marx remata estos párrafos geniales mediante algunos señalamientos que sirven como criterios para abordar una auténtica acumulación socialista: para que sea tal, lo señala Marx, una parte del tiempo de producción debe bastar para la producción inmediata, es decir, para la satisfacción de las necesidades humanas, para el aumento del nivel de vida de las y los trabajadores como reclamaba la Oposición de Izquierda en la Plataforma del XV Congreso en 1927: “La parte de la producción orientada hacia la producción del capital fixe no produce directamente objetos de disfrute, ni tampoco valores de cambio inmediatos; no produce valores de cambio realizables de manera inmediata. Por lo tanto, que se emplee una parte cada vez mayor del tiempo de producción para producir medios de producción, depende de grado de productividad ya alcanzado, de que una parte del tiempo de producción baste para la producción inmediata” (1980: 230).
Y agrega inmediatamente Marx: “Ello implica que la sociedad pueda especializarse; que una gran parte de la riqueza ya creada pueda desviarla tanto del disfrute inmediato como de la producción destinada al disfrute inmediato con vistas a emplearla en un trabajo no directamente productivo (dentro del proceso mismo de producción). Esto requiere que se haya alcanzado ya un alto nivel de productividad y una abundancia relativa, y precisamente tal nivel en relación directa con la transformación del capital circulant en capital fixe” (1980: 230/1).
“Así como la magnitud de plustrabajo relativo depende de la productividad del trabajo necesario, la magnitud del tiempo de trabajo –tanto del vivo como del objetivado– empleado en la producción del capital fixe depende de la productividad del tiempo de trabajo destinado a la producción directa de productos. Condición para ello es (desde este punto de vista [de la acumulación socialista]) tanto una población excedente como una producción excedente. Significa ello que el resultado del tiempo empleado en la producción inmediata debe ser, relativamente, demasiado grande como para necesitarlo directamente en la reproducción del capital empleado en esas ramas de la industria. Cuanto menos resultados inmediatos produzca el capital fixe, cuanto menos intervenga en el proceso inmediato de producción, tanto mayores deberán ser esa población excedente y esa producción excedente relativas; o sea, más para construir ferrocarriles, canales, alcantarillados, telégrafos, etc. [esto quiere decir más para la creación de las condiciones generales de la acumulación capitalista, o, en condiciones emancipatorias, es decir, de al menos un mínimo creciente nivel de vida de las y los trabajadores], que para la maquinaria que participa directamente en el proceso inmediato de producción. De ahí que en la constante sobre y subproducción de la industria moderna (…) se den permanentemente fluctuaciones y contradicciones resultantes de tal desproporción según la cual, ora muy poco, ora demasiado capital circulant se transforma en capital fixe” (1980: 231).
“La creación de mucho disposable time –aparte del tiempo de trabajo necesario–, para la sociedad en general y para cada miembro de la misma (esto es, margen para el desarrollo de todas las fuerzas productivas del individuo [o de los individuos, Scaron] y por ende tambien de la sociedad), esta creación de tiempo de no-trabajo se presenta desde el punto de vista del capital, al igual que en todos los estadios precedentes, como tiempo de no-trabajo o tiempo libre para algunos. El capital, por añadidura, aumenta el tiempo de plustrabajo de la masa mediante todos los recursos del arte y la ciencia, puesto que su riqueza consiste directamente en la apropiación del tiempo de plustrabajo; ya que su objetivo es directamente el valor, no el valor de uso” (1980: 231).
“De esta suerte, malgre lui [a pesar de él mismo] es instrumental in creating the means of social disposable time [es instrumental en la creación de medios de tiempo disponible] para reducir a un mínimo decreciente el tiempo de trabajo de toda la sociedad y, así, volver libre el tiempo de todos para el propio desarrollo de los mismos” (1980: 231/2).
“Su tendencia, empero, es siempre por un lado crear disposable time [tiempo disponible], por otro la de convertirlo en surplus labour [tiempo de plustrabajo]. Si logra lo primero demasiado bien, experimenta una sobreproducción y entonces se interrumpirá el trabajo necesario, porque el capital no puede valorizar surplus labour [trabajo excedente] alguno. Cuanto más se desarrolla esta contradicción, tanto más evidente se hace que el crecimiento de las fuerzas productivas ya no puede estar ligado a la apropiación de surplus labour ajeno, sino que la masa obrera misma debe apropiarse de plustrabajo. Una vez que lo haga –y con ello el disposable time cesará de tener una existencia antitética–, por una parte el tiempo de trabajo necesario encontrará su medida en las necesidades del individuo social, y por otra el desarrollo de la fuerza productiva social será tan rápido que, aunque ahora la producción se calcula en función de la riqueza común, crecerá el disposable time de todos. Ya que la riqueza real es la fuerza productiva desarrollada de todos los individuos, ya no es entonces, en modo alguno, el tiempo de trabajo la medida de la riqueza, sino el disposable time. El tiempo de trabajo como medida de la riqueza pone la riqueza misma como fundada sobre la pobreza y al disposable time como existente en y en virtud de la antítesis como en tiempo de plustrabajo, o bien pone todo el tiempo del individuo como tiempo de trabajo y consiguientemente lo degrada a mero trabajador, lo subsume en el trabajo” (1980: 232).
“La maquinaria más desarrollada, pues, compele actualmente al obrero a trabajar más tiempo que el que trabaja el salvaje o que el que trabajaría el mismo obrero con las herramientas más sencillas y toscas” (1980: 232).
“Así como con el desarrollo de la gran industria la base sobre la que esta se funda –la apropiación de tiempo de trabajo ajeno– cesa de constituir o crear la riqueza, del mismo modo el tiempo de trabajo inmediato cesa, con aquella, de ser, en cuanto tal, base de la producción, por un lado porque se transforma en una actividad más vigilante y reguladora, pero también porque el producto deja de ser producto del trabajo inmediato, aislado, y más bien es la combinación de la actividad social la que se presenta como productora: «No bien se desarrolla la división del trabajo, casi todo el trabajo de un individuo es una parte of a whole, having no value or utility of itself [una parte de un conjunto, no teniendo valor o utilidad en sí mismo]. There is nothing on wich labourer can seize: this is my produce, this I will keep to myself» [no hay nada que el trabajador pueda tomar por sí mismo: este es mi producto, lo tomaré para mí»” (Labour Defended, citado por Marx, 1980: 233).
“En el intercambio directo, el trabajo inmediato aislado se presenta como realizado en un producto separado o en una parte de ese producto, y su carácter social, colectivo –su carácter de objetivación del trabajo general y satisfacción de la necesidad general– sólo resulta puesto en el intercambio. Por el contrario, en el proceso de producción de la gran industria, ocurre que, así como por un lado el sometimiento de las fuerzas naturales bajo el intelecto social está presupuesto en la fuerza productiva del medio de trabajo que se ha desarrollado hasta convertirse en proceso automático, por el otro el trabajo del individuo en su existencia inmediata está puesto como trabajo individual superado, esto es, como trabajo social. De tal manera periclita la otra base de este modo de producción” (1980: 233).
En la próxima nota nos dedicaremos a comentar lo que aquí colocamos como apretada síntesis de una de la serie más brillante de los escritos de Marx: aquellos que visualizan la superación no solamente de la ley del valor como base miserable de la producción social, sino la emancipación del trabajo por necesidad transformado en actividad del individuo social.
Bibliografía
Enrique Dussel, Cuaderno tecnológico-histórico de 1851, estudio preliminar, México, 1984.
Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), 1857/8, Volumen 2, edición a cargo de José Aricó, Miguel Murmis y Pedro Scaron, traducción de Pedro Scaron, Siglo Veintiuno Editores, México, 1980.
Tony Negri, Marx más allá de Marx. Nueve lecciones sobre los Grundrisse, traducción al castellano de la edición inglesa, Autonomedia, EEUU, 1991, traducida por Harry Cleaver et al., de la obra publicada originalmente en francés (1979) e italiano (1979), Eduardo Sadier, Argentina, mayo, 2000.
[1] Esta precisión es útil frente a algo que ya hemos señalado: los abordajes pos-humanistas que presentan la distopía de los seres humanos dominados por las máquinas. Lógicamente, la automatización de las máquinas puede dar lugar, y de hecho lo da, a que las máquinas operen por sí mismas mediante, por ejemplo, la IA, como ciertos ejercicios militares de los EEUU ahora en Medio Oriente. Pero postular por ello el dominio de las máquinas sobre la humanidad es un desarrollo unilateralmente distópico, aunque “utopía” y distopía se dan la mano en el actual siglo XXI.
[2] Aprovechamos para corregir algo erróneo que planteamos sobre Dussel en textos anteriores. Es verdad que Dussel, en algunas partes de su elaboración, parece mezclar capital constante y capital fijo, lo que es un evidente error; sin embargo, en el texto que estamos citando profusamente en esta nota, “Estudio preliminar al «Cuaderno tecnológico-histórico» de Marx de 1851”, distingue con claridad ambos conceptos: “(…) como capital-máquina cuando no trabaja, es «capital dormant» (capital durmiente) (…) capital inactivo que de fijarse en esta fase sería, simplemente, aniquilación total del capital (…) El capital constante desembolsado en los medios de producción queda fijado en esta fase material e inutilizado para otras fases del proceso total del capital (…) El concepto de capital fijo (y no el de constante) se construye desde la temporalidad del capital. El capital tiene un tiempo de circulación, la máquina tiene un tiempo de función, tiempo de destrucción o consumo, de uso (…)” (Dussel, 1984: 63), lo que significa que el capital fijo no puede quedar sin utilización porque, de ocurrir esto, es destrucción de capital acumulado en vez de la transferencia progresiva de su valor en las nuevas mercancías producidas. Capital fijo inutilizado es capital que pasa a pérdida (tal cual una fábrica que es cerrada por su patronal y cuyo capital durmiente no sirve para producir nada).
[3] Dussel nos recuerda que en sus Manuscritos del 61/63 referidos a las máquinas, Marx transcribió muchas de las citas que habían sido tomadas en su Cuaderno tecnológico-histórico de 1851.
[4] Las reformas laborales neoliberales que se ciernen sobre el mundo capitalista en las últimas décadas han descalificado, sin duda alguna, muchas de las fuerzas laborales del mundo: han heterogeneizado y precarizado el trabajo, y si eso aumenta el plusvalor absoluto, eventualmente, disminuye lo que de plusvalor relativo tiene la propia calificación laboral. La fuerza de trabajo es también fuerza productiva, y fuerza productiva son, también, las condiciones generales de su calificación y reproducción.
[5] Los traductores y editores al castellano de los Grundrisse nos indican que termina el cuaderno VI de los mismos y comienza el VII: “El capítulo del capital (continuación)”.




