Dirigente y teórico de la corriente internacional Socialismo o Barbarie.


Publicado originalmente en el año 2008, en oportunidad del «conflicto del campo»

Capítulo 3 de «La rebelión de las 4×4»


 

El conflicto gobierno–ruralistas puso de manifiesto, por otra parte, profundas modificaciones en la estructura social y económica del campo. Los cambios en las formas de propiedad y de explotación, como era inevitable, trajeron aparejada la aparición de nuevos actores sociales y una redistribución del peso de otros anteriores. La dinámica social del conflicto es incomprensible sin dar cuenta de estos desarrollos, un criterio elemental que pocos en general y casi nadie en la izquierda en particular se tomaron la molestia de cumplir.

A su vez, no es posible comprender la evolución de la cuestión agraria en la Argentina, en particular en la Pampa húmeda, sin tomar en consideración el proceso en marcha en el sector a nivel del capitalismo mundial. Metodológicamente, no puede haber otro camino que ubicar estos desarrollos en el contexto de las leyes de acumulación del capital y la naturaleza contradictoria del desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo. Consideraremos primero el contexto internacional que se estaba verificando hasta el brusco viraje introducido por la crisis mundial, para pasar luego a un examen de la relación entre viejos y nuevos sectores sociales en el campo argentino.

“Sojización” y desarrollo capitalista en el campo argentino [1]

“A medida que se amplía la reproducción global del capital, la producción de alimentos adopta cada vez más la forma social de la mercancía, lo cual provoca un fuerte desarrollo de la producción estandarizada. En la actualidad, el 90% de los alimentos del mundo se deriva de sólo 15 cultivos y 8 especies animales (…). La presión por abaratar los costos de reproducción de la fuerza de trabajo urbana –a lo que se suma ahora la expansión de los biocombustibles–, explica que la producción en masa de alimentos siga siendo central en el capitalismo globalizado. La mundialización del capital ha estado acompañada de un desarrollo de las fuerzas productivas en el agro. A partir de los años 50 y 60 se produce la revolución verde, y con ella la progresiva expansión de la producción. Le siguió la revolución en la genética, la introducción de las maquinas computarizadas y la utilización de satélites para mejorar el manejo de suelos, fertilizantes y control de cultivos (…). Como resultado de los avances tecnológicos, la productividad también se incrementó. Desde 1970 a 2000, el producto agrícola mundial (medido en dólares estadounidenses de 1990) se duplicó, pasando de U$ 645.900 millones a U$ 1,3 billones, en tanto que el aumento del trabajo agrícola fue del 40%, pasando de 898 millones a 1.300 millones de personas. Este incremento de la productividad explica que en el largo plazo se haya registrado una baja tendencial de los precios agrícolas. Éstos disminuyeron, según la FAO, en relación con los precios de los productos manufacturados, un promedio de casi 2% anual entre 1965 y 2005. Y es muy posible que, pasada la actual crisis, recuperen nuevamente su tendencia a la disminución relativa (tal cual se está verificando en estos precisos momentos, L.P.)”. [2]

Claro que este desarrollo no deja de ser contradictorio: “La otra cara de la expansión agrícola capitalista, del hambre incesante de ganancias y del hambre de seres humanos desposeídos de la tierra y de cualquier medio de vida es el desprecio por el medio ambiente y la destrucción de los suelos. Sólo la ampliación de las plantaciones capitalistas de soja produjo la destrucción de 21 millones de hectáreas de bosques en Brasil, 14 millones en Argentina y 2 millones en Paraguay. La sobreexplotación de la tierra lleva a la degradación, la pérdida de materia orgánica, la desertización y la salinización de los suelos. Se estima que anualmente en el mundo se pierden 6 millones de hectáreas de tierra productiva por erosión, salinización y desertificación. A escala mundial, el 40% de la tierra agrícola estaría seriamente degradada. En resumen, la expansión de las fuerzas productivas bajo su forma capitalista es profundamente contradictoria; por un lado, aumenta la generación de riqueza material y se despliegan las posibilidades que ofrecen la tecnología y la ciencia. Por otra parte aumenta las desigualdades sociales, cientos de millones caen en la más absoluta pobreza, y se produce un colosal despilfarro y destrucción de recursos naturales”. [3]

Éste es el contexto para evaluar lo que ocurre en nuestro país en lo que hace al desarrollo de las fuerzas productivas en el campo. La oligarquía terrateniente argentina, salvo raras excepciones, fue siempre una clase muy conservadora y poco afecta a las iniciativas productivas y al cambio tecnológico. Para qué invertir si la Pampa húmeda era (y es) un paraíso agropecuario; todo crecía sin gran esfuerzo. La producción aumentaba en forma extensiva de acuerdo a la demanda del mercado mundial. Tierra sobraba. Milcíades Peña, apoyándose en Marx, la llamó “maldición de la abundancia fácil”.

Sin embargo, a partir de la década del 30 se produjo una situación de estancamiento agrario de importancia motorizado por el cambio en las condiciones económicas internacionales (Gran Depresión), que sólo se comienza a revertir a partir de los 70. Primero, con un impulso a la mecanización. A partir de 1980, y producto de la desertificación –fundamentalmente en la provincia de Buenos Aires– se empiezan a usar fertilizantes en forma más intensiva. En la década del 90 se incorporan dos avances que iban a cambiar la forma tradicional de producir, provocando cambios profundos en el campo argentino: la siembra directa y la biotecnología aplicada a las semillas. [4] Era un cambio inevitable si se quería subsistir en la economía mundializada.

Hoy, el 70% de la agricultura del país se lleva a cabo mediante la técnica de siembra directa y con semillas genéticamente alteradas. Resisten mejor a las plagas, a los distintos climas y, lo más importante desde el punto de vista capitalista, aumentan los rindes por hectárea. Sin embargo, estas semillas no se pueden reproducir en el campo mismo y deben ser compradas a las grandes empresas trasnacionales proveedoras, que imponen precios de monopolio (es decir, por encima de su valor real).

En estas condiciones, se amplió enormemente la frontera agrícola. Provincias como Catamarca, Formosa y Santiago del Estero son hoy productoras de granos, algo impensado hace 40 años por su clima. Se trata de un fenómeno mundial: Paraguay es el sexto productor mundial de soja, y Mato Grosso (Brasil) lindante con Amazonas, es uno de los productores más importantes del país vecino. En cuanto a la Argentina, todo el mundo sabe que la estrella es la soja: actualmente, 50% del área sembrada. Mientras tanto, el área sembrada con trigo está estancada (con tendencia a retroceder), y hay leves repuntes del maíz y el girasol.

Como está visto, en los últimos años en la zona pampeana ha habido un desarrollo de las fuerzas productivas y del modo capitalista de producción. Esto constituye una expresión particularizada del proceso de expansión mundial del capitalismo y de expansión del imperio de la ley del mercado. El capital agrario de Argentina ha acumulado al calor del capitalismo mundial, y su fracción más poderosa está íntimamente entrelazada con el capital mundializado, en tanto que las fracciones más débiles pelean por garantizar su participación en estos mercados en expansión.

También aumentó la productividad: a mediados de la década de 1980, la hectárea rendía entre 15 y 20 quintales de soja como máximo; en 1995 estaba, en promedio, en 23 quintales, y en 2007 el rendimiento promedio fue de 30 quintales. En el caso del maíz, el rendimiento por hectárea pasó de 20 quintales en 1970 a 80 quintales en 2006. Dado el aumento de la productividad y la expansión de la frontera agrícola, es lógico que la producción haya crecido considerablemente. La producción de cereales y oleaginosas, a principios de la década de 1980, rondaba los 30 millones de toneladas. En 1996 era de 45 millones, de las cuales 15 correspondían a la soja y 30 a los cereales. En 2007 fue de 95 millones; 48 millones de soja (triplicando la producción de 1996) y 47 millones de cereales (un aumento del 60% con respecto a 1996).

En este marco, a principios de la última década se dan dos fenómenos que explican –entre otros– el boom sojero: se agudiza la crisis petrolera internacional y, como producto de la epidemia de la “vaca loca”, se comienza a alimentar el ganado con balanceados de origen vegetal. Aparecen en nuestro país nuevas agroindustrias, como la producción de biodiesel (combustible alternativo), cuya molienda alcanzó en el 2007 1.560.000 toneladas de soja.[5]

La industria aceitera y la del biodiesel dan un subproducto: el pellet de soja, que en 2005 alcanzó 17 millones de toneladas, la inmensa mayoría destinada a la exportación a China, a la Unión Europea o a la India y otros países como alimento para ganado. Con la soja, Argentina tiene ventajas comparativas respecto de otros países; por ejemplo, no es un hábito alimenticio de su población, por lo que casi toda la producción se exporta. Además, es un cultivo muy resistente a las plagas y a los distintos climas y necesita pocos cuidados, y por ende poca mano de obra.

La industria aceitera es de primer nivel mundial. Hay 49 plantas aceiteras tanto para consumo humano como, fundamentalmente, para producción de biodiesel. De este último sector, las más importantes son Cargill, Bunge, Dreyfus, AGD, Vicentín y Pecom, junto con 10 nuevas plantas en construcción y 18 proyectos (Repsol y Dreyfus). Se prevé moler 10 millones de toneladas de soja obteniendo 14,7 millones de barriles de biodiesel para 2010. La mayoría están asentadas en Santa Fe, provincia líder en la producción de soja en la Argentina. También ha surgido en esta provincia un sector de punta de fabricación de maquinaria agrícola. Todos estos elementos son la base material que explican la casi cuadruplicación de la producción de soja en pocos años. [6]

Así, el proceso de sojización de la agricultura ha producido cambios en diversos planos: se ha extendido la frontera agrícola, la soja ha avanzado en su implantación sobre las fronteras ganaderas y tamberas [7], produjo crisis en economías regionales dedicadas a cultivos tradicionales, hay un proceso de creciente migración poblacional del campo a las ciudades y está provocando alteraciones profundas en el ecosistema. El desmonte de los bosques es intensivo: “El Impenetrable”, la legendaria selva del Chaco, ya prácticamente no existe. La tala indiscriminada de bosques nativos es la responsable, en última instancia, de las inundaciones en Salta, porque el monte ha sido suplantado por campos de soja. Este fenómeno se da también en Bolivia, Paraguay y Brasil (3.000.000 de hectáreas de desmonte de selva amazónica por mes). Como herbicida se utiliza el glifosato, pulverizado sobre los sojales desde avionetas, que mata todo menos la soja. Popularmente, en el norte de nuestro país al sojal se lo llama “el reino del viento”: no hay vida, sólo se escucha el silbido del viento. El agroquímico provoca enfermedades de todo tipo en las poblaciones aledañas.

Si bien la siembra directa disminuye los riesgos de degradación de la tierra, la rotación de cultivos es muy baja, la soja absorbe en demasía los nutrientes de la tierra (nitrógeno, fósforo, etc.), y junto al uso de glifosato, todo esto acelera rápidamente la pérdida de fertilidad. Según datos muy conservadores del INTA (ente oficial agropecuario), en la Argentina 60 millones de hectáreas presentan diversos grados de degradación, y se pierden 500 hectáreas de suelo por día.

Todo lo expuesto anteriormente hace que la seguridad alimentaria de los sectores populares en el mediano plazo se convierta en un problema de primer orden. Ya se comienzan a sentir los primeros síntomas: el precio de la carne y las hortalizas por las nubes. ¡Es que el capitalismo agropecuario, en su afán incesante de lucro, se ha volcado a los sectores más rentables, disminuyendo la producción de otros!

Asimismo, los nuevos modos de producción que ya venían de la década pasada, más los altos precios internacionales de la mayoría de las commodities, han profundizado la concentración de la propiedad agraria de forma y magnitud nunca vistas.

Hoy la manera de producir en el campo es a gran escala, lo que es un fenómeno mundial. Porque son necesarias grandes inversiones en maquinaria e insumos, así como controlar no sólo la cadena de producción sino también la de comercialización. Este es el significado profundo del “agrobusiness”.

La política económica del gobierno kirchnerista, fiel representante de los grandes pulpos agropecuarios, ha incentivado este proceso. No es que haya desaparecido la tradicional oligarquía terrateniente argentina, pero hay nuevos actores: los pools de siembra, los fondos de inversión, Swift, Arcor, Quickfood, etc. Es tan acuciante la necesidad de producir en escala que estos grupos se han extendido a los países limítrofes, asociándose en muchos casos con capitales brasileños. Monsanto, Dupont y Nidera monopolizan el sector de los insumos (semillas, fertilizantes y agroquímicos); Cargill, Bunge y Dreyfus son verdaderos gigantes en producción, comercialización y exportación de productos del campo. La estrecha relación entre el kirchnerismo y los grandes grupos del agro se sintetizaba en la banca de senador que el PJ kirchnerista le consiguió a Roberto Urquía, de AGD, en Córdoba. Irónicamente, en el Senado Urquía votó contra las retenciones que proponía el gobierno…

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En todo caso, de esta pintura de la realidad agraria argentina y en particular de la Pampa húmeda se desprende la conclusión de que llamar al campo argentino otra cosa que capitalista hasta la médula es el más solemne disparate y el más absoluto desprecio por los hechos.

El fin del “mundo chacarero”

Sea por un marco histórico–conceptual sobre las características del campo argentino totalmente anacrónico y autojustificatorio (el PCR), sea por puro analfabetismo teórico (el MST), la “izquierda campestre” hizo una pintura del paro agrario patronal completamente irreal: se llegó a hablar de la “mayor rebelión de obreros rurales y campesinos pobres y medios (!!) de la historia argentina” [8]; y de la necesidad de “apoyar la revuelta de los chacareros”.

De más está decir que por ningún lado se vio a “obreros rurales y campesinos pobres y medios” como actores sociales reales, de carne y hueso, en el lock out agrario. Hasta Gerónimo Venegas, burócrata sindical de los asalariados rurales nucleados en la UATRE y entusiasta sostenedor de la patronal agraria y sus medidas, se vio obligado a reconocer que “los jornaleros fueron los grandes perjudicados en el conflicto”.

También es una pura confusión referirse a los “pequeños y medianos propietarios” de la Pampa húmeda como si encarnaran la tradicional figura chacarera de 50 años atrás. Como veremos enseguida, el “mundo chacarero” desapareció definitivamente hace décadas.

Lo que la “izquierda campestre” no puede explicar es por qué esa “rebelión chacarera y de obreros rurales” actuó en sólido frente único con los más rancios oligarcas terratenientes y capitalistas agrarios (y sus organizaciones de clase), en vez de dividirse conforme a líneas de clase como en el famoso Grito de Alcorta de 1912, que dio origen a la Federación Agraria Argentina. En esa oportunidad, chacareros no propietarios carne y hueso (no los imaginados por la fantasía del PCR y el MST ni los burgueses agrarios de hoy) se levantaron contra los impagables arrendamientos que les cobraban los grandes propietarios del campoQue este histórico lock out agrario tuviera una lógica de clase opuesta a la lucha de un siglo atrás debería haber hecho llamado la atención de quienes remiten a los mismos actores sociales.

Por otra parte, es indudable que aún existen en el campo argentino (fuera de las zonas más ricas y productivas) pequeños productores mercantiles y franjas verdaderamente campesinas que producen, básicamente, para el autoconsumo, y que son expoliados por grandes capitalistas y propietarios de la tierra. Se trata de pequeños propietarios (en general, insistimos, extra pampeanos) que las más de las veces poseen minifundios y explotan su propio trabajo y no el ajeno. Aquí sí estamos en presencia de “campesinos pequeños y medios”. Pero, como fue público, este sector, representada por organizaciones como el MOCASE de Santiago del Estero y otras, se expidió categóricamente en contra del actual paro agrario (lamentablemente, en general de la mano del gobierno).

De modo que la base social fundamental del paro agrario nada tuvo que ver con los sectores “campesinos” remanentes en el país Menos aún con los “chacareros”, como los definió en su insondable ignorancia el MST: “Aunque la estructura agraria ha tenido importantes avances –mayor tecnología, inversión y racionalización en la producción–, los cambios no han tocado la base de una estructura agraria oligárquica, basada en la gran concentración de la tierra, la explotación de los pequeños chacareros y la expulsión del campo de cientos de miles de productores”. [9]

Pues bien, es falso que no haya habido cambios sustanciales en la estructura del agro argentino. Por supuesto, subsiste una enorme concentración de la tierra, pero la figura de los chacareros se ha desdibujado casi por completo, transformándose una parte en nueva burguesía agraria pequeña y mediana, representada hoy por la FAA, [10] y la otra pasó a engrosar el proletariado agrícola (el cual siguió trabajando tranqueras adentro mientras sus patrones tomaban alegremente mate en las rutas montados en sus camionetas 4 x 4).

Es decir, se trata de una fracción de clase básicamente propietaria, más allá de que entregue en arriendo sus tierras, transformándose justamente en rentista, o que las pongan a producir, o que incluso muchas veces arrienden parcelas para sumarlas a la que tienen en propiedad, aumentando así su escala de producción.

Veamos cómo es este nuevo mecanismo: “La propiedad de la tierra permite, incluso, la percepción de renta sin la necesidad de realizar inversiones ni trabajo. Aun para un campo mediano, esta renta asegura un ingreso capaz de mantener una familia de clase media. Como rentista, sólo debía encontrar a alguien que pusiera la tierra en producción y pagar un canon. Desde la década de 1960 se expandió la presencia de un agente capaz de hacerlo –los chacareros sobremecanizados en relación con los campos que poseían–, y a ellos se agregaron, en la década del 90, los ‘pools de siembra’. La conducta rentista o cuasi rentista tuvo entonces una posibilidad muy concreta de efectivizarse, sin necesidad de ceder el campo en riesgosos arriendos prolongados”. [11]

Una aguda descripción de la zona núcleo pampeana de hoy sirve para ilustrar este proceso: “¿Cómo era el campo hace algunas décadas (la imagen congelada del PCR y el MST. JLR)? Una gran proporción en manos de un puñado de terratenientes que manejaban la producción y distribución a expensas de medianos y pequeños productores no propietarios que labraban la tierra con sus herramientas, en forma personal, acopiando las mejores semillas para las próximas siembras. Gran parte de su producción, que era variada, era destinada al mercado interno. Estas últimas cuestiones les daban cierta independencia de las multinacionales y una relación con la población (…). El sector que hoy tiene más protagonismo en los piquetes rurales y que más diferencias suscita entre la izquierda son los pequeños y medianos productores ligados al modelo. Son un sector que está recibiendo una parte minoritaria de la fabulosa renta en juego, pero que le ha servido para enriquecerse sobremanera en estos últimos años. Yo diría que han pasado de ser pequeño burgueses rurales a ser burgueses pequeños o medianos”. [12]

Sobre este sector de “productores” enriquecido en los últimos años, el autor agrega: “En forma mayoritaria, y cada vez más creciente, se dedican al cultivo de soja (…) son pocos los que viven aún en el campo (…) sus características más definitorias son: están ligados totalmente al mercado externo. Por esto están pendientes de la cotización de los granos de Chicago y no prestan ninguna atención al poder adquisitivo del salario de los trabajadores; mantienen dependencia comercial y técnica de los pulpos exportadores, en especial Monsanto (que maneja todos los granos de soja). Su representación es la FAA. ¿Se equivoca al aliarse la FAA con la SRA, con Monsanto y los pools? No. Son sus socios menores, que se enriquecen con las ‘migajas’ que le quedan de tan fabulosa renta; no dependen más del mercado interno ni del poder adquisitivo de los trabajadores”. [13]

Es precisamente esta solidaridad de intereses materiales entre la Federación Agraria y la Sociedad Rural lo que está en el centro de la explicación de la completa e incondicional unidad de ambas organizaciones a lo largo de todo el lock out, junto con la SRA y Coninagro, en la Mesa de Enlace.

En el mismo sentido del trabajo anterior se expresa Balsa: “La transformación en el modo de vida está condicionada (…) por el cambio en la posición social del productor mediano típico: de pequeño burgués con elementos campesinos, paso a ser una especie de terrateniente–capitalista pequeño. Sería un ‘terrateniente’ en tanto percibe una renta del suelo, sin que este término encierre otro tipo de connotaciones vinculadas a la extensión de la propiedad de la tierra (…). Podría conceptualizarse como un ‘capitalista pequeño’ en tanto que no contrata sino un pequeño número de asalariados, que no alcanzarían a convertirlo en un capitalista típico”. [14]

Por otra parte, y dando un paso más en el análisis de la actual estructura económico–social y de clases del campo argentino, Balsa rechaza la inconsistente asociación que hace el PCR de los pools de siembra como operadores “no capitalistas” y los pone en el mismo saco con los contratistas, como actores capitalistas agrarios de pleno derecho. [15]

“En la década del ‘90 incrementaron su importancia tres tipos de capitalistas agrarios relativamente novedosos: los grandes contratistas tanteros, los contratistas de servicios y los ‘pools de siembra’. Entonces, cuando la dinámica económica se desenvolvió con niveles de intervención estatal menos intensos (más cercanos al patrón neoliberal) y las explotaciones debilitaron sus rasgos familiares, el desarrollo agrario presenta una tendencia hacia el modelo ideal descrito por Marx, y casi olvidado en el cajón de las ideas equivocadas; aunque en la Pampa los que arriendan sus campos son más bien pequeños rentistas que grandes terratenientes”. [16]

En suma, los actores centrales de la Pampa húmeda han pasado a ser: a) los grandes propietarios–productores capitalistas; b) los grandes arrendatarios capitalistas (pools de siembra o no); c) los productores mediano–grandes que combinan una parte en propiedad con otras en alquiler, y d) los pequeños y medianos rentistas (los dos últimos casos, de origen chacarero).

Desde el punto de vista numérico, cabe notar el predominio de la mano de obra asalariada, que podemos dividir en dos grandes categorías. Por un lado, una minoría con altos niveles de capacitación y eventualmente de ingreso, que manejan las máquinas agrarias, muchas de ellas computarizadas. Por el otro, una mayoría superexplotada, de la cual el 70% es informal (trabajo “en negro”), muchos son trabajadores temporarios (“golondrinas”), sin cobertura social alguna, con salarios que promedian la mitad de los urbanos y a cargo de las penosas tareas manuales.

Es decir, la “peonada” rural (una vez más, totalmente ausente de los cortes de ruta, “tractorazos” y otras lindezas que nos deparó el lock out). Según una mirada de izquierda, “quienes cortaron las rutas no son los productores, los que trabajan, sino los que gestionan el trabajo ajeno. Lejos de su imagen mediática, no sudan en la cosecha: se limitan a vigilar el trabajo de los operarios que ni siquiera dirigen en forma directa. En los foros web rurales se recomiendan entre sí las mejores formas de supervisión: sentarse al lado del maquinista, vigilar sin ser vistos (…). Las empresas contratistas también se basan en el trabajo asalariado: en Buenos Aires, en el 2006, el 69% de las personas ocupadas en el contratismo rural eran obreros, y sólo menos del 31% eran socios (patrones)”. [17]

 

Los propietarios de la tierra…

Poniendo en números la distribución de la propiedad agraria, el último censo agropecuario del 2002 mostró que de las 330.000 explotaciones agropecuarias que tiene el país, 170.000 poseen un promedio de tierras de hasta 100 hectáreas y ocupan sólo 5 millones de hectáreas sobre un total de unas 178 millones.

Sin embargo, un propietario chico, de hasta 50 hectáreas en la Pampa húmeda, puede ingresar hasta 25.000 dólares de renta anualmente, alquilando su campo y no haciéndose cargo directamente de los “riesgos” de la producción. Aun siendo una cifra nada despreciable, podría configurar en todo caso, un sector pequeño propietario que debería –a pesar de todo– ser aliado de los trabajadores urbanos y rurales y no ir a la rastra de la Sociedad Rural…

En el otro polo, existen 936 propietarios con más de 20.000 hectáreas promedio, que se alzan con nada menos que 35 millones de hectáreas. Esto es la expresión de la histórica estructura de concentración de la propiedad de la tierra en la Argentina, que bajo el actual gobierno –contra toda su palabrería hueca acerca de la “distribución del ingreso” – no ha hecho más que agravarse.

¿Qué pasa en los estratos intermedios? Para focalizar en el sector propietario medio–medio y medio–grande enriquecido en los últimos años (repetimos, una de las figuras más activas en los cortes de ruta, según testimonios coincidentes), subrayemos que en la región pampeana, según el cálculo del presidente del INTI, Enrique Martínez, la renta se multiplica a razón de 50.000 dólares cada cien hectáreasEntonces, para un universo de entre 500 y 3.000 hectáreas, tenemos que 45.000 productores pueden embolsarse entre 250.000 y 1.500.000 dólares al año sólo a modo de renta. [18] Es para propietarios burgueses con semejantes ingresos que la FAA exige beneficios al Estado.

En el mismo sentido: “Los pequeños productores no son los que tienen 100 ó 200 hectáreas de soja en la Pampa húmeda. Alguien que tiene 100 hectáreas en Pergamino posee un capital de 1,5 millones de dólares, ¿cómo va a ser un pequeño productor? Pequeños productores son quienes tienen 5, 10 o 30 hectáreas en Misiones, Chaco, Formosa, Santiago del Estero y producen, por ejemplo, tabaco, caña de azúcar, zapallo y fruticultura”. [19]

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Estos verdaderos pequeños productores fueron, repitámoslo, meros espectadores (o víctimas) del lock out agrario, porque, como es notorio, los piquetes más intransigentes y los actos más “combativos” de las entidades ruralistas estuvieron no en las zonas marginales sino en el núcleo de la producción sojera y cerealera: Armstrong, Marcos Juárez, Río Cuarto. Lo que se verifica en el hecho de que las provincias que concentraron la mayor cantidad de cortes fueron Buenos Aires con 101, Santa Fe con 64, Córdoba con 38, La Pampa con 21 y Entre Ríos con 13. En suma, “la más importante rebelión popular desde el 2001” con la que delira el MST no estuvo protagonizada por “campesinos” ni por “chacareros”, sino por rentistas con patrimonios millonarios en dólares.

El lock out agrario ha sido revelador del nuevo “mundo agrario” dominante hoy en la Pampa húmeda de la argentina, que se puso de pie alrededor del reclamo reaccionario de la apropiación de toda la renta agraria extraordinaria que genera el campo argentino, sin compartirla con ningún otro sector, patronal o no.

Como señala Astarita, “tampoco puede asimilarse al campesino arruinado que paga el alquiler de un predio para subsistir con el arrendatario pampeano que trabaja con fuertes inversiones de capital, aunque tenga pocos o ningún trabajador asalariado. El arrendatario productor pampeano recibirá como ingreso una parte de la plusvalía total producida por el capital en general. Esta plusvalía le corresponde en tanto propietario de medios de producción, al igual que sucede en cualquier otra rama de la economía en que haya una alta composición orgánica del capital. Al calcular, por ejemplo, cuánto cobra por cosechar, incluye no sólo la amortización de la maquinaria empleada, sino también una ganancia (que él considera ‘interés’) por el capital invertido. En el caso de que trabaje él mismo la maquinaria, su ingreso estará compuesto por la suma de un salario y una ganancia o plusvalía en cuanto propietario de medios de producción. Si contrata a un asalariado para que maneje la cosechadora, su ingreso será pura ganancia capitalista. La diferencia cuantitativa en fertilidad del suelo, tamaño del terreno, inversión del capital, y excedente del cual se apropia da lugar a una diferencia cualitativa, social, con respecto a la economía parcelaria campesina. En consecuencia, es imprescindible distinguir la ruina de la pequeña unidad campesina familiar de la ‘ruina’ del propietario pequeño y medio, o del arrendatario que realiza fuertes inversiones, de la Pampa húmeda. La ruina de la pequeña unidad campesina tradicional significa, en el mejor de los casos, terminar como proletario, y muchas veces el pauperismo, el desarraigo y el hambre. El productor pampeano que no puede competir con el capital más concentrado, con mucha frecuencia se convierte en rentista, e incluso en rentista acomodado. En otros casos, podrá transformarse en un pequeño propietario de ciudad. Su punto de partida siempre será sustancialmente distinto al del campesino, aun cuando no emplee mano de obra asalariada” [20].

 

… y los invisibles de la tierra

Un informe del médico catalán Bialet Massé, contratado a principios del siglo XX por el presidente Julio Argentino Roca para dar cuenta de la situación laboral en el campo, describía la condición del verdadero “productor” (¡no propietario!) rural de manera muy gráfica: “Aunque se dice que trabajan de sol a sol, es falso, porque se aprovecha la luna, el alba, para alargar la jornada. En total, el tiempo del peón no baja de 15 a 17 horas. Al concluir la temporada es un hombre completamente agotado”. Pues bien, cabe preguntarse cuánto ha cambiado la situación del proletario rural, figura social muy distinta del chacarero.

Más aún considerando que como resultado de las transformaciones operadas en la Pampa húmeda, “el chacarero se fue considerando cada vez más un empleador y no un trabajador; en el conflicto con el asalariado se objetivizó como capitalista, más allá de que continuara trabajando y de que ya antes contratara asalariados (…). Ahora, los productores medios se piensan y se expresan como empresarios, administradores de la explotación agropecuaria. Si bien dicen ‘hice’, ‘aré’ o ‘sembré’, en general casi todo el trabajo es realizado por asalariados (o por contratistas de servicios, en este caso con menor, o nula, capacidad para explotarlos) (…) Al mismo tiempo, su condición de propietario y, por tanto, de perceptor (explícita o implícitamente) de la renta del suelo favoreció las conductas rentistas, en el sentido de desentenderse total o parcialmente de los problemas de la producción. La percepción de una renta habría introducido (o quizás, reforzado) elementos de carácter receptivo que se habrían combinado con los rasgos explotadores”. [21]

Precisamente, la discusión abierta sobre las condiciones de explotación de los obreros rurales, reguladas hasta hoy por el decreto–ley 22.248 de la dictadura militar (que los excluye de la Ley de Contrato de Trabajo que rige al resto de los trabajadores del país), ha sido uno de los temas tabú del supuesto “paro” (en verdad, lock out patronal) del campo.

La penosa condición del peón rural ha sido una constante a lo largo de la historia argentina. No cabe más que recordar que entre las décadas de 1910 y 1930 miles de peones resultaron muertos y otros tantos heridos y presos por reclamar sus derechos. [22]

Un informe reciente detalla que, según organismos oficiales, hay “cerca de 1,3 millones de personas ocupadas en el campo. Los últimos datos reflejan que apenas un cuarto de ese total, alrededor de 325.000, tiene salarios en blanco. El promedio salarial de ese pequeño grupo de trabajadores no llega a los 1.500 pesos mensuales. Existen también 350.000 trabajadores “golondrina”, que desplazan su fuerza de trabajo según los períodos de cosecha. La mano de obra rural es la peor paga, la que enfrenta pésimas condiciones laborales y la más explotada. Sólo los desocupados están en peor situación. Ese vergonzoso panorama laboral se desarrolla en uno de los mejores períodos históricos de la actividad agropecuaria”. [23]

Respecto de la cuestión de la fuerza de trabajo asalariada en el campo argentino, hay una aguda desigualdad entre la zona pampeana y lo que no es zona núcleo, ya que los mayores contingentes de peones no parecen encontrarse en la Pampa húmeda. Aquí se da el efecto contradictorio del salto tecnológico y de la aguda mecanización de la producción, que a la vez hace que haya una minoría de asalariados con alta calificación (maquinistas de cosechadoras, mecánicos, pilotos de avionetas, niveladores de suelos, etc.) y una porción mayoritaria en las condiciones clásicas del peón. Aquí se verifica que el desarrollo tecnológico es fuertemente ahorrador de mano de obra. La cantidad de asalariados por establecimiento en la zona pampeana es pequeña. Del total de los 307.572 establecimientos censados en 2002, el 44% empleaba sólo trabajo familiar, el 18,3% utilizaba trabajo familiar con trabajadores transitorios; el 32,2% tenía asalariados permanentes, y quedaba un 5,3% sin discriminar. Además, de los que tenían asalariados permanentes, el 54,7% tenía uno solo; el 34,2% de 2 a 4; el 7,9% empleaba entre 5 y 9 trabajadores, y sólo el 3,2% empleaba 10 o más asalariados permanentes”.

Lo propio señala la socióloga Susana Aparicio: “Aunque el agro es referenciado en el discurso público como un motor fundamental de la economía y un importante generador de empleo, la realidad resulta ser bastante diferente. La ‘pampeanización sojera’ en gran parte del país desplaza a trabajadores de producciones tradicionales (no sólo a campesinos), y los ‘oasis’ modernos y dinámicos no reemplazan ni constituyen mercados estables de trabajo”. [24]

Claro que esto admite matices, entre ellos uno no menor que es que muchos patrones no declaran la mano de obra que tienen “en negro”. La Secretaría de Trabajo calcula que el 72% de los trabajadores rurales está en esa situación. Y el salario promedio en el campo es de 1100 pesos por mes, ¡un 57% por debajo del salario promedio de la economía! A lo que se suma, como ya observamos, el empleo temporal y golondrina.

El testimonio de un trabajador es altamente ilustrativo: “Trabajo se consigue, pero, ¿qué pasa? ‘Conseguís trabajo por un mes o un mes y medio. Si se siembra trigo, trabajás 45 días y después vienen seis meses en los que no tenés nada, hasta la otra siembra. ¿Cuánto pagan? Entre 50 y 70 pesos por día. Te subís al tractor y… a hacer hectáreas. Es un trabajo lindo, porque en pocos días podés hacer plata, en un mes podés ganar 1.800 o 2.000 pesos, y el que maneja una cosechadora mucho más, hasta seis mil. Pero en realidad, cuando mirás a largo plazo, estás perdiendo, porque tenés mucho tiempo inactivo’ (…) Las características del trabajo, la dispersión de los trabajadores, la posición de los contratistas como nuevos empleadores, ya sin un vínculo estable con el territorio, son factores que agravan el tradicionalmente bajo cumplimiento de los derechos laborales. El entrevistado cuenta que una vez que perdió la relación de dependencia y pasó a ser trabajador temporal, dejó de cobrar aguinaldo, salario familiar y aportes jubilatorios. En esa situación de debilidad, no es extraño que su último trabajo haya sido el de fumigador, una tarea que afecta la salud: ‘El trabajo de la pulverización implica mucho manejo de herbicidas, de pesticidas. Yo trabajé cinco años fumigando, sabia por el INTA que cada seis meses tenés que hacerte un chequeo, pero nunca lo tuve. Te usan un tiempo, y cuando te empezás a avivar de estas cosas, mayormente te descartan’. Describe los síntomas que tenía mientras se dedicaba a ese trabajo: ‘Mucho dolor de cabeza, picazón en el cuerpo, debajo de la piel, irritación en la vista, las manos te quedan como una lija, te pasan muchas cosas en el físico’ (…)”. [25]

Esta realidad estuvo guardada bajo siete llaves durante el “paro” agrario patronal, salvo cuando el inefable Alfredo De Angeli intentó justificarla diciendo que “si al productor ((es decir, al patrón)) le va mal, al peón no puede irle mejor”. Tal es la síntesis de la lógica social, por boca del más calificado y mediático portavoz del supuesto “paro”, de la no menos supuesta “rebelión popular”…

[1] Esta sección contó con la colaboración de Juan José Funes.

[2] R. Astarita, cit.

[3] Idem.

[4] La siembra directa es una innovación que prescinde de arar la tierra, mitigando la desertificación y la pérdida de fertilidad que ello ocasiona. La biotecnología es la alteración genética en las semillas para aumentar el rinde por hectárea y la resistencia a las plagas incorporando genes alterados inmunes a los agroquímicos; por ejemplo, la variedad RR, soja de Monsanto.

[5] Se necesitan 5 toneladas de soja para obtener 1 tn (7 barriles) de biodiesel, y 3 tn de maíz para 1 tn de etanol. Argentina exporta el 76% del biodiesel a EEUU y el 23% a la UE.

[6] De 13 millones de toneladas en 1995 a 48 millones de toneladas en 2007, con China como principal comprador.

[7] El ganado vacuno se calcula que ha bajado de 55 millones de cabezas a 35 millones. Los tambos de 40.000 a 10.000 unidades productivas.

[8] Hoy 1221.

[9] Alternativa Socialista, 16–4–08.

[10] Dicho por ellos mismos: “Creemos que el país debe definir a la pequeña y mediana burguesía agraria como un actor central, porque invierte y genera empleo” (Eduardo Buzzi, titular de la FAA, en Página 12, 21–7–08). Buzzi no defiende aquí a ningún “aliado” sino, sencillamente, al sector que él y su organización representan. Como se ve, no alcanza con que los propios protagonistas griten la verdad al oído del PCR y el MST para que éstos abandonen los esquemas que son la base de su práctica oportunista y sin criterios de clase.

[11] J. Balsa, cit., p. 220

[12] Eduardo de Córdoba, mimeo

[13] Eduardo de Córdoba, ídem.

[14] J. Balsa, cit., p. 219.

[15] La obra de este autor nos ha sorprendido por su solvencia y un manejo enriquecedor de las perspectivas marxista y weberiana. Cosa no habitual ni sencilla pero, hasta cierto punto, factible para casos particulares, siempre y cuando no se pierda la centralidad del ángulo materialista del análisis.

[16] J. Balsa, cit., pp. 264.

[17] “La base social de la protesta rural. Viudas e hijas de las retenciones K”, Marina Kabat, El Aromo 42.

[18] Enrique Martínez: “El conflicto agrario: mirada desde el INTI”.

[19] Entrevista a Alberto Lapolla, Página 12, 22–7–08.

[20] Rolando Astarita, “Renta de la tierra y capital”.

[21] Javier Balsa, ídem, p. 199.

[22] El famoso Estatuto del Peón de Juan Domingo Perón pareció un notable avance normativo, pero fue de casi nulo efecto en la práctica.

[23] Página 12, 26–03–08.

[24] Página 12, 21–07–08.

[25] “Ricas ganancias, pobres empleos”, Página 12, 21–07–08.

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