La crisis social no da respiro en la Argentina de Milei. A pesar de los llamados al milagro económico del oficialismo, consultoras y economistas advierten que la tendencia para los próximos meses no es hacia el crecimiento, sino al estancamiento de la economía real. Los estragos sociales de un modelo económico regresivo que pone a millones en el límite de lo soportable.
Los vectores de la crisis social
La situación que vive la mayoría trabajadora del país no se limita a la pérdida de poder adquisitivo o menos posibilidades de movilidad social. Lo que se configura en la escena argentina ya es la mayor crisis social desde el 2001, con sectores enteros de la población marginados, fuera de la formalidad, y una crisis de la estructura productiva que sobrepasa los límites de los hogares. No se trata de una mera erosión de las condiciones de vida, sino de la aparición emergente de puntos de quiebre en el tejido social.
Todas las expresiones de la crisis conducen al mismo punto: el programa económico de Milei. Es sabido que la economía argentina arrastra determinadas contradicciones estructurales, constitutivas de su carácter de economía dependiente a nivel internacional. Pero no hay una sola de las debilidades de la matriz productiva local que no esté siendo exacerbada hasta el absurdo por el mileísmo. Más aún, la dirección que delinea la política económica es una reconversión regresiva de la matriz productiva local en clave de re-primarización.
Veamos algunos números del último período para identificar los vectores de la crisis social que atraviesa la Argentina.
En lo que respecta a la actividad de la economía real, la tendencia sigue siendo al estancamiento en todas las ramas de la industria significativas en términos de mano de obra empleada. El industricidio mileísta sigue vigente y en todo su esplendor. A las 24.000 empresas cerradas desde el inicio de su mandato, se suman decenas más diariamente. En los últimos días la cámara de Industriales Pymes Argentinos (IPA) difundió que las aperturas de concursos preventivos de crisis se dispararon más del 130% durante el último año, sólo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Nuevamente, la marca supera largamente la del lockdown pandémico. «Durante el ciclo pico de la pandemia se ejecutaron 106 concursos preventivos de crisis, en contraste con los 190 del año pasado [2025]».
Uno de los síntomas más claros de la escasez, es el aumento sideral del endeudamiento para el consumo y de la morosidad. Morosidad causada doblemente por la política económica de Milei: por los tarifazos interminables sobre los servicios esenciales y por el aumento desmedido de las tasas de interés para contener la inflación. «El aumento relativo de los servicios modificó la composición del gasto de los hogares. Según el trabajo, desde diciembre de 2023 la inflación acumulada en bienes fue cercana al 170%, mientras que en servicios rondó el 362%, lo que redujo el ingreso disponible para la compra de bienes. Los asalariados destinaban, al inicio de la actual gestión, cerca del 38% de sus ingresos al pago de servicios y el 62% a bienes. Para enero de 2026, esa distribución pasó a 42% en servicios y 58% en bienes«.
El común de los trabajadores se endeuda para pagar la luz, el gas, el agua o directamente alimentos. En las compras de supermercado, el uso de tarjetas de crédito pasó del 39% al 43% de las compras totales realizadas. El uso de tarjetas de débito cayó un 9%, del 34% al 25%. En dicho período, la morosidad en créditos a familias creció 7,8%, pasando del 2,8% al 10,6%. En el crédito al consumo, se pasó del 2,5% al 12,1%. Es un nivel de morosidad altísimo y totalmente anormal. El más alto de la serie desde 2004 (año en que la tasa fue de sólo el 2,4%), aún por encima de los registrados durante la pandemia.
El consumo masivo cayó un 5% interanual en marzo. En ese mes, la morosidad superó el 14% en créditos personales. Y la tasa se eleva al 40% en los jóvenes de menos de 24 años, la franja etaria más precarizada en el mercado laboral. En este sector golpeó particularmente fuerte el aumento de la desocupación: «El 40% de los jóvenes menores de 25 años que tomaron un crédito tiene problemas para repagarlo. En este sentido, sobresale que el aumento de la desocupación se focalizó en este grupo, con un alza de 3,7 puntos porcentuales (p.p) en 2025 para los varones y de 3 p.p para las mujeres, cuando el avance fue de 0,5 p.p. para los mayores a 25 años, en base a la información de INDEC».
¿Rebote o recesión?
Durante el primer trimestre del año, la sociedad acusó recibo del fuerte frenazo en la actividad económica. Los síntomas globales fueron el reguero de fábricas y empresas cerradas, despidos, caída de los salarios respecto a la inflación, con obvia caída del consumo y un aumento acelerado de la morosidad. El caso emblema del problema social que pasó a primera plana fue Fate.
Con el escándalo Adorni de por medio (y necesitado de alivianar como sea las expectativas sociales), ahora el gobierno promete una vez más que «lo peor ya pasó» y que «se vienen los mejores 18 meses de la historia» (palabras textuales de Luis Caputo). Para eso ventilan estadísticas y números de dudosa procedencia. En las últimas horas, el gobierno difundió un mapa del crecimiento económico en el que faltaban provincias y otras estaban deformadas. Cualquier argumento es bueno para justificar la realidad paralela en la que vive el discurso mileísta.
Por mucho que Milei y su séquito intente camuflar los números, los índices de abril van en sintonía con la tendencia del primer trimestre. El Índice Líder, que elabora la Universidad di Tella para monitorear la actividad económica, cayó 1,7% en abril respecto al mes anterior y un 6% interanual. En consecuencia, desde esa institución señalaron que la probabilidad de entrar en recesión técnica (dos trimestre continuos de caída en la actividad) durante los próximos meses es del 88%.
El patentamiento de autos cayó un 22% interanual en abril. Sólo el último cuatrimestre la caída fue del 7%. De mantenerse ese ritmo durante el resto del año, las ventas totales quedarían por debajo del nivel del año pasado. El volumen estimado (500.000 unidades patentadas) sería menos de la mitad del récord registrado en los años 2013 y 2017. De conjunto, los índices de las últimas semanas señalan que el «rebote» anunciado por el gobierno en marzo fue menos que efímero: ya se agotó. Correspondientes a abril, se observan caídas interanuales en la actividad de la construcción, la metalurgia y las automotrices.
Darwinismo de la involución económica
La cámara de Industriales Pyme señala que el estancamiento de los últimos meses se traduce en una «pérdida neta de la inversión extranjera directa» por primera vez en 22 años. Es decir, desde 2004, saliendo de la última gran crisis orgánica del país. Ese dato remite a la característica cualitativa del modelo (si puede dársele tal nombre a semejante aberración económica) de Milei: el llamado «crecimiento en K» o en «dos velocidades».
Esta tendencia ya un es hecho masticado por los economistas y plenamente vigente en la dinámica económica del país. Con el modelo de apertura económica y recetas recesivas (tasas altas, energía cara, dólar atrasado), la economía argentina se quiebra por nuevas líneas que demarcan los sectores competitivos de aquellos que pierden contra las mercancías extranjeras baratas. El tema es que ambas porciones son absolutamente desiguales.
Tan evidente es la desigualdad que Melconián, economista ortodoxo adicto a Milei hasta hace poco, fue quien se encargó de traer el tema a debate algunas semanas atrás. «Esto no es simétrico, no es mitad una cosa y mitad otra. En un caso, el segmento ganador (extractivas, energía, campo) apenas araña el 20% de la economía (PBI) y hasta con algún tema de baja rentabilidad y distintas velocidades en la mitad de ese segmento. Por otro lado, el segmento perdedor ronda el 50% del PBI (industria, comercio, construcción)«. A este fenómeno Melconián le dio el elegante nombre de fragmentación recesiva: mientras los sectores de la economía que emplean a la inmensa mayoría de la mano de obra de país se hunden, una ínfima minoría de grandes empresarios y multinacionales ligadas al extractivismo se enriquecen sin medida.
Lejos de ser una tendencia temporal o superficial, lo que prefigura este fenómeno es una reconfiguración del mapa productivo del mapa, que puede tener (está teniendo) fuertes consecuencias en la estructura económica y también social del país. Algunos analistas lo señalan al nivel de la burguesía: «frente a la crisis, importantes firmas multinacionales abandonaron el país, mientras que otras empresas locales buscaron sobrevivir transformando su matriz productiva: ‘se adaptan con destreza darwiniana al modelo de dólar barato y apertura económica, reconvirtiéndose en importadores'».
Pero se trata de un darwinismo hacia atrás, involutivo. Lo que era capacidad productiva instalada se transforma en meros checkpoints de las mercancías baratas que ingresan al país desde economías más competitivas, como la china. La ya débil y raquítica burguesía local abandona los nichos industriales para reconvertirse hacia el parasitismo importador. Es un síntoma más de la dinámica re-primarizadora del modelo mileísta.
Implosión o explosión
La incógnita surge al pensar en aquellos sectores que no pueden reconvertirse, involucionar para acomodarse al nuevo «modelo»: los millones de trabajadores que vivían de la industria y el mercado local de los grandes aglomerados urbanos del país.
Hace algunas semanas, editorialistas de La Nación relevaban la presencia de «los fantasmas del 2001» en la situación que se vive en el conurbano bonaerense. Al mismo tiempo, señalaban la primacía del clima de implosión antes que de explosión o estallido social. Si la caracterización es formalmente cierta por el reflejo inmediato de la urgencia que viven millones, vale la pena marcar que implosión y explosión aparecen como dos términos del mismo par dialéctico.
Si la rabia popular no aparece como elemento central en la escena política no es porque no exista, sino porque los actores que median el humor social (la CGT, las representaciones gremiales, estudiantiles y las redes de contención social del peronismo en general), se ocupan de cerrarles cualquier canal de expresión. Significativamente, hace sólo dos semanas sectores masivos de la población se expresaron contra el gobierno de Milei en la primera oportunidad que tenían en mucho tiempo: la movilización del 12 de mayo por el presupuesto universitario. La imagen de cientos de miles de estudiantes y trabajadores que dejó la fecha no fue una de implosión sino de enojo acumulado y ánimo para golpear al gobierno.




