Por un arte que tome partido hasta mancharse



     

    Los artistas alzan su voz por Palestina

     
    Impulsados por la barbárica masacre perpetrada por el Estado de Israel contra la población Palestina en Gaza, un número creciente de artistas e intelectuales  han salido a manifestarse en repudio al genocidio sionista. La relación entre el arte en todas sus manifestaciones y su vinculación con los acontecimientos sociales y políticos tiene un largo recorrido y ha pasado por diversas etapas y situaciones. En estas líneas queremos desarrollar alguna reflexión sobre el tema.
     
    Situación I: clásica y orgánica
     
    No pocas han sido las oportunidades a lo largo de la historia en que a los artistas o grupos de artistas les ha tocado intervenir en sucesos ligados a guerras, luchas por derechos democráticos o sociales, causas humanitarias, etc. En la participación de los artistas existen situaciones que podríamos denominar más «clásicas» u orgánicas: cuando esos artistas o corrientes artísticas son parte de las llamadas vanguardias artístico-políticas o movimientos que surgen al calor de procesos revolucionarios o procesos álgidos de la lucha de clases. Tal el caso de las vanguardias que directamente o indirectamente a principios del S.XX tuvieron como inspiración la Revolución Bolchevique, o las impulsadas  por el último gran ascenso de la lucha de clases en los ´60 y ´70 (basta pensar sino en el Mayo Francés y su influencia sobre el cine de la «Nouvelle Vague», y también cómo no en los ecos de la Guerra de Vietnam y sus ecos en el rock y el arte de masas,etc).
    En estas situaciones que llamábamos «clásicas» la unidad entre la obra, el artista y rol político-social que ambos juegan es por así decir, más «natural». Es habitual que el artista sea al mismo tiempo un militante o activista, o el grupo del que formaparte tenga lazos más estrechos con los protagonistas directos de la lucha de clases (movimientos políticos, sus vanguardiaso referentes ideológicos, etc). Es frecuente, aunque no excluyente que estas situaciones favorezcan la aparición de obras que desde el punto de vista del «contenido» social que expresan y que elaboran con los recursos del arte sean una globalidad, y al mismo tiempo la obra, sea una intervención y una denuncia en sí misma. Pensemos en el caso modélico del «Guernica» de Pablo Picasso (surgido producto del bombardeo a Guernica durante la Guerra Civil Española), el cine de Eisenstein o el teatro de Bertolt Brecht.
    Pero a lo que queremos hacer referencia aquí es al rol que puede cumplir el artista en otro contexto, independientemente de si es o no un militante, y de si es o no un artista revolucionario. Situación que a simple vista puede resultar menos interesante, pero que entraña una posibilidad muy progresiva en la época histórica tan «light» y post-moderna que atravesamos y en particular, respecto de la catástrofe que significa el genocidio que está provocando el Estado Israelí sobre el pueblo Palestino en la Franja de Gaza.
     
    Situación II: cuando el artista denuncia
     
    Para la situación II podríamos tomar como ejemplo histórico la intervención del escritor Emile Zolá (1840-1902) durante el «caso Dreyfus»(1894-1906), quien en su famoso panfleto «Yo acuso» toma partido por el capitán Dreyfus, injustamente condenado a cadena perpetua por espionaje. Este debate en un contexto de fuerte polarización de la sociedad francesa a favor o en contra de Dreyfus, inaugura lo que sería la tradición de los llamados «intelectuales» en el sentido general del término. Es decir, de aquel artista, científico o pensador que toma una causa como suya, en este caso democrática y pone toda su influencia y reconocimiento social a favor de que esta causa triunfe.
    Otra intervención a destacar, ya más cercana en el tiempo, es la de Susan Sontag (1933-2004).Esta escritora, ensayista y directora teatral norteamericana supo levantar su voz durante el «Sitio de Sarajevo»(1992-1996) perpetrado por el ejército yugoeslavo durante la guerra de Bosnia .Los `90 fueron momentos áridos para los intelectuales, puesto que la mayoría se subía al carro de la supuesta «muerte de las ideologías» y «el fin de la historia» que proponía el neoliberalismo  y en ese contexto reivindicar la figura del artista intelectual era demodeé o poco menos que ridículo. Sin embargo Susan Sontag, consciente de «lo poco que podía aportar», según sus palabras (1), decide ir a Sarajevo a montar la obra de teatro «Esperando a Godot» de Samuel Beckett. Este simple hecho que tenía como fin inmediato colaborar con la vida cultural de Sarajevo que seguía desarrollándose como podía bajo los bombardeos, se transformó en un hecho político por el propio peso de la figura internacional de Sontag. Hecho que ayudó a denunciar la matanza que allí se estaba realizando con la complicidad de EEUU y de Europa, ayudando a su vez a romper el cerco mediático.
     
    Recomienzo histórico, el arte y la causa Palestina
     
    Afortunadamente luego del proceso de las Rebeliones populares a comienzos del S.XXI y el sinfín de debates que ha traído la histórica crisis del capitalismo, hoy estamos a las puertas de un nuevo «recomienzo histórico». En este recomienzo entre otros debates de fondo se vuelve a poner sobre el tapete la cuestión el lugar del arte y los artistas frente a los hechos sociales y políticos más importantes de la sociedad. Así, desde la última embestida del Estado de Israel sobre Gaza, algunos artistas han salido a impulsar el boicot de todos aquellos músicos o grupos que tuviesen contratos para actuar en Israel, promoviendo una suerte de «bloqueo» en repudio al genocido sionista. Los casos más emblemáticos y activos son los de Roger Waters, Annie Lenox o Eddie Vedder, vocalista de la banda Pearl Jam. Al mismo tiempo de de manera escandalosa, otros músicos considerados progresistas como Joan Manuel Serrat o Joaquín Sabina han decidido tocar igual en Israel en estos días pese al pedido de sus colegas para que se sumaran al «bloqueo», priorizando los negocios y ensayando tibias disculpas que no han hecho más que enfurecer a sus seguidores. Después están también los artistas o mega-estrellas del cine como los españoles Javier Bardem y Penélope Cruz, muy críticos de Israel al comienzo pero luego de violentos «aprietes» de los grandes estudios de Hollywood que los contratan han salido a moderar sus dichos, desdiciéndose de manera vergonzosa. Es que los intereses del lobby sionista que manejan parte del mercado, ofician a un tiempo de patronales y de policía estético-ideológica. La lista de artistas es interminable (2) tanto las de quienes privilegian sus dividendos yendo a actuar, como de quienes se han plegado al bloqueo siguiendo la ola creciente de sensibilidad humanitaria frente a la masacre de niños y civiles. Aún hay que agregar a los artistas que se animan a ir más allá y utilizan los minutos que las prensa les dedica para repudiar a Israel y su intento de aplicar «la solución final» en Gaza.
    Hay un sinfín de iniciativas al respecto, como la del propio director de orquesta y pianista argentino-israelí Daniel Barenboim quien creó una orquesta con músicos árabes, israelíes y palestinos, la «West-Eastern Divan Orchestra» (Orquesta del Diván de Oriente y Occidente, nombre de una colección de poemas de Goethe). Esta propuesta que Barenboim crea junto a Eduard Said como «orquesta para la paz», tiene más allá de su enorme valor artístico, el límite del pacifismo ingenuo bienintencionado, cómo si el clima de concordia que se establece en la colaboración de los músicos pudiera repetirse en «macro» entre el pueblo palestino y el Estado genocida de Israel. Su pacifismo burgués  bienintencionado no da cuenta de que entre la victima y el victimario no hay lugar para la concordia, solo para el apoyo al primero contra el último. Aún así pese a sus límites, la propuesta y la permanente campaña de Barenboim (considerado en la actualidad uno de los directores más importantes del mundo)tiene su costado progresivo, máxime en un ambiente tan elitista y aparentemente «por encima» de la política cotidiana como es la mal llamada «música clásica».
    Ante estas situación desde ArteInsurrección, agrupación de artistas en lucha creemos  debemos impulsar cada una de las oportunidades para que los artistas, los trabajadores del arte y la cultura tomen posición sobre la causa Palestina. Para eso, debemos apostar a desarrollar cada iniciativa que surja en los distintos lugares de trabajo, estudio o centros artísticos para que el arte se pliegue a las movilizaciones de repudio y pueda transformarse a su vez, cada ámbito artístico en una tribuna por el fin del genocidio palestino.
    Por que como decía Trotsky, todo arte es, lo sepa o no, protesta y rebeldía contra lo que la sociedad de clases nos niega. Se trata pues de unir esa rebeldía a la lucha contra la injusticia, y nada mejor para despertar esa fuerza que martillar sobre la indiferencia invitando a tomar posición. Así pues, en este «recomienzo» hacemos nuestra la canción que en los `70 popularizó Paco Ibáñez:
    «Maldigo la poesía concebida como un lujo 
     cultural por los neutrales 
     que, lavándose las manos, se desentienden y evaden 
     Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse» (3)
     
     
     
                                                                       César Rojas
                                                                 ARTE INSURRECCIÓN Rosario
     
     
     
    1- Susan Sontag «Cuestión de énfasis»- Ed. Alfaguara 2007
    2-http://www.elconfidencial.com/cultura/2014-07-26  «La batalla pop contra las masacres de Israel»
    3- sobre un poema de Gabriel Celaya «La poesía es un arma cargada de futuro».
     

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