Elecciones 2021

Los ’70, la dictadura y las elecciones

La derecha intenta instalar una clima negacionista de impunidad para los genocidas. Buscan consenso para la represión antiobrera y antipopular.

Renzo Fabb
Redacción de Izquierda Web.


Cuando Ricardo López Murphy dijo frente al periodista Luis Novaresio que «no había 30.000 desaparecidos», fue prácticamente su lanzamiento de campaña electoral. Hace algunos años no sólo era impensado agitar el negacionismo en televisión, menos lo era hacerlo pensando que iba a generar algún rédito electoral.

Es un dato político: la disputa por la verdad histórica de lo acontecido en los ’70 es nuevamente uno de esos parte aguas fundamentales de la política argentina. Claro que los fachos y negacionistas existieron desde siempre, pero luego de la inmensa crisis del 2001 y la movilización popular tuvieron que guardarse durante largos años.

Con las leyes de impunidad de Alfonsín y Menem, la teoría de los dos demonios era el relato dominante, la línea oficial del Estado. Luego, con la emergencia del 2001, la rebelión popular impondría condiciones políticas para el reconocimiento del genocidio y así se logró avanzar en los juicios contra los genocidas a través de la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

El kirchnerismo, como expresión distorsionada de todas estas tendencias progresivas de la rebelión popular, logró apropiarse hasta cierto punto de las banderas de los DD.HH., y como consecuencia de ello, integró a varios de sus organismos al Estado.

Con el agotamiento de los modelos «populistas», los gobiernos progresistas fueron perdieron paulatinamente apoyo y la derecha neoliberal regresó al poder en varios países de la región. Apoyándose en este retroceso, en Argentina el gobierno de Macri aprovechó a sentar los primeros mojones del retorno explícito del negacionismo, haciéndolo política oficial del Estado. El primer día de gobierno de Macri, como vociferando un grito que se tenía contenido hace mucho tiempo, el diario La Nación exigía en su editorial la liberación e indulto de todos los genocidas. Parecía la señal de largada de la reapertura de la lucha por el balance histórico de los ’70.

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De los «dos demonios» al «no fueron 30.000»

Si hacer campaña con la liberación de los militares asesinos era demasiado para el consenso democrático de nuestro país, rápidamente encontraron una punta de lanza a partir de la cual buscan falsear la historia e imponer su lectura apologista de los crímenes de la dictadura. La campaña, ahora, apuntaba a cuestionar la cifra de los 30.000 desaparecidos.

Lo que en la forma parece ser una discusión sobre hechos históricos, en el fondo hay una motivación política: negar la cifra de 30.000 significa justificar el genocidio amparándose en la idea de que las «víctimas» en realidad fueron los «terroristas», en una especie de revival de la teoría de los dos demonios, o en algunos casos sólo un demonio: la «guerrilla».

Su apología del genocidio queda recubierta de una suerte de apelación a los «datos» que por supuesto no resiste el mayor análisis, precisamente porque de lo que se trata es de buscar la verdad, ocultada sistemáticamente por el carácter clandestino de la represión y los oscuros métodos de desaparición forzada utilizados por los militares.

No es el objetivo de esta nota rebatir los pobres y vomitivos «argumentos» de los negacionistas (ver al respecto este otro artículo), pero sí nos gustaría solamente señalar lo siguiente: lo curioso es que si tanto les preocupan la verdad de los hechos deberían exigirle la respuesta, precisamente, a aquellos que cometieron los crímenes, es decir, a los propios genocidas. Sin embargo, la derecha le exige los «datos» al campo de las propias víctimas. El cinismo no puede ser más siniestro.

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Negacionismo y campaña electoral

Aunque este nuevo escenario se caracteriza por una ofensiva derechista más feroz y en algunos casos de reivindicación abierta de la dictadura, las reservas democráticas y de repudio al régimen militar en amplios sectores de la sociedad siguen siendo enormes, y no han sido derrotadas.

Sin embargo, que el balance de los ’70 sea objeto de debate es un dato político en sí mismo, y más todavía que el tema sea parte de la campaña electoral.

De López Murphy a Gómez Centurión pasando por Milei y Espert, la derecha y ultraderecha encontró en el negacionismo un insumo político y electoral para su base social ultra-reaccionaria.

Afortunadamente, la propia campaña electoral no está exenta de candidatos que expresen el repudio democrático a estas concepciones nefastas. Sin dudas que el caso más resonante fue el de Manuela Castañeira, que le dijo en la cara a Javier Milei que su plan económica sólo es posible de aplicar con una dictadura. A pesar de que este lo negó, a los pocos días se revelaría un dato que le daría aun más la razón: Milei fue colaborador de Antonio Bussi en los años ’90, cuando éste era Diputado Nacional. A pesar de querer disfrazar su negacionismo de «objetividad», más temprano que tarde la verdad sale a la luz: son todos pro-genocidas.

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