Llenemos la Plaza de Mayo contra el Fondo Monetario Internacional

Argentina parece hundirse en una lenta decadencia cotidiana, es un país donde nada funciona bien.

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Ser un asalariado no garantiza siquiera llegar a fin de mes. Ser un trabajador no garantiza siquiera derechos laborales, sino precarización y subocupación. La inflación se lleva puesta cualquier planificación elemental de la vida cotidiana. Viajar puede transformarse en una odisea de final imprevisible. Los servicios públicos, mientras aumentan las tarifas, son una catástrofe de cortes de luz mientras entramos a la época más fría del año y no hay con qué calefaccionarse. La vuelta a la presencialidad en la educación se dio en el marco de un desfinanciamiento que lleva décadas, pero agravado por la desinversión y el abandono de la pandemia, que profundizó todos los problemas estructurales. La crisis social y la degradación de la vida cotidiana es la vivencia de millones. Es el testimonio del fracaso del país burgués, quebrado por sus propios dueños, en su propio beneficio.

Parados sobre un polvorín

En este marco, comienzan a notarse visiblemente los primeros efectos del acuerdo con el FMI: si bien la semana pasada el organismo aprobó la primera revisión (es cierto que con algunas “trampitas” ante las que hizo la vista gorda) a cambio de pedir mayor ajuste, empieza a ser cada vez mayor la contradicción (en el marco del deterioro económico global) entre los límites que impone el propio acuerdo y la posibilidad del gobierno de controlar las variables económicas. Escasez de divisas, inflación desbocada, dólares financieros por las nubes, crisis de deuda en pesos, emisión, riesgo país. La economía parece una gran mesa donde todas las patas están flojas, e intentar arreglar alguna entraña el peligro de que se caiga la mesa, los platos y el menú. Lo que se está gestando es una inmensa bomba de tiempo.

Aquí queremos problematizar los nuevos elementos, que podrían dar pie a una situación nueva. En este sentido, durante el año hubo tres momentos.

Durante el primer periodo, entre enero y marzo, hubo ciertos elementos de inestabilidad alrededor de los escarceos sobre las condiciones del acuerdo con el FMI. La historia es sabida: el gobierno terminó capitulando punto por punto a las exigencias del organismo. El Frente de Todos entregó soberanía y ajuste, y se compró un salvavidas de plomo.

La firma del acuerdo (en un trámite exprés completamente antidemocrático, de espaldas a un debate con la sociedad, con el acuerdo de todas las variantes burguesas) abrió un segundo momento marcado por la estabilización de las variables económicas y cierto horizonte de certidumbre. Sin embargo, concomitante a esto, se abrió una fuerte crisis política en el Frente de Todos, con el kirchnerismo esbozando una serie de críticas para resguardar a su base social, pero sin presentar un programa alternativo.

Sin embargo, el mes de junio volvió a poner al rojo vivo todos los problemas. Mientras recrudece la crisis en el oficialismo (y para ser justos, Juntos por el Cambio también muestra sus hilachas), la crisis económica vuelve a pegar un nuevo salto. El motivo: la economía no tiene los suficientes dólares para funcionar. ¿Dónde están las divisas que se necesitan (no ya, digamos, para un proceso de desarrollo nacional ni nada que se le parezca) para abastecerse de importaciones que permitan sostener cierto rebote económico pospandémico, garantizar la energía que las industrias necesitan para funcionar y los hogares para calefaccionarse[i]? Lo tienen los exportadores, quienes miran cómo se derrumba el país, sentados sobre los colchones (o silos) llenos de dólares, esperando mejores oportunidades para liquidarlos, dado que no tienen ninguna obligación para hacerlo.

Esta circunstancia es la que mete presión sobre todas las demás. Como explicamos en la edición anterior (¿Se sale de control la crisis económica?, por Federico Dertaube), la escalada de la inflación global (subproducto de la ruptura de las cadenas de abastecimiento por la pandemia, y el aumento de los precios de la energía y los alimentos por la guerra en Ucrania) está llevando a la suba de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos, lo que genera una apreciación del dólar en el mundo y un “vuelo a la calidad” que se “chupa” los capitales que lo ven como un destino seguro, saliendo de posiciones más riesgosas o del ámbito especulativo.

Así, los problemas del mundo impactan en Argentina de manera redoblada, elevando el precio de los dólares financieros, aumentando la brecha entre el “oficial” y el resto, y la consecuente suba del riesgo país. Esto también empuja a una mayor inflación, dado que prácticamente nadie cree que el valor real sea el del dólar oficial, y se tome a alguna de todas las variantes restantes como la referencia para las transacciones.

En este sentido, no deja de ser sintomático (y defensivo) que las últimas declaraciones oficiales (en palabras de Miguel Pesce, presidente del Banco Central, y de Aníbal Fernández) hablen de que intentan evitar una “devaluación brusca”. Si esa situación llegara a concretarse, podría abrirse una eventual nueva coyuntura ante las consecuencias económicas y sociales que se podría generar.

Si bien es cierto que todavía operan los mecanismos de contención que llevan adelante las direcciones burocráticas sindicales (CGT y CTA) y de los movimientos sociales alineados con el gobierno, y que el mercado laboral está extremadamente fragmentado (entre un sector sindicalizado más o menos regulado por paritarias con las que no se “pierde tanto” frente a la inflación; un sector fuertemente precarizado, pero particularmente atomizado; y una porción importante de desocupados) dificultando la acción colectiva; un salto devaluatorio podría romper esos diques y desatar los reclamos contenidos. Estaríamos frente a un escenario más dinámico, donde podrían hacerse oír las voces de los de abajo.

El mundo de la política y el mundo de los trabajadores

Frente a este inminente descalabro, la superestructura política parece desconectada de las vivencias del día a día de la sociedad. Alberto Fernández y su equipo económico no logran marcar un rumbo claro que dé una solución mínima a alguno de los problemas que aquejan a la sociedad. El camino centrista-liberal que intentaba ensayar como proyecto de gobierno, se hizo trizas ante los efectos de la pandemia, el acuerdo con el FMI, la guerra de Ucrania y, ante todo, la incapacidad congénita de tomar alguna medida que afecte los intereses de los empresarios.

Mientras tanto, Cristina se dedica a reubicar las fichas del peronismo a su alrededor, con la intención de salvar la ropa ante un gobierno que puso con el dedo, pero del cual intenta tomar distancia sin presentar una orientación política superadora. De hecho, en el acto del Día de la Bandera junto a la CTA, esbozó una diatriba completamente reaccionaria al atacar a los movimientos sociales (justo días antes de que se cumplieran los 20 años del asesinato de Kosteki y Santillán) e impulsar que el manejo de los planes Potenciar Trabajo pasen a manos de los punteros de las intendencias. Es un brulote derechista para reconciliarse con el aparato del PJ y recuperar control territorial ante las organizaciones piqueteras independientes del gobierno que se vienen movilizando durante los últimos meses.

La oposición derechista de Juntos por el Cambio, en sus distintas variantes, intentan ordenar la interna ante lo que consideran una oportunidad de volver al poder luego del fracaso estrepitoso del gobierno de Macri. Solamente la gestión no menos fracasada de Alberto Fernández puede explicar que 3 años después se ilusionen de esta manera. Mientras tanto, ensayan un discurso derechista para hacer girar la coyuntura a gusto y piaccere de los empresarios, con la idea de que sin “programa de shock” y contrarreformas de fondo, no habría solución a los problemas estructurales del país.

Todos quieren jugar a las elecciones, pero no está claro que 2023 esté tan cerca como para ilusionarse.

Por una gran movilización contra el FMI

En este marco, la izquierda debe aparecer como una referencia política para dar una salida ante las calamidades que viven todos los días los trabajadores, las mujeres y la juventud. Debe bregar por convertirse en una fuerza social con mayor arraigo en los problemas cotidianos de la sociedad, impulsando sus reclamos, acompañando sus luchas y señalando que la salida para los problemas del país es desde una perspectiva anticapitalista.

Los recientes Congresos partidarios del Partido Obrero y del PTS parecen no tomar en cuenta estos problemas. Por un lado, la proclamación de la construcción de un “movimiento popular bajo banderas socialistas” del Partido Obrero es una reafirmación categórica de una orientación “piqueterista” unilateral y febril, periférica, que pierde de vista la necesidad de hacer pie entre los sectores estructurales de los trabajadores y trabajadoras, y que por lo limitado de su programa (la obtención de planes sociales) impiden establecer la unidad de clase entre ocupados y desocupados, y la pelea por trabajo genuino. Mientras tanto, el PTS parece sostener una orientación electoral y superestructural, concebida al calor de los guarismos del FITU, para atraer a los “votantes”, que pasa por alto la necesidad de militancia estructural en vista de “asambleas abiertas” de contenido difuso. Nuestra organización, el Nuevo MAS, sostiene como estrategia política y constructiva a los sectores concentrados de la sociedad: los trabajadores, la juventud estudiantil y precarizada, el movimiento feminista y ecologista; intentando unir las peleas cotidianas con una salida socialista de fondo a las catástrofes que ofrece el capitalismo.

En este marco, nos encaminamos a una nueva movilización contra el FMI convocada para el 9 de Julio. Es una inmensa oportunidad para que la izquierda aparezca enfrentando el acuerdo de ajuste y dependencia que lleva al país al desastre, y para explicar ante sectores más amplios que los problemas de todos los días tienen nombre y apellido: el Fondo Monetario Internacional, los empresarios que lucran con la explotación y la miseria de millones, y todas las fuerzas políticas que nos dicen que no hay un futuro por fuera del sometimiento de los organismos internacionales. Nos comprometemos a movilizar con todas nuestras fuerzas, construyendo una gran columna que levante el siguiente programa: ¡No al pago de la deuda externa! ¡Anulación del acuerdo del gobierno con el FMI! ¡Basta de ajuste, saqueo, extractivismo y dependencia!  ¡La deuda es con los pueblos y la naturaleza! Que los recursos vayan a resolver las necesidades populares: salarios, trabajo, jubilaciones, salud, educación, vivienda y cuidados.

 


[i] Para el desarrollo de los problemas de fondo de la economía argentina, remitimos a “Nacionalizar el comercio exterior bajo control obrero y popular”, de Marcelo Yunes, en esta edición.

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