Tras seis semanas de bombardeos y la imposición de desplazamientos obligatorios en el sur del Líbano por parte de Israel, Donald Trump anunció el jueves 16 una tregua de 10 días entre Israel y Líbano. Pocas horas después, Israel volvió a bombardear posiciones al sur del río Letani, mientras miles de libaneses desplazados intentan volver a sus hogares y sólo encuentran ruinas.
El alto al fuego llega luego de cortas negociaciones de Trump con los respectivos gobiernos israelí y libanés. Más que un acuerdo se trata de una mediación. Ninguno de los dos gobiernos aceptó reunirse personalmente con el otro sino que negociaron por separado con Marco Rubio, el secretario de Estado trumpista. En el caso libanés por el fuerte rechazo simbólico y político que podría haber generado una foto de funcionarios libaneses junto a representantes sionistas. La historia de opresión y agresión israelí contra Líbano es demasiado fuerte y sostenida.
En el caso israelí la razón es que Netanyahu simplemente no quería pactar una tregua. La guerra lanzada por Israel contra Líbano es una de ocupación colonial y limpieza étnica. Si Netanyahu aceptó formalmente la tregua fue por la presión internacional del revés sufrido por Trump en Irán. El gobierno estadounidense, principal sostén geopolítico del proyecto sionista, buscaba una desescalada en Líbano para poder negociar con Irán. Desde el comienzo de las negociaciones, semanas atrás, el régimen iraní planteó como requisito que el acuerdo con Trump incluya un cese de los ataques israelíes contra el territorio libanés y contra las fuerzas de Hezbolá. Tras el anuncio de Trump, Hezbolá declaró que acataría el alto al fuego.
En ese contexto Netanyahu optó por una salida mixta: desescalar sin terminar la ocupación para abrir una posibilidad de acuerdos asimétricos con el Estado libanés. Israel quiere negociar con una ocupación en curso y la amenaza de limpieza étnica sobre la cabeza de la población libanesa. Aún así, el anuncio fue celebrado como una victoria por sectores de la población en Beirut, luego de intensas semanas de terror, desplazamientos y muertes civiles.
Una tregua formal que no frena la ocupación
El jueves (16), Trump anunció a través de su red social Truth Social una tregua supuestamente acordada con el gobierno de Netanyahu y las autoridades libanesas que, según la versión brindada por el presidente norteamericano, incluía a Hezbolá. Hicieron falta pocas horas para que quede claro que dicha tregua en Líbano es tan o más frágil que todas las «treguas» anunciadas por el ultraderechista estadounidense en su segundo mandato. La misma fue negociada por Trump y la diplomacia iraní. Trump necesita algún tipo de descompresión en Líbano para avanzar en la frágil tregua con Irán y purgar la enorme crisis auto – generada tras la agresión imperialista del 28 de febrero.
«Israel tiene prohibido por los Estados Unidos bombardear Líbano», dijo en su posteo. Pero Netanyahu no tenía ninguna intención de frenar el avance sobre el territorio libanés. Y no renunció a sus planes de expansión aún bajo las «prohibiciones» de Trump. «Netanyahu dijo que Israel ha accedido a un cese al fuego temporario en Líbano por pedido de Trump y tiene la oportunidad de promover una solución política y militar combinada […]. El viernes, el ministro de defensa israelí Israel Katz dijo que el ejército israelí ‘mantiene y seguirá manteniendo’ todas las posiciones que ha ‘despejado y capturado’ en Líbano» (The Guardian, 17/4). Estas declaraciones significan, en pocas palabras, que la «tregua» no será tal: los bombardeos, la limpieza étnica y la ocupación seguirán, en una escala más controlada.
Netanyahu aclaró que las tropas israelíes mantendrán ocupada una franja de 10 kilómetros de grosor dentro del territorio libanés. Hasta el momento de la «tregua» la ocupación sionista había alcanzado los 30 kilómetros, traspasando incluso la línea del río Litani. Incluso señaló que Israel rechazó dos exigencias básicas del gobierno libanés para acceder a un alto al fuego: retirar las tropas del territorio libanés y respetar la lógica de «calma a cambio de calma». Netanyahu se arroga el derecho a bombardear Líbano sin importar que Hezbolá respete la tregua declarada.
Esta tregua ficticia recuerda mucho a la anunciada en 2024, tras la última operación de Hezbolá contra Israel como represalia al genocidio en Gaza. Durante dos años (hasta el 2 de marzo de este año), Israel continuó bombardeando posiciones militares y civiles en Líbano con la excusa de un supuesto «rearme» de Hezbolá. Tampoco se retiraron la tropas israelíes apostadas dentro de territorio libanés. En esos dos años los ataques sionistas produjeron al menos 400 muertos, sin recibir ni un sólo disparo por parte de Hezbolá.
En realidad, hace más de 40 años que Israel mantiene una agresión permanente a la integridad territorial libanesa. Después de casi 20 años de ocupación que terminó «formalmente» en el 2000, las tropas sionistas mantuvieron sistemáticamente incursiones sobre el territorio libanés. Ni siquiera hay fronteras oficiales, sino la llamada línea azul que Israel viola cotidianamente.
Como si no bastara con la ocupación, el ejército israelí se arroga el derecho a «eliminar amenazas, incluso al norte de río Litani». Durante todo el viernes, día después del anuncio de la «tregua», se reportaron disparos y operaciones militares israelíes al sur del río Litani. De hecho, los movimientos se intensificaron. Israel bombardeó el puente de Qasmiye, el único que restaba operativo sobre el río. Esto no sólo dificulta el retorno de la población libanesa desplazada, sino que pone en una situación de riesgo humanitario crítico a los más de 100.000 civiles libaneses que permanecen entre el Litani y la línea azul fronteriza con Israel.
Limpieza étnica y desastre humanitario en Líbano
Este viernes, los civiles libaneses que intentaron cruzar el Litani para volver a sus hogares, se encontraron no sólo con ruinas inhabitables sino también con unidades de las IDF apostadas en territorio libanés. Se reportaron sistemáticamente disparos de ametralladora contra cualquier ciudadano libanés que se acercase a la línea de ocupación.
En seis semanas de bombardeos y ocupación, Israel asesinó a más de 2.100 libaneses, además de herir a 7.000 y desplazar a 1,2 millones de civiles (¡en un país de 5 millones de habitantes!). No es ningún secreto que las operaciones sobre Líbano, con el eterno pretexto de «responder a Hezbolá», son parte de un plan sistemático de expansión territorial y limpieza étnica.
«Israel ha publicitado la destrucción de aldeas enteras y el bombardeo de trabajadores sanitarios, acciones que el derecho internacional humanitario considera como crímenes de guerra. En ambos casos, los dirigentes israelíes han vinculado esas acciones con la guerra contra la organización proiraní, en la que ha causado la muerte de 2.196 personas y ha herido a otras 7.185. Entre ellas, 172 niños, 260 mujeres y 93 paramédicos. Son datos del Ministerio de Sanidad libanés, que registra en seis semanas más de 250 bombardeos contra personal o infraestructuras médicas que Israel acusa sin pruebas a Hezbolá de explotar militarmente».
No hace falta ser abogado ni experto en derecho internacional para comprender que el accionar israelí es el de un Estado colonial, racista y genocida. Pero dejemos hablar a los referentes sionistas.
El ministro de Defensa, Israel Katz, anunció días atrás que las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF, por su siglas en inglés) demolerían todas las viviendas de las localidades fronterizas. Y aclaró que la idea «sigue el modelo» utilizado por Israel para concretar el genocidio en Gaza. Se trata de volver inhabitable un territorio para impedir el retorno de la población civil previamente masacrada y desplazada.
Ya en la primera semana de las hostilidades sionistas, el fascista Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas y representante del ala más ultraderechista de la coalición de gobierno de Netanyahu, había prometido en una visita al norte israelí que el barrio libanés de Dahiye «se parecerá a Jan Yunis». Dahiye es uno de los barrios de mayoría chiíta del sur de Beirut, poblado por 700.000 personas. Jan Yunis es una de las localidades arrasadas por el sionismo en el sur de la Franja de Gaza, hoy convertida en un páramo inhabitable y lleno de ruinas. Esta amenaza, seguida por intensos bombardeos, obligó al desplazamiento forzado de la mitad de la población de la capital libanesa.
En el sur del país, el ataque a infraestructura civil dejó al menos 400 edificios destruidos en Taybeh (oeste), 460 en Aita al Shaab (centro) y muchos más en localidades como Khiam, Qouzah, Merkaba, Naqoura y Deir Seryan. Cifras del Consejo Nacional de Investigación Científica del Estado libanés, dan cuenta de unas 38.000 viviendas destruidas desde el 2 de marzo. Si tomamos los datos desde 2023, cuando Israel atacó Líbano al tiempo que masacraba Gaza, el saldo total es de al menos 230.000 viviendas destruidas.
A esto se suman crímenes de guerra flagrantes, a imagen y semejanza del genocidio en Gaza. Desde 2024, Israel atacó 45 redes de agua potable en territorio libanés. Pocos ejemplos tan patentes de un intento por volver humanamente inhabitable una región, para forzar el desplazamiento de la población nativa. No sólo genera escasez de agua potable para consumo humano cotidiano, sino que facilita la expansión de enfermedades al dificultar el saneamiento e imposibilita las explotaciones agrícolas, que dan de comer a la mayoría de la población en el sur de Líbano.
Organizaciones de derechos humanos, como Human Rights Watch, dan cuenta del uso de fósforo blanco en los ataques iniciados el 2 de marzo. Esta sustancia (prohibida por el derecho internacional por su impacto en la población civil) arrasa la tierra y la inutiliza para el trabajo agrícola. Ya había sido utilizada por Israel entre 2023 y 2024. En ese período se documentaron 248 disparos de fósforo blanco en el sur del Líbano, casi el 40% en áreas residenciales.
El expansionismo sionista y el Gran Israel
La ofensiva y ocupación sobre Líbano es parte de la orientación expansionista del sionismo sobre la región, acelerada desde el inicio de la ofensiva sobre Gaza en 2023 y, todavía más, durante el último año, con la agresión a Irán. En sentido estricto, el expansionismo es una tendencia innata para un Estado colonial y racista como el israelí. La idea del Gran Israel (o Greater Israel, el «Israel más grande») se remonta al sionismo originario decimonónico. Como tal, posee toda una bibliografía adjunta de citas y pasajes bíblicos absolutamente delirantes y racistas como justificación ideológica.
La novedad radica en que el sionismo (con Netanyahu a la cabeza) parece haber tomado la decisión estratégica de avanzar en la expansión regional durante los últimos años. Esto tiene determinaciones tanto externas (regionales e internacionales, geopolíticas) como internas (la guerra racista como elemento de legitimación política e ideológica dentro del Estado sionista).
El saldo es un reguero de destrucción en la región. «Durante los últimos dos años y medio, Israel ha aplanado y reconquistado Gaza, matando decenas de miles de personas y destruyendo su infraestructura civil, estrechando a su población […] dentro del 12% de una ya diminuta franja de tierra. En Cisjordania, Israel continúa una campaña de destrucción y desplazamiento hacia la población y propiedad palestina que no tiene parangón desde la Guerra de los Seis Días en 1967, expandiendo su matriz de control y asentamientos».
Ya en 2024, Smotrich había llamado a expandir las fronteras israelíes «hasta Damasco», la capital siria. Meses atrás, el Parlamento israelí trató un proyecto que proponía anexar definitivamente todo el territorio de Cisjordania al Estado colonial sionista. Hace pocos días, Netanyahu emitió un mensaje televisivo mostrando un mapa que incluía al territorio cisjordano como parte del Estado israelí. En el último año, además de re-ocupar Gaza, avanzar sobre Cisjordania y ocupar territorio libanés, las IDF tomaron posesión de territorio sirio más allá de los Altos del Golán.
La ofensiva simultánea sobre Irán y Líbano se enmarca en ese proyecto de expansión regional, que va más allá de lo meramente territorial. Un analista señala que los movimiento bélicos del último mes no buscan sólo ganar territorio y debilitar las posiciones iraníes en la región, sino «simultáneamente debilitar los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo: Baréin, Kuwait, Omán, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, para hacerlos más dependientes de Israel en términos de seguridad y rutas de exportación de energía. En otras palabras, el impacto de los ataques iraníes sobre los estados del Golfo puede verse como un elemento prediseñado intencionalmente por Israel, no un efecto secundario indeseado».
Netanyahu aprovechó los efectos regionales y globales de la guerra contra Irán para deslizar dos propuestas regionales. Primero: establecer «rutas alternativas» al estrecho de Ormuz y el estrecho de Bab – al – Mandab para la exportación de petróleo, anticipando «oleoductos y gasoductos hacia el oeste a través de la Península Arábiga directo hacia Israel y hacia nuestros puertos en el Mediterráneo». Esto tendría un doble efecto bien claro: debilitar la potencia estratégica de la posición comercial iraní, al tiempo que le daría a Israel el control casi exclusivo de la canilla de hidrocarburos de Medio Oriente.
En segundo lugar, Netanyahu viene hablando de su intención por establecer «un hexágono de alianzas alrededor de Medio Oriente» con sus vértices en la India, los Estados árabes del Golfo, el Norte de África, Grecia y Chipre como posiciones del Mediterráneo y aliados en Asia. No se trata solo de fantasías sionistas en la mente de Netanyahu, sino de un proyecto para convertir al Estado sionista en una potencia regional con proyección más global. Obviamente, para esto Israel necesita borrar del mapa la competencia regional de Irán (una subpotencia regional que no reconoce al Estado sionista). Al mismo tiempo, prefigura futuros choques con Turquía, la otra fuerza regional con ínfulas de autonomía.
El estado de guerra permanente y la legitimación colonial dentro de Israel
El otro determinante de la orientación militar de Netanyahu es interno. Se trata de la necesidad de afianzar su legitimación política y electoral dentro del Estado colonial israelí. Netanyahu viene acumulando errores que merman su popularidad. A los viejos escándalos de corrupción se sumaron el fracaso de las IDF para contener el operativo de Hamás en 2023, así como el empantanamiento de la ofensiva sobre Irán durante el último mes. En ese marco, el estado de enfrentamiento bélico permanente funciona como una justificación para la fuga hacia adelante del gabinete de Netanyahu.
«El tema es clave para Netanyahu en el ámbito interno en pleno año electoral, como recuerdan las encuestas publicadas el viernes. La conclusión general es que las promesas incumplidas de la aventura bélica en Irán le están restando votos. Ningún sondeo da a los partidos de su coalición mejor estimación de voto que antes de la guerra, y el suyo, Likud, pierde escaños. La del diario Maariv prevé, de hecho, una victoria por la mínima para las formaciones judías de oposición, con 61 de los 120 parlamentarios. Las de la coalición obtienen 49 (15 menos que ahora) y las formaciones árabes, 10.
A la pregunta:’¿Cree que Estados Unidos e Israel ganaron la guerra contra Irán, no la ganaron o es demasiado pronto para saberlo?’, solo un 22% de los consultados israelíes responde que su país ha salido victorioso. Un 46% cree que no, y un 32% ve prematuro pronunciarse. Un 63% está, además, ‘muy’ o “bastante” descontento con los resultados de la guerra» (El País, 16/4).
Este elemento de legitimación colonial no es nuevo. Tratándose de un enclave colonialista por naturaleza, la única razón de ser del Estado israelí es la expansión territorial, la monopolización de recursos estratégicos, la limpieza étnica y la guerra contra la población originaria y sus distintos Estados. El problema interno de Netanyahu radica en que no parece lograr satisfacer las expectativas coloniales generadas por su propio accionar. Los colones israelíes (que funcionan como una «tropa de choque» colonial y racista) están descontentos con la falta de éxitos definitivos.
La agresión permanente de Netanyahu genera una situación de disrupción incluso en la vida interna israelí, que no puede ser nunca normal en un contexto de interminables bombardeos cruzados. Netanyahu justifica la anormalidad prometiendo más guerra y más expansión territorial, lo que genera todavía más inestabilidad en la región.
En todo caso, es seguro que el cambio de situación internacional durante el último período abrió paso a la desestabilización extrema de Medio Oriente, motorizada por las incursiones del propio Netanyahu y de Trump. El proyecto de un Gran Israel o un super sionismo en la región sólo promete un salto en calidad en la opresión racista, la matanza de la población originaria en los territorios ocupados y la expansión de la miseria por los estragos sociales, económicos y humanitarios de la guerra. Como desde el día de su fundación, la existencia misma del Estadio colonial de Israel es una promesa de barbarie y un elemento de inestabilidad eterna para una región que todavía paga los costos de interminables incursiones militares y políticas imperialistas.
Por otra parte, es incuestionable que la barbarie desatada por Israel en Gaza y estar en estado de guerra permanente, minaron su legitimidad política a nivel internacional. Esto es un punto de apoyo para relanzar la lucha internacional contra el Estado sionista, en la perspectiva de construir una Palestina laica, democrática, no racista y socialista, en la que puedan convivir todas las confesiones religiosas y grupos étnicos.




