El evento más grande convocó alrededor de 800.000 personas en una misa celebrada en la plaza de la Concordia. El dato tiene relevancia en una sociedad caracterizada por una fuerte tradición de laicidad y por la pérdida de peso de las prácticas religiosas. Pero el interés político de la visita no reside en su capacidad de convocatoria, que puede ser más mediática. En París, Lourdes y Metz, León habló de rearme, inteligencia artificial, eutanasia y el futuro europeo.
Es decir, intervino sobre buena parte de las discusiones que atraviesan al capitalismo. Esto guarda continuidad con Magnifica humanitas, la primera encíclica de su pontificado, allí aborda estos temas. No niega la existencia de una crisis profunda, por el contrario, su discurso parte de reconocerla.
En Metz denunció el deterioro de las relaciones entre los Estados y describió un mundo cada vez más marcado por la confrontación, el hambre y la pérdida de mecanismos de diálogo. Señaló también el peligro de una política internacional basada en la dominación y llamó a recuperar el multilateralismo y el derecho internacional. Cuestionó la «idolatría del lucro» y defiendió mecanismos de redistribución que permitan corregir los desequilibrios sociales.
Esta es una crítica explícita al mundo contemporáneo y a algunas de sus consecuencias más destructivas. Pero precisamente ahí aparece el problema; reconocer que el capitalismo genera desigualdad, guerra y deshumanización no significa cuestionar el capitalismo como sistema. Su objetivo es contener las consecuencias más destructivas de la crisis sin romper con el orden existente.
Llamó a Europa a desconfiar de la «ilusión del rearme» y sostuvo que el aumento de las armas no puede convertirse en sustituto del diálogo político. Reivindicó las negociaciones, la disposición a ceder posiciones y la construcción de acuerdos como mecanismos para detener las guerras. Esto en un momento en que el continente atraviesa un proceso de militarización y donde el aumento del gasto en defensa se presenta cada vez más como una necesidad.
Frente a esa lógica, coloca una advertencia: la acumulación de armamentos reproduce precisamente la dinámica de desconfianza y confrontación que pretende combatir. Es una crítica significativa, sin embargo, no profundiza en una explicación de clase sobre el militarismo. No analiza la relación entre la industria armamentística, los Estados imperialistas, los intereses económicos y la competencia entre potencias. Su respuesta consiste en recuperar la diplomacia y el multilateralismo, es decir, el viejo orden geopolítico que está en descomposición.
Por eso existe una diferencia entre oponerse al rearme y desarrollar una política antiimperialista y anticapitalista El primero puede formar parte de una crítica moral y diplomática al orden internacional; lo segundo exige cuestionar las relaciones económicas y políticas que reproducen la competencia imperialista.
La propuesta papal plantea al multilateralismo como «la mejor defensa frente al deseo de dominación». Presentó el proceso de integración europea como una experiencia histórica capaz de demostrar que intereses divergentes pueden resolverse mediante el diálogo y no mediante la confrontación. La elección de la ciudad de Metz no fue casual, está asociada con Robert Schuman y con la construcción de la arquitectura de lo que sería la Unión Europea.
El Papa no propone abandonar el orden imperialista internacional existente, fuertemente estratificado entre países centrales y dependientes. Busca reformularlo sobre bases más “cooperativas”. Frente a la crisis del multilateralismo, busca fortalecerlo. El problema es que las instituciones internacionales no existen al margen de las relaciones de poder entre Estados y clases. El derecho internacional intenta limitar determinadas expresiones de la fuerza, sin embargo, se ve reducida precisamente a los dictados imperialistas.
Otro tema que abordó fue la cuestión migratoria. Durante su estancia en París visitó la Maison Bakhita, un centro dedicado a la atención e integración de migrantes. La visita tuvo un contenido simbólico en un continente donde la migración se convirtió en uno de los principales terrenos de crecimiento de las derechas nacionalistas. En este caso, el elogiado sistema comunitario es el mismo que impulsa la construcción de una Europa cada vez más orientada al control fronterizo, a los muros y a la restricción de la movilidad humana.
La Iglesia denuncia el sufrimiento de los migrantes, pero no señala las causas que producen las migraciones: guerras, explotación, dependencia económica, devastación ambiental y relaciones imperialistas. Su respuesta es fundamentalmente humanitaria y moral. Las personas migrantes aparecen como seres que deben ser acogidos, pero no necesariamente como parte de una clase trabajadora internacional sometida a relaciones globales de explotación.
La visita también mostró que la crítica papal al mundo contemporáneo no significa una posición progresista en materia social. Defendió una concepción de la «justa laicidad» según la cual las convicciones religiosas deben hacer parte del espacio público. También intervino sobre cuestiones bioéticas en las que la Iglesia mantiene posiciones conservadoras enfrentadas con las recientes reformas francesas como el suicidio asistido.
El objetivo es intentar recuperar la capacidad de intervención sobre la definición de los valores sociales. La Iglesia perdió buena parte de su antigua centralidad en las sociedades occidentales. La secularización redujo su capacidad de mediar directamente las leyes y las costumbres. La defensa de una presencia religiosa en el espacio público constituye, por ello, un intento de retomar una parte de esa influencia.
La cuestión de la eutanasia mostró con mayor claridad los límites mas conservadores del programa papal. En Lourdes, afirmó que resulta imposible considerar normal la eutanasia y el suicidio asistido y defendió una concepción de la dignidad humana basada en la inviolabilidad de la vida. En Francia, estas posiciones chocan directamente con las transformaciones sociales que reivindican estos derechos.
El Papa sostiene que no pretende intervenir en la política francesa, sino expresar la doctrina de la Iglesia. Pero cuando una institución religiosa interviene públicamente sobre el contenido de una ley, está participando en una disputa social y política. La cuestión de fondo es quién establece los criterios desde los cuales una sociedad define la dignidad, la autonomía y los derechos. La Iglesia responde desde su doctrina religiosa.
La cuestión de los abusos sexuales fue, quizás, la más aguardada. Durante su visita a Lourdes, León se reunió con siete sobrevivientes de abusos cometidos en contextos eclesiales y afirmó el compromiso de la Iglesia con la prevención y la reparación. El contexto es especialmente grave. El informe de la comisión independiente francesa sobre abusos sexuales estimó alrededor de 330.000 víctimas de violencia sexual vinculada con la Iglesia y sus instituciones desde 1950, incluyendo los casos cometidos por clérigos y otras personas relacionadas con instituciones católicas.
La Iglesia se presenta como defensora de la dignidad humana frente a la sociedad, pero al mismo tiempo no termina de enfrentar las consecuencias de abusos sistemáticos perpetrados dentro de sus propias estructuras. Aún reina la impunidad entre sus acólitos. Es un contrasentido que una institución que pretende establecer criterios universales sobre la vida, la familia, la moral y la dignidad humana sea tan ciega ante un problema de proporciones gigantescas.
La inteligencia artificial fue otro de los temas tratados. León advirtió sobre sus riesgos y reclamó que su desarrollo sea acompañado por criterios éticos y mecanismos de regulación. Esta preocupación sigue lo expuesto en su encíclica, donde la tecnología aparece como una de las grandes transformaciones capaces de profundizar la desigualdad y la deshumanización.
Aquí la Iglesia identifica otro elemento real del mundo en combustión: la tecnología no es neutral cuando su desarrollo está subordinado a la concentración económica y a la competencia empresarial y estatal. Pero nuevamente la respuesta es regulatoria. Se busca establecer límites éticos al desarrollo tecnológico, no cuestionar las relaciones de propiedad que determinan quién controla los datos, los algoritmos, la infraestructura y las ganancias generadas por la IA.
El Papa identifica el peligro de la deshumanización tecnológica, pero la solución propuesta sigue siendo humanizar el capitalismo tecnocrático. La Iglesia reconoce las contradicciones sociales para disputar su resolución sin aceptar una transformación revolucionaria de las relaciones de propiedad y de poder, es, al fin y al cabo, la defensa de un «capitalismo con rostro humano».
León reconoce buena parte de los síntomas del mundo en combustión. Denuncia la guerra y el rearme. Defiende el multilateralismo frente a la disputa interimperialista. Reclama solidaridad con los migrantes. Advierte sobre la concentración de poder asociada a la tecnología. Cuestiona la desigualdad y el culto al lucro.
Pero la alternativa que propone no rompe con ese orden. Busca recuperar la diplomacia, regular los mercados, incorporar límites éticos a la tecnología y recuperar una autoridad moral basada en la doctrina cristiana. Por eso, la contradicción no está entre una Iglesia que «ve» la crisis y otra que no la ve. La Iglesia ve la combustión. Lo que no cuestiona son las estructuras que alimentan el incendio.
Esta diferencia es fundamental. El rearme no aparece conectado con la competencia imperialista y la acumulación capitalista. La desigualdad no conduce a cuestionar la propiedad privada. La migración se aborda únicamente desde la solidaridad y no desde las relaciones de dependencia. La IA se enfrenta mediante regulación ética y no mediante una transformación del control sobre los medios de producción tecnológicos.
La Iglesia pretende, en definitiva, regular las contradicciones del sistema para impedir que esas contradicciones desemboquen en una crisis política y social que cuestione al propio sistema. La Iglesia busca recuperar un papel protagónico frente a las grandes crisis del presente. El Papa no permanece en silencio ante las guerras, el rearme o la desigualdad. Construye alrededor de estos problemas una crítica cada vez más definida.
Su discurso tiene, por tanto, un contenido real de cuestionamiento a determinados aspectos del capitalismo contemporáneo. Es la misma lógica que utiliza la extrema derecha, hacer críticas al estado de las cosas, pero planteando una salida reaccionaria. La Iglesia lo hace desde una posición mainstream, una posición de cambiar pequeños aspectos para que nada cambie.
Su programa pretende evitar que las contradicciones del sistema se vuelvan incontrolables, no superar el sistema que las produce. Evitar, como lo ha sido históricamente, que se desarrollen las condiciones para el cuestionamiento de la realidad y de la religión, en última instancia, negar cualquier posibilidad de emancipación de la humanidad.
La visita a Francia expone así el carácter del proyecto de la Iglesia ante el mundo en combustión: paz sin una crítica al imperialismo, justicia social sin ruptura con el capitalismo, solidaridad sin cuestionamiento, regulación tecnológica sin transformación de la propiedad y defensa de la dignidad humana mientras la propia institución continúa escondiendo los abusos cometidos en su interior.
El problema no consiste en negar las críticas que realiza León, consiste en llevarlas hasta sus últimas consecuencias. Si las guerras son inevitables, hay que cuestionar las relaciones capitalistas e imperialistas que las producen. Si la desigualdad es intolerable, no basta con redistribuir una parte de la riqueza: hay que cuestionar quién controla la producción. Si la tecnología amenaza con profundizar la explotación, hay que discutir quién la controla y para qué se utiliza. Si la migración expresa una crisis humanitaria, hay que enfrentar las estructuras económicas, militares y ambientales que obligan a millones a desplazarse.
León quiere “humanizar” un mundo en combustión. La perspectiva anticapitalista parte de una pregunta distinta: cómo transformar las estructuras que hacen que ese mundo arda.




