Vivimos un tiempo atravesado por la incertidumbre, en el cual la pregunta por lo que pasará a continuación es una sensación cotidiana. Mientras la extrema derecha avanza en distintos países con ataques sistemáticos contra los derechos de las y los trabajadores, las mujeres y diversidades, la educación, la ciencia y la cultura, también crecen las respuestas desde abajo. Cada intento de imponer nuevos retrocesos encuentra resistencias, movilizaciones y luchas que recuerdan que el desenlace de esta etapa todavía está abierto.
Este viejo-nuevo mundo combina fenómenos que parecían propios de otros momentos históricos, tales como choques entre las potencias interimperialistas, crisis económicas profundas y el avance de tendencias cada vez más autoritarias, con formas renovadas de explotación, en el que las nuevas tecnologías son puestas al servicio de maximizar las ganancias y disciplinar a quienes viven de su trabajo. En medio de este escenario convulsionado, resulta cada vez más difícil construir una mirada de conjunto que permita comprender el presente sin caer, por un lado, en el optimismo ingenuo y, por otro, en el derrotismo o el catastrofismo.
Como hemos sostenido en otras oportunidades, es necesario mirar la realidad «con los dos ojos»: reconocer tanto la profundidad de la crisis como las posibilidades que abre la lucha de quienes se organizan para transformar la realidad. La literatura también puede ser una herramienta para ese ejercicio; lejos de funcionar como profecías, las mejores distopías llevan hasta sus últimas consecuencias tendencias que ya existen en la sociedad y, precisamente por eso, ayudan a pensar críticamente el presente.
En ese espíritu, proponemos tres novelas imprescindibles para leer —o volver a leer— en un mundo en combustión.
Parábola del sembrador: la barbarie llevada al extremo
Publicada en 1993, Parábola del sembrador escrita por Octavia Butler nos presenta un mundo situado en una California del año 2024 profundamente fracturada. La sociedad ya no se organiza únicamente a partir de las diferencias económicas, sino de la posibilidad misma de sobrevivir. En la cima se encuentra una minoría que controla los recursos indispensables para la vida: el agua, la energía, los alimentos y la seguridad. Debajo, una clase media cada vez más empobrecida intenta sostener un orden que hace tiempo comenzó a derrumbarse, refugiándose en barrios amurallados donde la vigilancia permanente es el único límite frente a un exterior cada vez más hostil. Más allá de esos muros se extiende un territorio devastado, habitado por millones de personas expulsadas del sistema, obligadas a migrar constantemente entre ciudades incendiadas, rutas peligrosas y pueblos abandonados, donde la violencia es la moneda corriente.
En ese mundo el agua cuesta más que la gasolina, los bomberos y la policía sólo intervienen si alguien puede pagar sus servicios, las corporaciones administran ciudades enteras y ofrecen vivienda y empleo a cambio de una dependencia absoluta que recuerda las formas más brutales del capitalismo industrial. La alfabetización comienza a convertirse en un privilegio y una nueva droga, conocida como pyro, empuja a quienes la consumen a experimentar una fascinación enfermiza por el fuego, multiplicando incendios que ya son imposibles de controlar. Butler no necesita recurrir a grandes guerras ni a invasiones extraterrestres para construir su distopía; le alcanza con llevar hasta sus últimas consecuencias tendencias sociales, económicas y ambientales que podemos reconocer en la vida cotidiana bajo el capitalismo, utiliza la ficción para maximizar las consecuencias de un sistema que conduce a la barbarie.
En medio de ese paisaje conocemos a Lauren Olamina, una adolescente de quince años que vive con su familia en una pequeña comunidad cerrada en las afueras de Los Ángeles. Lauren posee una condición poco común: padece síndrome de hiperempatía, una alteración neurológica que la obliga a experimentar físicamente el dolor -y también el placer- de quienes la rodean. Lo que en apariencia representa una desventaja en un mundo atravesado por la violencia, terminará convirtiéndose en una de las claves filosóficas de toda la novela. Butler imagina una protagonista incapaz de naturalizar el sufrimiento ajeno en una sociedad que ha hecho precisamente de esa indiferencia una condición para sobrevivir.
Cuando la seguridad de su comunidad finalmente se derrumba, Lauren emprende un viaje hacia el norte junto a un pequeño grupo de sobrevivientes. ese recorrido constituye el verdadero corazón de la obra. Más que narrar una aventura, Butler construye una exploración sobre qué sucede cuando desaparecen las instituciones que organizaban la vida social y las personas se ven obligadas a decidir, una y otra vez, entre la competencia individual o la construcción de nuevos vínculos de solidaridad. Lo más perturbador de ese escenario es que la autora nunca lo presenta como un acontecimiento excepcional, nadie habla del «fin del mundo». Para quienes habitan esa realidad, la barbarie dejó de ser una ruptura del orden y pasó a convertirse en el orden mismo. Las personas aprenden a convivir con el hambre, con los asesinatos, con el miedo permanente y con la certeza de que el futuro probablemente será peor que el presente. El horror simplemente administra la vida cotidiana.
Es quizás en esa naturalización del horror y de la crisis donde más nos interesa hacer hincapié, no irrumpe una catástrofe provocada por una invasión extraterrestre, una inteligencia artificial rebelde o un accidente científico. Esta distopía nace de algo mucho más inquietante: la continuidad de un sistema incapaz de detener su propia lógica de acumulación. El desastre no llega desde afuera; se construye lentamente a partir de decisiones económicas y políticas que profundizan la desigualdad, privatizan derechos, destruyen el ambiente y convierten todas las dimensiones de la existencia en mercancías.
Los marxistas revolucionarios creemos firmemente que la capacidad de transformar el mundo constituye una de las mayores potencialidades creadoras de la humanidad (en tanto sea respetando el equilibrio metabólico entre la sociedad con la naturaleza). Sin embargo, bajo el capitalismo esa potencia deja de orientarse a satisfacer las necesidades sociales para quedar subordinada a la obtención de ganancias. El desarrollo tecnológico, lejos de garantizar una vida mejor para las mayorías, termina organizándose según las necesidades del capital. Butler parece preguntarse qué sucede cuando esa lógica se lleva hasta sus últimas consecuencias. La respuesta no es un mundo más desarrollado, sino un planeta ambientalmente devastado, socialmente fragmentado y políticamente incapaz de garantizar las condiciones mínimas para la reproducción de la vida.
Marx advertía que el capitalismo producía una ruptura entre la humanidad y la naturaleza, la explotación ilimitada de los recursos, guiada exclusivamente por la acumulación, terminaba destruyendo las propias condiciones que hacen posible la vida. La crisis ecológica que atraviesa la novela no es un castigo de la naturaleza ni una consecuencia inevitable del progreso técnico; es el resultado de un sistema que transforma la tierra, el agua y hasta las personas en recursos destinados a generar rentabilidad.
Quizás por eso Parábola del sembrador volvió a ocupar un lugar central durante los últimos años. No porque Octavia Butler haya sido una profeta capaz de anticipar acontecimientos concretos, sino porque comprendió con enorme lucidez las tendencias de su tiempo. Cuando la novela sitúa su historia en 2024, la coincidencia resulta inevitablemente inquietante para quienes la leen hoy. Sin embargo, la verdadera actualidad del libro no reside en la fecha, sino en la lógica histórica que describe.
La experiencia de la pandemia terminó de reforzar esa sensación. A partir de 2020, el mundo entero atravesó una crisis que puso en evidencia tanto la extraordinaria capacidad humana para desarrollar conocimiento científico como las profundas contradicciones de una sociedad organizada alrededor del lucro capitalista. Mientras millones de personas perdían sus empleos, enfrentaban sistemas sanitarios colapsados o despedían a familiares en aislamiento, las grandes fortunas continuaban creciendo y las desigualdades se profundizaban. Al mismo tiempo, allí donde el mercado ofrecía respuestas insuficientes, surgieron redes comunitarias, comedores populares, organizaciones barriales y formas de solidaridad que permitieron sostener la vida cotidiana. La pandemia mostró, como la novela de Butler, que incluso en los momentos de mayor crisis la historia nunca está completamente escrita.
En la novela la barbarie no aparece como un destino inevitable ni como una característica de la naturaleza humana, más bien como el resultado de un orden social que ha llevado hasta el extremo la lógica de la competencia y la acumulación, sin embargo, tampoco se entrega al fatalismo. En el recorrido de Lauren, en los vínculos que construye y en la búsqueda obstinada de nuevas formas de comunidad, Butler deja abierta una posibilidad distinta: incluso cuando el mundo parece derrumbarse, la historia sigue siendo un terreno de disputa, el futuro no está escrito.
En esa disputa reside también la posibilidad de transformar el mundo: está en manos de las y los explotados y oprimidos, organizarse para enfrentar el orden existente y construir una sociedad donde la vida deje de estar subordinada a las ganancias de una minoría. La historia no está predeterminada; su rumbo depende de la lucha colectiva por la emancipación. Como afirmaban Marx y Engels en El Manifiesto Comunista, «la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases».
El cuento de la criada: la opresión sobre los cuerpos
Si La parábola del sembrador nos mostraba un capitalismo que había convertido cada aspecto de la vida en mercancía, El cuento de la criada lleva al extremo otra de las estructuras sobre las que ese mismo sistema se sostiene: el patriarcado. Publicada en 1985, la novela de Margaret Atwood imagina la República de Gilead, un régimen teocrático que, tras un golpe de Estado y en medio de una profunda crisis social, ambiental y demográfica, elimina las libertades democráticas y reorganiza la sociedad bajo una interpretación fundamentalista de la religión. En ese nuevo orden, las mujeres pierden toda autonomía jurídica, económica y política; aquellas que conservan la capacidad de gestar son convertidas en «criadas», obligadas a tener hijos para las familias de la élite gobernante.
Lejos de construir una fantasía desbordada o un mundo imposible, Atwood hace algo mucho más inquietante: toma elementos que ya existieron a lo largo de la historia -la persecución política, el control sobre los cuerpos, el fundamentalismo religioso, la apropiación de la capacidad reproductiva de las mujeres, la censura y el terrorismo de Estado- y los reúne en una misma sociedad. La propia autora ha explicado en varias oportunidades que ninguna de las formas de violencia presentes en la novela fue inventada por ella; todas habían sucedido, en distintos momentos y lugares, bajo diferentes regímenes. Gilead no aparece como una anomalía surgida de la locura de unos fanáticos religiosos, sino como la expresión extrema de una clase dominante que, frente a una crisis profunda, reorganiza la dominación utilizando herramientas que el propio capitalismo ha cultivado históricamente: el patriarcado, el racismo, el nacionalismo y la religión como mecanismos de disciplinamiento social.
En la novela, el cuerpo de las mujeres deja de pertenecerles para convertirse en un recurso administrado por el Estado, las iglesias y las clases dominantes, la maternidad deja de ser una decisión para transformarse en trabajo forzado; la fertilidad se vuelve un bien estratégico y la reproducción de la vida queda subordinada a las necesidades del régimen.
Esta lectura resulta especialmente actual en un contexto donde las nuevas derechas avanzan contra los derechos sexuales y reproductivos, atacan la educación sexual integral, persiguen al movimiento feminista y reivindican una supuesta «familia tradicional» como único modelo legítimo. No porque nuestras sociedades sean Gilead, sino porque las condiciones que permiten imaginar una sociedad como esa siguen formando parte del mundo en que vivimos. La apelación constante a Dios, la patria, el orden y la familia funciona como un discurso moral destinado a legitimar a una clase y modelo social dominante basado en la opresión de una minoría sobre las grandes mayorias.
Estas derivas no pueden comprenderse como simples desviaciones ideológicas ni como el resultado del fanatismo de determinados sectores, por el contrario, expresan las formas que puede asumir un sistema incapaz de resolver sus propias contradicciones.
El cuento de la criada no predice el futuro, pero nos hace repensar el presente y nos recuerda que la barbarie no llega desde afuera del capitalismo ni constituye una interrupción de su funcionamiento. Por el contrario, es una de las formas que puede adoptar para preservar las ganancias y el poder de la burguesía en tanto clase dominante. En ese sentido, la novela de Atwood no es solo una advertencia sobre el fundamentalismo religioso, sino sobre un sistema que, cuando entra en crisis, puede recurrir a las formas más violentas de explotación y opresión para garantizar su continuidad.
Los desposeídos: más allá del capitalismo
Si las distopías de Octavia Butler y Margaret Atwood nos enfrentan a los rostros más brutales de un capitalismo llevado hasta sus últimas consecuencias, Los desposeídos, publicada por Ursula K. Le Guin en 1974, se anima a formular una pregunta diferente: ¿es posible organizar la sociedad sobre otras bases?
La novela sigue la historia de Shevek, un científico nacido en Anarres, una luna árida en la cual viven los descendientes de los exiliados de Urras que participaron de una revolución dos siglos atrás, en la que se intentó construir una sociedad sin propiedad privada, sin clases sociales y sin Estado. Frente a ella se encuentra Urras, un planeta rico, próspero en apariencia, pero profundamente desigual, donde la acumulación, el privilegio y la competencia organizan cada aspecto de la vida.
En busca de desarrollar un método de comunicación, Shevek decide embarcarse en un viaje a Urras en busca de otros científicos que le ayuden, con lo cual da inicio a su aventura en la que se mostrarán sus incógnitas y dilemas filosóficos al comparar las realidades sociales de Urras y Anarres.
Le Guin no escribe una utopía ingenua, Anarres está lejos de ser un paraíso. La revolución no eliminó todas las contradicciones: persisten el conformismo, las burocracias informales, el peso de la costumbre y las dificultades para sostener una sociedad verdaderamente libre. Es justamente esa complejidad la que convierte a Los desposeídos en una de las grandes novelas políticas del siglo XX. La autora no propone un modelo acabado, sino una pregunta abierta sobre las posibilidades y los límites de una sociedad que intenta romper con la lógica de la propiedad y la dominación.
En ese sentido, la novela dialoga con una de las discusiones centrales del pensamiento socialista: como construir una sociedad verdaderamente libre del yugo de la explotación y qué programa llevar a cabo luego de la toma del poder político. Le Guin, desde una sensibilidad cercana al anarquismo, cuestiona la idea de que la competencia sea una condición inherente al ser humano y recupera la cooperación como principio organizador de la vida social. Allí radica buena parte de la potencia de su obra: demostrar que el mundo existente no es el único posible.
Es precisamente en este punto cuando aparecen los límites de la propuesta de Le Guin. Aunque la novela plantea la idea de superar la explotación, la propiedad privada y el orden capitalista, deja sin resolver el problema de cómo conquistar esa emancipación. La historia demuestra que las clases dominantes nunca renuncian voluntariamente a su poder y que el Estado no constituye un árbitro neutral entre intereses opuestos, sino una herramienta para garantizar la dominación de una clase sobre otra. Como explica Lenin en El Estado y la revolución, «mientras exista el Estado no habrá libertad. Cuando haya libertad no habrá Estado».
Pero esa sociedad libre no surge de manera espontánea ni puede construirse simplemente ignorando al Estado existente. Es necesario destruir el aparato estatal de la burguesía mediante la acción consciente e insurreccional de la clase trabajadora, para dar paso a una transición que haga posible la desaparición progresiva de las clases sociales y, finalmente, del propio Estado.
La revolución no es únicamente un cambio de valores o de formas de convivencia; implica transformar de raíz las relaciones de producción, disputar el poder político y abrir una transición consciente hacia una sociedad sin clases. Sin organización revolucionaria, las condiciones materiales que sostienen la explotación permanecen intactas.
Trotsky desarrolló esa misma idea desde otra perspectiva. En Literatura y revolución, imaginó el comunismo no solo como un nuevo sistema económico, sino como el momento en que la humanidad pudiera desplegar plenamente todas sus capacidades creadoras. Allí sostiene que el ser humano del futuro será «incomparablemente más fuerte, más sabio y más sutil», porque una sociedad liberada de la explotación permitirá que el conocimiento, el arte, la ciencia y la creatividad dejen de ser privilegios reservados para unos pocos y se conviertan en patrimonio de toda la humanidad.
Después de recorrer, junto a Butler y Atwood, los distintos caminos que conducen a la barbarie, Le Guin nos recuerda que la verdadera utopía no consiste en imaginar una sociedad perfecta, sino en negarse a aceptar que el capitalismo representa el único horizonte posible. En un presente atravesado por guerras, crisis económicas, destrucción ambiental, crecimiento de las extremas derechas y una desigualdad cada vez más obscena, recuperar obras que nos hagan reflexionar e imaginar posibilidades diferentes adquiere una importancia fundamental, ver el mundo con todos sus colores y matices implica también apoyarnos en el arte y la cultura como herramientas para comprender con mayor profundidad la realidad y la época histórica que atravesamos.
Las tres novelas parten de tradiciones diferentes y ofrecen respuestas distintas, pero convergen en una misma certeza: el mundo actual no es un destino inevitable. Si la barbarie es el resultado de un sistema que ha llevado sus contradicciones hasta el límite, la emancipación sólo podrá surgir de una transformación radical de esas condiciones materiales. La literatura no hace la revolución, pero puede recordarnos algo indispensable para empezar: que otro mundo no solo es necesario, sino también posible.




