Artículo aparecido originalmente en francés y traducido al español por Víctor Artavia para Izquierda Web (con revisión de Dani L.)
“Créanme, prefiero recibir una bala de la República Islámica y morir en la calle, manifestando, antes que morir en mi casa, sin haber jugado ningún papel, bajo un misil del que, en el fondo, poco importa de dónde venga. Al menos, en mi propia muerte, quiero tener una parte de acción.”
«Teherán está siendo destruida. Muchas ciudades están desapareciendo. Las ruinas caen sobre nosotros, y no tenemos la fuerza para contemplar semejante magnitud de destrucción. La gente está angustiada y preocupada. No solo por los misiles y los aviones de combate. También se preocupan por el desempleo, la miseria, la carencia y el desplazamiento forzado. Se preguntan cómo seguir en medio de tantas ruinas y desesperación. La pesadilla de la #guerra.»
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“Algunas afirmaciones no son negociables; no admiten reservas, ni ‘pero’, ni ‘si’. ‘No a la guerra’ es una frase completa; no necesita explicación. Esto significa que un agresor no es otra cosa que un agresor: no hay ‘buen’ agresor ni justificación posible. ‘No a la pena de muerte’ es lo mismo. No a la pena de muerte, sin condición, sin excepción, sin retroceso. No a la pena de muerte, para cualquiera, por cualquier motivo.”
Buenas noches Kaveh, que tengas una buena noche. ¿Qué hay de nuevo? ¿Cómo estás afrontando el estrés estos días? Estamos todos agotados y al límite. Bromeamos diciendo que no tenemos ni electricidad, ni agua, ni pan.
El miedo se ve en los ojos de todo el mundo. Pero no podemos hacer nada. Ni siquiera tenemos internet para entender lo que pasa en el mundo. ¿Qué es verdad, qué es falso? ¿Cómo hacer oír nuestra voz en el mundo y decir que no queremos la guerra, que no queremos que Trump venga a decir que la gente misma pidió que arrojaran bombas sobre nuestras cabezas y que nos maten?
Después de 37 o 38 días, he gastado mucho dinero en VPN, y vi hasta qué punto todo esto es caótico: ni siquiera hay una sola persona que diga que en este momento la gente en Irán no tiene voz, que está en el fondo de un pozo. ¿Por qué todo el mundo habla en nombre del pueblo, expresando en su lugar sus propias reivindicaciones?
Hace más de un mes que nos dormimos con el sonido de los aviones de combate y las explosiones, que nos despertamos con esos mismos ruidos, y que, en medio de todo este miedo, intentamos aun así continuar algo que se parezca a una “vida”.
Mientras tanto, en otras partes del mundo, en el corazón del confort y la seguridad, algunos están sentados hablando de bomba atómica como si nada; como si cada explosión aquí no pudiera ya acabar con varias vidas, sin siquiera hablar de una bomba nuclear.
Estamos literalmente atrapados. Cada día perdemos vidas civiles que nos son queridas; tenemos miedo, lloramos y a veces mostramos una sonrisa forzada, simplemente para resistir. De la mañana a la noche luchamos con configuraciones y todo tipo de VPN, y vivimos a cada instante con esta pregunta: ¿en el minuto siguiente la casa seguirá en pie o no?
Para nosotros, la guerra no es solo una noticia o un análisis político; es la vida que se derrumba, aliento tras aliento. Su guerra es nuestra pesadilla de cada noche.
No a la guerra, no a las bombas, no a las decisiones tomadas de cerca o de lejos sobre nuestras vidas.
«Los precios de los productos han aumentado de forma vertiginosa. No hay escasez de productos, pero sí una enorme escasez de dinero en los bolsillos de la gente. La reacción de la gente frente a los precios, en el momento de comprar, son solo insultos. La actividad económica está paralizada y los ahorros se están acabando. Nuestra desgracia ya no se reduce solo a la #guerra y al #corte_de_Internet; también están la pobreza y el desempleo.»
La guerra ha dejado de ser estrictamente militar para penetrar en la vida cotidiana de la sociedad. Los objetivos ya no son solo los cuarteles: ahora lo son la electricidad en los hogares, el combustible en las arterias de la economía, el pan en la mesa de la gente. Cuando se atacan las centrales eléctricas, el silencio que se instala es la detención de la vida. Un hospital sin electricidad se convierte en un lugar de muerte. Cuando se destruyen las refinerías y los depósitos de combustible, no es solo la energía lo que desaparece: es toda la cadena de la vida la que se rompe. Un camión que ya no circula no lleva ni pan ni alimentos a las ciudades.
En esta región del mundo, en un país ya golpeado por el pan, la electricidad y la supervivencia, ninguna nueva decisión es soportable. Es en este preciso instante cuando la gente común muere, y la supervivencia ocupa el lugar de la vida.
Nada justifica el llamado a la guerra, y nada lo justificará jamás. Ningún crimen puede servir de legitimación para otro crimen, y ningún acto criminal se vuelve aceptable bajo el pretexto de que apuntaría contra otro criminal. A quienes, frente a un crimen, lo justifican, lo multiplican en nombre de un supuesto interés superior, o eligen el silencio por miedo para refugiarse en él, solo les corresponde una palabra: vergüenza.
Aquí, en Irán, somos aplastados por ambos bandos, y pedimos a cada uno que responda por sus crímenes. Pero si sus derechos humanos son a geometría variable, si su compasión solo cuenta cuando sirve a un bando, y si, frente a los cuerpos mutilados de niños, de inocentes y de otras víctimas del monstruo de la guerra y su baño de sangre, ustedes eligen el silencio, entonces eso basta para desacreditar todas sus posturas y todas sus pretensiones en materia de derechos humanos.
Yo, una voz que surge desde debajo de las bombas en Teherán, con la garganta apretada por la rabia y la furia, solo tengo un mensaje para ustedes: vergüenza.
Los defensores de estos ataques han llegado a un punto en el que deben responder a una pregunta simple: cuando se atacan fábricas siderúrgicas, centros farmacéuticos, así como infraestructuras energéticas y de transporte, ¿dónde está exactamente la “guerra”? Estos no son objetivos militares. Son los pilares de una sociedad.
Cuando un sector industrial que asegura la mayor parte de la producción de acero del país es atacado, es toda la cadena de la construcción, del empleo y de la producción la que se desorganiza.
Cuando se atacan centros farmacéuticos, la disminución del acceso a los medicamentos y la presión sobre los enfermos son solo una parte de las consecuencias reales.
Para preservar su relato, los defensores de estos ataques se ven obligados a ignorar varias realidades al mismo tiempo: que la destrucción de las infraestructuras golpea directamente la vida de la gente; que su reconstrucción lleva décadas; y que una sociedad absorbida por la simple supervivencia ya no tiene la capacidad de transformarse.
Aquí, la gente ya no es un sujeto político, sino un instrumento. Donde conviene, se cuenta como un costo; donde molesta, se borra del relato.
Ninguna corriente puede pretender defender al pueblo mientras apoya actos que atacan directamente sus condiciones de existencia.
¡Boicot!
Boicot internacional a Irán y a sus periodistas mercenarios. Ya no compro en comercios iraníes que han apoyado el ataque contra Irán.
Mientras un tribunal competente no haya juzgado los crímenes de los partidarios de los Pahlavi en la propagación de la muerte, la violencia y los crímenes de guerra, estas personas deben, como mínimo, ser boicoteadas dentro de la sociedad iraní.
No al despotismo de la República Islámica. No al despotismo pahlavi. No al imperialismo estadounidense e israelí. No a la guerra.
¡Mujer, Vida, Libertad!




