“Ser gay es bueno” (Kameny, F, 1968)
El hecho se hizo público en un informe realizado por el multimedio “La Voz del Interior”, que rescató testimonios recopilados en el documental “Éxodo”, realizado por estudiantes de la UNC y estrenado este año. Posteriormente, la noticia fue tomada por otros medios de alcance nacional como Infobae.
Aprovechando este contexto, buscaremos brindar herramientas para comprender qué son estas denominadas “Terapias de Conversión”, sus implicancias para las víctimas y la historia de la lucha por su erradicación.
¿Que son las “Terapias de Conversión”?
En 2020, el tema de las “Terapias de Conversión” fue tratado en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, para lo cual fueron citados diversos expertos con el objetivo de realizar informes e investigaciones sobre el tema. Allí llegaron a la siguiente definición
“El término “terapia de conversión” se utiliza de manera genérica para referirse a intervenciones de diversa índole que se basan en la creencia de que la orientación sexual y la identidad de género, incluida la expresión de género, de las personas pueden y deben cambiarse o reprimirse cuando no se ajustan a lo que otros actores consideran, en determinado momento y situación, la norma deseable, en particular cuando se trata de personas lesbianas, gais, bisexuales, transgénero o de género diverso.” (Informe ONU, 2020)
En muchos casos, estas autodenominadas terapias parten de un discurso pseudocientífico que considera a la homosexualidad o transexualidad como una enfermedad o patología que debe ser corregida. En otros, se amparan en un discurso religioso que puede estar más relacionado con la moral u otros tópicos.
Decimos que son prácticas pseudocientíficas por el hecho de que, a pesar de ampararse en un discurso de cientificidad, carecen de toda base científica real. Al respecto, la ciencia es clara: desde 1990 la Organización Mundial de la Salud dejo de considerar a la homosexualidad como una enfermedad, lo mismo hizo la American Psychological Association (APA) en 1973, y para 2016 la Asociación Mundial de Psiquiatría afirmó que no existe ningún tipo de evidencia científica de que la orientación sexual de una persona pueda modificarse. Si analizamos otros ámbitos como la legislación argentina nos encontramos con que la Ley Nacional de Salud Mental, en cuya redacción participaron múltiples profesionales de dicho campo, establece que no puede diagnosticarse a una persona sobre la base exclusiva de su identidad sexual.

Por esto mismo, es erróneo denominar a estas prácticas como una terapia. Las terapias se realizan con el fin de curar o sanar algo. En lo que respecta a la homosexualidad o la identidad de género de una persona no hay nada que curar o sanar. Esto es algo en lo que coinciden tanto la ciencia como una parte importante de las sociedades del mundo, lo cual es fruto de las constantes luchas del movimiento de la diversidad sexo-genérica que conquistaron derechos y mayorías sociales a favor de la diversidad.
Al indagar en torno a quienes realizan y promueven estas prácticas nos encontramos con médicos y profesionales de la salud mental, autoridades religiosas, familiares de las víctimas e incluso instituciones estatales. En el informe al Consejo de Derechos Humanos de la ONU de 2020 se señalaba lo siguiente
“En una encuesta mundial realizada recientemente, un total de 1.641 supervivientes de las “terapias de conversión” señalaron a los principales responsables de esas prácticas. En el 45,8 % de los casos se trataba de profesionales médicos y de la salud mental; en el 18,9 %, de autoridades religiosas, curanderos y grupos tradicionales; en el 8,5 %, de campamentos de conversión y centros de rehabilitación; y en el 6,9 %, de los progenitores. Las autoridades estatales, como la policía, el ejército y otras entidades, fueron señaladas en el 4,4 % de los casos, al igual que las autoridades escolares” (Informe ONU 2020)
Por otro lado, el informe de la ONU señala que detrás de estas prácticas se esconden verdaderos y lucrativos negocios
“Al investigar los aspectos económicos que subyacen a las “terapias de conversión”, el Experto Independiente ha recibido pruebas convincentes de que, en muchos casos, constituyen un negocio lucrativo para los proveedores en todos los rincones del mundo” (Informe ONU, 2020).
Esto también pudo verse en los casos recientemente documentados en la provincia de Córdoba. Según documentos propios de la iglesia evangélica “Ministerio de la Restauración”, a los que pudo acceder “La Voz del Interior”, para los retiros brindados en octubre de 2025 y febrero de 2026 la modalidad online costaba 150 dólares para extranjeros o $200.000 para argentinos, mientras que los retiros presenciales iban desde $850.000 a $1.800.000. Dichos retiros se realizaron en las sierras de Córdoba en el hotel Altos de Aruna, en la localidad de Bialet Massé.
Por último, queda el aspecto de las consecuencias de dichas prácticas. Aquí, un primer elemento a señalar es que las mismas son una aberración reaccionaria que constituyen un claro acto de tortura hacia quienes son víctimas de las mismas. Querer modificar algo tan genuino y profundo como lo es la identidad es una acción inherentemente violenta y vulnera derechos humanos elementales de las víctimas. Por otro lado, la violencia también se encarna en los métodos utilizados, que pueden incluir violencia física. Esto es lo que refleja el informe de la ONU:
“En ocasiones, en las instituciones y los programas que ofrecen “terapias de conversión” se somete a las víctimas a un trato de una violencia física y psicológica atroz. En 2015, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos informó de que en el Ecuador existían centros conocidos como “clínicas” en los que las mujeres lesbianas eran encadenadas, golpeadas, sometidas a alimentación forzada o privadas de alimentos, obligadas a desnudarse, recluidas en régimen de aislamiento e incomunicación, inmovilizadas durante días y violadas” (Informe ONU, 2020)
En muchos casos la violencia física puede ir acompañada de violencia sexual
“Los actos de violencia sexual cometidos en otros contextos también se han vinculado con presuntos intentos de conversión. Los datos de que dispone el Experto Independiente describen un panorama estremecedor de violaciones generalizadas — grotescamente llamadas “correctivas”— y otras formas de violencia sexual contra mujeres lesbianas, bisexuales y transgénero en todas las regiones del mundo, entre otros países, en la India, Nigeria y Sudáfrica, y contra hombres gais y transgénero en lugares como Kenya. En una encuesta mundial realizada recientemente, más de 870 personas que habían sido víctimas de esas terribles prácticas aportaron más ejemplos para este catálogo de sufrimiento humano: detenciones, encarcelamientos, maltrato físico, secuestros y embarazos forzados. Del mismo modo, en ocasiones se recurre a exploraciones anales coercitivas para castigar o verificar la orientación sexual de las personas” (Informe ONU, 2020)
A su vez, estas prácticas suelen ir acompañadas de violencia familiar, económica, etc. Todas estas prácticas aberrantes generan importantes consecuencias en la salud tanto física como mental de las victimas que pueden llegar incluso a la inducción al suicidio
“Todas las prácticas destinadas a lograr la conversión son inherentemente humillantes, denigrantes y discriminatorias. Combinados, los efectos que tienen la sensación de impotencia y la humillación extrema generan profundos sentimientos de vergüenza, culpabilidad, autoaversión e inutilidad, que pueden menoscabar el autoconcepto y provocar cambios permanentes en la personalidad. El daño ocasionado por las “terapias de conversión” comienza con la noción de que una persona está enferma o es anormal a causa de su orientación sexual o identidad de género y, por lo tanto, debe ser tratada, lo que da lugar a un proceso de victimización. (…) La pérdida considerable de autoestima, la ansiedad, el síndrome depresivo, el aislamiento social, las dificultades para establecer relaciones íntimas, el autoodio, la vergüenza y el sentimiento de culpabilidad, la disfunción sexual, las ideas suicidas y los intentos de suicidio, los síntomas de trastorno por estrés postraumático y, con frecuencia, el dolor y sufrimiento físicos considerables son algunos de los profundos efectos que estas prácticas tienen en las personas” (Informe ONU, 2020)
Si bien estas terapias son ilegales y constituyen un delito en múltiples países, en gran parte del mundo las mismas pueden continuar su existencia gracias a la complicidad de los Estados y se ven favorecidas y legitimadas por los discursos de odio de los gobiernos de extrema derecha que han construido al movimiento de la diversidad como un enemigo frente al cual todo es válido.
Un asalto a la identidad
En el apartado previo, afirmamos que buscar modificar por la fuerza algo tan profundo y genuino como la identidad es una práctica inherentemente violenta. En adelante, buscaremos ahondar en las bases de esta afirmación para lo cual retomaremos valiosos aportes del filósofo canadiense Charles Taylor, quien en libros y ensayos como “Las fuentes del yo”, “Identidad y reconocimiento” y “La multiculturalidad y las políticas del reconocimiento”, aborda el tema de la identidad de las personas partiendo desde lo individual, pero en relación con lo colectivo.
El autor comienza retomando los planteos de la psicología de Erik Erikson quien parte de ver a la identidad como la definición que cada quién tiene sobre sí mismo y cuya pérdida nos genera crisis. En este punto la identidad se relaciona con un plano u horizonte de nuestro mundo moral que es lo que nos permite definir qué cosas valoramos y cuáles no, qué cosas son importantes para uno y cuáles no. Así, perder la identidad significa perder todas esas referencias morales que cumplen un rol fundamental en nuestra vida. Sin embargo, Taylor va integrar un aspecto más colectivo en la cuestión identitaria al señalar que la identidad del individuo también tiene un aspecto colectivo que viene de la mano del reconocimiento. De esta forma, identificarme significa situarme en el campo social en tanto que los individuos tienen la necesidad para sí mismos de ser reconocidos por unos “otros significativos” y es aquí que se dan procesos de negociaciones o luchas por el reconocimiento (Taylor, 1996).
Visto lo anterior, resulta claro que las “Terapias de Conversión” significan un verdadero asalto a la identidad ya que parten de la base de negarle a la víctima algo tan profundo como el reconocimiento de esos “otros significativos”. Taylor es claro al señalar que el debido reconocimiento de una persona no es una cortesía por parte de los demás, sino que es una necesidad vital de todos los seres humanos (Taylor, 1993).
Si partimos de la base de que no es posible cambiar por la fuerza la identidad de una persona y de que el reconocimiento por parte de los demás es una necesidad vital, podemos llegar a la conclusión de que negar dicho reconocimiento, como lo hacen las “Terapias de Conversión”, no puede tener menos que consecuencias nefastas para el individuo. En este sentido, Taylor también analiza las consecuencias de este tipo de hechos aportando el concepto de “falso reconocimiento” lo cual hace referencia a una suerte de distorsión en la identidad de la persona en dónde el único resultado es la pérdida de la autoestima, el odio hacia su mismo y, en casos extremos, el suicidio (Taylor, 1993). De esta forma, si uno escucha los testimonios de los sobrevivientes de dichas prácticas son muy comunes frases al estilo de “sentía odio hacia mí mismo”, “todo el tiempo pensaba que estaba haciendo algo mal”, “porque no puedo ser normal”, etc. Por este motivo, recomendamos ver el documental Éxodo que, a pesar de la dureza de los testimonios, permite apreciar la violencia que subyace en estas mal llamadas terapias.
A modo de resumen, podemos decir que las “Terapias de Conversión” no pueden modificar ni la identidad ni la sexualidad de una persona, sino que solo pueden condenarla a la infelicidad y al padecimiento, algo que es cruel y, como decíamos más arriba, debe considerarse como una práctica de tortura.
Por último, es necesario remarcar que si bien estás prácticas constituyen un crimen aplicado a personas individuales, también constituyen un ataque colectivo hacia toda la diversidad. Algo común en las “Terapias de Conversión” es separar a la persona trans y homosexual de todos sus lazos con las demás personas de la comunidad o que lo apoyan. Esto no solo genera un daño al individuo, sino que busca desarticular al grupo como tal. La base de estas mal llamadas terapias es que tanto la homosexualidad como la transexualidad están mal, son una patología y deben ser eliminadas no sólo en tal o cual individuo, sino a nivel social. Aquí, son útiles los planteos de Taylor en torno a la cuestión de las identidades colectivas y recordemos que la homosexualidad y transexualidad los son. El autor plantea que dichas identidades se construyen en una relación recíproca entre los individual y lo colectivo, dentro de la cual la pertenencia al grupo delinea grandes retazos de la identidad individual de la persona, a la vez que la identidad colectiva requiere que los individuos se identifiquen fuertemente con el grupo para lograr un accionar e historia compartidos (Taylor, 1996). Así, estas terapias buscan una ruptura entre el individuo y su representación con el grupo, para de esta forma debilitar al colectivo en general.
Una breve historia de la lucha contra las “Terapias de Conversión”
En los siguientes párrafos nos encargaremos de brindar algunos reflejos de la historia de la lucha que dieron el movimiento de la diversidad sexo-genérica y sus aliados por la abolición de estas prácticas.
El informe de la ONU citado en el primer apartado señala la existencia de tres grandes enfoques para estas prácticas: Psicoterapéuticos, médicos y religiosos. En cuanto al origen de estas autodenominadas terapias, principalmente en sus dos primeros enfoques, encontramos que el misma data de fines de siglos XIX, cuando la naciente psiquiatría europea comenzó a considerar a la homosexualidad como una enfermedad y a popularizar diversos métodos aberrantes para curarla. Dichos métodos iban desde terapias de hipnosis, castraciones, tratamientos hormonales sumamente invasivos, violencia sexual, lobotomias, electro shock, y un largo etc. Todo esto iba de la mano con la penalización y criminalización de la homosexualidad en muchos países.
Desde sus orígenes, el movimiento de la diversidad sexo-genérica vio en estas prácticas un ataque y se organizó para responder, luchando tanto por despenalizar la homosexualidad como por dejar de considerar a la misma como una enfermedad. En la Alemania de principios del siglo XX y fines del siglo XIX encontramos la figura de Magnus Hirschfeld que dio toda una pelea dentro del campo médico y científico con su teoría del “tercer sexo” para combatir la noción de la homosexualidad como una patología. Posteriormente, con el triunfo que significó la Revolución Rusa, se dieron importantes avances en el campo médico y legal para el movimiento de la diversidad sexo-genérica. Así, mientras en la Europa capitalista eran común la homofobia en el campo médico y legislativo, en la Rusia Soviética podían encontrarse testimonios como el siguiente de parte de un psiquiatra y funcionario soviético:
“La legislación no interfiere con ninguna relación sexual, siempre que tenga lugar entre dos adultos sin ninguna compulsión. La naturaleza de las actividades sexuales resultantes de tal relación es un asunto privado entre las personas involucradas. La cuestión de la moralidad pública no existe para la legislación en este caso.
La legislación soviética considera la homosexualidad, la sodomía y todas las demás formas de gratificación sexual que la legislación europea presenta como un delito público contra la moralidad exactamente de la misma manera que las llamadas relaciones sexuales “naturales”. Todas las formas de relaciones sexuales son asuntos privados. La cuestión del enjuiciamiento penal sólo surge cuando se utilizan la fuerza y la coacción, como en el caso de una agresión o de una lesión a los intereses de otra persona” (Citado en Gaido, 2020)
No obstante, el ascenso del estalinismo y del nazismo significaron importantes derrotas para el movimiento de la diversidad sexo-genérica y se dio un nuevo auge de estas terapias de conversión que continuó en gran medida durante la Guerra Fría. Por ejemplo, en plena década de 1950, reconocidos psicólogos y psiquiatras podían hacer toda clase de diagnósticos aberrantes, como Edmund Bergler, quien en su libro “Homosexualdad ¿Enfermedad o estilo de vida?” podía escribir sin ningún tipo de consecuencias lo siguiente
“No tengo prejuicios contra los homosexuales; para mí son personas enfermas que requieren ayuda médica … Aún así, aunque no tengo prejuicios, diría: los homosexuales son esencialmente personas desagradables, independientemente de que hacia afuera sean agradables o desagradables … [su] caparazón es una mezcla de altivez, falsa agresión y lloriqueos. Como todos los masoquistas psíquicos, son subordinados cuando se enfrentan a una persona más fuerte, despiadados cuando están en el poder, sin escrúpulos acerca de pisotear a una persona más débil”
Posteriormente, de la mano con el ascenso en la lucha de clases y los movimientos de liberación nacional, en los 60 se vivió el surgimiento de la segunda ola del movimiento de la diversidad sexo-generica que reavivó las luchas contra las terapias de conversion.
En este contexto, una de las principales consignas del movimiento fue “gay is good” cuya traducción sería “Ser gay es bueno”. Con esta consigna se buscaba enfrentar a todos aquellos que consideraban a la homosexualidad como una patología o enfermedad. Quien acuñó esta consigna fue el astrónomo estadounidense Frank Kamenni, quien fue uno de los referentes del movimiento de liberación homosexual antes y después de Stonewall.
Así, apoyados en el movimiento surgido con la Revuelta de Stonewall, distintos activistas comenzaron a dar toda una pelea al interior de la American Psychological Association (APA) para lograr que la homosexualidad dejara de considerarse como una enfermedad y así quitar sustento científico y legitimidad a todas las terapias de conversión médicas y psicológicas. De esta manera, desde 1970 los grupos liderados por Kameny y Bárbara Gittings realizaron interrupciones periódicas en los congresos de la APA y, en 1972, lograron la aprobación de un panel para tratar el tema en el congreso nacional de la Asociación. Allí, el doctor Fryers, un psiquiatra homosexual, decidió arriesgar su puesto laboral y denunciar las prácticas homofóbicas de la psiquiatría estadounidense. Su intervención causó gran revuelo en el campo intelectual por el contenido de su discurso, pero también mediático debido a que intervino disfrazado con una máscara de Richard Nixon. Al año siguiente se logró que la APA quitara a la homosexualidad de su lista de enfermedades.
Más adelante, se dieron luchas similares en distintos lugares del mundo y uno de los principales triunfos fue que la Organización Mundial de la Salud (OMS) dejara de considerar a la homosexualidad como una enfermedad en los 90 e, incluso, se lograron leyes en múltiples países para ilegalizar las terapias de conversión. En el caso argentino significó un gran triunfo la Ley Nacional de Salud Mental que plantea claramente que no puede diagnosticarse a alguien sobre la base exclusiva de su identidad sexo-genérica.
Sin embargo, a pesar de nuestras conquistas este tipo de prácticas aún persiste en la actualidad y nuestros derechos están bajo un asedio constante por parte de la extrema derecha, las diversas iglesias, etc. En este marco, esta nota también intenta ser un aporte para construir una perspectiva anticapitalista para el movimiento de la diversidad. Bajo el capitalismo (y más aún bajo el ultracapitalismo que impulsa la extrema derecha) es imposible vivir libremente nuestras identidades. Coincidimos con los aportes de Jhon D´Emilio, quién plantea que el capitalismo a la vez que brinda las bases materiales para el surgimiento del movimiento de la diversidad sexo-genérica en tanto fenómeno identitario también genera homofobia y odio constante, dado que requiere de la familia tradicional para hacer recaer allí todos los costos de la reproducción del trabajo y, por ende, no puede tolerar la diversidad sexo-genérica (D´Emilio, 2006).
El capitalismo exuda odio y violencia por todos sus poros, a la vez que posibilita el surgimiento de nuevas identidades también genera aberrantes hechos de homolesbotransfobia, que no van a desaparecer a menos que acabemos con el capitalismo. Por este motivo, la única perspectiva para poder vivir libremente nuestras identidades es la perspectiva anticapitalista de luchar por un mundo sin explotados ni oprimidos.
Bibliografía
D’Emilio, J. (1993). Capitalism and gay identity. En H. Abelove, M. A. Barale, & D. M. Halperin (Eds.), The lesbian and gay studies reader (pp. 467–476). Routledge.
Madrigal-Borloz, V. (2020). Práctica de las llamadas “terapias de conversión”: Informe del Experto Independiente sobre la protección contra la violencia y la discriminación por motivos de orientación sexual o identidad de género (A/HRC/44/53). Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.
Sánchez Berríos, J. E. Y. (2016). El concepto de reconocimiento en Charles Taylor [Tesis de licenciatura, Universidad Nacional Mayor de San Marcos]. Repositorio institucional Cybertesis UNMSM. https://hdl.handle.net/20.500.12672/5355
Taylor, C. (1989). Sources of the self: The making of the modern identity. Harvard University Press.
Taylor, C. (1994). The politics of recognition. En A. Gutmann (Ed.), Multiculturalism: Examining the politics of recognition (pp. 25–74). Princeton University Press. https://doi.org/10.1515/9781400821402-004
Taylor, C. (1996). Identidad y reconocimiento. Revista Internacional de Filosofía Política, 7, 10–19.




