Situación Nacional

Las peleas por arriba complican al oficialismo, por abajo surgen los reclamos

El gobierno recibe cachetazos por derecha con Larreta apoyado en el poder judicial mientras sostiene una política que cede la gestión de la pandemia a los intereses capitalistas. Por abajo surgen reclamos de trabajadores.



El fallo de la Corte Suprema de justicia, que apoyó a Larreta con respecto a la puja por las clases presenciales, es un nuevo revés para un gobierno que se encuentra asediado por múltiples flancos en momentos del un fuerte impacto de la segunda ola del Covid.

El argumento jurídico en el que se apoya el fallo es la autonomía de CABA y la nulidad jurídica del AMBA como región, estableciendo que la Ciudad de Buenos Aires tiene autonomía para definir su modalidad educativa. Desde el oficialismo se apoyan en que tanto CABA como el Gran Buenos Aires forman parte de un mismo tejido social (el virus no conoce la General Paz). El fallo sienta un antecedente complicado para el Gobierno Nacional: obstáculos estrictos a las decisiones del ejecutivo sobre todo el territorio del país.

Cristina Kirchner calificó el fallo como un golpe institucional. El presidente espetó desafiante: «dicten las sentencias que quieran». El rechazo oficial al fallo estuvo a cargo de un débil comunicado firmado por el ignoto Juan Pablo Biondi, Secretario de Comunicación y Prensa de la Nación.

Este revés sucede a pocos días de la interna exhibida en el propio frente oficialista producido por el intento de Guzmán de despedir a Federico Basualdo tras su oposición (con el apoyo de CFK) al intento del Ministro de avanzar con un fuerte tarifazo en los servicios públicos. Finalmente, la pulseada se saldó a favor del ala kirchnerista, estableciendo un aumento a la luz del 9% (menor del que quería Guzmán, pero aumento al fin), y con la continuidad en su cargo (por el momento) del funcionario.

Este golpe en la política de gestión pandémica, sumado al retroceso de Fernández y Guzmán en la pelea interna, exponen al presidente como una figura débil, presionado por múltiples flancos y atravesando una crisis de rumbo en momentos en que la pandemia no afloja y amenaza con saturar el sistema de salud.

La hoja estratégica del FDT «fernandista» era apoyarse en una relativa contención del desastre pandémico (aunque la situación se agrava, en Argentina no se vivieron todavía desbordes como en Brasil, Perú y otros países) para «ajustar» la economía. Léase reducir el déficit fiscal, acordar con el FMI, planchar los salarios. En definitiva aumentando la «competitividad» del país en términos capitalistas, un plan que perjudica más que a nadie a la clase trabajadora al ser su salario el factor principal para abaratar los precios internacionales. El ariete principal de dicho plan era sin duda el Ministro de Economía, Martín Guzmán (prácticamente un vocero del FMI) que ahora se vio sumamente debilitado por la interna.

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Los límites del plan sanitario fueron el primer factor que le quitó credibilidad al ejecutivo: las vacunas llegando a cuentagotas, medidas restrictivas inconsecuentes para no afectar la facturación de los empresarios (negándose a cerrar por 15 días lugares de trabajo donde hay contagios), la negativa rotunda a continuar con subsidios como el IFE para quienes no pueden trabajar, etc. El intento de ahorro presupuestario redundó en la no inversión en infraestructura sanitaria y escolar, lo cual derivó en la no preparación estructural para la segunda ola. Y todo esto sumado a un deterioro económico, con aumentos constantes de la canasta básica sin medidas reales para mantener los precios a raya, al tiempo que un pacto de «paz social» con los sindicatos para planchar los salarios.

El gobierno recibe cachetazos «por derecha», con Larreta apoyado en el poder judicial, luego de haber cedido completamente a los intereses de los capitalistas, a no haber avanzado consecuentemente con medidas a favor de la clase trabajadora para defender su salud y calidad de vida en el marco del fuerte impacto de la segunda ola. A su vez, el descontento de los sectores populares (y cierta cintura del kirchnerismo, que busca administrar el ajuste luego de las elecciones) le pone límites a un giro completamente conservador, que era la otra hipótesis barajada por el Frente de Todos, aumentando la presencia policial y limitando el derecho a la protesta, orientación que por el momento no se corroboró.

Sin embargo, la situación económica de los trabajadores se sigue deteriorando mes a mes. La inflación acumula más del 17%, y salvo donde hubo importantes luchas, como la de los trabajadores de salud de Neuquén, los gremios acuerdan salarios que caminan por detrás del aumento de los precios. La pobreza ronda el 42% y la indigencia el 10,5%, siendo otro índice que enciende las alarmas. Por vía inflacionaria, el gobierno deja correr un ajuste indirecto que empobrece a los sectores populares. Se sigue deteriorando el poder adquisitivo del salario, aumenta la explotación y reduce la calidad de vida de amplios sectores.

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Esta situación incorpora el tercer flanco por donde recibe presión el oficialismo: el de las luchas obreras que, aunque incipientemente, comienzan a surgir. Porque a pesar de la complicidad criminal de los principales dirigentes sindicales, algunos sectores han comenzado a salir a reclamar autoconvocándose, empujados por la propia necesidad de defender sus derechos.

En estos últimos días, a los paros docentes y conflictos en salud en distintas localidades (como Mar del Plata y La Matanza) se han sumado los choferes de colectivos, que realizaron cortes en el Acceso Oeste, trabajadores de servicios protestando en Edesur, trabajadores aeronáuticos de Just y otros. La expresión más radicalizada de esta tendencia ha sido el conflicto de los elefantes de Neuquén, que tras 22 días de bloqueo a Vaca Muerta lograron un importante aumento salarial, hace unas semanas. Si el surgimiento de luchas autoconvocadas se convierte en tendencia, se podrían comenzar a asomar frente a la asfixiante polarización por arriba que ocupa todo el debate público, los reclamos y necesidades de los de abajo.

El plan estratégico de ajuste del fernandismo, lejos de estar derrotado, sigue su curso sin prisa pero sin pausa. La negociación con el FMI sigue, el planchazo al salario sigue, los aumentos de precios siguen, los recortes en salud, educación y ayudas sociales siguen. Por más que haya peleas por arriba, los partidos de la burguesía tienen acuerdo en contener los reclamos que surgen desde los trabajadores. Ni el kirchnerismo, ni Fernández, ni la derecha, quieren que se expresen las necesidades de los sectores populares. Sin embargo, por abajo las cosas se empiezan a mover. Si las luchas continúan y se profundizan, se puede comenzar a abrir una nueva perspectiva desde la izquierda.

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