La prohibición es negar la historia de la Guerra de Malvinas y lo que significa y simboliza históricamente para Argentina. El intento de prohibir el reclamo fue una censura evidente de una manifestación de defensa de la soberanía de un país que tiene una parte de su territorio ocupado por una potencia imperialista.
Cuando parecía que se iban a salir con la suya, los jugadores de la propia Selección desplegaron una bandera para que el mundo la viera. «Las Malvinas son Argentinas» decía una bandera blanca con letras negras.
Vergonzosamente, Alejandra Monteoliva, ministra de Milei, defendió la censura de las banderas del reclamo por Malvinas diciendo que estaba prohibido llevar «una bandera, camiseta, un trapo, lo que sea que tenga un mensaje de contenido político». Le habían preguntado específicamente por banderas de Malvinas. Para ellos, festejar en la embajada el aniversario de los Estados Unidos como si fuera un cumpleaños es lo más normal. Pero defender la soberanía argentina sobre Malvinas es «político» y divisorio.
La censura vino acompañada del intento de hacer de cuenta que el partido no tenía otro significado que ser un simple partido de fútbol. Querían hacer de cuenta que este será solamente un partido, y ponerle un bozal a la verdad. Es intentar negar el significado del partido de 1986 y el gol de «la mano de Dios».
El día anterior, el propio Scaloni en conferencia de prensa había intentado disimular. Muy probablemente con presión de la FIFA. «Es solamente un partido» respondía frente a insistentes preguntas. Era tan necesario aclarar porque simplemente nadie se lo creía. La cuestión es que los «jefes» del Mundial y sus socios se sentían incómodos específicamente con el reclamo argentino por la soberanía de Malvinas.
Nadie en Argentina (al menos nadie fuera del Gabinete de Milei) iba a estar contento con que la decisión de la FIFA, seguida por el gobierno yanqui y la Casa Rosada, se impusiera. Y los jugadores argentinos hicieron lo que sabían que tenían que hacer.
Se vio en seguida quiénes iban a ser los ofendidos. La protesta contra la bandera, la reafirmación de que era «solamente un partido», tuvo dos voceros: Milei y el gobierno británico.
“La política no debe apropiarse de esta fiesta de los argentinos” dijo Milei. Es cómico el nivel de ajenidad de esta afirmación con la realidad. Para Milei, es como si Malvinas fuera una cosa que le quisieron imponer desde afuera a los festejos populares del Mundial, como si no fuera una cosa que inevitablemente se iba a convertir en bandera del partido Argentina-Inglaterra. Hablar despreciativamente del reclamo soberano por Malvinas llamándolo «la política», tal vez creyéndose que no podía tener nada que ver con la alegría por el triunfo futbolístico, dice mucho sobre el lugar que tiene para Milei el reclamo soberano sobre las islas.
El gobierno británico,es otro descontento, que pidió que la FIFA investigue y sancione a los responsables. «La Copa no será británica, pero las Malvinas lo son» dijeron los voceros de la usurpación comenzada en 1833, y que quiere rastrear su legitimidad a la época en la que controlaban lo que hoy es Estados Unidos y porciones de la India y Bangladesh.
La posición extremadamente cipaya del gobierno mileísta generó incomodidad hasta en sus propias filas, en particular en la hoy opositora Villarruel. Pero la derecha que se muestra «malvinista» es también la misma que sostiene la política de perpetuar para Argentina la condición de país subordinado de Estados Unidos. No hay ninguna causa común con ellos respecto a Malvinas, porque con o sin las islas su política es la de la explotación capitalista del país, nacional y extranjero.




