El covid-19 ha sacudido al conjunto de planeta alterando la vida cotidiana de más de 7 mil millones de personas simultáneamente. Un evento universal cuyo origen se encuentra en las destructivas relaciones que el capitalismo genera entre la humanidad y la naturaleza (ver al respecto nuestra la declaración de SoB), y que ha provocando al momento 2,4 millones de muertes y más de 100 millones de contagios.

A las consecuencias sanitarias y psico-sociales de la pandemia se suma el agravamiento de la crisis económica que ha causado la destrucción de millones de puestos laborales y en consecuencia una enorme crisis social, sometiendo a porciones enormes de la población mundial a la marginación y miseria. Un deterioro que continúa y que se proyecta hacia adelante en la medida que la pandemia persista. Por el contrario, los mega ricos, una selecta porción de la población entre los que se encuentran las mil familias más adineradas del mundo, han recuperado las pérdidas del 2020 en los últimos 9 meses, y entre ellas las 10 más ricas han aumentado su patrimonio en medio billón de dólares a pesar de todo.

Junto a las consecuencias de la pandemia, un nuevo mazazo golpea la conciencia de millones en el mundo. Y es que la lógica de ganancias, naturalizada durante años y años como lo único posible, ha quedado expuesta ante una nueva aberración: la insuficiencia de vacunas por la competencia entre empresas y Estados.

El salto histórico en la velocidad de invención de vacunas que posibilitaría ponerle un punto final al virus ha generado expectativas que hoy comienzan a chocar con la realidad. Se ha desatado una “guerra” por las vacunas ante la escasez de dosis, en la que la masa de trabajadores y los de abajo tienen todas las de perder, situación que se encuentra agravada en los países de menores recursos. Es una escasez “artificial”, provocada no por la falta de medios, de capacidad técnica o de insumos para producirlas a escala mundial, sino por el derecho capitalista de patente que sanciona la propiedad intelectual de las multinacionales farmacológicas sobre las fórmulas y moléculas con potencial terapéutico.

Así, la enorme conquista científica que significa el descubrimiento de tratamientos contra el covid-19, lejos de retribuir al conjunto de la humanidad, se transforma por el mecanismo de patentamiento en fuente de lucro para la industria farmacéutica, la segunda en ganancias a nivel mundial luego de la industria bélica.

Ejemplo de esto es Pfizer- BioNtech (de origen estadounidense- alemán), que estima que el negocio de las vacunas contra el covid-19 podría retribuirle 15 mil millones de dólares sólo durante el 2021 (Forbes). Otro ejemplo de esto es el tratamiento con Remdesivir, único medicamento probado para tratar el virus y cuyo precio es superior a los 2mil dólares, mientras que investigaciones dan cuenta de que el costo de producción es cercano a los 9 dólares (informe de Médicos sin Fronteras). Y esto son sólo algunos ejemplos.

Ante la situación pandémica a la que nos somete el capitalismo, agravada ahora por la sed de ganancias que pone en riesgo la salud y la vida de los explotados y oprimidos, exigimos la anulación inmediata de las patentes de todas las vacunas contra el covid-19 entre las que se encuentran la Sputnik V, Pfizer, Moderna, Astrazeneca, Jhonson y Jhonson, CureVac, Sanofi, Sinopharm entre otras. ¡Estamos en contra de que las vacunas sean propiedad privada, deben ser declaradas patrimonio de la humanidad y de acceso universal y gratuito para toda la población!

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A su vez, el escasez provocado por la irracionalidad capitalista da lugar a una nueva dificultad. Es que la lentitud del proceso de producción da tiempo a la mutación del virus que eventualmente podría escapar a la inmunización que generan las vacunas. Sudáfrica estaría negociando la posibilidad de reventa o intercambio de las dosis adquiridas de la marca Astrazeneca por detectarse una baja eficacia ante la cepa surgida en dicho país. Un hecho que de confirmarse plantearía una nueva dificultad (Reuters). Incluso si es posible adaptar las vacunas a nuevas cepas, esto implicaría volver a vacunar a las poblaciones contra las variantes del virus.

Mientras que los principales estados del mundo han volcado subsidios multimillonarios a las los pulpos farmacéuticos para la creación de vacunas (2.700 millones de dólares invertidos por la Unión Europea y 2.600 por parte de Estados Unidos), financiando parte de la producción o incluso la totalidad (como es el caso de la estadounidense Moderna), las empresas farmacéuticas exigen a los países acuerdos secretos que implican no sólo el secreto científico respecto de las fórmulas, sino también el secreto comercial que impide conocer los costos de producción de las vacunas dando lugar a sobreprecios descomunales. Recientemente se conoció que Astrazeneca negoció un precio de 2,19 dólares por dosis a la UE mientras exigió 5,25 dólares a Sudáfrica.

Entre las cláusulas exigidas por las empresas a los Estados se encuentran la inmunidad de las farmacéuticas ante cualquier efecto contraproducente o no deseado por el uso de vacunas y la imposibilidad de revender o donar parte de las dosis adquiridas, además de la obligación de ocultar el costo pagado por cada Estado para la adquisición de dosis. Junto a la eliminación de patentes exigimos el fin del secreto comercial para poner en conocimiento a toda la población mundial respecto de los costos de producción de las vacunas.

Estamos ante una guerra desigual de todos contra todos por las vacunas, en la que las principales potencias imperialistas corren con enormes ventajas sobre el resto de los países del mundo. Pero aún así las desigualdades capitalistas someten en todos y cada uno de los países a que los de abajo, los explotados y oprimidos, las minorías nacionales y poblaciones de color y las mujeres, sean los más perjudicados. Mientras tanto, los ricos, los poderosos y funcionarios de los gobiernos tienen acceso privilegiado a las vacunas.

El Reino Unido y la Unión Europea han entrado en disputa por las dosis de AstraZeneca-Oxford y Pfizer. Se acusan mutuamente de retener la producción de vacunas de estas empresas para priorizar la inoculación de las propias poblaciones, mientras que las estimaciones tanto de Boris Jhonson (primer ministro del Reino Unido) como las Ursula Von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea) es la de lograr la inmunidad rebaño antes del verano boreal.

Estados Unidos, por su parte, tiene reservadas cerca de 600 millones de dosis y acuerdos de compra anticipada por 1000 millones, un número que supera por dos la cantidad de dosis necesarias para inocular a toda la población. También Canadá ha comprado anticipadamente suficientes dosis como para vacunar 5 veces a su población.

Mientras las potencias imperialistas se arrancan los ojos para lograr la inmunidad rebaño en sus respectivos países, el resto del mundo recibe migajas. El plan de reparto de vacunas de la OMS “Covax” garantizaría dosis para vacunar al 3% de la población de los países adheridos, un porcentaje de la población insignificante. Fuera de esto, cada país queda librado a sus propias posibilidades de hacerse de vacunas. De los 92 países que califican para recibir vacunas a través de Covax sólo una docena han logrado algún tipo de contrato con farmacéuticas para aumentar su adquisición.

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El resultado de esta situación es que cerca del 60% de las vacunas existentes han sido adquiridas por las principales potencias imperialistas, que representan a su vez el 16% de la población mundial, mientras que se estima que a este ritmo de producción y de acopio de vacunas el 25% de la población mundial no podrá vacunarse hasta el 2022.

Las principales potencias entre las que se encuentran Estados Unidos, la Unión Europea, Gran Bretaña, China, Rusia y Japón han rechazado la posibilidad de eliminar las patentes en defensa abierta de las empresas y la propiedad privada, ante el reclamo por parte de Sudáfrica y la India y un centenar de países bajo el auspicio de la OMS y ONGs como Médicos sin Fronteras u Oxfam.

No es suficiente con declaraciones, por progresivas que sean. Este reclamo debe ir acompañado de la organización y la movilización y la solidaridad internacional entre los trabajadores y el conjunto de los explotados y oprimidos que son los que más sufren las consecuencias de la pandemia en los respectivos países. Es indispensable exigir en las calles a los distintos gobiernos la ruptura de las cláusulas secretas tanto científicas como comerciales. Y junto con esto exigir la producción masiva poniendo por delante los intereses de la mayoría de la población por encima de un puñado de empresas multimillonarias.

La capacidad de producción farmacéutica está lejos de ser exclusiva de las principales potencias. Existen muchos países con capacidad técnica y cultural que en cooperación podrían desarrollarlas y ponerlas a disposición del conjunto de la población. Por el contrario, dado que la ciencia y la producción bajo el capitalismo se encuentran sometidas al lucro, no ha existido colaboración ni científica ni productiva entre los distintos países, lo que ralentiza y limita artificialmente la capacidad que tiene la humanidad para superar la pandemia.

Por eso urge, junto a la anulación de las patentes, el fin de los secretos comercial y la declaración de las vacunas como bien público, gratuito y de acceso universal, la nacionalización de las empresas farmacéuticas para ponerle fin a la especulación de la ganancia a costa de la salud del conjunto del planeta. La producción privada de las vacunas limita la fabricación a la órbita de influencia de los capitalistas privados en competencia y fuerza la producción a un volumen menor a la que es “objetivamente” posible. Las enormes fuerzas productivas (en las que incluimos los avances de la ciencia y sus conocimientos) controladas por los trabajadores, y por lo tanto sometidas a la necesidades de la enorme mayoría de la sociedad y no a los mezquinos intereses privados, permitirían poner fin al flagelo de la pandemia con mayor rapidez.

Llamamos a las organizaciones políticas, de derechos humanos, los movimientos sociales y los sindicatos a oponerle a la mezquindad capitalista la solidaridad y la ayuda mutua entre los explotados y oprimidos. Es momento de empezar a tejer lazos solidarios internacionales y en cada país entre los de abajo, e impulsar la lucha mancomunada para que las 7 mil millones de personas del mundo tengan acceso a las vacunas y ponerle fin a la barbarie capitalista.

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