410 años de la muerte del "Bardo de Avon"

La subversión literaria de William Shakespeare

“Shakespeare no pertenece a una sola época sino a la eternidad”

Ben Jonson, 1623

William Shakespeare revolucionó la literatura mientras se revolucionaba el mundo. Con el ascenso de la burguesía, todos las viejas y vetustas relaciones sociales tradicionales, todas las viejas garantías morales tradicionales se vinieron abajo.

Pero la gran pluma de la lengua inglesa, el inventor de miles de palabras según algunos estudiosos, hizo mucho más que reflejar a su época. Convirtió el revolucionamiento de todo lo que en la vida material debía morir en creación de alcance histórico de lo que en la vida espiritual merecía vivir. Shakespeare fue más que un dramaturgo, fue un crítico de todas las sociedades anteriores y de sus valores. Sus obras son más que excelentes historias: son una de las primeras grandes penetraciones artísticas en la psicología humana como la entendemos contemporáneamente, en la manera de plantearse aspiraciones y batallas que los siglos anteriores no pudieron o no quisieron convertir en arte.

«Shakespeare, humanista y hombre con perspectiva histórica, se concentra en cuestiones morales, políticas y filosóficas de significación universal; se esfuerza por cambiar el mundo»Aleksandr A. Smirnov. Con Shakespeare, la narración dejó de buscar personajes arquetipos y puso el foco en las personas reales, tal y como son, con sus incoherencias, sus cobardías, sus valentías, su heroísmo y sus contradicciones.

Los personajes dejaron de tener una mera función para comenzar a tener personalidad. Shakespeare fue de los primeros en darle un lenguaje cultural al proceso de individuación humana. Las relaciones sociales precapitalistas eran rígidas y jerárquicas, la personalidad esperada estaba dada por el lugar que ocupaba cada uno en esa jerarquía. El arte expresaba esa realidad con la construcción de los arquetipos.

La obra shakesperiana subvierte culturalmente todo lo existente. Nada de lo viejo quedó en pie, al menos no de palabra, y nuestra manera de mirar el arte cuatro siglos después está profundamente influenciada por la obra del Renacimiento inglés tardío y la Ilustración temprana concentradas en Shakespeare. La determinación de nuestros gustos está profundamente arraigada por el movimiento cultural del que Shakespeare fue protagonista, pues toda ficción con personajes arquetípicos nos parece propia de otra época. No hay ficción contemporánea que no se deba mirar en el espejo de Hamlet, Macbeth, Shylock, Ofelia y Porcia.

Es ampliamente conocido que el escritor inglés fue una influencia literaria inmensa en Karl Marx. Su apodo familiar, «el moro», era una referencia a Otelo. No es casualidad. Algunos pasajes de El Capital se superponen con frases shakesperianas. Hay autores que hasta argumentan que hay una dialéctica en Shakespeare que influenció en Marx tempranamente. Después de todo, Hamlet solamente pudo conseguir justicia renunciando a la razón y abrazando la locura. Su triunfo fue su derrota, consiguió lo que buscaba perdiéndolo todo.

No pretendemos hacer un análisis exhaustivo de la obra de Shakespeare. Es algo demasiado ambicioso para este artículo. Solamente daremos cuenta de algunos de sus más brillantes momentos de crítica a lo existente.

Macbeth y el derecho divino

Macbeth y Lady Macbeth son de los monarcas más humanos de la historia de la literatura. Son ambiciosos, cobardes y traicioneros. Si el destino y la fatalidad los puso en el trono, también los llevó a la locura y la muerte.

Los protagonistas de la obra de nombre maldito son usurpadores que llegaron al poder a través de la traición y la perjuria. El mismo destino que les dio lo que querían les arrebató todo. De la legitimidad divina de los monarcas no queda nada:

«Ahora siente su título / colgar suelto sobre él, como la túnica de un gigante / sobre un ladrón enano.»

Los reyes son individuos reales, traidores y cobardes pero con capacidad de arrepentimiento, aunque sea por los motivos equivocados y demasiado tardíamente. Macbeth es una obra eterna de crítica a la majestuosidad monárquica.

Hamlet, la igualdad, la razón y la locura

Otro pasaje clásico de crítica a la ideología monárquica y aristocrática se encuentra en Hamlet.

«Un hombre puede pescar con el gusano que ha comido de un rey, y comer del pez que se ha alimentado de ese gusano… un rey puede hacer un viaje de progreso a través de las tripas de un mendigo«.

La igualdad, en Hamlet, es igualdad en la muerte. Dice Hamlet en la famosa escena en la que sostiene en su mano una calavera:

«¡Ay! ¡Pobre Yorick! Yo le conocí, Horacio…, era un hombre sumamente gracioso de la más fecunda imaginación. Me acuerdo que siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros… y ahora su vista me llena de horror; y oprimido el pecho palpita… Aquí estuvieron aquellos labios donde yo di besos sin número. ¿Qué se hicieron tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de ordinario animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya enteramente de músculos, ni aún puedes reírte de tu propia deformidad… Ve al tocador de alguna de nuestras damas y dila, para excitar su risa, que porque se ponga una pulgada de afeite en el rostro; al fin habrá de experimentar esta misma transformación…»

El protagonista, que reflexiona de esta manera sobre la muerte y la igualdad, es él mismo un príncipe, hijo de un rey. Él es el héroe de su historia, pues busca consagrar un acto de venganza y justicia frente al asesinato de su padre. Pero no lo hace impulsado por un sentido de moralidad sino atravesado por la cobardía y las dudas.

Hamlet, como hemos dicho, no conquista con su causa un bien mayor: se abandona a la locura y la muerte suya y de todos cuanto lo quieren, tal es el resultado de su triunfo.

«¿Cuál es más digna acción del ánimo,
sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta,
u oponer los brazos a este torrente de calamidades,
y darlas fin con atrevida resistencia?»

La acción, en Hamlet, es duda y sufrimiento.

Shylock, la avaricia, la igualdad y las mujeres

El mercader de Venecia es una de las obras más interesantes de Shakespeare.

Su protagonista no es Shylock, pero como antagonista es el protagonista más perdurable de la influencia literaria de esta obra. Él no solamente es la encarnación del mercader avaricioso, es un arquetipo del antisemitismo de la época. Shylock es descrito simplemente como «el judío». Su venganza y su maldad, su avaricia, dejan de ser propia de una religión odiada por el cristianismo y se convierten en un problema de la condición humana, y de la burguesía como tal, judía o cristiana:

«¿Es que un judío no tiene ojos? ¿No tiene un judío manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No se alimenta de la misma comida, no se hiere con las mismas armas, no padece las mismas enfermedades, no se cura con los mismos medios, no se calienta y enfría con el mismo invierno y verano que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no reímos? Si nos envenenáis, ¿no morimos? Y si nos hacéis daño, ¿no nos vengaremos?

Si somos como vosotros en todo lo demás, nos pareceremos a vosotros en eso. Si un judío hace daño a un cristiano, ¿qué humildad muestra? ¡Venganza! Si un cristiano hace daño a un judío, ¿qué lealtad debe mostrar, siguiendo el ejemplo cristiano? ¡Venganza!

La villanía que me enseñáis, la pondré en práctica, y será difícil que no supere la instrucción

No pudimos reproducir este pasaje sin recordar claramente la brillante interpretación de Al Pacino.

Otro de los aspectos más interesantes de El mercader de Venecia es el rol de las mujeres. Mientras el protagonista masculino, Antonio, fue derrotado sin remedio por Shylock, su enamorada Porcia tuvo que rescatarlo. Para poder hacerlo, tuvo que ejercer de abogada en el juicio entre Shylock y Antonio, y para eso tuvo que disfrazarse de hombre. Esta trama fue pensada para un teatro inglés del siglo XVI, en los que las mujeres tenían prohibido actuar. Los personajes de El Mercader de Venecia fueron entonces en su época actuados frente al público por hombres haciendo el papel de personajes mujeres que se hacían pasar por hombres para ejercer una profesión que les estaba vedada, y así poder salvar el día. Se puede intuir con claridad qué opinaba Shakespeare sobre la prohibición a las mujeres de ejercer ciertas profesiones.

El Rey Lear, la igualdad y la desnudez

En Rey Lear todos los hombres son iguales al rey en su desnudez. Cuando el anciano protagonista ha sido despojado de todo poder por sus propias hijas, tras una vida como monarca, Lear encuentra consuelo en entenderse igual a los demás. Cuando mira bailar a un mendigo bajo la lluvia, toma la decisión consciente de despojarse de sus ropas y ser con él un igual:

«¿No es el hombre más que esto? Consideradlo bien. Tú no le debes seda al gusano, ni piel a la fiera, ni lana a la oveja, ni perfume al gato de algalia… Tú eres la cosa misma; el hombre sin adornos no es más que un pobre animal desnudo y bífido como tú.».

«¡Fuera, fuera, lo que me habéis prestado! ¡Desabrochaos aquí!».

Los atavíos del rey son préstamos del gusano, de la fiera, de la oveja. Sin ellos, el rey es un hombre desnudo. Uno que sin ropas puede finalmente ser un igual al mendigo loco. Y así finalmente critica los lujos de las clases dominantes:

¡Pobres desheredados, donde quiera que os halléis, aguantando todo el furor de esta implacable tempestad ¿cómo pueden resistirla vuestras cabezas sin abrigo y vuestros miembros mal cubiertos de andrajos y extenuados por el hambre? ¡Ah! ¡mucho olvidé vuestras necesidades! Lujo devorador, ve ahí tu remedio: exponte a sufrir lo que los desheredados sufren y aprenderás a despojarte de lo superfluo de tus bienes, repartiéndolo entre los pobres y alcanzando perdones del cielo.

La subversión del amor cortés: Romeo y Julieta y Sueño de una noche de verano

El paso a la posteridad de Romeo y Julieta como una historia de amor «ideal» es probablemente uno de los mayores malentendidos de la historia de la literatura. La obra de Shakespeare es una crítica brutal al ideal y al género literario del «amor cortés», tan en boga en los siglos previos.

Romeo y Julieta es una sátira. Comparte todos los tópicos del amor cortés (la idealización de la dama, la imposibilidad del amor, el final trágico o con amor inconcluso) junto a una crítica a la moda literaria del amor frenético. El amor de Romeo es irracional y, sobre todo, inconstante: en cuanto conoce a Julieta se olvida completamente de Rosalina, de quien estaba igualmente enamorado. El enamoramiento, el casamiento y la muerte se suceden en unos pocos días.

Y, sobre todo, la obra tiene personajes que critican frontalmente el ridículo comportamiento de los protagonistas, que acaban ambos muertos. El Fray Lorenzo les advirtió oportunamente:

“Estos placeres violentos tienen finales violentos
Y en su triunfo mueren, como el fuego y la pólvora” 

Sueño de una noche de verano es todavía más clara. El duende Puck confunde a todos los involcurados administrando pociones de amor, que convencen a los protagonistas de amores intensos y superficiales que a ellos les parecen eternos. Así, el amor no es constante y racional, es caprichoso. Y cuando la reina de las hadas Titania se enamora de un hombre de clase trabajadora que ha sido convertido en un asno gracias también a lo hecho por Puck, todas las ataduras de racionalidad, de clase y de especia han sido rotas.


Este breve ensayo, escrito rápidamente, está muy lejos de ser exhaustivo. Solamente podemos hacer un homenaje muy parcial e incompleto de una de las mejores y más profundas plumas de la historia.

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