En este artículo abordaremos la persecución por parte del estalinismo al movimiento de la diversidad sexo-genérica. Dicha temática no ha recibido la suficiente atención debido principalmente a la dificultad para acceder a fuentes primarias luego del triunfo de la contrarrevolución estalinista. Así, por ejemplo, el historiador estadounidense Barry Adam en su libro “The Rise of Lesbian and Gay Movement”, escrito en 1987, podía afirmar lo siguiente
“Las leyes antihomosexuales del periodo estalinista permanecen (…) hasta el día de hoy, y el monopolio estatal de los medios de comunicación ha asegurado un silencio casi ininterrumpido sobre el tema. La historia completa sobre el terror estalinista sobre las personas homosexuales aún está por contarse” (Adam, 1987: p.48)
Sin embargo, en los últimos años la apertura de los archivos soviéticos ha posibilitado toda una nueva serie de investigaciones sobre el tema. Valiéndonos de algunas fuentes primarias y de los últimos avances historiográficos buscaremos indagar en esta temática, que es de gran importancia en la lucha por una perspectiva anticapitalista para el movimiento de la diversidad sexo-genérica. Es bien conocida la estrategia de los sectores reaccionarios de acusar al socialismo de ser una ideología homofóbica amparándose en el accionar de Stalin o de sus representantes a nivel internacional.
Así, una de las bases de las cuales partimos es reivindicar la Revolución Rusa como una gesta emancipadora que, en su afán de construir una sociedad sin explotados ni oprimidos, logró una serie de conquistas históricas para el movimiento de la diversidad sexo-genérica, como lo fue la despenalización de la homosexualidad en la Unión Soviética. A su vez, buscaremos rescatar la resistencia del movimiento frente a la contrarrevolución estalinista, que ha sido invisibilizada ya sea por falta de fuentes o por análisis interesados que buscaban endilgar la homofobia como una característica de la izquierda.
La primavera revolucionaria
El triunfo de la Revolución Rusa significó un momento de emancipación para la población homosexual del Imperio Ruso. En la Rusia prerrevolucionaria, al igual que en Alemania y muchos otros países, la homosexualidad era considerada un delito y se encontraba penada por ley.[1] A pesar de esto, las principales ciudades del Imperio, como San Petersburgo (luego llamada Petrogrado), tenían importantes comunidades homosexuales con sus propios lugares de sociabilidad, sus expresiones en el mundo de la cultura como la obra del escritor, poeta y músico Mijail Kuzmin[2], etc.
En el primer código penal adoptado en la Rusia Soviética, las relaciones homosexuales consensuadas entre personas mayores de edad dejaron de considerarse como delito. De la mano de la despenalización de la homosexualidad se dio un florecimiento de la cultura homosexual con sus múltiples expresiones. De esta forma, mientras que películas como “Anders als die Andern” (Diferente a los demás)[3] eran prohibidas y censuradas en Alemania, podían ser disfrutadas en los cines rusos con total libertad.
Esta despenalización de la homosexualidad era vista por los revolucionarios rusos como una medida emancipatoria sobre un sector oprimido y entre los bolcheviques reinaba un consenso de que el Estado no debía entrometerse en las relaciones sexuales de las personas siempre y cuando estas fueran relaciones consentidas entre personas mayores de edad. Por ejemplo, médicos higienistas soviéticos y activistas por la Revolución Sexual, como el profesor de medicina de la Universidad de Moscú, Grigorii Baktis, podían publicar y circular (nacional e internacionalmente) folletos con el siguiente contenido
“La legislación no interfiere con ninguna relación sexual, siempre que tenga lugar entre dos adultos sin ninguna compulsión. La naturaleza de las actividades sexuales resultantes de tal relación es un asunto privado entre las personas involucradas. La cuestión de la moralidad pública no existe para la legislación en este caso.
La legislación soviética considera la homosexualidad, la sodomía y todas las demás formas de gratificación sexual que la legislación europea presenta como un delito público contra la moralidad exactamente de la misma manera que las llamadas relaciones sexuales “naturales”. Todas las formas de relaciones sexuales son asuntos privados. La cuestión del enjuiciamiento penal sólo surge cuando se utilizan la fuerza y la coacción, como en el caso de una agresión o de una lesión a los intereses de otra persona” (Citado en Gaido, 2020)
A su vez, en el marco de la lucha por la revolución internacional, muchos revolucionarios comunistas participaban de Liga Mundial para la Revolución Sexual, organismo creado por Magnus Hirschfeld para luchar internacionalmente por la despenalización de la homosexualidad. Se creía que la construcción del socialismo necesitaba de un revolucionamiento de las relaciones sociales, ya sea entre hombres y mujeres, dentro de la familia, entre las nacionalidades y también una “Revolución Sexual”.
Sin embargo, este proceso de transición al socialismo fue truncado en pocos años por el triunfo de la contrarrevolución estalinista que terminó barriendo con todas estas conquistas.
La contrarrevolución estalinista
Cualquier investigador serio que analice las expectativas de los bolcheviques en 1917, así como sus primeras políticas en diversos ámbitos como la sexualidad, la cultura, la educación, los derechos de la mujer, el campo, las ciudades, etc. y los compare con la realidad de la Rusia estalinista de mediados de la década del 30, se encontrará con los contrastes más marcados en la historia del siglo XX.
Esto nos obliga a analizar seriamente y sin dogmatismos que fue lo que pasó. Un primer elemento a destacar, es que entre la Revolución Rusa y el estalinismo no hay un “hilo de continuidad”, sino más bien una profunda ruptura. Maurice Meisner, una de los principales referencias a la hora de estudiar la Revolución China y la posterior República Popular China, señalaba algo parecido al comparar la Revolución China de 1949 con la Revolución Rusa:
“Los comunistas chinos llegaron al poder en 1949 sin las esperanzas revolucionarias mesiánicas que los dirigentes bolcheviques rusos habían mantenido tan fervientemente en 1917. Para Lenin, la revolución bolchevique era el preludio de la realización de la profecía marxista de la revolución mundial y el socialismo internacional. Sin embargo, las esperanzas revolucionarias utópicas pronto fueron frustradas por las duras realidades de la guerra civil, la intervención extranjera y el aislamiento de la revolución en la atrasada Rusia. (…) En vez del sueño de la revolución mundial, pronto todas las consideraciones se subordinarían a los intereses de la supervivencia del poder soviético en un solo país. En cuanto las semillas del despotismo estalinista estuvieron plantadas, no fue el estado sino las visiones utópicas las que comenzaron a marchitarse” (Meisner, 2007: P. 41)
Así, un primer elemento a señalar es que el estalinismo fue una contrarrevolución que sacó a la clase obrera del poder, eliminó todas las conquistas revolucionarias e, incluso, eliminó físicamente a través de las grandes purgas a toda la generación de militantes revolucionarios que estuvo al frente de la revolución. Tras expropiar el poder político al proletariado, el poder y el Estado quedaron en manos de la burocracia. Siguiendo aquí la caracterización de Roberto Sáenz (2024), el surgimiento y consolidación de la burocracia estalinista fue un fenómeno novedoso en la historia, pues se trató de una clase política que acabó constituyendo el único sector privilegiado de la nueva y profundamente desigual sociedad soviética.
El ascenso del estalinismo estuvo marcado por tres grandes hechos: una colectivización forzosa y antisocialista en el campo, una industrialización acelerada en las ciudades y por último las Grandes Purgas. Con la colectivización forzosa, a través de métodos sumamente violentos y coercitivos, se privó a los campesinos de lo que había sido su gran conquista de la revolución, la tierra. Los métodos llegaron a tales extremos que incluso desencadenaron una de las hambrunas más grandes del siglo XX. Con la industrialización acelerada y en los marcos de un plan quinquenal burocrático marcado por la irracionalidad, se buscó industrializar al país sobre la base del relanzamiento de nuevas formas de explotación de la clase obrera y fomentar la competencia entre trabajadores.
A su vez, cientos de miles de campesinos debieron emigrar a las ciudades para trabajar en la nueva industria, pero los mismos venían derrotados y sin experiencias organizativas previas, todo lo cual contribuyó a terminar de destruir al viejo proletariado revolucionario para crear uno nuevo y más grande, pero profundamente desarticulado, desorganizado y atomizado. Por último, las grandes purgas significaron la eliminación física (es decir el exterminio), de la vieja guardia bolchevique y de toda la generación revolucionaria, así se llevaron a cabo fusilamientos masivos, deportaciones en masa y se extendió el sistema del gulag, campos de concentración donde reinaba el trabajo bajo condiciones brutales para presos políticos y presos comunes.
Este proceso llevó a la destrucción de todas las conquistas de la revolución. La historiadora Sheila Fitzpatrick señala algunas de ellas en su libro “La Revolución Rusa”, allí menciona la vuelta de la desigualdad y los privilegios, la eliminación de la reforma educativa progresiva de Lunacharski, la vuelta de las trabas para el ingreso de los trabajadores a la universidad, la recriminalización del aborto, la instauración de trabas para el divorsio, la recriminalización de la homosexualidad y la instalación de un clima de terror e histeria colectiva para construir una sociedad de la delación que destruía todos los lazos de solidaridad dentro de los distintos grupos sociales (Fitzpatrick, 2018).
Todo este proceso se dio gracias a que la clase obrera fue expulsada del poder y, como agudamente señala Roberto Sáenz, sin la clase obrera dirigiendo el proceso revolucionario es imposible la transición al socialismo. Esta centralidad de la clase obrera no deviene de un capricho, sino del hecho señalado por Marx de que para emanciparse la clase obrera debía acabar con todas las formas de explotación y opresión (incluyendo aquí la opresión a la diversidad). Dado que sus sufrimientos son universales su única perspectiva no es consagrar nuevos privilegios sino eliminarlos a todos y de allí deviene que la transición socialista consista en un proceso de abolición de todo Estado y de toda formación de clases (Sáenz, 2024).
La guerra del estalinismo contra la diversidad
Uno de los aspectos de la consumación de la contrarrevolución estalinista fue la destrucción de las conquistas democráticas de la revolución, entre las cuales se encontraba la despenalización de la homosexualidad. A partir de mediados de la década de 1930, el estalinismo comenzó una guerra extralegal primero y, legal después, en contra de la diversidad sexo-genérica, tanto dentro como fuera de la Unión Soviética. Sin embargo, antes de pasar a analizar los hechos concretos es necesario indagar en torno a una cuestión central para este articulo ¿Porque el estalinismo ataco y persiguió a las diversidades sexo-genéricas?
La homosexualidad no se reduce a solamente a su aspecto físico de relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, sino que es un proceso eminentemente identitario. Es decir, el hecho de que una persona pueda construir su identidad en torno a su orientación sexual es algo que no existió siempre, sino que hace referencia a un fenómeno novedoso en la historia y que surge en los marcos del capitalismo. En este sentido, la despenalización de la homosexualidad fue un proceso sumamente progresivo, pues constituyó un paso hacia la creación de una libertad igualitaria que, como señala Sáenz, es un aspecto central en un proceso sano de transición al socialismo. Estas conquistas hacen al proceso de individuación, al reconocimiento de la propia personalidad o, en palabras de Marx, “el libre desarrollo de cada uno como medida del desarrollo de todos”. Todo esto es un aspecto central en la emancipación del género humano, los socialistas revolucionarios luchamos por la igualdad y por la libertad, porque ambas son un par dialéctico y sin ambas es imposible la construcción de un mundo sin explotados ni oprimidos (Sáenz, 2024).
Algo similar fue lo que señaló en 1934 el homosexual y comunista británico Harry Whyte, quien residiendo en la URSS envió una carta de protesta a Stalin luego de la detención de su pareja por parte de la OGPU (la policía política de Stalin), en la que afirmaba lo siguiente
“Siempre he creído que estaba mal promover el eslogan separado de la emancipación de los homosexuales que pertenecen a la clase trabajadora de las condiciones de la explotación capitalista. Pienso que esta emancipación es inseparable de la lucha general por la emancipación de toda la humanidad de la explotación de la propiedad privada.” (Whyte, 1934)
Todo lo anterior nos pinta un panorama de todo aquello que el estalinismo quería evitar, pues en última instancia para asentarse en el poder lo que requería era de una sociedad atomizada, sin igualdad y sin libertad. Por otro lado, diversos autores han señalado otros aspectos para entender el ensañamiento del estalinismo contra la diversidad. Barry Adam señala que, para llevar adelante la imposición de su contrarrevolución, el estalinismo necesitaba imponer una moral reaccionaria de carácter productivista y reproductivista con el objetivo de aumentar y disciplinar la mano de obra (Adam, 1987). Sheila Fitzpatrick, sin abordar directamente la repenalización de la homosexualidad, señala la necesidad constante y casi patológica del estalinismo de controlar a la sociedad civil por medio de la coerción (Fitzpatrick, 2018 y 2019).
Luego del análisis y volviendo al tema de los hechos es de gran valor la obra de Dan Healey “Homosexualidad y Revolución”. Con las nuevas fuentes disponibles realizó un importante estudio de la política soviética hacia la homosexualidad, desde la revolución hasta la contrarrevolución estalinista. Señala que, si bien la penalización de la homosexualidad data del 7 de marzo de 1934, la misma comenzó antes de forma extralegal, es decir, que la represión inicio cuando la homosexualidad aún no era un delito según los códigos legales soviéticos. La iniciativa de repenalizar la homosexualidad fue impulsada por la OGPU, es decir uno de los sectores más oscuros de la burocracia (Healey, 2001) Yagoda, líder de OGPU (y futura víctima de las Grandes Purgas), en 1933 le enviaba la siguiente carta a Stalin:
“En agosto de 1933, se descubrieron casi 40 escondites para homosexuales en Leningrado, que comprendían alrededor de 400 pederastas. Los pederastas desarrollaron una amplia red de reclutamiento para sus escondites en los jardines y parques públicos de Leningrado y en los baños públicos; organizaron orgías en sus escondites, arrastraron a la juventud trabajadora y a los militares del Ejército Rojo a ellas, se involucraron en formas pervertidas de relaciones sexuales con menores e infectaron a los involucrados con enfermedades de transmisión sexual. Los escondites fueron organizados por los representantes de las clases hostiles y en todos estos escondites se realizó un trabajo activo de organización y agitación contrarrevolucionaria” (citado en Gaido, 2020)
Así, el estalinismo orquestó una campaña para asimilar la homosexualidad a la pedofilia. A su vez, dado que antes de 1934 la homosexualidad no era un delito, desde la OGPU luego de detener a un homosexual se lo obligaba a firmar falsas confesiones en las que admitían actividades “contrarrevolucionarias” o vínculos con el trotskismo y el fascismo. De hecho, se llegó al extremo en 1936 de caracterizar a los homosexuales como enemigos de clase de la revolución. A su vez, luego de la detención se realizaban allanamientos en sus casas y se buscaban datos sobre sus relaciones a través de sus cartas, agendas, etc. para así encontrar a más homosexuales, a la vez que se propiciaba la delación. Luego de la prohibición legal de la homosexualidad, se utilizaron métodos similares en juicios de carácter ahora legal (Haeley, 2001).
Por otro lado, simultáneamente se orquestó una campaña para desprestigiar a los homosexuales asimilándolos al fascismo. Stalin ordenó al escritor Máximo Gorki escribir un artículo en Pravda para justificar esta posición ridícula y reñida con la razón. En respuesta el famoso escritor escribió “Humanismo proletario”, un artículo que se caracterizó por no ser humanista y, mucho menos proletario:
«En los países fascistas, la homosexualidad, azote de la juventud, florece sin el menor castigo; en el país donde el proletariado ha alcanzado el poder social, la homosexualidad ha sido declarada un delito social y es severamente castigada. En Alemania ya existe un lema que dice: “Erradicando a los homosexuales, desaparecerá el fascismo” (Gorki, 1934)
El 7 de marzo 1934 se aprobaron una serie de modificaciones al código penal, cuyo nuevo artículo 154 planteaba que:
“las relaciones sexuales entre un hombre y otro hombre (pederastía) [parentesis en el original] seran penadas con prisión de tres a cinco años.” (citado en Hiller, 1946)
Sin embargo, esto no fue una tarea fácil, pues la homosexualidad había alcanzado un importante grado de aceptación en la sociedad soviética, tal es así que la repenalización de la homosexualidad fue una medida realizada en secreto. Esto puede verse con claridad en la carta que Harry White escribió a Stalin
“El camarada Borodin me ha indicado que el ser homosexual de ninguna forma disminuye mi valor como revolucionario. Él ha mostrado tener mucha confianza en mí al nombrarme jefe de redacción. No me trató como alguien que fuera o pudiera convertirse en un criminal. También señaló que mi vida personal no podría dañar mi estatus como miembro del partido y trabajador editorial, incluso en el menor grado. (…)
El psiquiatra especialista con el que hable sobre este asunto se negó a creer en la existencia de tal ley hasta que le enseñara una copia de ella. ” (Whyte, 1934)
Otro aspecto importante de la cuestión del nuevo artículo del Código Penal Soviético es que el mismo solo penaba la homosexualidad masculina y no la femenina. Sin embargo, se tomaron toda una serie de medidas para acabar con el lesbianismo por medios extralegales. Se llevaron adelante una serie de acciones para acabar con la emancipación de la mujer como la prohibición del aborto, las nuevas trabas al divorcio y una campaña de propaganda impulsada por Sergo Ordzhonikidze, importante funcionario y dirigente estalinista, que buscaban imponer a la maternidad como un deber social creando así de facto una política de maternidad obligatoria que llevó a una prohibición hecho del lesbianismo (Haeley, 2001). A su vez, todo esto vino acompañado de una campaña reaccionaria para relegitimar la institución de la familia y la imposición de la esclavitud doméstica de las mujeres. En el periódico del “Movimiento de las Esposas”[4], Obshchestvennitsa, podía leerse lo siguiente:
“Ni el asunto importante y serio, ni el maletín abultado, ni las interminables llamadas telefónicas dan al profesor Iakunin alguna razón para quejarse de falta de atención a la casa por parte de su esposa. En su habitación impera el orden ejemplar y abundan las comodidades acogedoras y femeninas. Como antes, ella y solo ella, se encarga de todas las tareas domésticas; como antes, al llegar a casa, su esposo encuentra una esposa cordial y atenta.” (Citado en Fitzpatrick, 2019)
Por último, no contento con todo lo logrado en materia de homofobia, el régimen estalinista decidió ir aún más allá. En el marco de las grandes purgas miles de homosexuales (entre ellos el ya nombrado escritor, poeta y músico Mijail Kuzmin), fueron deportados a distintos gulags en Siberia, en donde murieron víctimas de las pésimas condiciones de vida o donde directamente fueron fusilados.
A su vez, se prohibió a los homosexuales ser parte del partido en la URSS e incluso en el exterior se impidió a todos los partidos comunistas admitir en su seno a militantes homosexuales. Con esta medida, el estalinismo rompió con lo que había sido una de las características de la primera ola del movimiento de la diversidad sexo-genérica, a saber, la alianza con la izquierda revolucionaria. Esta herencia homofóbica fue trasladada a los Estados burocráticos en que se expropió el capitalismo en la posguerra.
Todo esto se dio en paralelo a la persecución del movimiento de la diversidad sexo-genérica en Alemania por parte del nazismo, que veía a la homosexualidad como una degeneración “judeobolchevique” y cuya política tuvo como resultado el exterminio de toda una generación de homosexuales en los campos de exterminio. Pero mientras el nazismo tuvo una política de exterminio físico, el estalinismo se orientó a acabar con los homosexuales en tanto sujeto colectivo, actor social y comunidad (aunque también compartió muchos de los métodos nazis de represión y asesinato).
Así, en su política represiva hacia la homosexualidad, lo que primó fue la instauración de un sistema de delación que fomentaba que unos denunciaran a otros y así instaurar la sospecha permanente y romper todos los lazos de solidaridad entre la comunidad, para así tenerla bajo control y neutralizarla políticamente. Por ejemplo, se solía dar indulgencia a los delatores y, aunque estos fueran homosexuales, podrían no recibir ningún castigo, lo cual fomentaba la delación constante y la falta de confianza.[5]
Una de las principales consecuencias de esto fue la vuelta al closet de la comunidad homosexual en la URSS. Lo cual entra en relación con un fenómeno más general dentro del estalinismo que la historiadora británica Sheila Fitzpatrick denominó como “ponerse la máscara” en el sentido de que dentro de la sociedad soviética era común el ocultamiento de la identidad, si una persona tenía un pasado reñido con el partido o incluso si alguno de sus familiares tenía algún antecedente de cualquier tipo, ya sea haber sido sacerdote, kulak, haber tenido relaciones con militantes de la oposición de izquierda o derecha, etc., era común que huyera a alguna ciudad alejada a crear una nueva vida sobre la base ocultar su antigua vida y relaciones (Fitzpatrick, 2019). El estalinismo obstruyó de forma profunda el proceso de individuación iniciado con las revoluciones burguesas y logró con gran éxito reprimir algo tan importante, profundo y positivo como lo es el desarrollo de la identidad propia de las personas.
La resistencia del movimiento
Todo este ataque a la comunidad de la diversidad sexo-genérica no quedó sin respuesta. El estalinismo enfrentó resistencias dentro y fuera de la URSS. Historiadores como Haeley señalan que dicha resistencia fue mayor dentro de los partidos comunistas de Europa occidental (Haeley, 2001). Que esta resistencia haya sido mayor fuera de la URSS es comprensible, debido a las duras condiciones bajo el régimen estalinista en la Unión Soviética. Sin embargo, hubo importantes prácticas de resistencia y disputas dentro de la misma URSS. En este sentido, destacaremos dos experiencias la del comunista britanico residente en la URSS, Harry White, y la del militante alemán de la diversidad Kurt Hiller, quién desde el exterior combatió a los sectores homofóbicos que tenían presencia en la Tercera Internacional y que luego fueron un gran apoyo internacional del estalinismo, como el caso del intelectual francés Henri Barbusse.
La burocracia estalinista tenía un criterio de selección negativa, es decir, no se apoyaba en los elementos más avanzados, abnegados y revolucionarios de la clase obrera, los intelectuales y campesinos, sino en aquellos elementos más oportunistas, atrasados y arribistas (Sáenz, 2024). Un mismo proceso se dio a nivel internacional, pues el estalinismo se nutrió y fomentó el desarrollo de los elementos más burocráticos y sumisos al aparato de los partidos comunistas. Aquí entra la figura de Henri Barbusse reconocido intelectual del Partido Comunista Francés y quién fue uno de los principales defensores de la URSS estalinizada en el campo intelectual de la década del 30, llegando a escribir incluso una biografía de Stalin que contribuyó a la creación del culto a la personalidad de su persona.
En este sentido, para una fecha tan temprana como 1926, dicho intelectual manifestó públicamente su opinión de que la homosexualidad era una señal de la decadencia social y moral propia de la burguesía y posteriormente se sumaría al operativo intelectual para ligar fascismo y homosexualidad. En respuesta a esto es que Kurt Hiller, importante dirigente del movimiento de la diversidad sexo-genérica en Alemania y uno de sus líderes más radicales, escribió su famoso discurso “Appeal on Behalf on an Opressed Human Variety”, el cual fue leído en 1928 en el “Segundo Congreso Internacional por la Reforma Sexual”. En este texto criticó las ideas reaccionarias de Pirenne y, además, debatió con la idea mucho más expandida de que la homosexualidad era un fenómeno burgués y que era algo ajeno al proletariado y demás clases oprimidas:
“La diversidad a la que me refiero es esa minoría de seres humanos cuyos impulsos amorosos se dirigen, no hacia un miembro del sexo opuesto, sino hacia un miembro de su propio sexo; estos son los llamados homosexuales, urnings o invertidos.
(…)Recientemente, un portavoz de renombre internacional de la izquierda europea, Henri Barbusse, demostró su erudición y capacidad intelectual de forma poco favorable al responder, a una consulta sobre la homosexualidad (en la revista parisina Les Marges, del 15 de marzo de 1926): «Creo que esta desviación de un instinto natural es, como muchas otras perversiones, un signo de la profunda decadencia social y moral de cierto sector de la sociedad actual. En todas las épocas, la decadencia se ha manifestado en refinamientos excesivos y anomalías de los sentidos, los sentimientos y las emociones».(…)
Hay que responderle al señor Barbusse que (…) un marxista se está ridiculizando cuando intenta vincular la homosexualidad actual con la lucha de clases, señalándola como un síntoma de la “decadencia moral” de “cierto sector” de la sociedad, a saber, el sector burgués: como si el amor entre personas del mismo sexo no ocurriera entre proletarios de todo tipo.
El público oye hablar mucho menos de la homosexualidad de la gente humilde que de la de los círculos adinerados de la gran burguesía, pero sería extremadamente superficial inferir, basándose en esto, que la homosexualidad es una especie de monopolio de la burguesía. Hay que tener en cuenta, más bien, que la ilegalización del erotismo entre personas del mismo sexo afecta aún más al proletario homosexual que al capitalista homosexual, porque este último dispone de los recursos para eludirla con mayor facilidad.”
Por último, finalizó su discurso reconociendo la política de liberación homosexual llevada adelante por la URSS (previa al estalinismo) y denunciando que el carácter reaccionario de este ataque ponía a Barbusse al mismo nivel que los fascistas en este aspecto concreto de sus ideas:
“En este momento, cuando la Rusia soviética ha abolido las penas por actos homosexuales (per se); cuando el fascismo resurge, apareciendo en Italia por primera vez en generaciones; cuando la reacción y el progreso se enzarzan en una feroz batalla por la cuestión homosexual en Alemania y otros países; aparece el camarada Barbusse, miembro de la Tercera Internacional. Ignorando cualquier conocimiento relevante, lanza una diatriba fanática y agitadora contra una especie humana que ya es suficientemente objeto de agitación, y apuñala sin escrúpulos por la espalda a quienes luchan por la libertad, aunque por su naturaleza la causa sea impopular. Lamento tener que decirle la verdad sin rodeos a un maestro cuya poesía y filosofía política antaño admiré; pero cuanto más alto es el cargo de quien difunde teorías falsas y reaccionarias, más contundente debe ser refutado, pues sus teorías son aún más peligrosas.” (Hiller, 1928: en Rudinger, 2004).
En esta acérrima defensa de la homosexualidad, Hiller discutía contra la idea estalinista de ver a la homosexualidad como fenómeno burgués y reaccionario, cuando la misma en realidad está presente en los explotados y oprimidos de todo tipo, siendo estos los más afectados por las políticas de represión contra la diversidad. A su vez, señalaba que esta posición le hacía en realidad un gran favor al fascismo quien también realizaba una encarnizada lucha contra la homosexualidad a la cual caracterizaban como la encarnación de la “sexualidad bolchevique”.
Sin embargo, la lucha en defensa de los derechos de la diversidad sexo-genérica no se dio solo fuera de las fronteras de la URSS, sino que incluso en su interior hubo voces que se alzaron para protestar. Queremos destacar el caso del homosexual y comunista británico Harry Whyte, quién luego de la ley del 7 de marzo le mandó una carta al mismísimo Stalin exigiendo una justificación marxista para tal medida, en la cual defendió la idea de que la emancipación de los homosexuales era una parte integrante de la revolución socialista. Esta decisión fue tomada luego de que la OGPU detuviera a su pareja en una redada.
Siguiendo a Fitzpatrick (2019) la escritura de cartas con denuncias, quejas y peticiones a los funcionarios era algo común en la Rusia estalinista. No obstante, como bien señala la autora la gente se cuidaba bien de expresar opiniones “antisoviéticas”, debido a las consecuencias que podían generarles.
El caso se Whyte resalta por su confrontación directa con la política homofóbica del estalinismo:
“Camarada Stalin,
El contenido de mi apelación es brevemente el que sigue. El autor de esta carta, un integrante del Partido Comunista de Gran Bretaña solicita un fundamento teórico del decreto del 7 de marzo [de 1934] del Comité Ejecutivo Central de la URSS sobre la [institución de la] responsabilidad penal por sodomía [termino utilizado en la época para referirse a la homosexualidad]. Desde que se ha esforzado por abordar esta cuestión desde una perspectiva marxista, el autor de esta carta considera que el decreto contradice tanto la vida misma como los principios del marxismo-leninismo. (…)
A pesar de que soy un comunista extranjero que aún no ha sido promovido al AUCP(b) [luego nombrado PCUS, Partido Comunista de la Unión Soviética], aún así considero que no le parecerá anormal a usted, el líder del mundo proletario, que yo me dirija a usted con la intención de echar luz sobre una pregunta que, según me parece, tiene gran significado para un gran número de comunistas tanto de la URSS como de otros países.
La pregunta es la siguiente: ¿Puede un homosexual ser considerado digno de formar parte del Partido Comunista?
La ley promulgada recientemente acerca de la responsabilidad penal de la sodomía, que fue confirmada por el Comité Ejecutivo Central de la URSS el 7 de marzo de este año, aparentemente plantea que los homosexuales no pueden ser reconocidos como dignos de ser ciudadanos soviéticos. Consecuentemente, mucho menos deberían ser considerados parte del AUCP(b).”
Así, además de iniciar con una crítica directa a la política homofóbica del estalinismo, plantea la pregunta de si los homosexuales podían ser parte de los partidos comunistas. Esto no era una pregunta inocente, porque si la respuesta del régimen era negativa implicaba romper con la alianza entre el movimiento de la diversidad sexo genérica y el marxismo revolucionario construida en Europa en las primeras décadas del siglo XX. Posteriormente, además de afirmar que era homosexual -lo cual era sinónimo de autoinculparse de un delito-, argumenta su idea de que la política de Stalin era arbitraria, carente de toda base teórica marxista revolucionaria y que solamente contribuía a oprimir más a un grupo ya oprimido:
“Como tengo un interés personal en esta pregunta en tanto yo mismo soy un homosexual, dirigí la misma a una cantidad de camaradas de la OGPU y del Comisariado del Pueblo de la Justicia, a psiquiatras y al Camarada Borodin, el editor en jefe del periódico en el que trabajo.
Todo lo que logré extraer de ellos fue un compendio de opiniones contradictorias que muestra que entre estos camaradas no hay una comprensión teórica clara acerca de lo que pudo haber servido como base para la aprobación de esta ley. (…)
Primero y principalmente, me gustaría señalar que veo la condición de los homosexuales que son originarios de la clase obrera o que son trabajadores como análoga a la condición de las mujeres bajo el régimen capitalista y las razas de color que son oprimidas por el imperialismo. Esta condición es también similar en muchos sentidos a la de los judíos bajo la dictadura de Hitler y, en general, no es difícil de ver en esta en si una analogía con las condiciones de cualquier estrato social sujeto a la explotación y persecución bajo la dominación capitalista. (…)
Siempre he considerado un error separar la cuestión de la liberación de los homosexuales de la clase obrera de las condiciones de explotación capitalista. Creo que esta emancipación es inseparable de la lucha general contra la opresión proveniente de la explotación por la propiedad privada.”
Finalmente, dedicó los últimos párrafos de su carta a demostrar como la legislación homofóbica del estalinismo tenía un carácter anti dialéctico:
“La actitud de la población soviética hacia este problema fue expresada con la claridad suficiente en la ley que existía hasta la aprobación de la ley del 7 de marzo. Si la ley no decía nada sobre esta cuestión, entonces las dudas podrían haber existido antes. Pero la ley, de hecho, formula una opinión respecto de esto: defendió los intereses de la sociedad mediante la prohibición de la seducción y la perversión de los menores. Pero esto nos llevó a concluir que las relaciones homosexuales entre adultos no estaban prohibidas.
La ley, por supuesto, es dialéctica: la misma cambia cuando las circunstancias cambian. Es obvio, sin embargo, que cuando la primera ley fue ratificada, la cuestión de la homosexualidad fue tomada como parte de un todo . Esta ley estableció que el gobierno soviético rechazó por completo el principio por el cual se perseguía a la homosexualidad. Este principio es de carácter fundamental y sabemos que los principios básicos no se alteran en orden de alinearlos a las nuevas circunstancias. Alterar los principios básicos para tales fines significa ser un oportunista, no un dialéctico.
Soy capaz de entender que el cambio de circunstancias también requiere cambios parciales en la legislación, la aplicación de nuevas medidas para defender la a la sociedad, pero no entiendo cómo el cambio de circunstancias puede forzarnos a cambiar uno de [nuestros] principios básicos.(…)
Uno debería reconocer que existe algo así como la homosexualidad imposible de erradicar – no he encontrado aún pruebas en el mundo que refuten esto – y de ahí, en consecuencia, me parece que debe reconocerse como inevitable la existencia de esta minoría en la sociedad, ya sea en una sociedad capitalista o ya sea en una sociedad socialista. En este caso, no encuentro ninguna justificación para declarar a estas personas como posibles criminales por sus rasgos particulares, rasgos por cuya creación no tienen ningún tipo de responsabilidad y que son incapaces de modificar, incluso si quisieran hacerlo.
Por lo tanto, atendiendo a las razones que concuerdan con los principios del marxismo-leninismo como yo las comprendo, he llegado, finalmente, a la contradicción entre la ley y aquellas conclusiones a las que arribé mediante mi propia línea de razonamiento. Y es solo esta contradicción que me obliga a pedir una declaración autorizada respecto de esta cuestión” (Whyte, 1934)
Nos disculpamos por la extensión de las citas, pero son necesarias para destacar la acción de Whyte, que demostró mucha valentía al enviarle una carta al mismísimo Stalin con una crítica directa a su política homofóbica argumentando que la misma carecía de toda base marxista. Posteriormente, Whyte tuvo que pagar consecuencias por este acto; debido a su condición de extranjero se salvó de ser fusilado o de ser enviado a un gulag, pero fue expulsado del partido y de la URSS. Dicha carta fue leída por Stalin quién sobre el papel de la misma escribió lo siguiente “Archivar. Un idiota y degenerado”.
Si bien para esta nota tomamos solo estos dos casos los mismos fueron unos entre muchos otros. El estalinismo debió enfrentar una importante resistencia para imponer sus políticas homofóbicas, lo cual acarreó funestas consecuencias para la izquierda revolucionaria que pesaron aún décadas después de la muerte de Stalin.
En vista de lo anterior, es fundamental realizar un balance a fondo de la contrarrevolución estalinista, algo indispensable para el relanzamiento del marxismo revolucionario en el siglo XXI, tarea a la cual nos abocamos desde el Nuevo MAS y la corriente Socialismo o Barbarie. Este artículo es un aporte en ese sentido.
Bibliografía
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White, H. (1934). ¿Puede un homosexual ser parte del Partido Comunista?
[1] Dicha prohibición databa del siglo XVIII, cuando el zar “Pedro el Grande” prohibió la homosexualidad dentro del ejército. Además, en el siglo XIX el zar Nicolás I, por medio del primer código penal ruso, extendió esta prohibición al ámbito de la sociedad civil. Así, la pena por ser tener relaciones sexuales consentidas y entre personas mayores de edad del mismo sexo era el destierro a Siberia.
[2] Una de sus obras más conocidas fue la novela “Alas” de 1906 la cual fue la primera novela rusa en narrar un amor romántico homosexual. La historia de Kuzmín fue trágica, dado que fue una de los millones de víctimas del estalinismo y murió en 1936 en el marco de la persecución estalinista a los homosexuales.
[3] Una de las primeras películas en tratar el tema de la homosexualidad, la cual fue filmada en Alemania y buscaba concientizar sobre la situación que vivían los homosexuales para lograr más apoyo público a la lucha por la despenalización de la homosexualidad.
[4] Fue un movimiento elitista y reaccionario del estalinismo para glorificar el rol de la mujer en la sociedad como esposa y madre, y para darles prestigio a las esposas de los principales funcionarios estalinistas. El principal impulsor de este movimiento fue el ya nombra Sergo Ordzhonikidze.
[5] Todo esto no niega ni minimiza el hecho de que miles de homosexuales hayan muerto víctimas de la persecución estalinista, sino simplemente señalar que el objetivo final de la política estalinista no fue el mismo que el del nazismo cuyo método fue enviar a los homosexuales a los campos y posteriormente a las cámaras de gas junto a millones de judíos, gitanos, discapacitados, presos políticos, etc.




