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Los artículos del MST dedicados a defender sus posiciones frente al conflicto agrario no han pasado la prueba de los hechos: desafiaron cualquier análisis objetivo del paro patronal. Todo lo que argumentaron no solo es absolutamente vulgar sino hasta desopilante: se trata del absoluto vaciamiento teórico marxista y estratégico de un grupo que ha perdido toda brújula de clase!

La tesis central del MST es que estuvimos en presencia de un conflicto donde su carácter social lo dieron los pequeños productores. En estas condiciones, de lo que se trataba, era de “apoyarlos en su lucha”

“Nuestra política fue diferente a la de todos estos sectores (se refiere a las corrientes de la izquierda como el nuevo MAS, L.P.). En la lucha fuimos coincidiendo en varios puntos con otras organizaciones. Desplegamos una gran campaña entre los trabajadores y el pueblo en apoyo a los pequeños productores, levantando la necesidad de una política diferenciada para ellos. Desenmascarando al mismo tiempo al gobierno y su doble discurso. Exigiéndole que si quería enfrentar a la oligarquía impulsara una profunda reforma agraria y otras medidas transicionales para reventar a los grandes terratenientes y a los pools de siembra” [1].

Pero lo que no se entiende es como podría exigirse “una profunda reforma agraria y otras medidas transicionales para reventar a los grandes terratenientes y a los pools de siembra” apoyando incondicionalmente un paro agrario que, explícitamente, por la propia naturaleza de clase del frente de las organizaciones que lo están dirigiendo, excluía medidas de este tipo, salvo que no se tratase mas que de una frase vacía de todo contenido real!

A pesar de su cinismo, el propio Eduardo Buzzi confirmaba este balance cuando reconocía que para los productores chicos la caída de la 125 no había significado nada.

Si el MST hubiera sido coherente con esta posición, desde el principio le hubiera exigido a la FAA que rompa con la SR y la CRA. Pero es precisamente esta “exigencia” la que jamás levantaron a lo largo de las larguísimas jornadas del paro reaccionario. Porque solo se limitaron a hacer seguidismo al paro agrario tal cual fue.

Es falaz que esto serviría para “ganar a los sectores medios para su unidad con los trabajadores”. Porque justamente para levantar esta política de clase, previamente hay que lograr la división de las organizaciones del campo, el que la FAA no fuera –en la hipótesis que esto sea probable– detrás de la Sociedad Rural, sino a una alianza con los trabajadores del campo y la ciudad!

La posición del MST ha tenido tres problemas. Planteo el apoyo a los pequeños productores haciendo total y completa abstracción de que estos se hallan en un estrechísimo y férreo frente único con la Sociedad Rural (y también la CRA, CARBAP, etc.) insigne organización histórica de los propietarios y productores capitalistas del país. Segundo: en ningún lado se interrogo seriamente respecto de la verdadera naturaleza social de aquellos “productores” que son los que realmente le dieron el tono social y político a la pelea. Y tercero, planteo un programa para el campo argentino que no solo no tuvo por eje la expropiación de la gran propiedad y su socialización, sino que esta incluso por detrás de los programas proteccionistas y de transferencia de renta agraria clásicos del nacionalismo burgués que han tenido como uno de sus pilares los impuestos a las exportaciones agrarias [2].

Por el contrario, e insospechadamente quizás, el suyo se emparentó mas con las corrientes socialistas “liberales” estilo el Partido Socialista de Juan B. Justo de las primeras décadas del siglo XX. Es decir, ¡un programa socialista liberal!

Tras las huellas de Juan B. Justo

En ausencia de posiciones independientes y dada la ya señalada ignorancia teórica, política e histórica que caracteriza al MST, este siquiera sospecha la parentela política que gano a lo largo del conflicto. Tampoco pareció importarle mucho si en la perdida de todo atributo realmente internacionalista, sostiene posiciones y alineamientos de país a país del todo incongruentes aun a pesar de tratarse hoy, en Latinoamérica, de un ciclo político único y común con las mismas coordenadas generales, mas allá de las especificidades que cruzan cada situación.

Todo el mundo sabe que el Partido Socialista de comienzos de siglo XX en vez de defender un programa obrero independiente, se caracterizo por oponer a los sectores y gobiernos patronales proteccionistas emergentes el programa de otro sector patronal (a la sazón, el todavía dominante en su época): el del libre cambio.

Este mismo comportamiento lo repitió en todas las coaliciones políticas en las que se dividió la burguesía argentina en la historia del siglo pasado. Porque el PS histórico prácticamente siempre estuvo de la mano de la fracción liberal de la misma. Los casos de la “Unión Democrática” en el ’45 y de la “Revolución Libertadora” en el ’55 son ejemplificadores de esto, por no hablar del hecho de que le dio embajadores e intendentes a la ultima y sangrienta dictadura militar del ‘76.

El principio “conceptual” de esto, se fundaba en una concepción mecánica del “progreso” por la cual se consideraba que en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, de alguna manera el sometimiento del país al dominio de uno u otro imperialismo hacia las veces de factor “progresivo” y de “desarrollo”…

“En fin de cuentas, por lo general los países capitalistas desarrollados dominaran el comercio ya que su mayor eficiencia les permitirá producir la mayoría de las mercancías a valores absolutamente más bajos y, por tanto, venderlas a precios de producción absolutamente mas bajos, en promedio. Sobre todo, se debe tener presente que estos resultados representan las tendencias automáticas del comercio libre y sin impedimentos entre naciones capitalistas con diferentes niveles de desarrollo. No es el monopolio o la conspiración sobre lo que descansa el desarrollo desigual, sino la libre competencia misma: el comercio libre es un mecanismo para la concentración y la centralización del capital internacional” [3].

Pero lo sorprendente del caso es que en pleno siglo XXI haya corrientes de la izquierda que insensible e ignorantemente se hayan deslizado a este tipo de posiciones –digamos– “socialistas liberales” frente a medidas tibia y limitadamente “proteccionistas” burguesas del estilo de las retenciones. Esto, en vez de levantar una posición de intransigente independencia frente a todo campo patronal. Una y otra vez repitieron exactamente el mismo argumento que las entidades patronales agrarias: “El verdadero motor fueron los pequeños productores hartos que les metan la mano en el bolsillo ante un tributo regresivo que a ellos los mandaba a la ruina y solo significaba cosquillas para los grandes propietarios” [4].

¡No se tratan estos de argumentos propios de socialistas revolucionarios! Porque las corrientes verdaderamente de izquierda impulsamos no solo la socialización de la renta agraria y el monopolio absoluto del comercio exterior (y no meras retenciones “regresivas” que le “meten la mano en el bolsillo a los productores”), sino la lisa y llana expropiación de la gran mayoría de los propietarios agrarios!

Claro que en ese marco, desde la clase obrera, es absolutamente obligatorio él tenderle una mano a los pequeños productores familiares que no explotan mano de obra asalariada. Pero durante el conflicto, esto solo se podría haber hecho a condición de que estos hubieran roto su frente único con los capitalistas del campo que solo podía afectar a la clase obrera urbana y rural y a ellos mismos [5].

Por si no hemos sido suficientemente claros: estamos completamente a favor de “meterle la mano en el bolsillo” con tributos “regresivos” a todos los que sean propietarios burgueses grandes, medianos e incluso “pequeños” (y / o rentistas–arrendatarios como hay muchos hoy en la zona “núcleo”) si es que estos emplean mano de obra asalariada. Claro que no para que los administre un Estado burgués, sino uno de la clase obrera!

Pero el MST es incapaz de sostener una ubicación de clase. Inútilmente se les exigirá el que opongan una perspectiva obrera e independiente frente a todo bando patronal. Porque lo suyo ha sido sumarse –como alegre furgón de cola– a la burguesía opositora, burguesía que ha venido esgrimiendo –cada vez mas abiertamente– renovados argumentos “ortodoxos” y neo–liberales.

Porque el programa real del paro agrario no ha sido otro que el exigir libertad de comercio con el mercado mundial. Este y no otro fue el verdadero contenido de la exigencia de rebaja indiscriminada de las retenciones sin importar las consecuencias que inmediatamente tuvo esto para la clase trabajadora y los sectores populares del país!

Marx y los impuestos a las exportaciones agrarias

Para profundizar en lo que venimos argumentando, repitamos que la posición del marxismo clásico no es la de meras retenciones burguesas sino la del monopolio del comercio exterior y la expropiación lisa y llana de los terratenientes y la burguesía agraria. Además, el planteo impositivo siempre es diferencial: mas alto para al gran capitalista que para el pequeño propietario.

No perdemos de vista que el MST levanto el planteo de “retenciones diferenciales” al calor del paro agrario. Pero lo que esta organización parece perder de vista es que esta reivindicación no ha figurado en el programa de las cuatro entidades sencillamente porque de esta manera se rompería instantáneamente el frente único entre ellas.

Al respecto, el propio Marx señalaba que: “En general, al considerar la renta diferencial debe observarse que el valor de mercado se halla situado siempre por encima del precio global de producción. Esta determinación mediante el valor de mercado, tal como el mismo se impone sobre la base del modo de producción capitalista, por medio de la competencia (…) engendra un valor social falso. Esto surge de la ley del valor de mercado a la cual se someten los productos del suelo (…). Si se imagina abolida la forma capitalista de la sociedad, y la sociedad organizada como una asociación consciente y planificada (…) la sociedad no compraría ese producto del suelo por una cantidad de trabajo 2 veces y medio mayor que el tiempo de trabajo real que se encierra en él: con ello desaparecería la base de una clase de terratenientes. Esto obraría exactamente igual que un abaratamiento del producto por igual monto en virtud de una importación extranjera. Y así como es correcto decir que –conservándose el modo de producción actual, pero suponiendo que la renta diferencial fuese a parar a manos del Estado– los precios de los productos del suelo permanecerían inalterados de permanecer constantes las demás circunstancias, es un error afirmar que el valor de los productos permanecería inalterado si se sustituyese a la producción capitalista por la asociación (…). Lo que la sociedad, considerada como consumidor, paga de mas por los productos agrícolas, lo que constituyen un déficit en la realización de su tiempo de trabajo en producción agraria, constituye ahora el superávit para una parte de la sociedad: los terratenientes” (Tomo III, volumen 8, pp. 848/9).

Es evidente que algo de esto hay en las retenciones, es decir, en esta forma bastarda y deformadamente burguesa de distribuir el tiempo de trabajo de la sociedad. Esto, independientemente del hecho que, como ya señalamos, el que las cobra es el Estado al servicio de otros sectores capitalistas amigos y no un Estado de los trabajadores! Pero conceptualmente la cosa no cambia. Por esto lo que dice el MST respecto del supuesto carácter “confiscatorio” tout court de los impuestos a las exportaciones, es pura ignorancia de las leyes que rigen la renta de la tierra bajo el capitalismo.

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Porque la apropiación de renta diferencial por parte del Estado no modifica el precio del grano (si consideramos el precio mundial). La renta no contribuye a la formación de los precios. El cereal no es caro porque paga una renta, sino que se paga una renta porque el cereal es caro. Por lo cual es incorrecto afirmar que si baja la renta se abarataran los precios de los cereales u oleaginosas. Si modifica el precio interno una variación del tipo de cambio, o de las retenciones, ya que lo desconecta, parcialmente, del precio en el mercado mundial. Pero, naturalmente, el precio en el mercado mundial no se modifica por esto; simplemente se trata de un procedimiento por el cual el Estado se puede apropiar de una parte de la renta, dada la diferencia entre el precio interno y el precio mundial.

Las transferencias de valor en el mercado mundial

Continuando con lo que venimos desarrollando, señalemos qué “cuando se intercambian internacionalmente mercancías; productos de capitales globales nacionalmente de diverso desarrollo (es decir, de diferente composición orgánica y de diversos salarios medios nacionales), la mercancía del capital más desarrollado tendrá menos valor. La competencia nivela sin embargo el precio de ambas mercancías, en un precio medio único (precio de producción) que se logra sumando los costos de producción a la ganancia media mundial. De esta manera, la mercancía con menor valor (del capital nacional más desarrollado) obtiene un precio mayor a su valor, que realiza extrayendo plusvalor a la mercancía de más valor. Por ello, la mercancía del capital de menos desarrollo, aunque pueda realizar ganancia (si su precio de producción es menor que el precio medio o ‘precio de producción’, internacional), transfiere plusvalor, porque el precio medio es menor que el valor de la misma mercancía” [6].

Un importante problema, que ya venimos “rozando” desde el punto anterior, tiene que ver con las transferencias de valores en el mercado mundial y sus tendencias contradictorias. Porque como tendencia secular, es decir, histórica, lo que ha existido siempre bajo el capitalismo, es transferencia de valor de los países coloniales y semicoloniales al centro imperialista. Esto es así porque opera –en el ámbito internacional– la tendencia a la igualación de la tasa de ganancia en todas las ramas de la economía. Y esto incluye a las agrícolas, pero sólo en lo que tiene que ver con el componente de la ganancia “normal”, no así en lo que hace a los componentes de la renta.

La aplicación de esta tasa a mayores masas de capitales producto de una composición orgánica del capital mayor en los países del norte (“a mayor composición orgánica, menor el valor del producto” dice Marx), siempre ha dado lugar a que los bienes agrícolas (que históricamente han tenido más trabajo vivo incorporado por unidad de medida) se vendan por debajo de su valor (aunque por encima de sus precios de producción) y los manufacturados (que tienen menos trabajo incorporado por unidad de medida) se vendan por encima de su valor.

“Los capitales invertidos en el comercio exterior pueden arrojar una tasa de ganancia superior porque, en primer lugar, en este caso se compite con mercancías producidas por otros países con menores facilidades de producción, de modo que el país más avanzado vende sus mercancías por encima de su valor, aunque más baratas que los países competidores (…). La misma relación puede tener lugar con respecto al país al cual se le envían mercancías y del cual se traen mercancías; a saber, que dicho país de mayor cantidad de trabajo objetivado in natura [en especie] que el que recibe, y que de esa manera, no obstante, obtenga la mercancía más barata de lo que el mismo podría producirla (…). El país favorecido recibe más trabajo a cambio de menos trabajo, a pesar de que esa diferencia, esa cantidad de más (…) se la embolsa una clase determinada” [7].

Precisamente, en lo que hace al comercio internacional, la anterior es una tendencia histórica que no ha cambiado ni va a cambiar y que desmiente la perorata campestre alrededor de que la Argentina podría desarrollarse –en estos comienzos del siglo XXI– reeditando alguna versión modernizada del modelo “agro–exportador” de comienzos del siglo pasado.

Al mismo tiempo, a esta propensión a la transferencia de valor del país más atrasado al más adelantado, se le contrapone, digamos, una contratendencia: el carácter de precio de monopolio que se le puede aplicar a aquellos recursos naturales que, como el petróleo, cobran más renta a medida que mayor es su tendencia al agotamiento desplazándose hacia lugares de extracción más “improductivos” sin ser reemplazados por otros productos que pudieran cumplir su función.

En el caso de la agricultura, es sabido cómo funciona este mecanismo: dentro de la misma, no rige la tendencia a la igualación de los precios. Es decir, el precio regulador de mercado se establece a partir de aquellas tierras de peor calidad que encuentran salida a sus productos en el mercado.

En condiciones de alta demanda, sus precios tienden a subir. Esta suba de los precios hace que las tierras de peor calidad puedan entrar en producción fijando el precio de mercado del producto en su nivel, que es el más caro, porque es el que tiene más trabajo humano incorporado, mientras que las tierras de mayor fertilidad se embolsan una renta agraria diferencial y extraordinaria enorme. Renta diferencial que no significa otra cosa que la transferencia de trabajo humano no pagado del resto de la economía mundial a aquellos países de fertilidad extraordinaria (caso de la Pampa húmeda de la Argentina).

Es decir, que mientras en el ámbito de la ganancia media lo que se opera es una transferencia de valor del sur al norte por mayor composición orgánica del capital, en lo que tiene que ver con los mecanismos de la renta agraria diferencial, la transferencia puede ir en sentido contrario.

Esto sin olvidar nunca los mecanismos “compensatorios” a esta realidad que han venido siempre desde los países imperialistas en lo que tiene que ver con garantizar una recuperación secundaria de renta diferencial: desde los precios de monopolio a comienzos del siglo XX para unos ferrocarriles en manos inglesas (precios que les permitían captar parte de la renta diferencial), hasta hoy en día el altísimo costo que tiene, por ejemplo, el “paquete transgénico” (semillas, fertilizantes y herbicidas). Ambas expresan formas de retorno de renta diferencial al centro imperialista

Sin embargo, lo anterior no puede durar “toda la vida”. En la propia agricultura, la creciente incorporación de capitales, que tiene como subproducto un campo crecientemente capitalista, tiende a aumentar la productividad, la composición orgánica del capital y a abaratar los precios de cada unidad de producto, achicando el peso del componente de renta absoluta; llegado un punto, la transferencia de valores del sur al norte sé reestablece.

“En el comercio internacional no se intercambian equivalentes, porque aquí, lo mismo que en el mercado interno, existe la tendencia a la nivelación de las tasas de ganancia; entonces, las mercancías del país capitalista altamente desarrollado, o sea de un país con una composición orgánica del capital mas elevada, son vendidas a precios de producción que siempre son mayores que los valores, mientras que, al contrario, las mercancías de países con una composición orgánica del capital inferior son vendidas en libre competencia a precios de producción que por regla general deben ser inferiores a sus valores. De esta manera, en el mercado mundial se producen, dentro de la esfera de la circulación, transferencias del plusvalor producido en un país poco desarrollado al capitalista altamente desarrollado, dado que la distribución del plusvalor no se realiza según la cantidad de obreros ocupados sino según la magnitud del capital puesto en función” [8].

Precisamente por lo que acabamos de reseñar es que la actual crisis de las commodities no puede negar la tendencia histórica. Tarde o temprano la tendencia a la transferencia de valor del sur al norte sé reestablecerá dadas las leyes de fondo de funcionamiento del capitalismo (algo que ya parece estar ocurriendo en medio de la crisis…). Porque si bien a partir de 2005 comenzó a registrarse un alza de los precios de los alimentos (el arroz aumentó, entre comienzos de 2006 y abril de 2008 el 217%; en el mismo lapso el trigo subió el 136%; el maíz el 125%; la soja el 197%) todavía no se puede afirmar que se haya producido un cambio en la tendencia secular de caída de los precios de los alimentos. En otros momentos históricos no continuaron y no se revirtió la tendencia de largo plazo. La entrada de capitales en el agro, las perspectivas de puesta en funcionamiento de tierras ociosas –notoriamente en Ucrania y Rusia– y las perspectivas de aumento de la productividad podría provocar un fuerte incremento de la oferta en los próximos años. Por eso no se puede descartar que, a mediano plazo, se retomará la tendencia bajista de los precios. En ese caso se produciría un estallido de la actual burbuja alcista (hecho que ya está ocurriendo).

En síntesis: los países pseudo–industrializados como la Argentina seguirán perdiendo en la competencia económica internacional por más boom de las commodities que transitoriamente sé esté viviendo; esto, en la medida que no se abra un proceso de revolución y transición al socialismo que inicie la vía a un verdadero desarrollo de las fuerzas productivas.

Libre mercado y proteccionismo burgués y socialista

“En efecto, y como veremos, la relación entre las naciones capitalistas es de competencia, no de explotación, pero sí de dependencia; de extracción del plusvalor por parte del capital mas fuerte y de transferencia por parte del capital mas débil; pero ello no se opone, sino que se articula perfectamente, a la explotación de una clase sobre otra, del capital sobre el trabajo. En este segundo caso no hay transferencia de plusvalor, sino apropiación de plusvalor propiamente dicho. Pero el plusvalor apropiado por el capital en la relación vertical capital–trabajo (explotación) es la fuente de la transferencia de un capital débil hacia el mas fuerte en el nivel horizontal (competencia, dependencia) [9].

Como ya señalamos, al defender un programa de libre mercado, el MST ha quedado por detrás incluso de los programas del nacionalismo burgués. Los mismos han incluido siempre medidas de “protección” de la economía nacional respecto de la mundial como forma de alentar algún grado de industrialización (en puridad, de seudo–industrialización, por sus limites nunca franqueados capitalistas) del país atrasado del cual se tratara.

Pero el libre mercado esta en la antípoda de esto: siquiera se impulsa una seudo–industrialización: solo apunta al aprovechamiento de las llamadas “ventajas comparativas” por las cuales (dicho genéricamente) la periferia del mundo aporta básicamente materias primas y el centro imperialista productos industrializados.

“El libre comercio, en vez de negar las desigualdades entre naciones, las vera agudizarse. Las ventajas absolutas de los países capitalistas desarrollados sobre los piases capitalistas subdesarrollados no se reducirán a una ventaja comparativa para todos, como los proponentes del comercio libre lo han asegurado por tanto tiempo. Al contrario, el comercio libre mismo asegurara que los países capitalistas avanzados dominaran el intercambio internacional, y que los países menos desarrollados terminaran con déficit crónico y con una deuda también crónica” [10]. Esto, sencillamente, por lo que ya ha sido señalado acerca de la transferencia de valor que se opera entre los capitales mas débiles hacia los mas fuertes, de mayor composición orgánica.

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Pero el MST no puede saber nada de todo esto. No se ha detenido a reflexionar acerca de que sin algún tipo de proteccionismo que limite el imperio de la ley del valor internacional sobre la economía nacional, no puede siquiera empezar a hablarse de desarrollo industrial. Si no hay medidas proteccionistas (burguesas o socialistas, por principio, lo mismo da) no hay posibilidades de desarrollar un país atrasado. Es imposible. No puede haber verdadera acumulación a escala ampliada. Porque lo que hace falta es, precisamente, una acumulación que para realizarse, debe ponerle limites al imperio de la ley del valor. Es decir, que rompa con el imperio de las mercancías más baratas de los países más competitivos en los cuales cada unidad de producto tiene menos trabajo humano incorporado. Porque si te ajustas a la ley de valor, “fuiste”: ¡tenes que producir ballenitas y comprarle todo a Estados Unidos, Alemania, Japón o China!

“Objetiva o relativamente cada producto de un capital nacional menos desarrollado lleva mas proporción de valor–trabajo (‘precio mas elevado del trabajo’), aunque subjetiva o absolutamente el obrero reciba menos mensualmente (‘un jornal inferior’). En los países mas desarrollados el obrero recibe subjetivamente mas salario per capita (crea mas mercado interno), pero el valor de la mercancía es menor (tiene menos proporción de valor–salario: necesita menos tiempo necesario por unidad de producto). De la misma manera, por el proteccionismo (modo de monopolio) establecido desde el tiempo de la revolución industrial (nacionalismo proteccionista en el que Inglaterra fue maestra indiscutida), no hay fluidez en la transmisión mundial de la tecnología, de la población, del capital como totalidad. Hay entonces una media nacional, tanto del salario como de la composición orgánica del capital” [11].

Es decir, el proteccionismo burgués (y ni hablar del socialista) es imprescindible para “romper” la ley del valor. Si no, no hay industrias. Y si no hay industria, y no hay desarrollo global de las ramas productivas, lo que hay es dependencia y atraso. Sencillamente esto es lo que ocurre, por principio, en todo el mundo semicolonial.

“En Marx la ‘cuestión nacional’ debe plantearse exactamente en este nivel: lo que impide que la competencia ser perfecta, es decir, la existencia de monopolio como hecho ‘político’ (extraeconómico) es la existencia de ‘naciones’ con Estados. Las condiciones del capital global en su conservación y reproducción tiene barreras nacionales relativamente resistentes (aunque frecuentemente franqueadas en algún grado). Es como un ‘dique a la miseria’, o a la riqueza. Samir Amin anota correctamente: ‘esta cuestión previa del desarrollo interno procede evidentemente de la existencia del hecho nacional, que la teoría economisista finge ignorar. El sistema capitalista, si bien ha unificado el mundo, lo ha unificado sobre la base de naciones desigualmente desarrolladas’. La existencia del hecho nacional para nada niega la dependencia; ni esta niega a aquel. Ambos existen: unos como la sustancia parcial (la nación); la otra como la conexión en la competencia (y, por ello, explicando la transferencia de plusvalor de una ‘nación’ a otra: nada más y nada menos)” [12].

Claro que, al mismo tiempo, es una obviedad que los gobiernos nacionalistas burgueses que en la historia han habido, al negarse a franquear los limites de la propiedad privada, solo pudieron impulsar una seudo–industrialización. Y que el capitalismo de Estado light de un Chávez o un Evo Morales hoy, siquiera le llega a los talones a las figuras nacionalistas emblemáticas del siglo XX.

Además, los límites de todo proteccionismo (burgués o incluso socialista) siempre tienen que ver con que, en última instancia, lo que decide la cosa es (amén de la revolución mundial) el grado de desarrollo de las fuerzas productivas del país del que se trate: “Las retenciones permiten ‘desconectar’ por un tiempo las variaciones de los precios internacionales de los bienes transables, de las variaciones de los precios internos. En este sentido generan un tipo de cambio particular; esto es, median entre los espacios nacionales de valor y el espacio mundial. Sin embargo, la desconexión no puede ser absoluta, ni prolongarse indefinidamente. A largo plazo termina imponiéndose la ley del valor trabajo, que opera a escala mundial, en la medida en que el capital opera a escala mundial. Es una ilusión pensar que los precios los puede fijar algún poder político a voluntad. Ni siquiera el aparato estalinista en un régimen en el que había una economía totalmente estatizada, y donde funcionaban poderosos organismos de planificación, fue capaz de ‘dominar’ a la ley del valor. En tanto no existan las condiciones sociales para la desaparición del mercado, este no puede ser borrado de un plumazo” [13].

Antes de proseguir, es de interés dejar sentado aquí que estos principios funcionan de igual manera en lo que hace al proceso de transición al socialismo. Es decir, en la medida de la subsistencia del capitalismo a escala mundial, en el país donde comience un proceso de transición, inevitablemente se establecerá una tensión entre el intento de establecer una “protección” que limite el imperio de la ley del valor a escala de la economía nacional y el hecho inevitable de que la misma, de variada manera, se termina imponiendo como subproducto de la continuidad de la forma asalariada del trabajo y del atraso relativo del desarrollo de las fuerzas productivas. En la comprensión de esta realidad acerca de la unidad de principios de la economía mundial, ya hemos escrito en otra parte que Pierre Naville le llevaba años luz al “trotskista” Ernest Mandel.

Prosigamos. De manera muy aguda se agrega: “Es cierto que las políticas cambiarias, arancelarias e impositivas modifican los precios en los espacios nacionales de valor, de manera que estos divergen con respecto al precio estableciendo en el mercado mundial. Pero esta circunstancia no anula la ley del valor; solo hace que la misma opere en el espacio nacional bajo formas particulares. Aquí inciden también los niveles salariales, las variaciones en la tasa general de ganancia – y en las tasas de ganancias entre los sectores económicos–, y el nivel general de desarrollo de las fuerzas productivas de cada país, así como la fase del ciclo económico en que se encuentra (…). [Pero] lo importante a destacar ahora es que la ley del valor no es anulada, ni puede ser anulada a voluntad con decretos o intervenciones del Estado capitalista” [14].

Finalmente “la acumulación mundial del capital es la fuerza que impulsa este proceso, y obedece a la lógica del valor que se valoriza explotando la mano de obra asalariada. Los espacios nacionales se vinculan al mercado mundial (al espacio mundial del valor) a través de los tipos de cambio, las políticas proteccionistas, los derechos de exportación y similares medidas. Pero estas mediaciones no pueden impedir la acción de las tendencias del capital global desplegado, ni aislar a las economías del mercado mundial. Este termina imponiéndose: no hay sector que este por fuera de esta totalidad concreta” [15].

Sin embargo, el problema no se resuelve deslizándose al programa del libre comercio que encarnan las 4 entidades del campo. Pero el MST no entiende nada de todo esto. Lo suyo es pasarse –con armas y bagajes– a un programa “socialista liberal” y nada más.

Como idiotas útiles

Para finalizar, señalemos que otro caballito de batalla del MST a lo largo de la crisis, ha sido su prédica alrededor del “cambio del modelo”. Dice que el modelo de los K “entró en crisis y hay que poner en pie otro”. Desde ya que el modelo K esta dando síntomas de creciente agotamiento. Pero las corrientes auténticamente revolucionarias no estamos por un mero “cambio de modelo”, sino por acabar con el sistema capitalista, lo que es algo muy distinto. La adaptación del MST a la charlatanería mediática sobre el “cambio de modelo” vuelve a indicar la profundidad de su bancarrota. Lo anterior no quita que –efectivamente– el paro agrario no haya expresado una creciente pugna de “modelos” entre sectores burgueses. Frente a eso, nada importa la “declaración de buenas intenciones” del MST, que quisiera un “modelo” más “progresista”. Aquí no cuentan las intenciones subjetivas. Lo que importan son las consecuencias objetivas de las acciones de los actores políticos y sociales con los que el MST se ha embarcado como furgón de cola. El MST puede hacer mil discursos, pero lo que cuenta es el hecho de que ha apoyado incondicionalmente a un movimiento que, efectivamente, comenzó a plantear otro “modelo”. Vemos entonces, ¿hacia qué “modelo” apuntan sus amigos del “paro agrario”?

Tanto las medidas concretas que estaba reclamando el campo, que ya comentamos, como los discursos de reaccionarios al estilo de Mario Llambías –presidente de la CRA– sobre “la necesidad de otro modelo de país” van hacia una misma dirección: un ajuste de la economía en clave neoliberal. O sea, un determinado tipo de ajuste sobre los trabajadores. Es que en términos capitalistas, no había otra manera de frenar la inflación, si de lo que se trataba era de rebajar las retenciones agrarias en momentos en que el precio internacional de las commodities se va a las nubes. Los idiotas útiles, como el MST, que “pusieron el hombro” al paro agrario, empujaron en los hechos en ese sentido. Mientras tanto, pueden hacer todos los discursos que quieran sobre “cambiar el modelo”. Un programa socialista revolucionario frente a la crisis del “modelo K” no tiene nada que ver con esa charlatanería. Debería partir de un estricto control obrero y popular de los precios y abastecimientos, así como la inmediata expropiación bajo control obrero de toda empresa que los aumente indiscriminadamente o acapare productos, amén del monopolio férreo del comercio exterior, entre otras medidas. Pero al MST no se le ocurre nada de eso. Su prédica no es de clase. Sólo hace parte del coro de idiotas útiles que, con el paro agrario, se pusieron al servicio de las fuerzas que empujaban hacia un ajuste ortodoxo de la desbocada economía K.

[1] Alternativa Socialista, ídem.

[2] Lo que no niega que los K expresen una representación fantasmagórica de algunas de las medidas tomadas por este tipo de gobiernos en las condiciones de un gobierno que ha sido continuidad –en lo esencial– de un curso neoliberal mas o menos “aggiornado”.

[3] A. Shaikh, idem, pp. 234.

[4] Alternativa Socialista, ídem.

[5] No se debe perder de vista que organizaciones de campesinos como el MOCASE –entre otras– expresamente se declararon en contra del paro agrario a la vez que afirman su independencia del gobierno K.

[6] Enrique Dussel, cit., p. 348.

[7] Karl Marx, El capital, Tomo III, volumen 6, México, Siglo XXI, 1980, pp. 304–305.

[8] Henrik Grossmann, citado por Enrique Dussel, cit., p. 316.

[9] E. Dussel, cit., p. 329.

[10] A. Shaikh, cit., p. 207.

[11] E. Dussel, cit., p. 339.

[12] E. Dussel, “Los manuscritos del 61–63 y el concepto de ‘dependencia”.

[13] R. Astarita, “Renta agraria, ganancia del capital y retenciones”. Julio 2008

[14] R. Astarita, ídem.

[15] R. Astarita, “Renta de la tierra y capital”.

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