La rebeldía no puede ser de derecha

El deterioro a ambos lados de la grieta y la necesidad de los capitalistas de tensar el discurso político hacia la derecha han abierto paso peligrosamente a este nefasto exponente de lo más rancio de la política argentina, pero con nuevo peluquín. Análisis de un fenómeno que hay que combatir con firmeza para no regalarle ningún espacio.

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Diversas encuestas dan cuenta del crecimiento electoral de Javier Milei. Las más favorables lo ubican por encima del 20%, mientras que otras en un moderado 16%. Con estos guarismos, si bien sería audaz afirmar que pudiera llegar a una segunda vuelta por el ejecutivo, definitivamente sus votos son un capital que puede terminar inclinando la balanza por uno u otro candidato, definiendo al próximo presidente del país.

Esta situación ha colocado al histriónico (y nefasto) representante de los mal-autodenominados “libertarios” como primus inter pares con pesos pesados como Macri y Bullrich, que quisieran integrarlo a JxC. La división del electorado reaccionario podría significar una derrota de los “halcones” frente al ala moderada de Juntos, dándole a Larreta la victoria necesaria para catapultarlo a la contienda presidencial.

En una coyuntura en la que se han acrecentado las tensiones en las dos coaliciones mayoritarias. En el marco de una larvada pero gravísima crisis económica, con una inflación histórica y descontrolada y un ajuste en puerta vía el acuerdo con el FMI, varios analistas comienzan a presentar la hipótesis de que quizás la escena política electoral se presente más fragmentada que de costumbre.

Al no haber irrupción social en las calles, la crisis se desarrolla y canaliza a través del debate público, con un festival de candidaturas y adelantamiento de la campaña electoral. El crecimiento de la adhesión a Javier Milei y la polarización del debate parecen ser indicadores de que podríamos estar acercándonos a una nueva situación en lo que respecta a los equilibrios en la representación política argentina.

¿Se tiende a romper el Statu-Quo electoral?

El péndulo político-electoral argentino viene ubicado en el centro desde hace largos años.

Las elecciones de 2015, 2017, 2019 y 2021 son muestra de esto, con dos fuerzas principales acaparando más o menos el 70% de los votos. Con elecciones presidenciales que se definen en reñidas segundas vueltas por 4 u 8 puntos (Macri vs Scioli / Macri vs Alberto). Los medios han bautizado este fenómeno como “la grieta” en alusión a que el electorado está dividido, grosso modo, en dos mitades equilibradas.

Esta división se inauguró con la profunda crisis con las patronales agrarias en 2008. Tras este evento, que marcó la ruptura de un sector de la burguesía con el kirchnerismo, la reforma electoral de 2011 vino a jugar un papel fundamental en la tarea de re-institucionalización del país. Tarea que el kirchnerismo vino a asumir luego de la rebelión popular del 2001. Tratando de que las masas dejen atrás el cuestionamiento del “que se vayan todos” que clausuró las políticas de shock echando a De La Rúa e hizo desfilar por la rosada a 5 presidentes en una semana.

Recordemos la frase de Cristina cuando los tractores y 4×4 cortaban las rutas y tiraban leche y alimentos sobre la banquina: “hagan un partido y ganen las elecciones”. El conflicto mismo terminó canalizado por las reglas del juego parlamentarias, definiéndose con el “voto no positivo” de Cobos. La mediación electoral-institucional comenzó a ser un catalizador privilegiado del descontento político. Una estrategia para concentrar todo el debate en las opciones electorales.

Desde entonces, pareciera que Argentina vive en una campaña electoral permanente aunque el conflicto social no desaparezca de la escena, conformándose la coyuntura por la resultante de ambos elementos.

Sucesos de lucha en las calles como el 14 y 18 de diciembre del 2017 contra la reforma previsional, que determinaron la derrota de Macri, dan cuenta de esto. La herida se perpetró en las calles cuando miles de trabajadores enfrentaron la represión y, por dos días, parecieron volver los métodos del argentinazo. A pesar del vértigo que padeció el macrismo y el peligro real de salir eyectado del gobierno, la muerte de su gestión se concretó, una vez más, en el ámbito institucional de las urnas.

¿Pero cuánto puede durar un statu-quo conformado para dirimir el equilibrio entre dos fuerzas mayoritarias una vez que ambas expresiones han fracasado estrepitosamente?

Con un electorado que vislumbra en el horizonte un deterioro cada vez más pronunciado del poder adquisitivo vía inflación y ajuste. Donde, si bien hay empleo, el mismo es cada vez más precario. Donde la escasez de divisas dificulta la intervención argentina en la economía global. Donde se acumulan varios años con crecimiento raquítico y la inflación récord rompe todo parámetro de mediación económica interna, amenazando con en convertirse en la más alta desde la hiperinflación alfonsinista y su rebote menemista que facilitó la instalación de la convertibilidad.

Es lógico que en este contexto ganen mayor audiencia los discursos que parecen patear el tablero. La discusión se vuelve más ideológica y radical.

¿Pero por qué esta situación fortalece primeramente al ala más reaccionaria de la política y no a la izquierda?

La falta de irrupción de la lucha reivindicativa de los trabajadores, contenidos por la burocracia sindical aliada al gobierno, es una clave de esto. También lo es el resultado de dos años de pandemia que fragmentaron la vida social de la población y pusieron en pausa los espacios de politización de la juventud como lo es el movimiento estudiantil y el movimiento de mujeres, recluyendo a la gente a su vida privada. Además, el profundo desgaste del peronismo, que es percibido a grosso modo como progresista y de izquierda, es otra parte de la explicación de que, en primer término, el péndulo rebote hacia la derecha.

Una situación generada por la escasez de respuestas plausibles desde el “centro político” estaría empujando la aceleración del péndulo hacia los extremos. Sintonizando a la Argentina con las tendencias internacionales de mayor polarización y crisis de los partidos tradicionales. Para ejemplo tenemos los casos de Brasil, Estados Unidos, Francia, España, Perú, y la lista podría seguir. Sobre estas tendencias objetivas operan determinadas organizaciones y fuerzas políticas para llevar agua hacia su molino.

El perfil de Javier Milei

Según un estudio de la consultora Ejes Comunicación, entre 2017 y 2018, previo a la última campaña electoral, Javier Milei tuvo 235 entrevistas, lo que representa más de 193.547 segundos al aire. Claramente, Javier Milei cumple con el fisic tú rol mediático de freak televisivo. Genera polémica en cada aparición estallando de furia y atacando a los gritos a quien ose sentarse frente a él. Desprecia al conjunto de los políticos tildándolos de “casta” (aunque hipócritamente ha elogiado a Macri, Menem y otros) y no escatima en insultos y exageraciones. Un espectáculo que recuerda al escándalo televisivo de los programas de chimentos que supieron tener picos de público en los 90 y 2000. Imitando una estética que puede ser tildada de cualquier cosa para los banales parámetros de la TV, menos de aburrida. Evidentemente (amen del financiamiento de varias de esas entrevistas) sube los puntos de rating.

En cuanto a sus ideas, son las viejas y nefastas propuestas de la derecha liberal argentina que trajeron millones de pobres, hambre y desocupación. Que multiplicaron la deuda externa y el sometimiento al imperialismo yanqui. Y hasta la reivindicación solapada de la dictadura militar. A pesar de su hipócrita defensa de la “libertad”, Javier Milei lleva en sus listas a negacionistas como Victoria Villaroel, defensora de militares de la dictadura, y él mismo ha admitido que trabajó con el genocida Bussi.

A modo de los viejos bravucones referentes del fascismo, sus ideas son presentadas desde un sentido común populista que busca empatizar con quienes sienten bronca hacia los políticos y frustración por la imposibilidad de progresar, principalmente pequeños comerciantes empobrecidos o emprendedores. Apunta también a quienes, desde una inercia conservadora, reaccionan frente a los cambios sociales producidos por el movimiento de mujeres, o ven en el inmigrante, el que recibe un plan o al trabajador de a pie al responsable de sus penurias. Una pose de “macho alfa” provocador que se lleva el mundo puesto y defiende un individualismo extremo.

Sin embargo, su nivel inicial de exposición televisiva es exagerado para un economista sin éxito académico ni grandes logros de gestión previas con una corta carrera política. El peso de sus propuestas y su discurso en el debate político está sobredimensionado para alguien que no cuenta ni siquiera con un partido militante de alcance nacional. Evidentemente la irrupción de su discurso es funcional a determinados intereses y por eso ha recibido mayor exposición. Veamos.

¿A quién le es funcional Javier Milei?

Hay una tarea pendiente que la burguesía argentina busca terminar de concretar (sin éxito) desde hace años. Avanzar en contrarreformas estructurales que reduzcan los costos laborales y aumenten la productividad, modificando la estructura económica del país. Este plan ya se ha implementado en otros países de la región como Chile y Brasil mediante las gestiones liberales de Temer (y luego Bolsonaro) y Piñera.

La conflictividad social argentina, el alto nivel de sindicalización y la tradición de lucha reivindicativa, sumada a la herencia de la rebelión del 2001 ha puesto un límite al avance de estas contrarreformas. Ya mencionamos que pasó cuando Macri ensayó un timorato avance y estalló la bronca: tuvo que resignarse al gradualismo y tomar un préstamo con el FMI para financiar el ajuste en cuotas.

Los ejes del discurso de Javier Milei, como el cuestionamiento a los “costos laborales”, la denuncia hacia los impuestos, la necesidad de reducir la planta del Estado, el movimiento anti-piquetes, la dolarización, el cuestionamiento al movimiento de mujeres, van todos en el mismo sentido: insertar en la sociedad un sentido común reaccionario corriendo el debate político hacia la derecha. Preparar las condiciones para retomar la ofensiva con políticas de shock.

Una suerte de pre-menemismo. Similar al trabajo propagandístico que se hizo contra la ineficiencia de las empresas públicas en los ´90, generando las condiciones para su privatización masiva (que implicó despidos masivos) en los años posteriores.

Si su público inicial eran jóvenes de clase media-alta fans de los videojuegos y enojados con el feminismo (un extracto social similar al de los conspiranoicos y los incels estadounidenses) es real que elementos de su discurso e incluso la simpatía hacia su figura parece estar abriéndose paso peligrosamente entre sectores populares de la población.

Si bien juegan múltiples factores, como la irrupción de un relato liberal meritocrático propiciado por los referentes de la nueva oligarquía hig-tecno-capitalista a nivel mundial (Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, el mundo crypto, etc) el fenómeno se procesa específicamente en Argentina a partir de la crisis de ambas coaliciones mayoritarias: el Frente de Todos y Juntos por el Cambio.

Fracaso a ambos lados de “la grieta”

El peronismo ha gestionado el país durante 12 años (mandatos de Néstor y 2 de Cristina) y luego de la presidencia de Macri vino el albertismo, representando 16 años de los últimos 20. Si en un primer momento la devaluación que supuso la salida de la convertibilidad, sumado a los altos precios de las commodities a nivel internacional le permitieron dar concesiones económicas y sociales que fueron la base material para sustentar su relato de inclusión social, en tanto no resolvieron los problemas económicos estructurales del país, éstos volvieron con toda su fuerza progresivamente hasta erosionar gravemente su modelo económico y social.

La recesión y la falta de dólares. La pérdida de competitividad y los déficits en materia fiscal. La recuperación del empleo y capacidad instalada en las fábricas, pero con multiplicación de la precarización laboral y sin desarrollar nuevas ramas productivas, prepararon el terreno. Finalmente, el fracaso estrepitoso del gobierno de Alberto, una gestión que venía con la promesa de recuperar el crecimiento tras los duros años de ajuste macrista y que está gestionando un ajuste en medio de la mayor inflación en 30 años, está terminando por deslegitimar el discurso de inclusión social del peronismo ante amplios sectores. Esta situación ha derivado en estos momentos en una profunda crisis en el seno del oficialismo, que amenaza con desgarrar el Frente de Todos.

Por el lado de Cambiemos, su gestión llegó al poder escenificando un “liberalismo light” que prometía que, terminando con la intervención estatal y fomentando el emprendedurismo, la gente iba a vivir “todos los días un poquito mejor”. Macri llegó vendió progreso individual, meritocracia, reducción de la intervención estatal, aumento de competitividad, liberalización. Un programa que para ser llevado adelante implicaba atacar el salario, el nivel de empleo, los subsidios a la energía y la industria, destruir cientos de puestos de trabajo y las condiciones de vida de millones de trabajadores.

Una vez sentado en el sillón de Rivadavia, su intento de liberalización chocó contra unas relaciones de fuerza adversas expresadas en un movimiento obrero y popular dispuesto a enfrentarlo con la lucha en las calles. Hubo movilizaciones enormes como hace años no se veían. Ante la falta de volumen político para enfrentar al movimiento de masas, tuvo que dejar pendientes las contrarreformas estructurales que la burguesía esperaba de su gestión financiando la regulación del ajuste mediante la toma de deuda con el FMI. Una vez más, gradualismo en lugar de políticas de shock.

Al fracaso de ambas gestiones de “centro” hay que sumarle la irrupción de la pandemia a nivel global. La misma operó a nivel internacional fragmentando los ámbitos de discusión social (como las universidades, los sindicatos y los lugares de trabajo). Multiplicó el peso de la comunicación digital y las redes sociales (terreno en la que los “libertarios”, seguidores de la nueva oligarquía tecno capitalista venían trabajando sistemáticamente) y enardeció a una clase media de comerciantes imposibilitados de trabajar por las cuarentenas y medidas restrictivas que conformaron la base social privilegiada de las corrientes más derechistas, negacionistas y conspiranoicas a nivel global.

La bronca de Javier Milei y sus exabruptos contra la “casta política” parece empalmar con el sentimiento de decepción arraigado en miles de habitantes producto de los fracasos de ambas alianzas mayoritarias. Su crecimiento es un peligro, porque detrás de sus gestos grandilocuentes populistas se esconde un ataque a todos los derechos políticos y sociales de los trabajadores y sectores populares. Un peligro inmenso para el movimiento de masas obrero y popular, y para todos los colectivos de lucha reivindicativos como las diversidades sexuales, el movimiento de mujeres, el pueblo mapuche, los trabajadores precarizados, etc.

La rebeldía no puede ser de derecha

Para aplicar el programa reaccionario de Javier Milei sería necesario un giro represivo estatal brutal. Como así también el acompañamiento de un sector social que estuviera dispuesto a chocar política (e incluso físicamente) con los movimientos reivindicativos de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

Javier Milei no cuenta por el momento con ese movimiento orgánico, socialmente radicalizado, que esté dispuesto a apoyarlo con una acción directa de este calibre. Sin embargo, de llegar al poder, las palancas del Estado podrían darle las herramientas necesarias para generarlo, como ha sido el caso de Bolsonaro en Brasil y sus ensayos bonapartistas.

Aunque la agitación de su programa sea por el momento propaganda, su discurso se multiplica y amplifica porque es funcional a todas las fuerzas políticas capitalistas.

Le sirve al albertismo para justificar el ajuste que está llevando delante de la mano con el FMI como el menor de los males. Le sirve a Cristina para agitar el cuco del avance de la derecha y presionar a Alberto para que tome medidas “kirchneristas”. Le sirve Larreta para ocupar el centro del arco político (al surgir Milei como ultra derecha) abriendo las alas y buscando dialogar con “el 70% del arco político”. Le sirve a Macri y Bullrich para tensar Cambiemos hacia un perfil más duro de políticas de shock. Y en definitiva le sirve a la burguesía para cuestionar el terreno conquistado por el movimiento de masas en sus derechos reivindicativos: el derecho a la protesta, los derechos de la mujer y diversidades, los derechos humanos y las condenas a los genocidas, y preparar el terreno para avanzar en contrarreformas estructurales.

Bajo esta égida, todos los partidos políticos tradicionales normalizan y permiten el avance de los herederos políticos de Videla, Bussi, Massera y lo más rancio de la política argentina presentada con nuevo peluquín.

La izquierda, desde el extremo opuesto del dial, sí tiene miles de jóvenes, trabajadores, mujeres, activistas y luchadores obreros y populares organizados. Representa una fuerza social orgánica, aunque de vanguardia. Lejos de estar reducidos a un mero propagandismo, desde hace años nuestros referentes son actores que intervienen en el debate político y social. Pero la institucionalización de la política, sumado a la falta de irrupción de los trabajadores contenida hábilmente por la burocracia sindical traidora, sumada a la adaptación demasiado dócil de organizaciones como el FITU a las reglas del juego de la dinámica político-electoral de la argentina, votando incluso leyes con la oposición de derecha, han dificultado competir con el nivel de impacto de estos “outsiders”.

El adelgazamiento de la agitación socialista del FITU en función de “no confrontar a la opinión pública” y sus estrategias constructivas equivocadas, como su repliegue hacia el movimiento de desocupados (un movimiento de contención a la miseria social pero con poca conciencia de clase y autonomía) han dejado a la izquierda muchas veces sin perfil de diferenciación clara del resto de los partidos del sistema, más allá de su conocido y valorado compromiso con las reivindicaciones obreras y populares.

La izquierda tiene la tarea de presentar una agitación disruptiva con cuestionamientos políticos de fondo para arrancarle la bandera de la oposición al sistema a estos falsos “libertarios”, que son verdaderamente los defensores más decididos de este sistema de explotación y miseria. Aquellos que plantean de manera más cabal la defensa del statu-quo de opresión de clase, género, racista, etc. Que se oponen a conquistas fundamentales como el derecho al aborto y pelean por la impunidad de los genocidas de la dictadura, contra el derecho de huelga y toda reivindicación de los explotados y oprimidos.

En este sentido, la confrontación de Manuela Castañeira a Milei, como cuando cara a cara en TN lo acusó de tener “el mismo plan económico de Videla”, o más recientemente, contestarle sus dichos misóginos en la Feria del Libro diciéndole que “el movimiento de mujeres le va a dar una lección en las calles”, es el camino para desenmascarar su verdadero rostro. Tratarlos como los enemigos de los sectores populares que son sin dejarles pasar una provocación.

Ante la crisis de las alternativas de centro, y las propuestas estériles para afrontar una crisis económica y social interminable, solo radicalizando el discurso hacia la izquierda, cuestionando el sistema en su conjunto con un programa anticapitalista, será posible cautivar a los desencantados que empiecen a romper con los partidos tradicionales. Así lo expresó Castañeira, proponiendo la expropiación de los latifundios y la elevación de las retenciones al 50%. Un programa de medidas radicales para que la crisis la paguen los capitalistas y no los trabajadores y sectores populares.

En ese marco, el apoyo a todos los movimientos de lucha de los explotados y oprimidos es fundamental, como la lucha de los diversos colectivos de trabajadores precarizados que han surgido en el último tiempo y participado del Plenario Nacional de la Corriente Sindical 18 de Diciembre (los ferroviaros de Comahue, los repartidores de SiTraRepa, los trabajadores de Alfalince, etc). Esa pelea es estratégica porque un programa que termine con la precarización laboral choca de frente con el ajuste que, gradual o de shock, defienden todas las alternativas políticas del sistema.

Si llegaste hasta acá es porque valorás que, entre tantos medios que defienden intereses capitalistas, exista un portal de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

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