La precarización laboral como política de Estado

La política argentina parece comportarse como una persona a la que le han clavado los pies en el piso. Grita, se queja, gesticula, le duele. Pero no se mueve de su lugar, no puede hacerlo.

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trabajador de reparto
Foto: Guillermo Kozlowski

Como ya hemos dicho, nada de lo que es urgente definir se define. El acuerdo con el FMI estabilizó todas las variables macroeconómicas (con excepción de la inflación); las direcciones sindicales, de las que nada se esperaba, nada están haciendo; los debates sumamente adelantados de la campaña electoral ponen la atención de la gente en un muy lejano 2023.

Lo único que parece pasar son los debates por arriba, que no significan nada por abajo. Cristina hace un cuasi lanzamiento de campaña, se pelea así con Alberto, que le responde amenazando con internas; una semana después están reconciliados. Bullrich le dirige miradas cariñosas a Milei y el resto de su alianza lo veta, una semana después nadie se acuerda.  Los medios hacen un show con el escándalo de la fiesta de Olivos, el caso llega a la justicia, se dicen muchas cosas, pasan los días; una semana después nada habrá tenido consecuencias. Pasan muchas cosas sin que pase nada. La vida sigue su curso.

La clase capitalista argentina se ha enredado consigo misma y no encuentra personal político capaz de desatar el nudo.

La precariedad de la condición obrera

Fuera de la agenda de los grandes medios, en los últimos días se viralizó el video de un joven grabándose a sí mismo buscando trabajo en Buenos Aires.

“Vi que necesitan parrillero con experiencia” comienza. Y le responden “el tiempo es full time, arrancamos a las 11 am, cortamos a las 7 de la tarde y desde ahí hasta el cierre: 1 o 2 a. m.; de martes a domingo”. El salario, 1500 pesos por día. En un local de ropa “los horarios son de 8 a 20 de lunes a sábado; descansa los domingos, nada más” y “el sueldo inicial es de $30.000 para arriba”. En un local de artículos de tecnología: de 8 de la mañana a 18.30 por 40 mil pesos por mes.

Mientras tanto, los grandes medios hacen una campaña tras otra con la “tragedia” opuesta. Las víctimas son los empresarios, los “productores”, los patrones, que “no encuentran” quien quiera trabajar para ellos. “Acá nadie quiere trabajar”, concluyen unánimes.

Primera ilustración de la encrucijada argentina. Los capitalistas y sus voceros quieren normalizar esas condiciones de explotación, las nuevas generaciones no se resignan a dejar la vida “por dos mangos”.

Y, sin embargo, parecen haber cada vez menos opciones. Los patrones han logrado avanzar. Según un estudio de Focus Market elaborado con datos del INDEC, el salario en dólares se desplomó un 86% en 7 años. El salario mínimo será a partir del 1 de junio de 45.540 pesos mientras, según los datos oficiales, una familia tipo necesita de más de 95 mil pesos para no ser pobres. Los trabajadores del INDEC realizaron nuevamente su propia medición con los datos de que disponen y concluyeron que el salario mínimo debería ser de 152 mil pesos.

Y no se trata solamente del salario.

«Fue la primera vez que Camila salió a trabajar de noche. Puro pedal y sudor en la madrugada. Se había quedado sin laburo hace unos días. Como es de José C. Paz, viajó en el tren San Martín con la bici”. Así contaba una conocida la situación de una trabajadora de reparto por aplicaciones. El 13 de mayo, Camila fue atropellada mientras trabajaba por Franco Rinaldi, ex candidato y amigo del diputado del PRO Martín Tetaz.

A la joven de 23 años le fue diagnosticado un politraumatismo. Sin ART ni seguro de ningún tipo, trabajando sin ninguna garantía ni derecho para una impersonal aplicación, fue simplemente abandonada a su suerte. No hay ningún medio que haya recogido sus opiniones sobre lo que pasó.

Por el otro lado, nadie se quedó sin saber qué tenía para decir Tetaz, que acusó a Camila de ser la responsable del accidente por ir “en contramano, sin luces y cruzando con el semáforo en contra”. Poco antes, Edgar –un trabajador de reparto en una situación parecida a la de Camila- había muerto atropellado por un tren.

Al algoritmo de las aplicaciones no le importan las reglas del tránsito, si se va en contramano, con luces o el semáforo. La aplicación mide cada fracción de segundo, que puede ser el límite entre cobrar o trabajar gratis. El PRO de Tetaz impulsa que se regule a estos trabajadores de reparto como “autónomos” y que se les cobre un impuesto en tanto tales, pese a que deben obedecer y rendir cuentas a la empresa detrás del celular.

Para Tetaz y los suyos, como para los “libertarios”, las aplicaciones son “lo nuevo”, el “progreso”; y los derechos laborales son cosa del siglo pasado, algo obsoleto de lo que se debe prescindir. El gobierno hace silencio. Segunda ilustración de la encrucijada argentina: mientras Tetaz tiene derecho a hablar y que todos lo escuchen sobre el accidente, también a opinar sobre cómo deben trabajar miles de precarizados; a Camila solo se le da el de escuchar.

Ese es el “progreso”, lo “novedoso”, que le da el capitalismo a las nuevas generaciones. Condiciones de explotación del siglo XIX con tecnologías del siglo XXI, un mundo en el que el “futuro” es el del despotismo del algoritmo reemplazando a la dictadura del capataz. La alternativa: engrosar las estadísticas de la desocupación estructural y la pobreza interminable.

Pero si los capitalistas y sus funcionarios debaten entre lo malo y lo peor pero no solucionan nada es porque no pueden hacerlo sin chocar con la resistencia de una clase trabajadora rebelde. Por arriba es todo estancamiento. Por abajo los trabajadores de Comahue protagonizan un corte de vías que pone en boca de millones el problema de la tercerización laboral, los metalúrgicos de Río Grande logran romper la paritaria de miseria de Caló, los repartidores pelean por el reconocimiento del SiTraRepa (en sintonía con la organización de los primeros sindicatos de Amazon y Starbucks), las organizaciones de desocupados (más allá de las diferencia y matices que tenemos con sus direcciones) protagonizan una movilización de decenas de miles.

No es fácil, no hay un ascenso general de lucha de clases que lo condicione todo; pero la existencia de las luchas de los trabajadores es algo que nadie puede no tener en cuenta.

El debate de perspectivas

Y, pese a todo, para los capitalistas nada de esto es suficiente. La clase dominante argentina y el imperialismo exigen del país que se lo exprima mucho más. Los niveles de ganancias necesarios para considerar “normalizada” a la Argentina están lejos, muy lejos de haberse alcanzado. La crisis crónica es ese lugar intermedio entre la insatisfacción de los capitalistas por querer mucho más y la cada vez peor situación de las mayorías trabajadoras.

El gobierno, atento a lo que piden los empresarios, les da cada vez más de a poco, a través de la subida sistemática de los precios. Los ingresos de los empresarios subieron por encima de éstos, los de los trabajadores por debajo. El plan de la actual gestión es el del ajuste por inflación: que se siga arrastrando largamente esta vida, cada día un poco peor; esperando que así la conflictividad no estalle.

Pero, cada vez más, esta política no es para nadie una solución a la crisis sino alargarla eternamente. Es así que los capitalistas han logrado cada vez más instalar en la “opinión pública” que es necesario tomar medidas de “shock”, que pasen por arriba de los trabajadores de un día para el otro. Los principales voceros de este programa son la derecha de Juntos, Macri-Bullrich, y Milei.

El populismo “libertario” crece en esa situación. A la burguesía le conviene que sea torcida más y más a la derecha la agenda política; y así, cada delirio de Milei, cada “propuesta” absurda e irrealizable, es reproducido en todo lugar y a toda hora en los grandes medios.

Y es mucho más fácil convencer de esas locuras a miles si nadie ve otra alternativa que la decepción del Frente de Todos: si la precarización laboral se expande en nombre de la “ampliación de derechos”, si el “crecimiento” es el de una crisis interminable, si la “soberanía” está garantizada por la entrega al FMI.

Ya casi nadie quiere escuchar la tibieza progresista del ajuste con bellas frases. Los planteos hechos a medias simplemente no sirven más. No hay otra alternativa para la izquierda que plantear un programa anticapitalista radical, sin medias tintas. El impacto del planteo que hizo Manuela Castañeira de expropiar a los más ricos del campo se debe precisamente a eso, a que dijo parte de lo que es necesario decir, a lo que la situación nos impone decir.

La exigencia de un salario mínimo de 150 mil pesos y el pase a planta permanente de todos los tercerizados no es más que el comienzo, aunque es uno absolutamente necesario. Ningún derecho básico de los trabajadores se va a conquistar sin arrancarlo del bolsillo de los empresarios.

Hay que imponer retenciones de (mínimo) el 50% de los exportadores, así como expropiar a los grandes propietarios de tierras.

Así, apropiándose para los trabajadores de las riquezas del país, se puede financiar un verdadero plan de obras públicas que le den un empuje histórico a las fuerzas productivas de Argentina, que la saque definitivamente del marasmo del atraso y la dependencia perpetua.

Obras así no se han visto en muchas generaciones, pero fueron necesarias en todos los lugares que se transformaron en verdaderas potencias económicas. No se trata de la inauguración de una ciclovía o de hacer campaña electoral rompiendo y arreglando una y otra vez la misma baldosa.

Lo que es necesario hacer es una transformación y modernización generalizada de los transportes, las comunicaciones, la producción de energía; todo lo que son las “condiciones generales de acumulación del capital” (Marx). Las clases dominantes no quieren nada de esto. Su solución a la crisis interminable (y la de todos sus voceros), su programa, su futuro es exprimir toda la riqueza que puedan del país y de la clase trabajadora sin poner un peso.

Lo que en otros países y en otras épocas fue condición de existencia del capitalismo, en la Argentina de hoy solo se puede hacer contra los capitalistas. La perpetuación de la crisis y el atraso, con formas más brutales, es lo que ofrecen.

En contraste, este programa es también la única salida a la situación de los trabajadores. Un plan de este tipo es la única vía para terminar con la precarización laboral y darle trabajo genuino a quienes viven en la desocupación estructural.

Y, de la misma manera que los capitalistas argentinos tienen su propia fuerza y organizaciones para hacer valer sus intereses –su Estado, sus partidos, sus medios-, los trabajadores necesitan las suyas propias. Organizar a los precarizados, vincular a los desocupados con este programa alternativo, luchar contra la pasividad de la burocracia sindical, instalar entre millones la necesidad de un programa anticapitalista: esas son nuestras tareas, las de la izquierda.

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