La “política antiinflacionaria” es la recesión



 

El papelón de Ganancias y las paritarias

 

El que debía ser el primer anuncio de Macri “a favor” de algún sector de trabajadores, el aumento del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias, terminó siendo un fiasco bochornoso que dejó malparado no sólo al gobierno sino a la burocracia sindical aliada, que ahora no sabe de qué disfrazarse. Mientras tanto, sigue el tironeo por las paritarias, en el marco de una inflación que no se detiene, la suba del dólar que acompaña y los despidos tanto en el sector estatal como en el privado, que desnudan la verdadera (y única) “estrategia” macrista contra la inflación: enfriar la economía con ajuste recesivo en salarios y nivel de empleo.

 

Ganancias: de la “promesa cumplida” a la burla

 

Macri anunció su “primer paso en el cumplimiento de las promesas” (sic) rodeado de nada menos que trece gobernadores (entre ellos ¿ex? kirchneristas otrora acérrimos, como Gildo Insfrán, de Formosa, y peronistas varios) y toda la burocracia sindical, que aplaudía a rabiar. Pero en cuanto los números quedaron en claro, así como el hecho de que las escalas de Ganancias quedaban sin tocar hasta 2017, la estafa quedó a la vista.

Veamos el detalle. Al subir el piso de Ganancias a 30.000 pesos brutos (25.000 netos) para personas casadas con dos hijos, y 18.800 brutos (15.600 netos) para las solteras, unas 180.000 personas dejaban de pagar el impuesto. Pero al no modificar las escalas, para el resto de los que tributaban, según un cálculo del Estudio Bein, “los cambios representan una mejora del salario de bolsillo en torno del 8%” (Ámbito Financiero, 22-2-16). Lo irónico del caso es que al desanclar el pago de Ganancias de lo que se ganaba en 2013, el supuesto “esfuerzo fiscal de 49.000 millones de pesos” no es tal, ya que “parte de la baja en las alícuotas de quienes estaban alcanzados pasaría a ser financiada por aquellos que estaban excluidos pero cerca del límite” (ídem).

En resumen: el “regalo” de Ganancias consiste en que 180.000 dejan de pagar y una cantidad considerablemente mayor (por empezar, unos 100.000 jubilados) se suman al universo de los afectados por Ganancias. Con el agravante de que, al no tocar las escalas, “aquellos que ganan 60.000 pesos pagan lo mismo que el que gana un millón de pesos” (Darío Rajmilovich); “si hubiera un 30% de aumento de precios y salarios [algo nada descabellado. MY], a fin de año estamos igual que hasta ahora en términos del pago del impuesto” (Jorge Gebhart) y “el aumento de las paritarias va a comer el cambio en el mínimo si no hay otras modificaciones” (Jorge Rodríguez Córdoba; todos los citados son especialistas en impuestos consultados por La Nación, 19-2-16).

Este verdadero mamarracho dejó en offside a toda la burocracia sindical, que al principio habló de “avance” (Moyano), “un paso adelante” (Caló) y “promesa cumplida” (Momo Venegas). Hasta Miguel Pichetto, el jefe de bloque del Senado del FpV (1), dijo que era “una medida correcta”, aunque “poco sustancial”. En cambio, Aldo Pignanelli, ex director del BCRA hoy en el massismo, dijo casi la verdad: esto es “igual o peor que antes”, y consideró el anuncio “bastante tramposo”. Claro, después algunos, como Moyano, tuvieron que ponerse más críticos.

 

Paritarias, tarifazos e inflación

 

Todo esto deja a la burocracia en mala situación para negociar paritarias a la baja: una de las “zanahorias” era justamente la rebaja de Ganancias, que resultó ser este fiasco. Tampoco alcanza con el aumento de las asignaciones familiares: hay 1,3 millones de trabajadores que pagan Ganancias y 2 millones que reciben esas asignaciones… pero los asalariados en blanco son 9,5 millones. Y a los más de 6 millones a los que esas medidas dejan indiferentes, ¿quién los convence de digerir una paritaria del 25%, como pretende el gobierno?

Según algunos periodistas, desde el macrismo especulaban con una fórmula “24 + 6”, es decir, un 24% de aumento más un 6% de mejora del poder adquisitivo vía la reducción del impuesto, que “podía funcionar con los sindicatos que nuclean a muchos trabajadores alcanzados por Ganancias, como camioneros y petroleros” (M. Zlotogwiazda, Veintitrés, 18-2-16). Pero después del papelón del anuncio de Ganancias, difícil que la “fórmula” prospere. Hasta Moyano se atrevió a decir que “si Macri hubiese dicho lo que iba a hacer, no lo votaba nadie”. Si dejamos de lado la caradurez del camionero, es un indicador de que los muchachos de la CGT no se pueden lucir mucho con el arreglo.

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Por otro lado, los burócratas sí están felices de que les tiren un hueso con mucha carne, los 26.000 millones de pesos de los fondos de obras sociales, más aumentos en el valor de prestaciones médicas y remedios que les reconoce la Superintendencia de Servicios de Salud; después de todo, de ahí sale el grueso de sus privilegios como burocracia. Pero no es un argumento que vaya a seducir a las bases preocupadas por el salario que no alcanza. Lo que nos conduce derecho al problema de la inflación.

Aunque no hay índice oficial (en parte gracias a otro papelón, el del INDEC, que a este paso ya no será INDEK sino IMDEC, Instituto Macrista de Estadística y Censos), los números avalados por el propio gobierno son bastante coincidentes. Y alarmantes. El índice del gobierno porteño da más del 8% para el bimestre diciembre-enero, y el de San Luis da casi el 11% para el mismo período. ¡Y todavía faltan computar febrero y marzo, con su arrastre de tarifazos en la luz, además de posiblemente el gas y el transporte! Si se mide bien la inflación del 10 de diciembre al 10 de abril, y se pone el foco en la canasta más básica que afecta a la gran mayoría (alimentos, servicios, transporte y educación), el índice cuatrimestral va a estar cerca del 20%, la misma cifra que el inefable Prat Gay prometió para todo el año.

Las consultoras, que en su gran mayoría simpatizan con el gobierno, no tienen más remedio que estimar con realismo las perspectivas de inflación para el año. Antes del tarifazo, la más moderada, Elypsis, calculaba un 30% para todo 2016 (32% en Buenos Aires). Después del anuncio de Aranguren, y previendo nuevos sartenazos en gas y transporte, cuesta encontrar la consultora que baje del 33-35%. En el medio, el dólar sigue subiendo, con un Banco Central casi obligado a la inacción dado lo flaco de sus reservas, y los 15,50 pesos del billete verde ya representan una devaluación del 63% desde la asunción de Macri. Lo que no augura nada bueno para la marcha de los precios, si nos guiamos por la reacción patronal ante la primera devaluación (la “salida del cepo”). Después de negarlo, ahora hasta los referentes económicos de Macri reconocen que hubo “sobreactuación” o “cobertura exagerada” de los empresarios.

Frente a esto, la insólita respuesta del propio Macri es “no tenemos herramientas para bajar la inflación”. Pero en esto también miente, como veremos enseguida.

 

Enfriar la economía, el salario y el empleo

 

Entre los despidos, la inflación, la escalada del dólar, la retracción del comercio exterior (2) y el contexto externo desfavorable, hay una consecuencia muy visible: la baja de la actividad económica en general y del consumo en particular. La gente cuida el bolsillo, los comercios se vacían de gente, se compra menos y se vende menos. La economía argentina está hoy en recesión, que sólo puede profundizarse como mínimo hasta mitad de año. O al menos esa era la esperanza del equipo económico oficial hasta hace unas semanas: un primer semestre “duro” y un segundo semestre con inflación más baja y “brotes verdes” en la actividad económica. Pero incluso ese escenario se revela como demasiado optimista.

En efecto, ya las previsiones de economistas de diversa extracción coinciden en que 2016 será recesivo, es decir, con caída del PBI. Un eventual repunte de la actividad quedaría recién para diciembre 2016-enero 2017, según la consultora Econométrica. Pero más significativo es el diagnóstico de un hombre muy cercano al macrismo, el ex presidente del BCRA Javier González Fraga. A su juicio, de este momento económico negativo “nos salvará la reactivación de la inversión antes de fin de año, pero para eso se requiere mejorar las expectativas. Desde el gobierno hablan de reactivar vía inversión y exportaciones, pero sobre esto último le tengo miedo al mundo, no veo que esté muy interesado en comprar nuestros productos” (Ámbito Financiero, 18-2-16).

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Para González Fraga, las gestiones kirchneristas “lograron mostrar cierto crecimiento, a costa de recalentar la economía. (…) Por eso la City esperaba un dólar de 18-20 pesos. Ahora el gobierno está desacelerando la economía, estamos en enfriamiento” (ídem). Claro, este “enfriamiento” es bienvenido, pero González Fraga reclama “explicar” esta medida para evitar mayores costos políticos. Incluso considera que el tarifazo es deflacionario, no inflacionario, es decir, que bajará la inflación en vez de subirla. Veamos por qué: “El ajuste no va a los costos, va a las familias, es como un impuesto, algo irá al índice de precios pero no tanto. (…) Los ajustes tarifarios provocarán menor consumo (…) y en el segundo trimestre la inflación cederá debido al enfriamiento. (…) Ahora no se puede seguir con la ‘buena onda’, no se puede continuar con hacer felices a todos. Hay que hablar de la herencia recibida, al gobierno le quedan 30 días [para explicarlo. MY]” (ídem).

Esta honestidad brutal no es lo que oiremos en los discursos (salvo, claro, las culpas echadas a la “herencia recibida”), pero es lo que guía la política económica interna del gobierno de Macri: el único “ancla” contra la inflación, que en los últimos años K fue la cotización (reprimida) del dólar, pasa a ser la caída del consumo, de la actividad económica y, por ende, del empleo. Y para cerrar el frente fiscal, la respuesta es muy simple: endeudarse en el exterior (lo que vuelve urgente el acuerdo con los buitres para salir a pedir plata). Una típica receta neoliberal, que vimos en el segundo mandato de Menem en los 90, y que a la pata económica le agrega una pata política: buscar el disciplinamiento social vía el desempleo, o el temor a él.

Marcelo Yunes

 

Notas

  1. Los kirchneristas “puros” harían bien en poner las barbas en remojo, porque a este paso ni nombre les va a quedar: la parte peronista del kirchnerismo ya quiere bautizarse como “Peronismo para la Victoria”, en un intento de quedarse con lo que se pueda de la conducción de un PJ al que poco le costará olvidarse de sus juramentos de fidelidad a “Cristina y Néstor”. Es la misma historia de siempre con el peronismo, con la diferencia de que ahora se suma el destino incierto del kirchnerismo no “pejotista”. Las escandalosas deserciones de Diego Bossio y otros, junto con los guiños equívocos de Florencio Randazzo al macrismo, muestran cómo la gran mayoría de los altos dirigentes peronistas en realidad son marxistas, pero de la línea Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.
  2. Como para darle el epitafio definitivo a la saga económica del kirchnerismo, que como muchos recordarán se basó, en sus años mozos, en los “superávits gemelos” (fiscal y comercial), el INDEC anunció que en 2015, y después de 16 años, la Argentina tuvo déficit comercial, y bastante abultado: más de 3.000 millones de dólares. Es el saldo de 56.752 millones de dólares de exportaciones y 59.787 millones de exportaciones, ambas cifras bien por debajo de las de 2011. Una presidencia completa con comercio exterior en baja, y para colmo deficitario. El “modelo K” lo hizo.
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