Lo que en febrero de 2022 se suponía sería una rápida invasión, se transformó en un conflicto prolongado que alteró la situación política internacional, aceleró los procesos de rearme, profundizó las tensiones entre las grandes potencias imperialistas y contribuyó a expandir la crisis del orden mundial surgido tras el fin de la Guerra Fría.
El desarrollo de los acontecimientos desmintió buena parte de las expectativas existentes al inicio del conflicto. Rusia fracasó en su objetivo de imponer una rápida derrota militar a Ucrania, su retirada de los alrededores de la capital durante la primavera de 2022 marcó el fracaso de esta perspectiva y obligó al Kremlin a reorientar la guerra hacia una campaña de desgaste, centrada en el este y sur del país.
Sin embargo, tampoco se materializaron las expectativas ucranianas y occidentales de revertir la ocupación rusa. A pesar de algunas exitosas contraofensivas y del amplio apoyo financiero y militar suministrado por Estados Unidos y Europa, Ucrania no logró recuperar la mayor parte de los territorios ocupados y la guerra derivó hacia una situación de relativo estancamiento.
La realidad actual refleja, por tanto, un escenario contradictorio. Rusia conserva el control de aproximadamente el 20% del territorio de Ucrania y mantiene capacidad ofensiva en distintos sectores del frente, aunque sin alcanzar avances decisivos capaces de modificar sustancialmente el equilibrio militar. Al mismo tiempo, Ucrania demostró capacidad para sostener la resistencia, desarrollar una industria militar adaptada a las nuevas condiciones de la guerra y ampliar el alcance de sus ataques contra objetivos militares y logísticos en la retaguardia rusa.
Esta combinación apunta hacia una guerra de larga duración cuya resolución dependerá no sólo de factores militares, sino también de la capacidad económica y política de cada bloque para sostener el esfuerzo bélico durante los próximos años.
Sobre el carácter de la guerra
Con este artículo, nos proponemos analizar el momento actual por el que atraviesa la guerra. En vista de esto, nuestro enfoque será más geopolítico, es decir, tendrá como foco la disputa militar entre Estados. Por tal motivo, antes de entrar en detalles, queremos recapitular el análisis del conflicto que sostenemos desde la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie.
Como señalamos en una declaración anterior, este conflicto se definió entre dos determinaciones. Por un lado, la invasión rusa de Ucrania constituye una aberración contra los derechos de autodeterminación de un pueblo ucraniano; por el otro, los imperialismos occidentales tradicionales instrumentalizaron la justa pelea nacional ucraniana en función de sus propios intereses geopolíticos.
En el medio de esto, el gran perdedor es el pueblo ucraniano, el cual libra una justa lucha nacional conducida por una dirección reaccionaria y pro-imperialista como la de Zelensky, a la vez que es bombardeado por el imperialismo en reconstrucción que representa Rusia.
En vista de lo anterior, en una nota anterior, desde nuestra corriente sosteníamos que “para salir de este laberinto, solo el pueblo ucraniano es el que tiene el derecho a decidir sobre su destino y nadie más. Defendemos su derecho a la defensa. Condenamos la guerra inter-imperialista (…) La salida pasa por la libre autodeterminación del pueblo ucraniano y la lucha por las libertades democráticos en Rusia, además de luchar contra la remilitarización europea y por echar cuanto antes a Trump del gobierno de los Estados Unidos (una tarea difícil pero no por ello menos urgente).”
A continuación, pasamos a analizar el desarrollo militar del conflicto en los últimos meses y semanas.
Se intensifican los ataques
Tras algunos meses de “rutinarismo”, en mayo se intensificaron las acciones militares, principalmente por la ofensiva rusa. El ejército mantuvo la iniciativa en gran parte del frente oriental, desarrollando operaciones simultáneas en los sectores de Pokrovsk, Kostyantynivka, Kupiansk, Sumy y partes del norte de Járkov. Sin embargo, pese a la intensidad de los combates y a los avances territoriales registrados en algunas zonas, no lograron alcanzar ninguno de los objetivos operacionales que parecían perseguir al inicio de la campaña de primavera.
El principal esfuerzo se concentró nuevamente en la región de Donetsk. Según informes del Institute for the Study of War (ISW), las fuerzas rusas continuaron presionando en dirección a Pokrovsk y Kostyantynivka, intentando explotar los avances obtenidos durante 2025 para acercarse a los principales centros urbanos que aún permanecen bajo control ucraniano en el Donbás. No obstante, los avances obtenidos fueron limitados y generalmente medidos en cientos de metros.
La dirección de Pokrovsk continuó siendo uno de los sectores más activos del frente mediante tácticas de pequeñas unidades de asalto apoyadas por motocicletas, vehículos ligeros y drones FPV, abandonando en gran medida los ataques mecanizados masivos característicos de etapas anteriores de la guerra. Estas tácticas buscan reducir la vulnerabilidad frente a la observación aérea constante, pero al mismo tiempo limitan la capacidad de generar acciones rápidas.
Uno de los elementos más relevantes de esta ofensiva es la expansión de las denominadas «kill zones» o zonas de destrucción. Diversas fuentes señalan que en algunos sectores de Pokrovsk la combinación de drones de reconocimiento, drones suicidas y artillería guiada creó áreas de entre 30 y 35 kilómetros de profundidad, donde cualquier movimiento resulta extremadamente peligroso.
Paralelamente, Rusia intentó mantener la presión en el norte del frente, particularmente en la región de Sumy. Estas operaciones parecen responder tanto a objetivos militares como políticos. Desde el punto de vista militar, obligan a Ucrania a dispersar reservas y recursos defensivos. Desde el punto de vista político, contribuyen a sostener la narrativa del Kremlin sobre la creación de una «zona de seguridad» en la frontera ruso-ucraniana.
Al mismo tiempo, comenzaron a aparecer señales de agotamiento en algunas agrupaciones rusas. Mandos ucranianos señalan una pérdida de impulso en sectores como Kupiansk, donde las fuerzas rusas continúan atacando pero mostraban dificultades para sostener sus avances. Evaluaciones favorables a Ucrania indican que Rusia mantiene capacidad ofensiva, aunque cada vez le resulta más difícil transformar esa capacidad en ganancias territoriales importantes.
Por otra parte, la ofensiva rusa se desarrolla bajo una creciente presión sobre su retaguardia, durante mayo, Ucrania intensificó los ataques con drones contra centros logísticos y puestos de mando rusos ubicados entre 20 y 300 kilómetros detrás del frente. Diversos analistas militares consideran que estos ataques forman parte de una estrategia destinada a dificultar la concentración de fuerzas y ralentizar la capacidad ofensiva rusa.
La guerra se traslada a la retaguardia rusa
Si la ofensiva rusa está caracterizada por intentos de avanzar gradualmente sobre el frente terrestre, la respuesta ucraniana tiene un carácter diferente. Kiev no lanzó una gran operación mecanizada destinada a recuperar territorios, sino que utilizó una estrategia basada en ataques de largo alcance, desgaste de la infraestructura militar enemiga y operaciones limitadas de contraataque táctico en determinados sectores del frente.
El elemento más importante de la campaña es la intensificación de los ataques contra las líneas de abastecimiento rusas. Ampliaron significativamente sus operaciones contra instalaciones petroleras, depósitos de combustible y rutas logísticas utilizadas por el ejército ruso. Comenzaron a realizar operaciones de reconocimiento e interdicción contra las líneas terrestres de comunicación en torno a Mariúpol, a más de 100 kilómetros del frente, mostrando una creciente capacidad para golpear objetivos situados muy por detrás de la línea del frente.
Esta campaña se extendió también al territorio de Rusia. Entre el 16 y el 17 de mayo, Ucrania ejecutó una serie de ataques contra infraestructura energética y logística próxima a Moscú. Según el Ministerio de Defensa ucraniano, fueron alcanzadas instalaciones como la Refinería de Moscú, estaciones de bombeo de combustibles y centros vinculados a la industria electrónica utilizada por el complejo militar ruso. El objetivo declarado consistía en degradar la capacidad de abastecimiento del ejército ruso y aumentar los costos económicos de la guerra para el Kremlin.
Paralelamente, mayo estuvo marcado por algunas de las mayores incursiones de drones ucranianos registradas contra territorio ruso desde el inicio de la guerra. El 17 de mayo, autoridades rusas denunciaron una de las mayores oleadas de drones dirigidas contra Moscú y otras regiones del país, mostrando que Ucrania continúa ampliando el alcance geográfico de sus capacidades ofensivas. Aunque el impacto militar directo de estos ataques es objeto de debate, su importancia política y psicológica resulta evidente, ya que obligan a Rusia a destinar recursos crecientes a la defensa de áreas alejadas del frente.
Estas acciones comenzaron a producir efectos operacionales concretos, dificultando el movimiento de tropas rusas hacia el frente y complicando el sostenimiento logístico de varias agrupaciones de combate. ISW menciona que la creciente actividad de drones ucranianos está obligando a Rusia a reforzar sus sistemas de defensa aérea alrededor de Moscú y otras ciudades importantes, desviando recursos que podrían haberse empleado en el frente de combate.
Algunos informes registraron preocupación entre observadores militares rusos por la capacidad ucraniana para operar drones cerca de Mariúpol y otras áreas ocupadas, atacando rutas de suministro y dificultando la circulación de vehículos militares. Estas operaciones lo que buscan es erosionar progresivamente la capacidad rusa para sostener operaciones ofensivas prolongadas.
Ante la imposibilidad de competir con Rusia en términos de volumen de tropas, artillería o reservas, Ucrania busca convertir la logística rusa en el principal campo de batalla. El objetivo no parece ser una recuperación territorial rápida, sino debilitar progresivamente la capacidad ofensiva del ejército ruso mediante ataques constantes contra depósitos, combustible, centros de mando, redes ferroviarias y sistemas de transporte.
La transformación del campo de batalla
Uno de los fenómenos desarrollados en esta guerra es la transformación de las formas de combate. Si durante las primeras fases del conflicto la atención se concentró en los movimientos de blindados, la artillería pesada y las maniobras terrestres convencionales, con el paso del tiempo los drones se convirtieron en uno de los elementos centrales de la guerra. La combinación de vehículos aéreos no tripulados y sistemas de ataque de precisión modificó la manera en que se desarrollan las operaciones militares.
La generalización de los drones FPV (First Person View) constituye probablemente la innovación más visible. Inicialmente utilizados de manera experimental, estos dispositivos de bajo costo evolucionaron rápidamente hasta convertirse en un arma de uso masivo capaz de destruir blindados, vehículos logísticos, posiciones defensivas e incluso tropas. Tanto Rusia como Ucrania producen actualmente cientos de miles de drones FPV al año y los emplean diariamente a lo largo de todo el frente.
Según el Royal United Services Institute (RUSI), la proliferación de drones redujo la capacidad de ocultamiento de las fuerzas militares e incrementó la vulnerabilidad de cualquier concentración de tropas o vehículos. Su disponibilidad permanente convirtió prácticamente todo el campo de batalla en un espacio bajo observación constante. Movimientos de tropas, convoyes logísticos, posiciones de artillería e, incluso, centros de mando, pueden ser detectados en tiempo real y atacados pocos minutos después.
Como consecuencia, las fuerzas militares se ven obligadas a dispersarse, reducir el tamaño de sus agrupaciones y limitar sus movimientos diurnos. Informes del ISW señalan que tanto Rusia como Ucrania enfrentan crecientes dificultades para concentrar fuerzas suficientes para realizar operaciones ofensivas de gran escala sin ser detectadas previamente.
Esta capacidad de observación contribuyó a un fenómeno aún más importante: la desaparición práctica de la retaguardia segura. Durante gran parte de la historia militar moderna existía una diferencia relativamente clara entre la línea del frente y las zonas alejadas de los combates. En esta guerra esa distinción se ha vuelto cada vez más difusa. Los drones de largo alcance permiten atacar objetivos situados a cientos e incluso miles de kilómetros del frente. Como resultado, bases aéreas o centros logísticos se convirtieron en objetivos habituales de las operaciones militares.
Las fuerzas ucranianas realizan ataques repetidamente contra aeródromos militares, instalaciones de defensa aérea y depósitos de municiones ubicados en Crimea, las regiones fronterizas rusas e incluso en las proximidades de Moscú. Además, desarrollan operaciones contra líneas logísticas rusas en torno a Mariúpol y otras áreas esenciales para el abastecimiento de las fuerzas desplegadas en el sur de Ucrania.
Los aeródromos militares se convirtieron en uno de los objetivos prioritarios de ambos contendientes. La destrucción de aeronaves en tierra, radares, hangares y depósitos de combustible permite reducir la capacidad operativa del adversario sin necesidad de enfrentamientos aéreos directos. Durante los últimos años, ambas partes ejecutaron ataques de largo alcance contra instalaciones aéreas, demostrando que incluso las bases situadas lejos del frente ya no pueden considerarse completamente seguras.
Del mismo modo, la destrucción de depósitos logísticos adquirió una importancia significativa, ya que puede afectar la capacidad de combate de unidades enteras durante semanas. Por esta razón, la logística enemiga se convirtió en uno de los principales objetivos. Informes militares sostienen que una parte significativa de los esfuerzos ucranianos, principalmente desde 2025, se orientó precisamente a dificultar el abastecimiento de las fuerzas rusas mediante ataques contra nodos logísticos y redes de transporte.
Lo mismo sucede con la infraestructura energética. Refinerías, depósitos de petróleo, estaciones de bombeo, centrales eléctricas y redes de distribución son atacadas repetidamente por ambos bandos, con el objetivo de limitar la capacidad industrial del adversario, afectar la movilidad militar, incrementar los costos económicos y generar presión política interna.
A medida que aumentó la dependencia de drones y sistemas GPS, la capacidad para interferir, bloquear o engañar estos sistemas se convirtió en un factor decisivo. Tanto Rusia como Ucrania desarrollaron redes de guerra electrónica destinadas a neutralizar drones enemigos, interrumpir sus comunicaciones y dificultar la navegación de sistemas guiados. En numerosos sectores del frente, la eficacia de una operación depende tanto de la capacidad de desplegar drones como de la capacidad de protegerlos frente a las contramedidas del adversario.
Europa y la supervivencia ucraniana
Si durante los primeros años del conflicto Estados Unidos desempeñó el papel predominante en el suministro de armamento avanzado y asistencia financiera, desde 2025 la Unión Europea y sus Estados miembros asumieron una proporción cada vez mayor del esfuerzo de apoyo a Kiev. Este viraje refleja las incertidumbres generadas por la política estadounidense y el cuestionamiento directo de Trump sobre el papel del bloque.
Según datos de la Comisión Europea, se han movilizado aproximadamente 69.700 millones de euros en apoyo militar desde el inicio de la invasión, incluyendo el suministro de armamento, municiones, sistemas de defensa aérea, vehículos blindados, entrenamiento militar y asistencia logística. El Consejo de la Unión Europea eleva esta cifra a 75.200 millones, mientras que la asistencia total —incluyendo ayuda financiera, humanitaria y atención a refugiados— supera los 200.600 millones, convirtiéndose en uno de los mayores programas de asistencia exterior de la historia reciente del continente.
En el plano estrictamente militar, uno de los mecanismos más importantes es el Fondo Europeo para la Paz (EPF), creado originalmente para financiar operaciones de seguridad y defensa de la Unión Europea. Desde el inicio de la guerra, este instrumento destinó alrededor de 6.400 millones de euros para financiar entregas de armamento y equipamiento militar a las fuerzas armadas ucranianas. Paralelamente, se amplió el tamaño total del fondo hasta alcanzar los 17.000 millones, reflejando el creciente gasto militar y su rol en la política exterior del bloque.
La Misión de Asistencia Militar para Ucrania (EUMAM Ukraine) había entrenado aproximadamente 86.800 soldados ucranianos para comienzos de 2026, proporcionando formación en combate, logística, desminado, mantenimiento de equipos y operaciones especializadas.
Por otra parte, el funcionamiento del Estado ucraniano depende en gran medida de la financiación externa. La guerra redujo drásticamente la actividad económica del país, mientras que el gasto militar absorbe una proporción creciente de los recursos públicos. La Unión Europea desplegó diversos mecanismos de asistencia. Desde 2022, se desembolsaron 43.300 millones de euros destinados a sostener el funcionamiento del gobierno, financiar servicios públicos y cubrir parte del déficit presupuestario.
A ello se suma el denominado Ukraine Facility, un programa plurianual dotado con hasta 50.000 millones de euros para el período 2024-2027, destinado a financiar la reconstrucción, modernización institucional y estabilización económica del país. Hasta finales de 2025 se habían desembolsado aproximadamente 26.800 millones a través de este mecanismo.
De acuerdo con el Ukraine Support Tracker del Instituto Kiel para la Economía Mundial, la ayuda militar europea entre 2025 y 2026 aumentó un 67% respecto al promedio de los años 2022-2024, mientras que la asistencia financiera y humanitaria creció un 59%. El mismo informe concluye que Europa compensa la reducción del apoyo estadounidense y se convirtió en el principal sostén externo de Ucrania.
A finales de 2025 los gobiernos europeos aprobaron un paquete adicional de 90.000 millones de euros para el período 2026-2027. Aproximadamente la mitad será desembolsada durante 2026 y se destinará tanto al financiamiento del presupuesto estatal ucraniano como al sostenimiento de sus necesidades militares. De los fondos previstos para este año, unos 28.300 millones están vinculados directamente a gastos de defensa y seguridad.
La economía rusa en tiempos de guerra
Contra muchas de las previsiones, la economía rusa no colapsó tras las múltiples sanciones internacionales y la prolongación del conflicto. Por el contrario, logró adaptarse a las nuevas condiciones mediante una combinación de centralización de recursos estatales, expansión del gasto militar, redireccionamiento del comercio exterior y aprovechamiento de los ingresos provenientes de las exportaciones energéticas. Sin embargo, esta capacidad de resistencia no implica ausencia de problemas, detrás de la aparente estabilidad se acumulan tensiones.
La principal fortaleza de Rusia es su capacidad para transformar buena parte de su economía en una economía de guerra. Desde el inicio de la invasión, el gobierno incrementó masivamente el gasto en defensa, estimulando la producción industrial vinculada al complejo militar. El gasto militar alcanzó aproximadamente el 6,3% del PIB en 2025 y cerca del 32% del presupuesto federal, niveles sin precedentes desde la década de los ochenta.
Esta expansión permitió un notable aumento de la producción de armamento. Rusia produce actualmente más municiones de artillería que el conjunto de los países europeos miembros de la OTAN e incrementó significativamente la fabricación de drones, vehículos blindados, misiles y sistemas de defensa aérea. RUSI estima que la industria militar rusa logró adaptarse a las sanciones mediante la sustitución de proveedores, el uso de importaciones indirectas y la cooperación tecnológica con países como China, Irán y Corea del Norte.
La segunda fortaleza radica en la estructura exportadora del país. A pesar de los paquetes de sanciones aprobados por Estados Unidos y la Unión Europea, Rusia consiguió mantener importantes ingresos gracias a las exportaciones de petróleo, gas y otras materias primas. Si bien perdió parte del mercado europeo, logró redirigir una proporción significativa de sus ventas energéticas hacia China, India y otros países asiáticos. Según la Agencia Internacional de la Energía, Rusia continúa figurando entre los mayores exportadores mundiales de petróleo, obteniendo decenas de miles de millones de dólares en ingresos.
Otra ventaja importante es la relativa autonomía financiera. Durante los años previos a la guerra, el Kremlin acumuló importantes reservas internacionales y mantuvo niveles relativamente bajos de deuda pública. Aunque una parte de estas reservas fue congelada por Occidente, Rusia conservó instrumentos suficientes para estabilizar el sistema financiero durante los momentos más críticos. El Fondo Monetario Internacional incluso revisó al alza sus previsiones de crecimiento en varias ocasiones durante 2023, 2024 y 2025, reflejando una capacidad de adaptación mayor a la inicialmente prevista.
Sin embargo, estas fortalezas conviven con problemas cada vez más visibles. El primero es la dependencia de la economía respecto al gasto militar. Una parte importante del crecimiento registrado en los últimos años proviene directamente de la expansión de la producción vinculada a la guerra. Esto genera una dinámica que algunos economistas describen como «crecimiento militarizado«: la actividad económica aumenta, pero lo hace concentrándose en sectores que no inciden en el bienestar general de la población ni incrementan la productividad de largo plazo.
La segunda dificultad es la escasez de mano de obra. La movilización militar, las bajas sufridas en el frente y la emigración de cientos de miles de personas trabajadoras tras el inicio de la guerra generan tensiones en el mercado laboral. El Banco Central de Rusia señala reiteradamente que la falta de personal constituye uno de los principales obstáculos para el crecimiento económico. En varios sectores industriales la demanda de mano de obra supera ampliamente la oferta disponible.
La inflación constituye otro desafío. El aumento del gasto público, la escasez de trabajadores y las restricciones derivadas de las sanciones contribuyen a mantener presiones inflacionarias persistentes. Para contenerlas, el Banco Central elevó las tasas de interés a niveles históricamente elevados, superando el 20% en distintos momentos desde 2025. Si bien esta política ayuda a estabilizar los precios, también encarece el crédito y limita la inversión productiva fuera del sector militar.
Una guerra prolongada y un desenlace abierto
La guerra ha durado mucho más de lo que anticipaban todos los actores involucrados. La invasión rusa pretendía someter rápidamente, mediante la fuerza militar, a Ucrania. El fracaso de la ofensiva sobre Kiev mostró los límites de ese proyecto. A su vez, las expectativas que surgieron posteriormente en torno a una posible derrota militar rusa tampoco se materializaron. Más de cuatro años después, la guerra continúa sin una resolución clara y sin que ninguno de los contendientes haya conseguido imponer sus objetivos. La consecuencia es la transformación del conflicto en una guerra de desgaste que consume enormes recursos humanos, económicos y políticos sin producir definiciones estables.
En este contexto, los avances rusos observados durante las últimas semanas deben analizarse con cuidado. Aunque Rusia tiene la iniciativa en varios sectores del frente, estos avances no constituyen necesariamente una expresión de fortaleza. Por el contrario, reflejan las presiones que enfrenta el Kremlin tras más de cuatro años de conflicto. La prolongación de la guerra incrementó los costos económicos y humanos de la invasión, obligando a Moscú a buscar resultados que justifiquen los enormes sacrificios realizados. Esto ayuda a explicar la persistencia de las ofensivas rusas incluso cuando los avances obtenidos son limitados.
Sin embargo, los resultados logrados hasta ahora parecen insuficientes para alcanzar ese objetivo. Los avances territoriales rusos son lentos, costosos y limitados en relación con la magnitud de los recursos empleados. Aunque Ucrania enfrenta evidentes dificultades derivadas del desgaste acumulado, sigue conservando capacidad de resistencia militar. Esto significa que la guerra continúa atrapada en una contradicción: Rusia no logra convertir su superioridad militar en una victoria decisiva, mientras Ucrania tampoco dispone de los medios necesarios para revertir completamente la situación sobre el terreno.
La consecuencia es un impasse que podría prolongarse durante un período considerable. Ninguna de las contradicciones que dieron origen al conflicto ha sido resuelta. La cuestión de los territorios ocupados, la orientación geopolítica de Ucrania, la relación entre Rusia y la OTAN y la propia arquitectura de seguridad europea siguen abiertas. Al mismo tiempo, la guerra aceleró el rearme europeo e impulsó las dinámicas de desestabilización que venían acentuándose en el mundo. Es un galón de gasolina en un mundo en combustión.
La complejidad de esta guerra exige rechazar las simplificaciones campistas que reducen el conflicto a una confrontación entre un bloque «progresivo» y otro «reaccionario». La guerra combina simultáneamente una dimensión nacional —la legítima resistencia del pueblo ucraniano frente a una invasión de una potencia— y una dimensión geopolítica vinculada a la disputa entre Rusia como un imperialismo en reconstrucción con el bloque del imperialista occidental. Por ello, la defensa del derecho de autodeterminación del pueblo ucraniano no implica otorgar apoyo político a la OTAN, del mismo modo que la oposición a la injerencia occidental no puede traducirse en apoyo al proyecto expansionista impulsado por el Kremlin.
La prolongación de la guerra, y su estado actual, demuestra que ninguno de los actores ofrece una salida favorable para los pueblos de la región. Mientras las grandes potencias persiguen sus propios intereses, millones de personas continúan pagando el costo humano, social y económico del conflicto. Por ello, la defensa de una posición independiente, internacionalista y socialista continúa siendo la única perspectiva capaz de situar en el centro los intereses de los sectores trabajadores y los pueblos por encima de las ambiciones de las potencias que hoy disputan el futuro de la región.




