Crítica de cine

La Odisea de Christopher Nolan en la convulsión del mundo

La nueva película de Christopher Nolan, La Odisea, lejos de ser una adaptación purista, plantea una relectura de la obra atribuida a la figura de Homero.

Producto de una persona particular o renombramiento de las voces de la antigüedad, La Odisea es una obra fundamental para la tradición Occidental.

Ha sido adaptada en más de una ocasión por las artes audiovisuales o la literatura misma– podríamos mencionar la versión de Andrei Konchalovsky, con la actuación de Isabella Rossellini, o el Ulises de Joyce, obra literaria insigne de la modernidad que la tiene de inspiración–; también las artes visuales y musicales, desde la antigüedad hasta nuestros tiempos, se han inspirado en las escenas épicas del poema homérico. Las creaciones que tuvieron a La Odisea de inspiración no han podido evitar expresar algo de la época propia, que excede a la obra de Homero cuyo surgimiento data del siglo VIII a.C.

Ulises y las sirenas, del pintor victoriano Herbert James Draper (1909).

La obra de Nolan no es una excepción. Los ojos del siglo XXI se inscriben en esta obra de distintas maneras. Desde el punto de vista de la técnica– dejando de lado la insistencia del director porque la película fuera vista en las salas IMAX–, la proyección en los cines de La Odisea viene aparejada con la discusión sobre la importancia del cine como lugar colectivo y la importancia de las salas de cine ante el avance de las plataformas de streaming.

Por otro lado, en la producción de la película también ha llamado la atención del público la utilización de efectos prácticos en lugar de CGI o, en nuestros días, inteligencia artificial. Las entrevistas a Nolan están atravesadas por estas coordenadas propias de nuestro siglo: no solo se habla de la película en sí misma, sino que se discute sobre cómo las nuevas tecnologías están afectando al cine.

Asimismo, la película es motivo de debate por la caracterización de los personajes del poema homérico: la aparición de Travis Scott o Elliot Page han hecho a ciertos sectores de la extrema derecha pegar un grito en el cielo, escandalizados porque un actor negro y un actor trans hayan sido casteados para interpretar a un rapsoda y a Sinón respectivamente. Principalmente, la aparición de Elliot Page, que 16 años después de haber protagonizado El origen vuelve a trabajar con Nolan, enfureció a los trumpistas en contraposición con la alegría del actor que declaró que “tener una experiencia con Chris Nolan después de haberme declarado trans significó muchísimo”.

Más allá de aparecer en esta película las célebres peripecias de Odiseo para volver a Ítaca– desde el enfrentamiento contra los gigantes y el cíclope, el encuentro con Circe, la magnífica escena de Odiseo atado al mástil para oír el canto de las sirenas, hasta los 7 largos años de cautiverio a manos de la ninfa Calipso–, aquí nos interesa ahondar en un aspecto en particular de esta película, a saber: la reinterpretación que plantea Nolan como fresco de las angustias que atraviesan nuestro siglo.

La culpa de Ulises

En la película de Nolan, Ulises conscientemente desea volver a casa, a Ítaca y a su familia, al tiempo que inconscientemente entierra un pesar que le hace sostener su estadía en la isla de Calipso. Mientras, en el poema de Homero, Odiseo se ve impedido de volver por un designio de los dioses revocado por intercesión de Palas Atenea, en la reversión de Nolan se insinúa que hay algo más, soterrado en Ulises, que ni él mismo comprende, que le impide hacerse de la anuencia para volver a casa.

Al recordar su vida anterior es que se decide en volver a Ítaca, donde su esposa Penélope y su hijo Telémaco lo esperan. La película nos reconstruye las peripecias de Ulises en su relato a la diosa Calipso: le cuenta sobre el caballo de Troya, sobre los diez largos años que esperaron fuera de la infranqueable ciudad, hasta que al astuto Ulises se le ocurrió la argucia que le permitiría al ejército de Agamenón asaltarla. Resulta que los troyanos compartían los mismos dioses que los griegos, por lo que la ofrenda del caballo como símbolo de Atenea, la diosa que acompaña a Ulises, es aceptado e ingresado a la ciudad.

La escena de la destrucción de Troya es una de las escenas que abre la película, sin embargo, en ella– también retomada hacia el final– se encuentra el corazón de la lectura planteada por Nolan. A lo largo de la película acompañamos el viaje de Ulises, que transcurre entre los obstáculos que se ve obligado a enfrentar. Por ejemplo, el error del líder al enfadar a Poseidón, quien no le perdona haber enceguecido a su hijo, el cíclope Polifemo, le cuesta a la tripulación el quedar varada, y uno tras otro los compañeros de Odiseo mueren a razón de los males provocados por ellos mismos.

La disputa entre el poder de los dioses y el poder de los seres humanos ya era un tópico en la obra homérica: los seres humanos quieren escapar del designio de los dioses; los dioses les adjudican a los propios seres humanos sus desgracias. En ese sentido, no es nueva la idea de que la muerte de la tripulación de Ulises tiene por origen el propio accionar humano (más que la intervención divina[1]). Por supuesto, este accionar humano está enmarcado en un destino prefigurado, que las personas tratan de cambiar infructuosamente.

Sin embargo, lo que es puramente un atributo de la obra de Nolan es la culpa que carcome a Ulises. En la antigüedad no existía la culpa tal como la conocemos: lejos de ser un sentimiento inherente al ser humano, su surgimiento se encuentra muy ligado al ascenso del cristianismo. La persona contemporánea sabe lo que es la culpa, la ha experimentado y la experimenta como una cuestión íntima, que tiene la potencia de atormentarlo ante la falta; no obstante, en La Odisea de Homero no hay rastro de ella en el recorrido de Ulises. Los obstáculos que el héroe se ve obligado a enfrentar tienen por motivo la decisión de los dioses o el precio del orgullo de Ulises. No hay una pena interna más allá de los obstáculos en el camino o la nostalgia por el hogar perdido: no hay pecado que deba expiarse.

Por su parte, el Ulises de Nolan es uno atormentado por la destrucción de Troya, ya que fue él quien dio con la argucia del caballo. Sabiendo que los troyanos adoraban también a Palas, Ulises fue el impulsor de que se profanara un vínculo sagrado para poner fin a la guerra de la forma más abyecta. De esta forma, la astucia de Ulises tiene consecuencias terribles. La tripulación de Ulises fue parte de la destrucción de Troya, vejó a las mujeres y prendió fuego el símbolo sagrado de Atenea, adorado tanto por los griegos como por los troyanos.

Por esto, la culpa de Ulises se transfigura en que, cada vez que se le presenta, Palas Atenea tiene el rostro de una joven troyana que fue asesinada frente a sus ojos. El caballo de Troya, entonces, representa una traición a la fe de los egeos. La estatua de Atenea, destrozada también, es otra de las representaciones de la ruptura de estos lazos que hacían a la unidad de ese mundo que colapsó con el fin de la Edad de Bronce.

Los pueblos del mar

La importancia de los relatos orales enmarca la obra de Nolan. De hecho, la película empieza con la voz de un rapsoda narrando la valentía de Ulises y la destrucción de Troya. Es bien sabido que el poema de Homero era recitado por los rapsodas en los lugares concurridos, así como los juglares siglos más tarde harían lo suyo en la España de la Edad Media. Más de un pueblo a través de la oralidad transmitió sus historias a partir de la poesía, pues era el medio predilecto con el que memorizar cientos de versos en aras de entretener y mantener viva la memoria para las nuevas generaciones.

Tanto en el poema épico como en la película recientemente estrenada, los cantos tienen un lugar central: configuran la forma de transmitir lo acontecido. Por tanto, así como cantan sobre la guerra de Troya, en la película de Nolan, los rapsodas también cantan sobre los pueblos del mar. Son ellos una premonición de lo que vendrá: la destrucción de la civilización, la gran catástrofe que acabará con la sociedad tal como la conoce la gente de Ítaca. Penélope y Telémaco temen por el advenimiento de estos intrusos, se preguntan por su identidad y discuten sobre la necesidad de la organización de un ejército para la defensa.

Unas fuerzas destructivas, inciertas, parecen cernirse sobre Ítaca. Sin embargo, de la confusión se construirá una trágica claridad que dará con la naturaleza de ese canto: se comprenderá que lo que cuentan los rapsodas no es más que el eco de las voces de los teucros que temieron la llegada de los griegos antes de la caída de Troya. Las personas del mar no son sino una imagen distorsionada del ejército de Agamenón que dejó reducida en cenizas una civilización. La imagen temida en Ítaca es así un retrato de la misma Ítaca y de Odiseo, retrato realizado por los exterminados troyanos antes de perecer.

Nolan toma como eje central de su lectura de La Odisea el concepto de xenia griego, que él condensa en la idea de la Ley de Zeus. En principio, esta ley implica ser hospitalario con los visitantes, ya que ellos podrían ser un dios transformado en el mundo de los mortales. Quienes claramente violan esta ley son los pretendientes de Penélope, que en realidad la están asediando y consumen todo lo que produce el reino. Sin embargo, la mayor violación a los consensos la propicia nadie más que Odiseo: este es el corazón de la película de Nolan.

La sociedad griega sería una construida sobre distintos consensos: el respeto por lo sagrado el más importante de ellos. Justamente, lo sagrado es profanado por Ulises. Lo que unía a los seres humanos es traicionado con el caballo de Troya, por lo que este no simboliza solamente la destrucción de Troya, sino que también anticipa el colapso de la civilización de la Edad de Bronce. Es más, en la angustia de Ulises al ver, desconcertado, la destrucción a su alrededor no es difícil reconocer al sujeto de nuestro siglo, a quien también le ha tocado presenciar las convulsiones de su mundo. Así como lo sagrado es profanado, lo establecido se quiebra. Aquellos consensos que han dado forma al mundo que conocíamos se ponen en cuestión en este nuevo mundo[2]. Esa angustia no es propia de Ulises, como tampoco es propiedad de un director de cine: es propia de nuestra época.

[1] “¡Oh, dioses! ¡De qué modo culpan los mortales a los númenes! ¡Dicen que las cosas malas les vienen de nosotros, y son ellos quienes las atraen con sus locuras, infortunios no decretados por el destino!”. Esto en palabras de Zeus.

[2] “Todo lo que sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y los hombres se ven forzados a considerar sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas con desilusión” en palabras de Marx y Engels en El Manifiesto Comunista.

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