La crisis y la prensa

La Nación y el universo paralelo de los pobres empresarios

Polémica con el editorial del sábado del diario La Nación.

Martín Mandeb

El día de ayer, para no modificar su deleznable contenido habitual, La Nación decidió regalarnos una nueva entrega editorial cargada de lloriqueos patronales, para recordarnos que no importa que los traidores de la CGT acuerden reducciones salariales, los empresarios siempre son las víctimas de toda situación, momento y lugar. El título: «Una falsa y peligrosa antinomia».

Evidentemente estos lamentos patronales fueron alimentados también por el odio que les genera la conmemoración de las jornadas de trabajo de 8 hs, del día de la clase que todo lo mueve; pero que no se limitaron a simples caprichos por los festejos de su clase contrapuesta, sino también a recordar que ni siquiera en la pandemia más grande que ha atravesado el capitalismo a estos hombres de negocios se les ocurre pensar que deban pagar ellos la crisis económica, y buscan que seamos nuevamente los de abajo los que la volvamos a padecer.

La cuestión, en esta ocasión, se trata del miserable impuesto a los grandes patrimonios que (supuestamente) quiere implementar el gobierno de Fernández. A estos señores, que no se los obligó a poner su producción a servir a las necesidades sanitarias del país, que no se los obligó a abrir sus centros privados de salud para todos los trabajadores, que no se los obligó a mantener el salario de sus trabajadores en los niveles normales, que se los habilitó a despedir obreros como en Techint y como en Penta, a estos señores no les bastaron tantos regalos, y como nene caprichoso patalean por un impuesto que prácticamente no toca las ganancias fabulosas que tienen los grandes capitales, que no ponen las riquezas de los empresarios a salvar las vidas de los laburantes, y con lamentos liberales claman «El estado quiere tocar lo que nos ganamos en buena ley».

Malacostumbrados al gobierno de Macri que se dedicó a servir hasta sus más ridículos pedidos, reclaman el mismo trato preferencial con Fernández. Y este, siendo totalmente timorato, totalmente complaciente de las necesidades empresariales -como lo demostró la ley anti-despidos que no evitaba ninguno- cuando se atrevió a hacer un impuesto cosmético como para presentar a su gobierno de forma en que «toca los intereses de todos», se quejan de que esta ley solo busca «cazar en el zoologico de lo privado» y no tocar el gasto del estado. Defienden que una salida económica y social para esta pandemia implicaría más liberalismo económico, ser capaces de construir acuerdos de libre comercio con otros bloques comerciales para incentivar la producción. Quizás debieran mirar las estadísticas del COVID-19 en el Brasil de Bolsonaro para darse cuenta de que el camino liberal solo conduce a la catástrofe sanitaria y social.

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“El que no llora, no mama” recuerdan estos viejos liberales cuando reclaman no tocar a las 12.000 personas con más ganancias pero miran para el otro lado cuando el gobierno colabora en el ajuste contra los que menos tienen, y piden, al mismo tiempo, no tocar a los que garantizan la producción. ¿Que tendrán que ver los 12.000 empresarios y gerentes más adinerados del país que dedican sus días a mirarse el ombligo con la producción llevada adelante por millones de trabajadores? Ni ellos deben saber, pero por las dudas lo dicen, mientras aprovechan lateralmente a reclamar que se flexibilice la cuarentena y, una vez más, se puedan apropiar de ganancias que nunca hicieron.

Estos liberales poco inteligentes reclaman que se respete la constitución y la sacralidad de la propiedad privada. Una tomada de pelo. Mientras las burocracias arreglan entre cuatro paredes, con algunas de esas 12.000 personas, las suspensiones sin goce de sueldo; a estas personas se las tiene 2 meses anunciado un impuesto que nunca sale porque “tiene que discutirse en el congreso”.

Chillan y patalean, piden no llamar solidaridad a esta “confiscación”. Y algo de razón tienen, ¿O acaso se cree alguien que los hombres de las Confederaciones Rurales Argentinas (que creó a la famosa y ultra-reaccionaria mesa de enlace de los sojeros) como los que citan en la nota pueden tener un gramo de solidaridad en un evento tan terrible como es esta pandemia? No existe solidaridad en el vocabulario empresarial. ¿O acaso alguien vio a tipos como De Angeli yendo a donar sus millones para la construcción de hospitales? La solidaridad sólo es posible para los de abajo. A los de arriba no queda otra alternativa que confiscarlos.

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Ese sería el verdadero horror liberal: que gobernemos los trabajadores, y que no nos dediquemos a seguir el ritmo parsimonioso y burocrático de la sesión legislativa, sino el ritmo veloz de las necesidades de los laburantes. Ese sería el verdadero horror liberal, que gobernemos los de abajo y no nos guiemos por su falsa igualdad individual donde algunos somos más iguales que otros, sino que nos guiemos por la solidaridad de la clase trabajadora para enfrentar a los peores estragos que sufra la sociedad.

Si, al menos, no podrían llorar en nuestro gobierno por una supuesta demagogia: Los trabajadores gobiernan para los de abajo, no crean un discurso de que gobiernan para todos mientras le conceden todo a los de arriba. Porque, seamos sinceros, Fernandez se dedicó a permitirles todo durante estos dos meses; y ya acercándose el momento donde se dará el pico de infectados va siendo hora de que a estos liberales se los confisque en serio (y no con un pequeño impuesto de una única vez) para que podamos llegar en las mejores condiciones sanitarias y sociales a ese momento. Con una mayor “confiscación” podríamos garantizar que nuestros trabajadores de la salud no se condenen al padecimiento del coronavirus, podríamos garantizar que no haya despidos ni suspensiones, que haya una renta universal para los trabajadores como garantía de la cuarentena, podríamos garantizar respiradores e insumos para los hospitales. Y, quién sabe, quizás también se pueda lograr que las notas habituales regaladas por el pasquín de los Mitre puedan derramar lágrimas de cocodrilo que parezcan creíbles.

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