Nos interesa en este texto introducirnos en la cuestión de la emancipación del trabajo, una temática que adquiere relevancia vinculada –simultáneamente- a la crisis ecológica que atraviesa la “humanidad capitalista”.

Comencemos por el concepto de fuerzas productivas. Desde La ideología alemana (1846) Marx y Engels establecieron dos relaciones básicas, “trans-históricas” por así decirlo, que marcan eternamente a la humanidad: la relación de la humanidad con la naturaleza para la producción y la reproducción de la vida, y las relaciones entre las personas –grupos y clases- para la producción.

Desde ya que, por otra parte, las formas concretas que adquieren estas relaciones –generales- son siempre históricas; formas históricamente determinadas. Es decir, estas relaciones “trans-históricas” sólo existen como abstracción; no tienen ninguna existencia real más allá de la “encarnación” que adquieren en cada momento histórico, bajo cada régimen social.

Las fuerzas productivas, el grado de desarrollo relativo de las relaciones de la humanidad con la naturaleza, varían con arreglo a las circunstancias históricas. Dicha relación está compuesta por tres elementos: la humanidad misma, la naturaleza –como naturaleza a priori “externa” a la sociedad, pero también como naturaleza ya humanizada, o deshumanizada– y los medios de producción y / o apropiación de la naturaleza que la humanidad va desarrollando “artificialmente” conforme el desarrollo de su cultura (lo “artificial” remite a la combinación de elementos naturales bajo una forma que no se encuentra originalmente en la naturaleza[1]).

Demás está decir que estos términos van haciéndose más concretos –más determinados–conforme se desarrolla la organización social. Y cuando hablamos de la humanidad, hablamos de una humanidad determinada por las relaciones que se tejen entre las personas y las clases sociales para la producción, relaciones que se dan en llamar “relaciones sociales de producción”; un concepto que, como se ve, ya es directamente social (el ser humano solo se diferencia en sociedad diría Marx[2]).

La combinación de fuerzas productivas y relaciones de producción es lo que se denomina “estructura de la sociedad”. Y en este caso nos interesa detenernos sobre todo en las primeras. Las fuerzas productivas encierran dos tipos de relaciones: a) las relaciones puramente “técnicas” basadas en criterios científicos de racionalidad; y b) el “envoltorio social” bajo el cual dichas “relaciones técnicas” viven. Porque incluso la técnica –hasta determinado punto, o a partir de determinando momento–se encuentra socialmente determinada; “contaminada” por el contexto de relaciones sociales de producción históricamente determinadas en el cual está inserta.

Estas “líneas de tensión” del concepto fuerzas productivas nos plantea evitar dos unilateralidades simétricas: a) una apreciación puramente “positivista” de la técnica, cientificista, que las vea como un factor estrictamente “técnico”, un factor independiente por exclusión de cualquier “contaminación social”; b) una apreciación “culturalista” que redujera todo el sustrato material de las fuerzas productivas –que operan con arreglo a leyes de la naturaleza– a un mero factor social-cultural, clasista[3].

Por lo demás, incluso el objeto mismo de la producción, la naturaleza, varía históricamente, no solo por las macro-variaciones históricas de la naturaleza cósmica misma sino por la reactuación de la humanidad sobre el área misma de su alcance según el desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas y destructivas. Los seres humanos somos naturaleza, estamos hechos de naturaleza, es parte de nuestra “carne y sangre” y nosotros somos parte de su carne y sangre, somos una y misma cosa aun si diferenciada, lo que no quita que ella nos preceda, nos trascienda (la “naturaleza cósmica” siempre nos va a trascender)[4].

Repetimos: a medida que la humanidad ha ido desarrollándose, hemos transformado la naturaleza en naturaleza humanizada y / o deshumanizada según el caso; modificada por la “retroacción” constructiva -o destructiva-de la humanidad. Es decir, se trata ya de una naturaleza que ha tenido mediación y transformación por la actividad humana, como es el caso del globo terráqueo, donde quedan pocos espacios “vírgenes” u originarios.

Por ejemplo: si hablamos de una nueva era geológica por la acción humana–el Antropoceno– nos podemos dar una idea de la magnitud de esta interacción “humana-natural”; esta “coproducción” de la naturaleza misma por la actividad humana[5]. Esta interacción tiene una dimensión histórica, aunque lamentablemente sea muchas veces una “película de terror”, como son actualmente el calentamiento global y la pandemia (amén de la pandemia misma, los climas extremos e inundaciones que se aprecian de manera polar en el norte y el sur del mundo en cada estación son un índice de la velocidad del cambio climático, así como de lo inercial de todas esas “grandes conferencias” por el clima que no terminan de tomar medida alguna real para frenar el deterioro. Compite contra ella la extrema mercantilización del mundo que supone el capitalismo del siglo XXI, donde todo pero todo se compra y se vende; todo es mercancía).

La invasión de la racionalización del valor y la ganancia sobre todo lo demás es la más extrema que se haya visto en la historia del capitalismo. Todo tiene como un doble orden de racionalidad donde la racionalidad real, el valor de uso de las cosas y las acciones está sobredeterminado y/o instrumentalizado por la ganancia (por ejemplo, por poner un caso entre mil, definir qué persona llevar a la TV no por su dotes propias, sino por cuanto mide en el rating; en el share de minutos en el prime time…).

En todo caso, si la “externidad” o prioridad de la naturaleza se puede apreciar en la infinitud del espacio-tiempo[6], dicha externidad no es absoluta porque nosotros mismos, la humanidad misma, está hecha de naturaleza, de relaciones químicas, físicas y biológicas, y porque, además, la contradictoria auto-elevación humana que significa la historia, hace que una parte creciente de la naturaleza terrestre sea inconcebible en abstracción de sus transformaciones por la acción humana (“con la humanidad entramos en la historia” diría Engels en el sentido que se marca una inflexión consciente, una marca dentro de la “eternidad” –lo que no niega que la naturaleza tenga una historia también, lógicamente –una determinada evolución o involución).

Prosiguiendo nuestro razonamiento, y más allá del “objeto” naturaleza, tenemos un segundo elemento: las herramientas o medios de producción, que se han ido sofisticando conforme el desarrollo de la cultura humana. Es que las fuerzas productivas, los medios de producción, han pasado por un desarrollo histórico revolucionándose conforme la cultura humana ha ido evolucionando hasta llegar a la automatización. Desde las primeras herramientas prehistóricas de piedra y sus diferentes “culturas” (industria Olduvayanse, Achelense, Musteriense, etcétera), hasta las más modernas computadoras e incluso los robots que pueblan -de manera creciente- la industria automotriz, internet–los algoritmos- y otras, estos diversos estadios de desarrollo caen dentro del concepto de medios de producción. (La historia de la tecnología es una temática que requiere un abordaje específico. Marx la desarrolló expresada en una serie de “apuntes tecnológicos” cuyas conclusiones están volcadas en el tomo I de El capital en el capítulo referido a la plusvalía relativa y subsiguientes, retornando sobre esta temática en el tomo III en los capítulos referidos a la teoría de las crisis, así como, previamente, en páginas geniales en los Grundrisse que veremos más abajo).

Los medios de producción nos remiten al tercer componente de las fuerzas productivas, y el más decisivo desde el punto de vista “antropológico”: el trabajo humano. Porque en definitiva dichos medios de producción, en nuestro criterio, “viven y caen” junto al concepto más básico de trabajo humano (enseguida problematizaremos qué entendemos por “trabajo humano”). El trabajo humano remite a la acción humana sobre la naturaleza, cuya centralidad es tal que Engels llegó a definir el trabajo como el factor creador del ser humano cuyo primer medio de producción fue la mano humana misma (Engels antropólogo; Marx repetiría exactamente lo mismo en cada ocasión correspondiente.).

Cuando decimos que los medios de producción “viven y caen” junto al concepto más básico de trabajo humano excluimos todo el debate sobre el curso histórico del trabajo humano, que va transformándose hasta hacerse irreconocible.

Como digresión respecto de cómo el trabajo tiende a hacerse “irreconocible” tal cual lo concebimos históricamente –como estrujamiento alienado de los nervios y los músculos de los trabajadores, por así decirlo- Alfred Schmidt señala, por oposición, que en el Marx maduro la idea de la desaparición de todo trabajo es “dejada de lado” y que conviven en él una esfera reducida al mínimo de trabajo necesario y otra esfera de la libertad. Señala que la manutención de un mínimo de trabajo es inevitable como subproducto del metabolismo eterno con la naturaleza y que, además, en ningún caso el trabajo puede ser reducido a “mera diversión” como en Fourier, porque para cualquier aplicación científica o artística, de todas maneras, hace falta esfuerzo y no mera “diversión”: “Para Marx, por el contrario, el trabajo es originariamente expresión de una necesidad vital, y no un juego libre y placentero de las fuerzas humanas. Ni siquiera el trabajo humanizado no alienado y libre es para Marx una mera diversión. En los [Grundrisse] Marx ridiculiza el punto de vista romántico (…) que sostiene Fourier cuando afirma que el trabajo libre debería transformarse en una diversión: ‘El trabajo realmente libre, por ejemplo el componer música, es a la vez endiabladamente serio e implica un esfuerzo inmensísimo” (Schmidt, ídem, 189).

Coincidiendo absolutamente con la idea de que la aplicación concentrada a cualquier actividad libre tiene una carga de esfuerzo que no es una mera diversión y que, además, el metabolismo con la naturaleza es, efectivamente, una condición eterna de la existencia humana como afirmaba Marx, quizás sea de todos modos correcto, repetimos, reemplazar la idea de trabajo por la más general de “actividad”, que no está tan asociada a cualesquiera relaciones de explotación y alienación (pero en fin, en todo caso esto remite al concepto más general de las combinaciones históricas cambiantes entre necesidad y libertad que se condicionan recíprocamente hasta porque existen determinaciones naturales que son eternas; inescapables[7]).

En todo caso, lo que nos interesa es sentar nuestra posición “antropológica” respecto de la ubicación de la humanidad en el cosmos, que si fuera dejada de lado, si la humanidad perdiera su lugar de sujeto histórico, los conceptos mismos que estamos tratando en este texto perderían sentido y caeríamos en una suerte de distopía al estilo La obsolescencia del hombre, de Günther Anders, donde las máquinas dominan a la humanidad, reflejando una de las tendencias en obra pero de manera complemente unilateral.

Porque, en definitiva, el trabajo humano, la fuerza de trabajo y el trabajador, son el sujeto de estas relaciones. El trabajo humano es el factor activo en la creación de la riqueza y la transformación del mundo, no importa cuán “exquisita” o “automatizada” se vuelva esta relación. Otra cosa, claro está, es el carácter alienado de esta relación bajo el capitalismo –y en los Estados burocráticos también, aunque bajo otras formas-, donde el trabajo muerto domina sobre el trabajo vivo aunque, de todos modos y en última instancia, es el trabajo vivo el creador de nuevo valor.

Algunos analistas –impresionistas- hablan de un momento de “singularidad” donde los seres humanos no dominarían la economía y la sociedad sino las máquinas: “El crecimiento exponencial de la tecnología informática sugerido por la Ley de Moore es comúnmente citado como una razón para esperar dicha singularidad en un futuro relativamente próximo; en realidad, la ‘ley’ es un pronóstico de 1965, corroborado en la práctica hace poco, del cofundador de Intel, de que cada dos años se duplicaría el número de transistores en un microprocesador. Es verdad que el propio Moore expresó en 2007 que su ley dejaría de cumplirse en 10 o 15 años, aceptando la observación de Stephen Hawking de que los límites dependían de los límites de la microelectrónica: la velocidad de la luz y la naturaleza atómica de la materia (…). Por otro lado, es comúnmente aceptado que las computadoras son muy buenas en cosas que nos resultan difíciles, pero son muy malas en otras que nos resultan fáciles; son capaces de vencer al mejor jugador de ajedrez, y ahora de Go, pero carecen de las habilidades motrices de un niño: están lejos de poder jugar un partido de cualquier deporte con el más negado de los humanos” (Marcelo Buitrago, “Capitalismo y automatización: ¿Un mundo de robots?”). Es decir, son capaces de desarrollar unilateralmente ciertas funciones hasta niveles altísimos, pero carecen del desarrollo «omnilateral» que caracteriza a los humanos (y que hacen a su “ser genérico”, aunque afirmamos esto no en sentido antropológico, es decir, a-historico, o “naturalista” tipo “naturaleza humana”, sino respecto de las potencialidades evolutivas que están inscritas en los homo sapienstal cual las definía Lawrence Krader; Engels antropólogo).

En todo caso, no queremos desarrollar acá –todavía- el concepto de automatización, sino simplemente marcar la prioridad del trabajo humano, y de la humanidad como un todo, en lo que hace a la producción. Aunque colocando, claro está, y como materialistas, dentro del concepto general de “trabajo”, determinaciones que atañen a la necesidad del eterno metabolismo humano con la naturaleza para su producción y reproducción; necesidad, terreno material, inescapable.

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Pero además, y contra los criterios anti-humanistas de las fuerzas productivas, y en cualquier grado de su desarrollo, los seres humanos son real y/o potencialmente, más concreta o “exquisitamente”, el factor activo de la producción y de la vida humana misma: “Marx explica detalladamente en El capital cómo se impone la ‘voluntad telética’ del hombre sobre la naturaleza: ‘Ponemos como base el trabajo en una forma en la cual este corresponde exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que se parecen a las del tejedor, y una abeja puede avergonzar a muchos arquitectos humanos con la construcción de su panal. Pero lo que desde un comienzo diferencia al peor arquitecto de la mejor abeja, es el hecho de que aquel ha construido la celdilla del panal en su cabeza antes de construirla en la cera. Al final del proceso de trabajo se produce un resultado que ya estaba presente en su comienzo en la representación del trabajador, y por lo tanto ya tenía existencia ideal. No se trata de que el arquitecto sólo efectúe un cambio de forma de lo natural; realiza al mismo tiempo en lo natural su fin, que él conoce, que determina como una ley el modo de su hacer y al cual él debe subordinar su voluntad” (Marx citado por Alfred Schmidt, El concepto de naturaleza en Marx, Siglo Veintiuno Editores, Madrid, 1976, 114).

En todo caso, lo que debemos agregar es que dicha “voluntad telética”, voluntad creadora como afirma Schmidt citando a Marx, no puede desconocer que sólo se hará valer si parte de las leyes objetivas de la naturaleza, no si las desconoce de manera subjetivista y voluntarista. Apropiándonos de ellas, como afirmaba Engels, podemos crear un “mundo”; desconociéndolas se cae en un puro idealismo voluntarista.

De ahí que El concepto de naturaleza en Marx, que acabamos de citar, tenga unilateralidades propias de la Escuela de Frankfurt, de la cual proviene Schmidt: cierta abstracción en el análisis, separando los conceptos sobre la naturaleza del análisis crítico de los científicos que estudiaron Marx y Engels (una crítica que le hace Bellamy Foster), y cierta deriva “idealista” que al inclinar la vara contra el positivismo, tiende a perder de vista la prioridad epistemológica de la naturaleza sobre los seres humanos (aunque, correctamente, y ese es dialécticamente su punto fuerte, insista en la re-actuación de los seres humanos sobre la naturaleza misma criticando la concepción puramente positivista y pasiva de cierto “marxismo”). Por lo demás, es injusto en el tratamiento que hace de Engels, al cual se lo presenta como “opuesto” en su abordaje de la dialéctica de la naturaleza a Marx y no como es en realidad, complementario en muchos aspectos[8].

La clase trabajadora puede ser más activa o más pasiva, más autoconsciente o alienada, dependiendo del grado de dominio sobre su trabajo y sobre los medios de producción (además de que, repetimos, la humanidad solamente puede hacer valer sus fines en el terreno de la producción y reproducción con arreglo a las leyes naturales mismas, no violentándolas).

Un elemento central de las fuerzas productivas es el “maquinismo”. Es interesante volver a las definiciones de Marx sobre el maquinismo y el “sistema de máquinas”. Fuerza productiva fundamental, las máquinas o sistema de máquinas se definen por tres componentes que actúan al unísono: a) la máquina como conjunto de herramientas, b) una fuerza motriz “artificial-natural” independizada de la “tracción humana”, c) y, por último, y cada vez más presente, un “sistema de comando automatizado” que tiende históricamente a colocar al trabajador al “lado del proceso de producción”, es decir, más como “vigilador y controlador”, que subsumido en la producción misma.

Veamos estos conceptos. El primero, clásico, es el de la máquina como conjunto de herramientas. Descompuesta en sus componentes más simples, haciendo el “análisis de la máquina” –como señalara Marx–, es simplemente eso: la reunión bajo un mismo mecanismo de herramientas individuales que antes estaban separadas. Desde ya que esto ha tenido un desarrollo sideral que se han traspasado las fronteras puramente “mecánicas” para dar lugar a máquinas que operan sobre conjuntos electrónicos, cibernéticos, biotecnológicos, impresoras en 3D, etcétera. Pero este principio elemental de la máquina como reunión de herramientas sigue vigente.

Luego tenemos un segundo elemento: la máquina, para ser tal, debe tener “auto-movimiento”, esto en el sentido de una fuente de energía “artificial” independizada del sudor humano. Y esto es así desde las primeras máquinas a vapor hasta hoy con la energía solar, eólica, hidráulica, electrónica y más menudamente quemando carbón y petróleo y destruyendo el planeta, e, incluyendo en esto, la complejidad del manejo de la energía atómica.

En cualquier caso, este principio tampoco se modifica y tiene que ver con haber superado el límite orgánico que implicaba el puro y rudo esfuerzo muscular humano (aunque este esfuerzo siga presente –sin duda alguna- en muchos de los “puntos de reunión” de cualquier proceso industrial).

Finalmente, la automatización significa que la máquina tiene “auto movimiento inteligente” no en el sentido puramente energético del término, sino en la conducción del mecanismo mismo (sea una nave espacial, un avión en piloto automático, sistemas automatizados de producción y/o robots), que aun con todas sus imperfecciones se presentan como el modelo “perfecto” de un mecano que aparece “independizándose” de todo control humano: “La Federación Internacional de Robótica (IFR) define robot industrial como un ‘manipulador multiuso reprogramable controlado automáticamente, programable en 3 o más ejes, fijo o móvil, para usar en aplicaciones de automatización industrial’, es decir una máquina que realiza tareas relativas a la producción sin la necesidad de control humano” (Buitrago, ídem). Dejemos hablar al respecto directamente a Marx, porque es pasmoso (pensemos que las citas que vamos a desarrollar in extenso datan de 1857/8): “(…) una vez inserto en el proceso de producción del capital, el medio de trabajo experimenta diversas metamorfosis, la última de las cuales es la máquina o más bien un sistema automático de máquinas (sistema de la maquinaria; lo automático no es más que la forma más plena y adecuada de la misma, y transforma por primera vez a la maquinaria en un sistema) puesto en movimiento por un autómata, por fuerza motriz que se mueve a sí misma; este autómata se compone de muchos órganos mecánicos e intelectuales de tal modo que los obreros mismos sólo están determinados como miembros conscientes del sistema” (Grundrisse. Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, 1857/8, Siglo Veintiuno Editores, México, 1980, 218).

“No es como en el caso del instrumento, al que el obrero anima como un órgano, con su propia destreza y actividad y cuyo manejo depende por tanto de la virtuosidad de aquel. Sino que la máquina, dueña en lugar del obrero de la habilidad y la fuerza, es ella misma virtuosa, posee un alma propia presente en las leyes mecánicas que operan en ella (…) la actividad del obrero, reducida a una mera abstracción de la actividad, está determinada y regulada en todos los aspectos por el movimiento de la maquinaria, y no a la inversa. La ciencia, que obliga a los miembros inanimados de la máquina a operar como un autómata conforme a un fin, no existe en la conciencia del obrero, sino que opera a través de la máquina, como poder ajeno, como poder de la máquina misma sobre aquél” (Grundrisse, 219).

Sin embargo, “El intercambio de trabajo vivo por trabajo objetivado, es decir el poner el trabajo social bajo la forma de antítesis entre el capital y el trabajo, es el último desarrollo de la relación de valor y de la producción fundada en el valor. El supuesto de esta producción es y sigue siendo la magnitud del tiempo inmediato de trabajo, la cantidad de trabajo empleado como el factor decisivo en la producción de la riqueza. En la medida, sin embargo, en que la gran industria se desarrolla, la creación de riqueza efectiva se vuelve menos dependiente del tiempo de trabajo y de la cantidad de trabajo empleados, que del poder de los agentes puestos en movimiento durante el tiempo de trabajo, poder que a su vez –powerful effectiveness (poderosa eficacia)– no guarda relación alguna con el tiempo de trabajo inmediato que cuesta su producción, sino que depende más bien del estado general de la ciencia y del progreso de la tecnología  o de la aplicación de esta ciencia a la producción” (Grundrisse, 227/8).

“La riqueza efectiva se manifiesta más bien –y esto lo revela la gran industria– en la enorme desproporción entre el tiempo de trabajo empleado y su producto, así como en la desproporción cualitativa entre el trabajo, reducido a una pura abstracción, y el poderío del proceso de producción vigilado por aquel. El trabajo ya no aparece tanto como recluido en el proceso de producción, sino más bien el hombre se comporta como supervisor y regulador con respecto al proceso de producción mismo (…) Se presenta al lado del proceso de producción, en lugar de ser su agente principal” (Grundrisse, 228).

“En esta transformación lo que aparece como el pilar fundamental de la producción y de la riqueza no es ni el trabajo inmediato ejecutado por el hombre ni el tiempo que este trabaja, sino la apropiación de su propia fuerza productiva general, su comprensión de la naturaleza y su dominio sobre la misma gracias a su existencia como cuerpo social; en una palabra, el desarrollo del individuo social. El robo de tiempo de trabajo ajeno, sobre el cual se funda la riqueza actual, aparece como una base miserable comparada con este fundamento recién desarrollado, creado por la gran industria misma” (Grundrisse, 228).

Y cierra Marx una de las páginas más geniales de su producción con dos citas que nos interesa presentar acá: “Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar, de ser su medida y por tanto el valor de cambio [deja de ser la medida] del valor de uso (…) Con ello se desploma la producción fundada en el valor de cambio, y al proceso de producción material se le quita la forma de necesidad apremiante y antagonismo. Desarrollo libre de las individualidades, y por ende no reducción del tiempo de trabajo necesario con miras a crear plustrabajo, sino en general reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo, al cual corresponde entonces la formación artística, científica, etcétera, de los individuos gracias al tiempo que se ha vuelto libre y a los medios creados para todos” (Grundrisse, 228/9).

“La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, ferrocarriles, telégrafos eléctricos, hiladoras automáticas, etcétera. Son estos productos de la industria humana; material natural transformado en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza o de su actuación en la naturaleza [¡se aprecia el cuidado ecológico de Marx!]. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana, fuerza objetivada del conocimiento. El desarrollo del capital fijo revela hasta qué punto el conocimiento o saber social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del general intellect y remodeladas conforme al mismo. Hasta qué punto las fuerzas productivas sociales son producidas no sólo en la forma de conocimiento, sino como órganos inmediatos de la práctica social, del proceso vital real” (Grundrisse, 230).

Se aprecia en Marx que el trabajador puede estar alienado pero que a la vez tiene la potencialidad de emanciparse de las condiciones de explotación y opresión, de apropiarse de las condiciones materiales de existencia, que dado el desarrollo de las fuerzas productivas tienen la potencialidad de superar el horizonte de la necesidad, la producción de valor de cambio, y pasar –a partir de todo un proceso de transición evidentemente– a la producción directa de valores de uso, a la satisfacción de las necesidades humanas.

En Marx, por otra parte, y lejos de cualquier distopía, amén del desarrollo de fuerzas destructivas que veremos más abajo, la humanidad tiene la capacidad de apropiarse de las fuerzas productivas, y cuando no lo hace, cuando no lo hacen los explotados y oprimidos, es porque el capital, los capitalistas, son los que dominan los medios de producción; no existe en él ninguna “filosofía” unilateral o esencialista -de tipo weberiana o heideggeriana- en el sentido de que estaríamos condenados “a que las máquinas nos dominen”, o a estar encerrados en una “caja de acero” donde perderíamos las potencialidades transformadoras de auto-emancipación.

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La máquina burocrática, del sociólogo español González García, es, por ejemplo, una obra que trata con agudeza la crítica “anticapitalista” que desde el ángulo romántico-reaccionario liberal y escéptico desarrollaron los hermanos Weber (y que por intermedio de Alfred y no de Max, llegó a ser un elemento de inspiración en Kafka, por ejemplo): “Si la máquina muerta del trabajo industrial y la máquina viva de la organización burocrática caminan juntas, estamos atrapados en una nueva forma de servidumbre de la que ya no hay salida posible. ‘Una máquina muerta es espíritu coagulado. Sólo el serlo le da el poder de obligar a los hombres a servirla y de determinar el curso cotidiano de su vida de trabajo, de manera tan dominante como es de hecho el caso de la fábrica. Espíritu coagulado es también aquella máquina viva representada por la organización burocrática, con su especialización del trabajo profesional aprendido, su delimitación de competencia, sus reglamentos y sus relaciones de obediencia jerárquicamente escalonadas. En unión con la máquina muerta, la viva trabaja en forjar el molde de aquella servidumbre del futuro a la que tal vez los hombres se vean obligados a someterse impotentes (…)’. El diagnóstico pesimista de Max Weber sobre la Revolución Rusa y el futuro del socialismo coincide con el de Franz Kafka” (González García, ídem, 185/6).

Marx tiene una posición contraria a este abordaje; aprecia las tendencias en obra a la emancipación del trabajo sobre la base material del progreso de las fuerza productivas y de la capacidad humana de reactuación sobre las circunstancias claro que, al mismo tiempo, no pierde de vista la existencia de contra-tendencias que transforman las fuerzas productivas potenciales en fuerzas destructivas reales (como el caso de la actual pandemia de Covid-19 y la destrucción del planeta).

Ocurre que si el desarrollo de las fuerzas productivas crean condiciones materiales para la emancipación, tampoco puede apreciárselas abstractamente: sus resultados dependen de las relaciones sociales en las cuales están insertas. Y la pandemia que estamos viviendo en estos comienzos de la tercera década del siglo XXI es expresión de esto, expresión de la interrelación entre las fuerzas productivas más desarrolladas por la humanidad, la globalización de la producción y los intercambios, una capacidad productiva nunca vista, etcétera, pero que bajo la camisa de fuerza de la racionalidad puramente formal del capitalismo, su aspiración a obtener ganancias a como dé lugar, se transforma en fuerza destructiva: “Según la Asociación Estadounidense de Hospitales, el número de camas de hospitales disminuyó un extraordinario 39% entre 1981 y 1999. El objetivo era aumentar las ganancias al aumentar el ‘censo’ (el número de camas ocupadas). Pero el objetivo de la gerencia de una ocupación del 90% significaba que los hospitales ya no tenían la capacidad de absorber la afluencia de pacientes durante epidemias y emergencias médicas” (Michael Roberts, “Confinados”, izquierdaweb).

Se aprecia así como la lógica de la ganancia se impone por todos los poros de la sociedad, como se contraponen dos racionalidades, la racionalidad material, en este caso sanitaria, con la racionalidad formal de la ganancia que va directamente en contra de los criterios sanitarios colaborando con el estrago que estamos viviendo: “(…) está [el ejemplo] de la gran industria farmacéutica, que realiza poca investigación y desarrollo de nuevos antibióticos y antivirales. De las 18 compañías farmacéuticas más grandes de Estados Unidos, 15 han abandonado totalmente el campo. Los medicamentos cardiológicos, los tranquilizantes adictivos y los tratamientos para la impotencia masculina son los que generan mayores beneficios, no los tratamientos contra las infecciones hospitalarias, las enfermedades emergentes y los asesinos tropicales tradicionales. Una vacuna universal contra la gripe, es decir, una vacuna que se dirige contra las partes inmutables de las proteínas de la superficie del virus, ha sido posible desde hace décadas, pero nunca se consideró lo suficientemente rentable como para ser una prioridad” (Roberts, ídem) ¡Ejemplo de irracionalidad capitalista si los hay!

Pero, en todo caso, nos interesa referirnos finalmente aquí a como la potencial reversión de fuerzas productivas en destructivas ha llegado al punto más alto del desarrollo de la humanidad caracterizando, por ejemplo, la destrucción ecológica del planeta. Porque el elevado desarrollo de las fuerzas productivas hace que su reversión destructiva sea aun más destructiva. No es que no existieran guerras y fuerzas destructivas, ejércitos, etcétera, en el pasado. Pero si la capacidad de daño del ejército imperial de Roma, por ejemplo, era importante, es incomparable respecto de la capacidad de daño de las bombas atómicas o casos como Chernóbil, por tomar un ejemplo (es una verdad de Perogrullo que sin grandes fuerzas productivas tampoco puede haber grandes fuerzas destructivas).

Cuestiones más “menudas”, habituales y “anodinas” como la producción –multitudinaria- de aves de corral sin cuidados sanitarios suficientes como señala el biólogo norteamericano de izquierda Rob Wallace, se transforman en “bombas atómicas epidemiológicas” al colocar inmensas concentraciones de feedloteo de aves al lado de inmensas concentraciones humanas: “Los ataques que recibí (…) me convencieron de la importancia de reconfigurar los fundamentos del estudio de la epidemiología evolutiva. Los patógenos, una amenaza global enorme y terrible para la humanidad así como para varias especies no humanas, se erigen como una suerte de espada de Damocles sobre la civilización así como el cambio climático, respetan poco las fronteras de las ciencias. La dinámica de los patógenos habitualmente aparece de una multitud de causas interactuantes y de una multitud de escalas de tiempo y espacio a través de los dominios bioculturales. Aprendí en el curso de mis estudios sobre la evolución de la historia de vida del HIV, por ejemplo, que el virus utiliza procesos en un nivel de organización para defenderse de impedimentos provenientes de otro nivel de organización. La intervención sobre los mismos debe basarse en una aproximación multidimensional en los niveles médicos y de salud pública. De otra manera, muchas relaciones epizoóticas [transferencias animal-humanas] permanecerán intratables no importa cuán innovadoras sean las drogas y las vacunas que se desarrollen” (Rob Wallace, Big farms make big flues, www.ebook3000.com).

Y, en el mismo sentido, “Criar monoculturas genéticas de animales domésticos remueve cualquier defensa inmune que haya para detener la transmisión de enfermedades. Poblaciones cada vez más grandes y densas crean mayores tasas de transmisión. Semejantes condiciones de hacinamiento deprimen la respuesta inmune. Un mayor rendimiento, parte de cualquier producción industrial, provee una reserva continua de susceptibles, el combustible para la evolución de la virulencia. En otras palabras, el agronegocio está tan centrado en las ganancias que elegir un virus que podría matar mil millones de personas se ve como un riesgo razonable” (Wallace, “La agricultura capitalista y el Covid-19: una combinación fatal”, izquierdaweb). Si este no es un ejemplo de fuerzas destructivas, no sabemos cuál podría serlo mejor.

Podemos ir en profundidad con este concepto que atañe al grado de independencia relativa que le otorguemos a un desarrollo tecnológico o científico respecto de las relaciones sociales en las cuales opera.

Aquí podríamos hablar, nuevamente, de dos “escuelas” simétricamente unilaterales. La primera, positivista, habla de las ciencias y los medios de producción como una herramienta puramente “técnica” que solamente expresaría el progreso, evaluándolas separadamente del contexto social. Una apreciación de la técnica como algo “neutral” regido solamente por leyes naturales; un abordaje positivista de las fuerzas productivas.

Pero así como existe la escuela positivista, está la “culturalista” que reduce a fenómeno social-cultural todos los aspectos específicos de las fuerzas productivas, y las aprecia como una consecuencia puramente social.

En esta apreciación no habría nada que trascienda las relaciones sociales determinadas de cada época histórica, ninguna acumulación de saberes; toda la técnica sería exclusivamente “clasista”.

Marx y Engels desarrollaron una concepción distinta. Tuvieron una apreciación dialéctica donde la técnica tiene cierta independencia relativa de las relaciones de producción y, al mismo tiempo, en cada estadio histórico determinado, no dejan de estar determinada por ellas. Y sobre todo, jamás perdieron de vista la reversión destructiva de las fuerzas productivas bajo el capitalismo; el hecho que el capitalismo se desarrolla socavando los dos manantiales de la riqueza, el trabajo humano y la naturaleza.

Ni positivista ni culturalista, ni ingenuamente optimista ni escéptico, el abordaje del desarrollo y utilización de las fuerzas productivas es inescindible de la lucha de clases. Que las grandes conquistas científicas, técnicas, materiales y culturales de la humanidad puedan ser colocadas a su servicio como fuerzas productivas –evitando a cada paso que se transformen en fuerzas destructivas, como está aconteciendo con la actual pandemia y el cambio climático–, es una tarea política que, en definitiva, remite a la lucha de clases socialista por acabar con el actual sistema que ha llevado tan lejos la fuerzas productivas y su reversión destructiva, así como a encarar el balance de las experiencias anticapitalistas fallidas del siglo pasado.

Una crítica y un balance que nos enseñan que la lógica de la ganancia es una amenaza para toda la humanidad y que la economía socialista del futuro debe estar basada en la planificación democrática de la misma: “Esta escisión entre dos lógicas distintas: la que podríamos llamar ‘formal’ de la ganancia y la lógica real de la reproducción metabólica de la humanidad y la naturaleza, esta ‘falla metabólica’ (…) está desde el inicio del capitalismo; no es una novedad (…) la novedad es que ante el inmenso desarrollo de las fuerzas productivas y destructivas (…) esta falla metabólica ha adquirido el estatus de un evento masivo internacional que en este momento amenaza a la humanidad toda (…) Cual ‘hermanos siameses’ que están ‘espalda contra espalda’, la lógica del sistema [la lógica de la ganancia; la mercantilización de todo], se hace pura lógica formal que se desentiende de las consecuencias –materiales- de sus actos, con lo cual, lo que tiene de lógica en sí misma, la acumulación de ganancia sobre ganancia, se transforma en un puro accionar irracional” (Roberto Sáenz, “En la ‘olla a presión’ del coronavirus, 26 de marzo de 2020, izquierda web).

 

[1]Referido a la cultura creada por la humanidad a partir de la existencia de los materiales dados por la naturaleza está también el concepto de “segunda naturaleza” como el entorno creado y/o recreado por la humanidad misma, como podrían ser las grandes urbes por ejemplo –entre tantísimos otros (Labriola).

[2]Es decir: el ser humano es un ser social por definición, inconcebible de manera aislada salvo en lo que tiene que ver con un aislamiento (además de una diferenciación, que remite a algo distinto de todas maneras) como subproducto de un proceso primario de socialización que haya ocurrido primeramente.

[3]El movimiento Proletkultur con el cual polemizaron Lenin y Trotsky en los albores de la Revolución Rusa, tenía este tipo de deriva.

[4]Marx habla de esta unidad y diferenciación dentro de esta unidad ya desde los Manuscritos del 44.

[5]Bellamy Foster habla del proceso de coevolución gen-cultura para la humanidad. Y lo propio podría aplicársele a la naturaleza en cierta forma.

[6]La prioridad de la naturaleza debe ser entendida sin perder de vista, al mismo tiempo, que existe históricamente una creciente reversión de la actuación humana sobre la misma dentro de determinados parámetros y atento a sus propias leyes.

[7]Ecológicamente hablando, por ejemplo, es que es imposible de pensar en la existencia de la humanidad si se destruye el planeta…

[8]Es verdad que Engels puede ser más sumario y esquemático en ciertos aspectos que Marx; pero de ahí a oponerlo a este último o perder de vista obras propias de enorme riqueza como Dialéctica de la naturaleza o, incluso, El origen de la familia, existe un trecho inmenso. No por nada existe actualmente un muy justo movimiento de reconocimiento de los aportes específicos de Engels, que fueron muy importantes; que aportó una profunda reflexión acerca de las relaciones –precisamente- entre la humanidad y la naturaleza y el contexto en el cual emerge la cultura.


Bibliografía

Marcelo Buitrago, «Capitalismo y automatización: ¿un mundo de robots?», Izquierda Web.

José M. González García, «La máquina burocrática. Afinidades electivas entre Weber y Kafka», Barcelona, 1989.

Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, Grundrisse, siglo XXI Editores, México, 1980.

Michael Roberts, «Confinados», Izquierda Web.

Roberto Sáenz, Engels Antropólogo, Izquierda web, noviembre 2020.

Alfred Schmidt, El concepto de la naturaleza en Marx, siglo XXI Editores, Madrid, 1976.

Robert Wallace, «La agricultura capitalista y el covid-19: una combinación fatal», Izquierda Web.

Robert Wallace, Big farms make big flues, www.ebook3000.com

 

 

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