Capitalismo del Siglo XXI

La industria de la IA y el cambio climático: un problema que exige soluciones anticapitalistas

El vertiginoso desarrollo en tiempo real de la Inteligencia Artificial es, desde hace varios meses, el tema principal del debate público internacional. Hace rato pasó la categoría de mero pánico moral mediático para instalarse como uno de los nudos en que convergen los distintos problemas del período. Y promete mantener esa centralidad.

Pocos días atrás, un nuevo comunicado de los principales burgueses estadounidenses del sector volvió a encender las alarmas por una eventual pérdida de control humano sobre la IA y avivó el debate sobre su regulación internacional. La posibilidad de que un desarrollo desmedido de la Inteligencia Artificial generativa lleve a un colapso de infraestructuras económicas o logísticas a nivel mundial se debate en la orden del día, como una variable concreta. Y cada vez en mayor medida, en tanto la velocidad de desarrollo del sector aumenta exponencialmente.

El último año ya dejó innumerables ejemplos, algunos más precoupantes que otros, algunos más públicos y otros más difusos. La absoluta falta de transparencia por parte de las empresas tecnológicas es un problema acuciante. Sucede que un puñado de megamillonarios está administrando de forma privada el mayor problema técnico y productivo de la época, que afecta cada vez más públicamente al conjunto de la sociedad en todo el planeta[1].

Lo cierto es que las alarmas cuasi-apocalípticas alrededor de la IA no se reducen a las hipótesis Skynet, sino que toman proporciones mucho más inmediatas en lo que atañe a las condiciones de posibilidad de su desarrollo mismo. En otras palabras: las fuerzas destructivas aparejadas al desarrollo tecnológico de la inteligencia artificial no requieren, necesariamente, alcanzar nuevos picos en su complejidad técnica para generar consecuencias graves o irreversibles. Por no mencionar la posibilidad de un nuevo crack financiero fruto de la especulación bursátil en el sector, las condiciones de producción requeridas para la construcción de los inmensos data centers o granjas de datos (el sustrato material en el que se cocina la IA) están generando graves consecuencias ecológicas.

Como es usual en la temática, los problemas se multiplican exponencialmente día a día: la producción capitalista de IA no sólo continúa la destrucción ambiental que es intrínseca a este modo de producción, sino que pone nuevos pisos para la misma. El desarrollo indiscriminado de esta nueva industria podría acelerar significativamente el ritmo del calentamiento global y darle nuevos elementos de imprevisibilidad al cambio climático que ya azota el planeta.

Vectores de la destrucción ecológica en tiempos de IA

El potencial ecológicamente destructivo de la inteligencia artificial no es novedoso. El alto consumo de recursos requerido para desarrollar este tipo de tecnología es conocido desde la aparición en escena del rubro. La novedad radica en las proporciones: las consecuencias ambientales de la implantación de grandes data centers (así como del resto de las infraestructuras y actividades necesarias para completar la cadena de suministros requerida por la industria) son mucho más grandes y podrían espiralizarse mucho antes de lo esperado.

Así lo señala un informe sobre el Costo ambiental de la Inteligencia Artificial publicado por investigadores de Naciones Unidas en junio de este año. Es la primera vez, desde la irrupción de esta nueva industria, que existen datos medianamente sistematizados sobre sus consecuencias ecológicas. Y decimos medianamente porque la recopilación de información queda caduca casi al momento de escribirse. Es así por la velocidad del desarrollo tecnológico y por la falta de transparencia por parte de las empresas desarrolladoras, que obliga a trabajar con estadísticas fragmentarias y constantemente desactualizadas.

En esas coordenadas, el impacto ambiental de la IA ya tomó dimensiones problemáticas en al menos tres aristas: consumo hídrico, consumo energético y emisiones (tanto de gases de efecto invernadero como de sustancias contaminantes en general). Todas las estadísticas corporativas muestran un salto abrupto en los niveles de las tres variables a partir del 2022, año en que OpenAI lanzó ChatGPT y dio inicio a la carrera de la competencia tecnológica en el sector.

Para el año siguiente (2023), el consumo de agua por parte de las principales tecnológicas estadounidenses creció entre el 13% y el 21%. Microsoft declaró haber consumido 13.000 millones de litros de agua, de los cuales unos 8.000 fueron directamente evaporados para refrigerar los procesadores que funcionan día y noche. Es decir que la gran mayoría del agua utilizada no puede ser reutilizada. Google consumió en el mismo período 8.600 millones de litros, de los cuales sólo el 26% pudo ser reutilizado.

En realidad, el consumo de agua de las tecnológicas es mucho más alto. Hasta el 99% del consumo de agua de las corporaciones puede ser indirecto, no realizado en los data centers sino en el resto de su cadena de suministros. Los 300.000 millones de litros de agua consumida por toda la cadena de suministro de Apple en 2023 alcanzan para darle agua potable por 18 meses a la población de un pequeño país, como Uruguay. Algunas estimaciones señalan que en 2027 el sector requerirá un consumo de entre 4,2 y 6,6 billones de litros de agua. Es el consumo doméstico anual de una potencia europea como Alemania.

Las cifras energéticas del rubro son quizá más impresionantes. Actualmente, el consumo eléctrico de los centros de datos dedicados a la IA a nivel global consumen unos 448 teravatios por hora, el equivalente al consumo eléctrico de toda Francia, la séptima economía del planeta. En 2023, año bisagra en la carrera tecnológica por la IA, Google reportó un aumento de su consumo energético del 16% y Microsoft uno del 28%. Entre 2020 y 2023 Microsoft duplicó su consumo energético; en Google el aumento fue sólo del 67% en el mismo periodo.

La dinámica operacional de la IA empuja necesariamente el consumo energético hacia arriba. Los data centers requieren del uso de procesadora GPU, mucho más potentes y energéticamente exigentes que los tradicionales CPU. Consumen hasta 10 veces más electricidad que los anteriores. El salto es tal que las mayores tecnológicas de planeta están avanzando en contratos para construir reactores nucleares que alimenten específicamente la demanda energética de las granjas de datos.

Otras empresas, como Google, buscan reactivar reactores nucleares en desuso para satisfacer el aumento inmediato de la demanda. Sucede que los proyectos de construcción de nuevos reactores de punta (como los AP1000 que se promocionan en los nuevos contratos) pueden llevar muchos años. Y se estima que en 2035 la demanda de energía de la industria IA estadounidense podría duplicarse, alcanzando casi el 10% de la demanda total del país. Sin embargo, otras estimaciones dicen que la energía demandada por estas instalaciones podría hasta cuadruplicarse tan pronto como en 2030.

El daño ambiental en términos de emisiones contaminantes es agudo y especialmente preocupante por su carácter difícilmente reversible. Estimaciones británicas señalan que cada uno de los grandes data centers masivos en construcción (de los casi 200 en proyecto) emitirá más gases de efecto invernadero que varios aeropuertos internacionales. El más grande de ellos, que se ubicará en las instalaciones de una planta de carbón en desuso, podría emitir “más de 180.000 toneladas de dióxido de carbono cuando esté en operación completa; el equivalente a la cantidad producida por más de 24.000 hogares”.

Solo en 2025, se estima que los data centers emitieron unas 286 toneladas de dióxido de carbono a nivel global. Este relevamiento arroja una cifra más del 50% arriba de las cifras que había comunicado la Agencia Internacional de Energía. En esta curva, el aumento de las emisiones podría multiplicar los daños ambientales derivados de las operaciones de los centros de datos, llevándola de los actuales 68.000 millones de dólares hasta los 154.000 millones en 2030. Los cálculos actuales dicen que la IA ya es responsable del 0,5% de las emisiones de CO2 a nivel global, proporción que podría aumentar rápidamente. El 70% de las emisiones provienen de EEUU y China. Una muestra de la casi absoluta concentración de los desarrollos tecnológicos en la materia.

Antropoceno 2.0: cambio climático acelerado

El informe publicado por la ONU en junio de este año arroja luz sobre dos elementos cualitativos novedosos.

Primero: el impacto anti-ecológico de la industria IA no se limita al proceso de entrenamiento de las herramientas, como se pensaba hasta el momento; cada nueva ejecución de los agentes de IA produce ingentes gastos de agua y energía. A contramano de las estimaciones anteriores, el informe señala que entre el 80% y el 90% del consumo energético de la IA corresponde al proceso de “inferencia (los cálculos ejecutados cada vez que se hace una solicitud al modelo para que pueda responder a las órdenes o prompts)”.  Al mismo tiempo, el relevamiento señala que las funciones más complejas de la inteligencia artificial aumentan desmedidamente el consumo energético. Las funciones complejas (como operar un chatbot conversacional como ChatGPT) gastan 200 veces más energía que operar una función básica como clasificar correos electrónicos. Generar una imagen artificial consume 1400 veces más,  y un video puede consumir hasta 200.000 veces más energía.

Segundo: la mayor parte del impacto ambiental no proviene específicamente del trabajo de las herramientas de IA propiamente dichas (tal como se operan en los data centers) sino de las enormes cadenas de suministro que deben ponerse en movimiento para que los data centers puedan trabajar, que van desde la minería y la industria extractiva en general hasta el descarte de enormes cantidades de desperdicios tecnológicos contaminantes.

Se trata de un dato que los pulpos tecnológicos deciden omitir concienzudamente de sus balances para achicar la imagen del daño ecológico generado. En 2024 Apple dejó trascender por error que el 99% de su consumo hídrico proviene de su cadena de suministro, no de los data centers. Eso implicaría que en el año 2023, por ejemplo, el consumo total de agua de Apple fue de 300.000 millones de litros. Lo mismo se observa en términos de emisión de gases de efecto invernadero. Un insumo indispensable para la industria IA es la fabricación de chips, que trabajan con litio y dependen de la minería contaminante. Los analistas señalan que la IA ya es “el principal impulsor del aumento de las emisiones globales de carbono”.

A estos tres vectores del impacto ambiental (agua, energía y emisiones) hay que sumar la vasta ocupación de territorio que implica la implantación de data centers masivos al nivel que requieren las expectativas de desarrollo de la industria. Y, a medida que avanza su construcción, esas aristas destructivas se imbrican mutuamente, haciendo cada vez más difícil mitigar sus consecuencias. “La huella de carbono puede variar hasta un 70%, por ejemplo, si se pasa del carbón a la bioenergía como fuente de generación de la electricidad que alimenta la IA. Pero eso, a su vez, multiplicaría por 30 la huella hídrica y por 100 su impacto territorial. La complejidad de gestionar la huella medioambiental de la IA es muy alta. Bajas emisiones no equivale a bajo consumo de agua o a bajo impacto territorial”.

Hace ya varios años que se instaló en la vanguardia científica el concepto de Antropoceno para referirse a la etapa histórico – ecológica actual, en la que las fuerzas productivas de la sociedad capitalista actúan (cada vez más) como el factor determinante del metabolismo ecológico planetario. El antropoceno capitalista es un período que entraña una promesa distópica: que las fuerzas productivas creadas por la sociedad humana escapen al límite de lo humanamente controlable y reviertan en un potencial destructivo irreparable para la vida humana a nivel global.

Ese anticipo distópico que pesa como marca de época sobre la etapa no es, en todo caso, simplemente una hipótesis de extinción, término que circula habitualmente en el debate de opinión cotidiano. Simplemente porque la distopía ecológica que promete la gestión capitalista de la economía mundial no es una distopía igualitaria sino una agudamente desigual. Los cataclismos climáticos que se cocinan en la usina de producción capitalista no afectarán al planeta y a la población de forma equivalente. Lo peor se lo llevarán las zonas geográfica y socialmente vulnerables y, en todo el planeta, los sectores más pobres y precarizados de la población trabajadora.

El capitalismo de la desproporción: promesas distópicas que exigen soluciones anticapitalistas

El impacto ambiental de la industria IA emplaza un nuevo escalón en esa espiral. Si el debate público actual está dominado por la posibilidad de que la IA escape al control humano, vale la pena remarcar que esa posibilidad no debe visualizarse sólo en relación a la gestión de los asuntos cotidianos o de gobernanza, sino también en términos ecológicos.

Lo que señalan muchos analistas sobre el desarrollo actual de la IA es que, a pesar de los oráculos milagrosos de los voceros capitalistas sobre un mundo de hiper productividad que saque al capitalismo de su policrisis interminable, la tónica es hoy, y cada vez más marcadamente, más de consumo que de aumento de la productividad. Sin certezas verdaderas sobre la capacidad de la industria IA para disparar un aumento significativo de la productividad general, el rubro se está llevando ingentes masas de inversiones que podrían dar nacimiento a una nueva burbuja bursátil y, eventualmente, a una nueva crisis financiera global. Los balances de muchas empresas que implementan herramientas IA lo demuestran en lo micro: su productividad no aumenta, pero sí sus gastos.

La traducción de esa dinámica al ámbito ecológico podría ser explosiva. Si el desarrollo de la IA consume grandes cantidades de capital solo a cambio de promesas, consume aún más recursos hídricos y energéticos, a cambio de monstruosas cantidades de emisiones contaminantes. Bajo la lógica capitalista actual, todas las proyecciones para los próximos años resultan preocupantes.

“Para 2030, el consumo de agua asociado al uso de la inteligencia artificial (IA) será equivalente al de 1.300 millones de personas del África subsahariana, mientras que requerirá casi el triple de la potencia energética que gastan al año Pakistán, Bangladesh y Nigeria, países que suman 650 millones de habitantes. En cuanto a las emisiones de dióxido de carbono, estas podrían alcanzar los 400 millones de toneladas de CO₂ equivalente, comparables a las emisiones totales de Reino Unido. El funcionamiento de la IA implicará la ocupación de 14.500 kilómetros cuadrados, entre infraestructuras y cadena de suministro, el doble del área metropolitana de Yakarta, una megaurbe con más de 32 millones de habitantes, o 10 veces la de Ciudad de México (21 millones)” (El País, 3 de junio).

¿Qué significa esta profusión de cifras y estadísticas, actuales y proyectadas? Como mínimo, que el desarrollo de la IA es demasiado desproporcionado respecto al conjunto del desarrollo social contemporáneo. El desarrollo de esta nueva industria podría ocupar una cantidad de recursos naturales y de capital mayor que ninguna otra rama de la economía. Y podría, además, significar un mayor impacto ambiental que todas las demás.

Que una rama industrial tenga el mismo consumo energético que una potencia como Reino Unido habla de una desproporción probablemente inédita entre las distintas esferas de la actividad social, entre las medidas de las industrias y los Estados en lo que respecta al uso y gestión de los recursos finitos de los que depende la población global. Las proporciones se vuelven monstruosas cuando se comparan físicamente: usinas de procesadores quemando más energía y agua que la población de varios países asiáticos las 24 horas del día, en una superficie equivalente a la de algunas grandes megalópolis actuales. Esa imagen (más propia de la ciencia ficción pulp[2] y los relatos ciber punk que del análisis económico) es la que proyecta la industria IA para los próximos años.

Y no es una cuestión de IA, o siquiera tecnológica en sí misma, sino una cuestión de capitalismo. La modernización cuasi-futurista del capitalismo solo produce hipérboles de su lógica intrínseca. Ninguna imagen ilustra mejor el dominio del trabajo muerto sobre el trabajo vivo que la de una inmensa ciudad de data centers consumiendo diariamente trozos del planeta.

Tampoco es una cuestión de fatalismos, que son siempre abstractos. La lógica del desarrollo (en cuestión de IA como en todas las demás) es concreta. La cuestión es que, bajo la gestión capitalista de su producción, la IA podría gastar mucho más de lo que producirá. ¿Significa esto que la inteligencia artificial no entraña ningún avance posible en términos de productividad y que, por lo tanto, es un aditamento caprichoso que debería borrarse del mapa económico? De ninguna manera. Los enfoques abstencionistas respecto a la IA son reduccionistas y errados, justamente porque son poco concretos.

Lo cierto es que los posibles avances en términos de productividad devengados del desarrollo de la IA son, en gran medida, un misterio. Es prácticamente imposible saber qué y cuánto puede avanzar la productividad general, en qué ámbitos de la actividad económica puede ser beneficiosa la implementación general de IA, sin sacar a esta nueva industria del control de la propiedad privada capitalista.

Se trata de la rama de punta de la industria internacional, que podría generar los próximos booms y cracks bursátiles así como acelerar significativamente el ecocidio, por no hablar de cercenar millones de puestos de trabajo. Y su control corre por cuenta de un puñado de capitalistas, una élite que prácticamente cabe en una misma casa. Esta élite de megamillonarios aborrecibles no tiene ninguna conexión con las necesidades históricas y societales de la economía global; y el 99% de la población no tiene ni conocimiento fehaciente ni poder de decisión sobre los desarrollos técnicos que se aplican en la industria IA.

Cuáles son los potenciales productivos (e incluso transformadores) de la inteligencia artificial es imposible saberlo mientras su control siga en manos de la burguesía distopista. Lo que sí puede saberse, con relativa facilidad, es cuál es el potencial destructivo de su gestión capitalista. Una promesa distópica que no puede apaciguarse con los anatemas habituales del reformismo burgués, del abstencionismo romántico ni, mucho menos, del pseudo-humanismo edulcorado de la religión[3].

El debate corriente sobre la necesidad de regularizar la IA aborda deficientemente la cuestión, tanto en sus variantes más honestas como en las más interesadas (desde el progresismo pequeñoburgués que domina el euro-parlamentarismo verde, hasta las lágrimas de cocodrilo de los empresarios de Silicon Valley que piden regulaciones para institucionalizar sus costos y riesgos maximizando ganancias con la mediación de la competencia geopolítica). Al abordar concretamente la posibilidad de regular o limitar la IA surge un problema que todos los actores bordean sin poder responder: la pregunta por el quién, por el sujeto.

León XIV y sus voceros no son ningunos visionarios al declarar que la IA debe ser puesta bajo control de los seres humanos. La pregunta es qué seres humanos deben controlarla. Es evidente que las élites burguesas no pueden encauzar un desarrollo racional de esta industria, ni a través de la propiedad privada descarnada ni con los esmaltes jurídicos del Estado burgués tal cual es. Una gestión socialmente racional de la inteligencia artificial depende de la entrada en escena de la clase trabajadora, la inmensa mayoría social que tiene interés directo y material en ponerla bajo control humano definitivamente. Es así respecto a cada pequeño problema planteado por el capitalismo; y respecto a la IA lo es en medida ampliada.

Dominar las fuerzas destructivas potenciales de la industria IA, tanto en lo estrictamente técnico como respecto al problema ecológico, requiere que dicha industria sea quitada de las manos de la burguesía y puesta bajo control de la clase trabajadora. Y exige esfuerzos y solidaridad internacionalista en oposición a la carrera tecnológica de los monopolios y a la competencia geopolítica de las grandes potencias imperialistas.

Ese es el único antídoto contra las promesas distópicas del capitalismo en la era de la IA. Y está inscripto en la dinámica misma del desarrollo conciente de la sociedad. Hay una inmensa nueva generación que levanta la mirada al mundo entero por la preocupación de la cuestión IA. A esa mirada responden los reflejos discursivos de los actores institucionales. Es una generación que busca respuestas y soluciones, cada vez en mayor medida con una conciencia anticapitalista. No hay muchas otras direcciones en las que mirar para buscar soluciones a un problema que exuda el nombre del capitalismo a cada paso.      El único contra-relato utópico en la era de la IA es anticapitalista y, necesariamente, de clase.


[1] Esta semana trascendió un pequeño incidente en el proceso de entrenamiento de un agente de OpenAI. El modelo hackeó la web del Ministerio de Salud australiano por iniciativa propia, sin haber recibido instrucciones para hacerlo. El episodio, que pone en duda la seguridad de los datos personales y públicos de la población en cualquier rincón del planeta, se vuelve escandaloso por la gestión de los burgueses de Silicon Valley. OpenAI notificó al gobierno australiano casi 3 meses después, el 10 de septiembre, a través de un correo electrónico rutinario enviado a una casilla pública del Estado australiano.

[2] Ya circulan videos en las redes sociales, como una noticia cotidiana más, de los efectos de la instalación de data centers masivos en medio de barrios residenciales de los Estados Unidos. Los vecinos reportan un aumento sensible de la temperatura ambiental, fruto del inmenso consumo energético. Hasta se reportan vibraciones ambientales sostenidas en los territorios colonizados por estos monstruosos centros de datos.

[3] Todos los actores políticos e institucionales del planeta están, a su manera y medida propias, pronunciándose sobre el problema IA. La intervención de la Iglesia Católica bajo León XIV es una nueva demostración de la preponderancia absoluta del tema en la agenda pública.

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