Este domingo (12), Péter Magyar y su partido Tisza ganaron las elecciones generales en Hungría, sacando del gobierno a Viktor Orbán, quien se mantuvo en el poder durante los últimos 16 años. El proceso electoral mostró una derrota contundente para la retórica “iliberal” de ataques a las minorías, las personas migrantes y la modernidad.
El principal dato de la elección es que el autócrata húngaro no pudo pasar por encima del régimen democrático-burgués que, aunque estaba erosionado por años de reformas antidemocráticas, expresaba una correlación de fuerzas sociales que la extrema derecha no pudo aplastar (algo notorio en la multitudinaria movilización de junio pasado en el día del Orgullo LGBTIQ+).
Asimismo, su derrota hace ecos en el mundo, al ser Orbán un referente para sectores de la extrema derecha internacional, como el movimiento MAGA de Trump. Es más, el vicepresidente estadounidense J.D. Vance viajó hasta Hungría para apoyar su reelección (una táctica que fue criticada hasta por sectores de la extrema derecha europea, dado el repudio a la guerra contra Irán en el continente).
Fin al gobierno de Orbán
Como indicamos previamente, este domingo se realizaron las elecciones generales en Hungría. La fuerza encabezada por Péter Magyar obtiene, al momento, una mayoría amplia en la Asamblea Nacional, mientras el bloque de Viktor Orbán registra su peor desempeño desde que asumió el poder en 2010. Las estimaciones con el 97% de los votos escrutados, sitúan a Tisza por encima del 53% del voto nacional, lo que en el sistema electoral húngaro se traduce en una mayoría de dos tercios de escaños (138 sobre un total de 199).
Fidesz (oficialista) y su aliado el KDNP (democristiano) obtienen el 38% de los votos y 55 escaños del parlamento. La extrema derecha Mi Hazánk Mozgalom (Movimiento Nuestra Patria) tendrá 6 espacios. De esta forma, se invierte la conformación legislativa en favor de Tisza que tendrá los votos necesarios para realizar reformas constitucionales en solitario.
La participación se estima en el 78%, una de las más altas desde el fin del bloque “soviético” (estalinista). Este dato rompe con lo que ocurría hasta hace poco, cuando las urnas favorecían de de forma más clara al oficialismo, especialmente en zonas rurales.
Budapest consolida una mayoría opositora amplia, pero el dato clave aparece en la expansión hacia ciudades intermedias y algunos distritos periféricos, donde Tisza logra revertir resultados previos. En contraste, Fidesz conserva predominio en áreas rurales, aunque con márgenes menores respecto a elecciones anteriores.
La relación entre votos y escaños también tienen un cambio significativo. En 2022, Fidesz obtuvo cerca del 54% del voto y alcanzó aproximadamente dos tercios del parlamento. En este proceso, el “efecto mayoritario” del sistema opera en sentido inverso, amplificando la representación parlamentaria en favor de Tisza.
En conjunto, los datos muestran tres tendencias principales: aumento de la participación, redistribución territorial del voto y reversión del “efecto mayoritario” del sistema electoral.
Más que una elección
Estas elecciones fueron tomadas como una prueba del poder construido por Viktor Orbán durante más de una década. El proceso electoral ocurrió dentro de una estructura en la que el oficialismo consolidó un entramado institucional, mediático y económico que trasciende el ámbito meramente electoral. En este contexto, la votación puso a prueba al régimen que se presentaba como alternativa al liberalismo europeo.
En algún sentido, fue una especie de referéndum sobre el llamado “modelo iliberal”. La narrativa oficialista presentaba una Hungría cohesionada en torno a la soberanía nacional, la defensa de valores tradicionales y la resistencia frente a las instituciones de la Unión Europea. Sin embargo, esa imagen chocó con una realidad social más fragmentada, en la que amplios sectores expresan orientaciones políticas distintas.
Datos recientes permiten dimensionar esa contradicción. “Según el ECFR, el 77% de los encuestados apoya la permanencia en la Unión Europea; un 43% cree que el próximo Gobierno debería adoptar un enfoque «muy diferente» respecto a la posición de Hungría dentro de la UE, frente a sólo un 19% que opta por continuar por la senda actual, y un 66% respalda la entrada en el euro. Más aún, la UE obtiene niveles de confianza superiores a los de Viktor Orbán, Péter Magyar o los tribunales del país”.
En consecuencia, la elección se procesó como un punto de condensación de las tensiones acumuladas con el régimen autocrático, es decir, no fue una simple elección. La votación demostró un rechazo masivo contra el proyecto conservador y de extrema derecha encargado por Orbán.
Tisza y Péter Magyar
El bloque gobernante enfrentó una oposición que logró mayor capacidad de articulación y visibilidad pública. Uno de los elementos centrales radicó en el posicionamiento de actores que buscaron capitalizar el desgaste del gobierno. Las nuevas figuras interpelaron directamente a sectores urbanos y jóvenes, para ampliar su alcance hacia votantes desencantados.
A esto se suma un contexto social y económico adverso, que impacta en la percepción pública sobre la gestión gubernamental. La inflación, la guerra en Ucrania (y ahora en Irán, con efectos económicos en Europa), el encarecimiento del costo de vida y las tensiones con la Unión Europea, sumaron a un entorno menos favorable para el oficialismo.
Los ganadores de la jornada, el partido Tisza y su candidato de Péter Magyar, no representan una ruptura total con los aspectos conservadores de la agenda de Orbán. Magyar proviene del mismo entorno del presidente, de cual fue aliado por mucho tiempo. Su emergencia responde a una fractura interna dentro de sectores de la burguesía y de la élite estatal húngara: “Pertenece a esa clase media cristiana con la actitud de ser la élite intelectual del país”.
Pero la votación masiva que recogió Magyar expresa el repudio social contra el gobierno autoritario de Orbán, el cual pudo canalizar al presentarse como una alternativa que no era parte de la oposición tradicional (que carga con altos niveles de desgaste y fragmentación). En ese sentido, Magyar construyó un discurso que combina críticas a la corrupción, denuncias sobre el funcionamiento del Estado y una apelación a la “normalización” institucional, a la vez que evitó identificarse con las agendas progresistas que adversan el “orbanismo”.
Por esto, los límites del proyecto de Tisza resultan evidentes, pues no plantea una transformación del modelo y su crítica se concentra en aspectos de gestión, transparencia y funcionamiento institucional. En suma, el nuevo gobierno apuesta a desarrollar una “normalización” del régimen en clave neoliberal, europeísta y con elementos conservadores.
Al respecto, un análisis lo resume así: “Magyar desconfía de los medios de comunicación y se mantiene alejado de cuestiones divisivas e ideológicas como los derechos LGTBIQ, la inmigración o la guerra contra Ucrania. Su promesa es sencilla: un país que funcione, orientación prooccidental y una política cristiano-conservadora, pero sin la corrupción de Fidesz”.
No obstante, la derrota de Orbán es un hecho progresivo, pues debilita a la extrema derecha a nivel internacional. La elevada votación en su contra no surgió de la nada, sino que se alimentó del malestar social contra el gobierno y de las enormes movilizaciones de los últimos meses en defensa de los derechos LGBTQIA+. Además, confirma que la sociedad no es un organismo inerte y de que existen reservas de lucha para revertir el “periodo de oscurantismo”, rechazar el autoritarismo y las políticas regresivas.
La arquitectura orbanista
El régimen político húngaro actual, se asienta sobre una arquitectura institucional que favoreció de forma sistemática al bloque encabezado por Orbán. Desde 2010, el oficialismo impulsó un modelado del aparato estatal (que combinó reformas legales, rediseño electoral y control de recursos) con el objetivo de mantenerse en el poder.
Esta maquinaria mantuvo lo formal de un modelo democrático burgués, es decir, no eliminó la competencia política, pero la condicionó mediante reglas que juegan “amañadas”. Uno de los aspectos centrales de esto fue la última reforma electoral. En 2011 se redujo el número de escaños parlamentarios de 386 a 199 y se redefinieron los distritos para amplificar el peso del voto rural (usualmente más conservador), donde Fidesz mantiene mayor arraigo.
Además, introdujo un sistema mixto que combina circunscripciones uninominales con listas nacionales, junto con mecanismos de compensación que benefician al partido más votado. Por ejemplo, en las elecciones de 2022, Fidesz obtuvo cerca del 54% del voto popular, pero alcanzó el 67% de los escaños parlamentarios, una sobrerrepresentación que ilustra el efecto de estas reglas y que ahora juegan en favor de la oposición.
Este diseño institucional se complementó con una fuerte concentración mediática. A partir de 2018, más de 470 medios se integraron en la fundación KESMA, una estructura alineada con el gobierno que agrupa prensa escrita, radio y televisión bajo una misma dirección política. Esta concentración evidentemente condicionó el acceso a información y reprodujo una agenda pública favorable al oficialismo, especialmente fuera de los grandes centros urbanos.
A esto se suma la articulación estrecha entre Estado y partido. Fidesz no opera únicamente como organización política, sino como eje de una red que vincula instituciones públicas, grupos económicos y estructuras territoriales. El gobierno canaliza recursos hacia empresarios cercanos, consolidó una base material de apoyo, especialmente en zonas rurales. Este entramado le permitió combinar la legitimidad electoral formal con el control de las condiciones en que se desarrollaban las elecciones.
Es decir, existe una especie de “autoritarismo competitivo” (Levitsky): hay elecciones, oposición legal y cierto grado de pluralismo, pero las reglas del juego favorecen de manera persistente al oficialismo. La competencia política no desaparece, pero se desarrolla en un terreno desigual, donde el resultado refleja no solo la correlación de fuerzas sociales, sino el peso del aparato estatal.
Un desgaste visible
Pero no todo se puede reducir al “aparato”, a la superestructura. La estabilidad del proyecto político de Orbán descansaba sobre una base social que se desgastó, especialmente en los sectores urbanos, jóvenes y vinculados a dinámicas económicas y culturales europeas. En ciudades como Budapest, por ejemplo, la oposición venía logrando resultados consistentes en elecciones locales y nacionales, lo que evidenciaba una geografía política en la que el oficialismo conservaba fuerza en áreas rurales, mientras perdía caudal en los principales centros urbanos.
Esta diferenciación territorial también da cuenta de una fractura más profunda en la sociedad húngara. El elemento generacional es clave para entender esta tendencia. Sectores jóvenes muestran mayor afinidad con la integración europea, acceso a movilidad internacional y valores más democráticos, en contraste con el discurso nacional-conservador del gobierno. Una mayoría de la población valora positivamente la pertenencia a la Unión Europea, lo que tensiona directamente con la retórica soberanista (en clave conservadora) promovida desde el gobierno.
Ese discurso, centrado en la defensa de la nación frente a Bruselas, migrantes o agendas liberales, atrajo a determinados sectores, pero no respondió a las expectativas más cosmopolitas y modernas de amplios sectores de la población. La narrativa oficial simplificó conflictos complejos en términos identitarios, mientras una parte creciente de la sociedad experimentaba problemáticas vinculadas a empleo, costo de vida y acceso a oportunidades. Así, los movimientos por abajo no coincidieron con la imagen homogénea de la sociedad húngara que trató de construir el oficialismo.
Iliberalismo
El modelo “iliberal” de Orbán es una formulación reaccionaria que rechaza explícitamente conquistas modernas y progresivas, especialmente en materia de derechos democráticos para las mujeres y las diversidades. En la práctica, subordina la política a una noción de comunidad nacional homogénea, bajo la cual el Estado actúa como garante de valores tradicionales. En este sentido, se utilizaba la mayoría electoral para legitimar la restricción de derechos a sectores que no encajaban en los marcos del modelo ultra conservador del autócrata.
Uno de los ejes centrales del iliberalismo húngaro es su carácter homofóbico, misógino y xenófobo. El gobierno impulsó una agenda de confrontación abierta con políticas de género, diversidad sexual y derechos de las minorías. En 2021, el parlamento aprobó una ley que prohibió la “promoción” de la homosexualidad y la diversidad de género en contenidos educativos y mediáticos dirigidos a menores. Por este motivo, más de doscientas mil personas marcharon el 25 de junio pasado en Budapest en el Día del Orgullo.
La política migratoria fue otro pilar de esta orientación. Desde la llamada “crisis de refugiados” de 2015, el gobierno instaló un discurso que vincula migración con inseguridad, pérdida de identidad nacional y presión sobre el Estado. La construcción de vallas fronterizas y la criminalización del ingreso irregular de personas consolidaron una política restrictiva que se acompañaba de campañas mediáticas xenófobas.
El señalamiento constante de enemigos internos y externos (minorías, migrantes, instituciones europeas) tenía la intención de cohesionar una base social en torno a valores conservadores y desviar tensiones derivadas de problemas económicos o sociales. Al mismo tiempo, esta lógica reforzaba el papel del gobierno en la definición de “identidades legítimas”, reduciendo el espacio para la disidencia.
Sin embargo, este modelo enfrentó límites claros. La ofensiva ultra reaccionaria y anti-moderna, chocó con transformaciones sociales reales, especialmente entre sectores jóvenes y urbanos que no se identificaron con estas posiciones. Además, la dependencia económica de Hungría respecto a la Unión Europea introdujo contradicciones entre el discurso soberanista nacionalista y la inserción material de cooperación e integración.
Más allá de Hungría
La elección se inscribió en una disputa que refleja tensiones más amplias dentro de la Unión Europea y el mundo. El gobierno de Orbán sostuvo una estrategia que combinaba integración económica con confrontación política, utilizando el discurso de soberanía para negociar márgenes de maniobra frente a Bruselas. Al mismo tiempo, Hungría participaba plenamente del mercado común y recibía fondos de la UE.
La posición frente a la guerra en Ucrania, las sanciones a Rusia y la política energética también son fuente de fricciones con otros Estados miembros del bloque, evidenciando los límites de la cohesión regional. Este rol no responde únicamente a la orientación ideológica, sino también a intereses económicos y geopolíticos concretos, como la dependencia energética o las relaciones con capitales no europeos.
La dimensión internacional también incluye la relación con Estados Unidos, especialmente con sectores políticos asociados a Donald Trump, como quedó confirmado con la visita que realizó JD Vance que señalamos al inicio del texto. El gobierno húngaro mantiene vínculos con corrientes de extrema derecha y nacionalistas dentro del espectro político estadounidense, que ven en el modelo de Orbán una referencia para sus propios proyectos.
Esta afinidad se expresa en encuentros políticos, redes de think tanks y espacios como la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC). Más que una alianza estatal clásica, se trata de una articulación ideológica transnacional que conecta distintas expresiones de extrema derecha (y afines) en el contexto de la multi crisis mundial.
El actual momento político muestra que los gobiernos y liderazgos de extrema derecha enfrentan una coyuntura adversa que cuestionan su estabilidad. Lejos de consolidar un bloque homogéneo, la extrema derecha atraviesa procesos de desgaste que combinan límites económicos, resistencias sociales y fracturas políticas internas.
Ya aquí se analizó el caso de Orbán, que tiene una gran relevancia al ser, de cierta forma, un referente político para el trumpismo y otros sectores conservadores y reaccionarios (por ejemplo, para el bolsonarismo en Brasil). El caso húngaro no es aislado, sino que se inscribe en una tendencia más amplia. En Europa, el gobierno de Meloni enfrentó un revés significativo con el rechazo a su reforma judicial en el referéndum de marzo pasado, la primera derrota de su gobierno. El 54% del electorado votó en contra de una iniciativa que buscaba ampliar el poder del Ejecutivo sobre el sistema de justicia.
En Argentina, el gobierno de Milei enfrenta tensiones con sectores de la burguesía tradicional y una caída de su popularidad, producto del creciente malestar social contra su gestión, caracterizada por la implementación de recortes presupuestarios draconianos, ataques a los salarios y el poder adquisitivo de la clase trabajadora, además del cierre de industrias que dejan a miles de trabajadores y sus familias en las calles.
En Estados Unidos, la figura de Trump enfrenta la erosión de su apoyo y varios reveses electorales locales. Además de la resistencia contra sus políticas xenófobas (como demostró el caso reciente de Minneapolis), Trump se creó un enorme problema con la guerra contra Irán, de la cual hasta ahora es el gran perdedor y cuyo fracaso le está pasando factura, al grado de que está en riesgo el desempeño de los republicanos en las elecciones de medio término en noviembre próximo.
En este marco, la derrota de Orbán es significativa en la medida en que interrumpe la continuidad de un proyecto de extrema derecha que concentra poder, restringe derechos y normaliza prácticas autoritarias desde el gobierno. El autócrata húngaro no pudo pasar por encima del régimen democrático-burgués. Además, es un golpe que tiene impacto sobre los gobiernos y fuerzas políticas de extrema derecha en otras latitudes, incluido Donald Trump en los Estados Unidos.
En ese sentido, la derrota aplastante de Orbán en Hungría no se agota en su dimensión nacional; marca un precedente para enfrentar a otros gobiernos de extrema derecha que impulsan agendas regresivas en distintos contextos. Lejos de ser un cuerpo pasivo, la sociedad se expresa como un campo dinámico, atravesado por tensiones y contradicciones, capaz de reaccionar frente a los ataques y cambiar la correlación de fuerzas existente.




