Declaración de la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie, 03/03/2026

La agresión de Trump y Netanyahu contra Irán pone a Medio Oriente en una encrucijada histórica

La agresión de Estados Unidos e Israel a Irán amenaza con bañar en sangre a la región para someter a todos sus pueblos al imperialismo yanqui y el colonialismo sionista, así como impedir toda autodeterminación independiente desde abajo. Las movilizaciones de masas que recorrieron el suelo iraní y Medio Oriente son la única esperanza de libertad para los pueblos de la región, y ellas también son el objetivo de la provocación despiadada de Trump y Netanyahu.

Declaración redactada por: Federico Dertaube. La brutal agresión de Trump y Netanyahu a Irán y sus consecuencias.

La agresión militar del imperialismo de Estados Unidos y el colonialismo sionista de Israel a Irán es desde el primer minuto una masacre unilateral, no precedida por ninguna provocación. Ni mucho menos: el régimen de Teherán estaba activamente negociando con Estados Unidos, haciendo una concesión tras otra para evitar la escalada hacia una guerra abierta, a lo que Trump respondió arteramente -con métodos de terrorismo de Estado- asesinado impunemente a las autoridades iraníes.

El ataque militar del sábado 28 de febrero fue tanto brutalmente sangriento como -aparentemente- efectivo. De una lado, el gobierno de Trump y los sionistas perpetraron una masacre brutal de civiles, que incluyó el bombardeo de una escuela primaria de niñas que dejó al menos un centenar de infantes asesinadas (en estos momentos, ya se contabilizan más de 500 muertos civiles). Del otro, un extremadamente efectivo asesinato selectivo de la cúpula política y militar de Teherán. Una de las víctimas del ataque fue el «jefe supremo» iraní, el ayatolá Alí Jamenei.

El ataque estadounidense-sionista pretende poner de rodillas a toda la región acabando totalmente con todo margen de independencia del régimen más fuerte de Medio Oriente que es enemigo explícito de los Estados Unidos e Israel. Evalúan que sometiendo a Teherán definitivamente pueden hacer lo que quieran con toda la región. No esperan ninguna protesta de los gobiernos socios y cómplices como Arabia Saudita, los Emiratos, Qatar, Kuwait, Omán y Bahréin, que ya fueron alcanzados por la retaliación iraní por tener en su territorio bases militares norteamericanas. En estos momentos, se estarían alineando directamente con el imperialismo.

Pero no se trata sólo de esto: a pesar de la demagogia trumpista, el gobierno yanqui pretende impedir que la acción del pueblo iraní sea la que ajuste cuentas con el régimen de los ayatolá. Es evidente que un pueblo bombardeado no va a responder al mugriento «llamamiento» trumpista de levantarse contra el régimen en pleno bombardeo de Teherán y otras ciudades (más bien, los civiles están huyendo en masa de las urbes).

Por otra parte, el mapa de los aliados de Irán en los últimos años se fue desdibujando. Sobre todo el sionismo logró debilitar significativamente a los principales aliados de los ayatolá en la región. Entre ellos el grupo de resistencia nacional libanés Hezboláh, que al ser sistemáticamente presionado y masacrado fue girando más y más hacia posiciones reaccionarias que no lo caracterizaban en sus orígenes (Nasrallah, su dirigente asesinado por Netanyahu, solía mostrarse años atrás con remeras del Che).

El imperialismo tradicional y el sionismo están activamente buscando esclavizar a todas las naciones de Medio Oriente; arrebatarles todo rastro de independencia para afianzar su dominación. La posición anticapitalista de la izquierda revolucionaria solamente puede ser el rechazo incondicional de la agresión de Estados Unidos e Israel, así como defender el derecho del pueblo iraní de levantarse contra el régimen opresor. Por esto mismo, nuestra corriente no caerá en la trampa absurda del campismo, que nos exige que para eso debemos apoyar políticamente al régimen de los ayatoláh.

Mientras Washington y Tel Aviv le quieren arrebatar toda posibilidad de soberanía a los pueblos de la región, nosotros la tenemos que defender más radicalmente que nadie, y la última gran expresión de soberanía independiente del pueblo iraní fueron las movilizaciones de masas que enfrentaron al régimen de Teherán en enero pasado y que fueron sofocadas por el régimen con un baño de sangre. No hay ninguna contradicción entre una cosa y la otra, hay una línea de continuidad y coherencia marxista revolucionaria: la defensa de la autodeterminación nacional y la autoemancipación de los pueblos.

Con la brutal represión de las movilizaciones populares de diciembre y enero, con las masacres de miles de personas, el régimen teocrático no solamente ha demostrado no poder traer nada bueno a las masas populares. También dejó una herida de profundo trauma en la víspera de la agresión, provocando desmoralización y división justo antes del ataque externo.

Y aún así, es muy obvio que el pueblo iraní nunca podrá conquistar sus reivindicaciones democráticas, nacionales y sociales de la mano de Trump y Netanyahu. Su único interés es pisotear a las naciones independientes y los pueblos.

La agresión imperialista y colonial a Irán

En 1979, una revolución inicialmente obrera y popular urbana derrocó al régimen títere de los yanquis de la dinastía Pahleví, que llevaban el título pomposo de sha pero no era más que una dictadura militar amparada por la CIA. Lamentablemente, el tradicional clero chiíta con fuertes raíces históricas en el país -sobre todo entre los sectores más atrasados del campo- logró hacerse con el poder tras enfrentar a un sector de la población con otra (básicamente, el campo contra la ciudad). Ideológicamente, lograron asimilar la «independencia» con sus reaccionarias doctrinas religiosas y toda modernización a la influencia extranjera (llegando a confundir, incluso, a intelectuales posmodernos como Michel Foucault).

Aplastaron a los protagonistas urbanos y de izquierda de la revolución del 79 (entra ellos a los nucleos trotskistas en el país), pero solamente pudieron hacerlo montando y desviando reaccionariamente la ola de la revolución que echó a los títeres de Washington. Rápidamente, el nuevo régimen reaccionario tuvo que pasar por una muy dura prueba militar: la larga guerra con el Iraq de Sadam Husein, en ese momento aliado de Estados Unidos. Lograron sobrevivir a esa prueba, y desde entonces Teherán es el gobierno más fuerte de Medio Oriente enfrentado a Estados Unidos. Y eso se debe a que el régimen que encabezaba Jamenei fue el producto reaccionario de la abortada revolución del 79 (la revolución tiene sus vueltas y contradicciones). Trump y Netanyahu le quieren poner punto final no solamente al régimen de los ayatolá sino también a todo resto de conquista de independencia de esa revolución, así como impedir que las masas iranies conquisten su autodeterminación de manera independiente.

El aparato ideológico que justificó la invasión de Iraq y Afganistán en 2003 intenta ponerse de nuevo en movimiento pero tiene el problema de que ya pasaron las guerras de Iraq y Afganistán. Hay una experiencia hecha con las mentiras del imperialismo yanqui. Vienen anunciando desde principios de los 90′ que era inminente que Teherán tenga armas nucleares. Casi cuarenta años de “inminencia” es una cosa poco creíble. Trump en particular afirmó que con los ataques del año pasado habían logrado frenar el programa nuclear iraní. Y ahora dice que es necesario afrontar una larga guerra por ese mismo programa que habían frenado. Trump repite el teatro de mentiras de George W. Bush luego del aberrante atentado contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre del 2001.

¿Quién puede creer las mentiras sobre la defensa de la «democracia» de Trump, que asedia las ciudades de su propio país con ICE? No solamente podemos mirar la experiencia real de sometimiento militar y colonial de Iraq y Afganistán, también podemos ver a los aliados regionales del ataque a Irán. Para empezar, la principal potencia de Medio Oriente alineada con Estados Unidos: el régimen teocrático y fundamentalista de Arabia Saudita, cuya ultra reaccionaria ideología oficial wahabí es compartida nada menos que por Al Qaeda, y cuyo líder asesinó y despedazó a un reconocido periodista crítico de su régimen.

Las comparaciones con Iraq y Afganistán veinte años atrás son valiosas, porque ponen al desnudo a Trump, pero son insuficientes: vivimos en un mundo muy diferente al del 2001 y el 2003. Esas guerras en Medio Oriente fueron parte del proyecto «neocon» del «Nuevo Siglo Americano», una ofensiva de un imperialismo yanqui que no creía tener (ni tenía de hecho) ningún rival. Washington todavía quería presentarse a sí mismo como la potencia «democrática» defensora de los intereses de todos los pueblos del mundo. Esa máscara se cayó hace mucho tiempo, y también la hegemonía indiscutible de Estados Unidos. Trump encarna un imperialismo a la defensiva pero muy agresivo, que cada vez más se presenta a sí menos como democrático y más como potencia con derecho a someter a otros por la fuerza. Incluyendo, en primer lugar, a la población inmigrante y todos los que se solidarizan con ella en los propios EE.UU.

Otra diferencia fundamental son los propios Estados Unidos: el consenso total tanto popular como entre las clases dominantes yanquis para con las guerras de Bush no existe en absoluto en las guerras de Trump. Al contrario, cada paso de agresión externa que da el trumpismo desgarra más y más internamente el tejido político estadounidense, con todos sus consensos. El racismo interno y la agresión externa alimentan más y más la polarización en Estados Unidos, que tiene a Minneapolis como emblema de resistencia popular contra el ICE.

Por eso la sospecha es que Trump utiliza la agresión a Irán para acallar el creciente descontento interno con su gestión: rechazo a los métodos de represión nazis contra los inmigrantes, descontento por el aumento del costo de vida, repudio a su avasallamiento a las formas democrático burguesas más elementales, etc.

Por eso también tanto la agresión a Irán como a Venezuela se dieron de manera artera, forzando acciones de guerra sin pasar por el Congreso, como mandata la Constitución de Estados Unidos. Cada acción agresiva de Trump necesita tensar más y más el régimen político interno, profundizando la división.

La guerra contra Irán, como lo fue también la agresión a Venezuela en enero, son parte de la ofensiva trumpista de imperialismo territorializado, que domina directamente por la fuerza y sin fachada diplomática ni democrática. Intentan someter a toda la región, y también a la población dentro de los propios Estados Unidos. Así, hay una continuidad directa de la agresión actual a Irán con las guerras de Israel desde el 2023 contra el pueblo palestino. Con el genocidio en Gaza y Cisjordania pretenden terminar de construir a Israel como un Estado racialmente puro que a la vez sirva como plataforma de guerra para Estados Unidos en toda la región. Aplastar a Irán y al derecho de autodeterminación de su propio pueblo (es un país enorme con 90 millones de habitantes, que además es nacionalmente diverso: persa, kurdo, etc.) es uno de los pasos más importantes para la «paz de los cementerios» en todo Medio Oriente.

Y, también como en Venezuela, Trump usa una táctica terrorista: asesinar arteramente a los jefes de países con los que todavía no está en guerra en medio de intercambios diplomáticos. No es necesario tener ninguna simpatía por Jamenei -que no la tenemos, obviamente- para darse cuenta que esto implica el más burdo terrorismo de Estado. Trump le está diciendo al mundo que puede matar a cualquier líder político porque así le parece, porque tiene la fuerza para hacerlo, sin pasar por ninguna regla o ley. Es terrorismo político imperial para disuadir a cualquier opositor internacional.

En defensa de la movilización popular iraní

Frente a esta realidad, el «campismo» de sectores de la izquierda y el «progresismo» es una aberración que merece ser desechada en el basurero de la historia. Nos exigen que no apoyemos a las movilizaciones populares contra la teocracia y que difundamos con ellos sus delirios de que serían algo “artificial” inventado por yanquis y sionistas.

Como el imperialismo, les niegan a los pueblos todo derecho a decidir su propio futuro porque las circunstancias nunca serían las “convenientes”. Quieren que esperemos a un mundo ideal en el que el imperialismo (tradicional o “revisionista” -es decir, China y Rusia) no haga uso del engaño y la demagogia con los intereses y necesidades populares. Solo entonces, cuando Estados Unidos o la extrema derecha no hagan uso político del descontento con regímenes como el de Teherán o Venezuela les querrán dar a sus pueblos oprimidos el derecho a protestar.

El colectivo Roja -compuesto por activistas de izquierda de origen iraní, kurdo y afgano residentes en París- lo resumió muy bien cuando fue la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán de mediados del año pasado:

«De hecho, estos dos enemigos históricos se reflejan mutuamente en cuanto a matanzas y malicia. No debemos equiparar estos dos regímenes capitalistas en términos de su posición dentro del orden mundial: la capacidad de agresión militar de la República Islámica es sin duda mucho menor que la de Israel y sus aliados imperialistas occidentales. Sin embargo, el sufrimiento que ha infligido es tan absoluto como la violencia del fascismo sionista. Cualquier intento de relativizar este sufrimiento, cuantitativa o cualitativamente, es reduccionista y engañoso. Ese sufrimiento abarca múltiples formas de opresión, incluidos los exorbitantes costes de su proyecto nuclear y el secuestro de la dignidad humana.

 

Esta guerra asimétrica entre Israel y la República Islámica es, ante todo, una guerra contra nosotras.

Es una guerra contra lo que hemos creado en el levantamiento «Jin, Jyain, Azadi», lo que hemos logrado y lo que se vislumbra en el horizonte: un levantamiento feminista, anticolonial e igualitario que no surgió del poder estatal, sino que se originó en las luchas populares de Kurdistán -especialmente las lideradas por mujeres- y luego se extendió por todo el territorio de Irán.

 

Es al mismo tiempo una guerra contra las clases oprimidas y trabajadoras.»

Lo cierto es que la voluntad popular en Irán ya se hizo sentir con las movilizaciones de masas duramente reprimidas por el régimen teocrático. De nuevo, defender las rebeliones populares como la iraní es tomar la posición exactamente opuesta al imperialismo yanqui y el sionismo: mientras ellos les quieren arrancar todo futuro soberano a los pueblos oprimidos, nosotros defendemos que lo puedan tener ahora mismo. Esa es la única posición coherente de la izquierda revolucionaria, todo lo demás es reaccionario.

¡Alto a la agresión de Trump y Netanyahu contra Irán!

¡Irán tiene derecho a ser una nación independiente del imperialismo!

¡Defensa incondicional de la movilización del pueblo iraní contra el régimen de los ayatolás!

¡La autodeterminación de los pueblos sólo puede ser conquistada por los pueblos mismos!

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