Análisis

La juventud desencantada: precarización y falta de perspectiva

Ante una perspectiva de precarización y falta de oportunidades, los jóvenes ven el futuro de manera angustiante. La política capitalista tradicional es incapaz de ofrecerles alternativa y crece el descontento con las propuestas políticas del sistema.

Renzo Fabb
Redacción de Izquierda Web.


Todos los días un poco más cerca de la campaña electoral, y cuando algunos sectores ya comienzan a discutir candidaturas, comienza el largo desfile de encuestas y sondeos que intentarán prever al panorama político de cara al proceso electoral que se avecina.

Entre ellas, en los últimos días se publicaron algunos datos interesantes que hacen referencia a dónde está parada la juventud en el mapa político, una cuestión por demás importante para ver algunos de los efectos políticos de la pandemia, la crisis económica y las medidas del gobierno en ese contexto.

El principal dato, recabado por la consultora Analogías, muestra que el 73,5% de los encuestados de entre 16 y 29 años considera que el gobierno aplicó «pocas o ninguna» medida para acompañar a los jóvenes en el aspecto laboral y/o educativo. En mayo, otra encuesta elaborada por Taquión indicaba que el 84% de jóvenes entre 16 y 24 años tienen sentimientos negativos hacia el futuro, como «preocupación» o «miedo».

¿Qué es lo que está detrás de estos datos que indican desencanto y falta de perspectiva hacia el futuro? La pandemia agudizó aun más los problemas que afectan directamente a los jóvenes, relacionados principalmente con la educación y la inserción al mundo del trabajo.

Una juventud condenada a la extrema precarización

Con la pandemia y la crisis económica que viene de arrastre, el crecimiento del empleo informal está en niveles históricos en nuestro país. Además, con la inflación descontrolada, los últimos números indican que el salario real está en su mínimo registro de los últimos 18 años, siendo los trabajadores en negro los principales afectados.

Todos estos datos son sólo una parte de la realidad que vive la juventud trabajadora: una situación de extrema precarización, con trabajos basura, sueldos miserables y la falta de los derechos laborales más básicos.

Pero esta situación no es propia de Argentina, sino que es una tendencia global. Las nuevas formas de precarización del trabajo apuntan a la juventud, como una especie de derecho de piso que el capital les hace pagar a las nuevas generaciones para ingresar al mundo laboral: ingresan imposibilitados a la sindicalización y a los derechos laborales más básicos.

Desde repartidores a call centers, pasando por gastronomía y comercio, casi la totalidad de los empleos que el mercado le ofrece a lo jóvenes son altamente precarios, lo que trae aparejada la imposibilidad de planificar un proyecto de vida y hacer perspectivas sobre el futuro.

En nuestro país, lejos quedaron los años en donde el kirchnerismo se embanderaba en el discurso de la «ampliación de derechos». Más bien al contrario, hoy por hoy lo que sufre la juventud es justamente la falta de ellos. Y desde el Estado no se toma ninguna medida para contrarrestarlo, ya que se prioriza salvaguardar las ganancias de los empresarios.

Los repartidores por aplicaciones son un caso testigo: empresas multinacionales que ganan millones, ni siquiera reconocen a sus empleados como trabajadores de la empresa, bajo el cínico discurso de la «economía colaborativa». Hoy por hoy, el trabajo en una empresa de delivery es la principal salida laboral que encuentran los jóvenes de los grandes centros urbanos, y es al mismo tiempo donde la precarización se hace más extrema.

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Muchos de ellos registrados como monotributistas, el gobierno no sólo no obliga a las empresas a reconocerlos como sus trabajadores, sino que incluso cortó con las ya limitadas políticas de asistencia para esos sectores (como el IFE), e incluso intentó hacer un aumento retroactivo al monotributo que, de tan escandaloso, tuvo que retirar.

Además, las patronales cuentan a su favor con que estos sectores precarizados, en general, no están cubiertos por ningún sindicato, o bien el sindicato que debería representarlos ni siquiera los tiene en cuenta. Ante esto, la gran novedad de las últimas semanas ha sido la presentación del SiTraRePa, el Sindicato de base de trabajadores de reparto por aplicación.

Estas condiciones implican una situación muy inestable para los jóvenes con estos trabajos, ante la incertidumbre de que pueden ser despedidos de un día para el otro y cobrando salarios de miseria que no les permite planificar más que los gastos mínimos de subsistencia. Todo esto hace que muchos de ellos vean al futuro de manera angustiante, y la política capitalista tradicional es incapaz de ofrecerles alguna otra perspectiva.

Virtualidad educativa y aislamiento social

El otro aspecto es el educativo. Tanto docentes como estudiantes hicieron un esfuerzo enorme por intentar garantizar la continuidad educativa con la modalidad virtual, esfuerzo que no tuvo su contraparte desde el Estado, que en el caso del nivel universitario, encontró una excusa perfecta para reducir la matrícula y avanzar con el ajuste presupuestario.

Pero además, el cierre de escuelas y universidades durante más de un año tiene también consecuencias sociales y políticas, no sólo educativas. La atrofia de la socialización, la falta de un lugar de encuentro y de discusión, la atomización de las relaciones entre los distintos actores del sistema educativo. Todos estos factores también influyen negativamente en la visión del futuro de los jóvenes y en las posibilidades que la educación tiene para ofrecerles

Todo esto sumado a que las universidades son centros de reagrupamiento de un sector muy politizado y dinámico: el movimiento estudiantil. Una parte importante de la militancia de los distintos agrupamientos políticos tiene lugar allí. Pero también de las facultades surge el activismo que se moviliza, que defiende su derecho a la educación y que une lazos con los trabajadores. Muchas de esas tendencias al activismo y la politización se vieron interrumpidas total o parcialmente con la virtualidad educativa.

Aquí hubo una política perfectamente consciente por parte del Estado, que buscó con la excusa de la pandemia atomizar y desarticular al movimiento estudiantil, que aunque tenga etapas de mayor o menor radicalización, es invariablemente un actor que está en las luchas de los trabajadores, en defensa de la educación pública y es solidario con los problemas sociales en general.

Transformar el desencanto en rebeldía (por izquierda)

En consecuencia, la crisis económica que el país arrastra hace años sumado a las innumerables consecuencias sociales de la pandemia, han hecho que ni el mercado laboral ni la educación aparezcan hoy como puertas de acceso a una perspectiva de futuro sobre la que planificar un proyecto de vida. Esto se está traduciendo en un cierto alejamiento y desencanto de una parte de la juventud con la política tradicional, en particular con el kirchnerismo, que durante muchos años fue una de las corrientes políticas de mayor influencia en ese sector social en nuestro país.

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Apoyándose en un contexto político y económico muy diferente, e intentando capitalizar el clima de rebeldía, organización y movilización dejado por el argentinazo del 2001, en otra época el kirchnerismo logró tener una cierta hegemonía entre amplios sectores de la juventud.

Pero hoy ya no existe ese contexto económico favorable ni tampoco la hegemonía progresista latinoamericana sobre la que se apoyaba un discurso que, al menos de palabra, decía enfrentar al poder: Clarín, las patronales agrarias, los «poderes concentrados», etc. A pesar de la tibieza y su programa estrechamente reformista, dicho discurso construía toda una «épica» de rebeldía que lograba empalmar con un sector real de la juventud.

En el actual contexto de crisis social y económica, los partidos políticos del sistema (incluida la centroizquierda y el progresismo) se muestran incapaces de mostrar otra perspectiva, ya que representan precisamente todo eso que está en la base del creciente descontento de la juventud hacia la política tradicional.

Esto abre una posibilidad para la izquierda de hacer mella con un discurso anticapitalista que cuestione los problemas de fondo y levante un programa socialista, teniendo en cuenta el nivel de conciencia del que se parte, pero atenta a no quedar demasiado «pegada» al sistema político que parece que cada vez más sectores cuestionan.

De hecho, así se explica que sobre la base de este desencanto es que en algunos sectores -sobre todo de las clases medias- han crecido los así llamados «libertarios», a través precisamente de una postura (en apariencia) «anti sistema» y queriendo encarnar una especie de «rebeldía por derecha» al status quo capitalista. Se trata de una manifestación, todavía marginal pero creciente, de la polarización política que se registra a nivel mundial. Frente a la incapacidad de los políticos del establishment de ofrecer una perspectiva, estos sectores liberales aparecen como ofreciendo algo distinto, por fuera de «los mismos políticos de siempre», más allá de que se trate de un programa ultra reaccionario y anti popular.

Por lo tanto, si la izquierda quiere aprovechar este fenómeno, debe seguir muy atentamente este creciente descontento de la juventud con la política tradicional y no quedarse por detrás de los desarrollos. Este fenómeno parece estar indicando la necesidad de reforzar un perfil anticapitalista. Por supuesto, sin dejar de tener en cuenta el diálogo con amplios sectores. Empieza a haber mayores puntos de apoyo para una crítica al sistema de manera más radical.

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