Jóvenes endeudados: casi cuatro de cada diez no pueden pagar a tiempo

Los menores de 24 años registran la mayor proporción de morosidad del país. Bajos salarios, precarización laboral y la expansión del crédito empujan a miles de jóvenes a endeudarse para afrontar gastos cotidianos, mientras bancos y empresas financieras hacen negocios con esa necesidad.

Casi cuatro de cada diez jóvenes menores de 24 años que tienen deuda no logran pagar en tiempo y forma. De los 1.382.000 deudores que integraban esa franja etaria en mayo, 528.000 se encontraban en mora, es decir, acumulaban saldos impagos durante más de 90 días. El 38,2% registrado entre los más jóvenes constituye la proporción más alta entre los distintos grupos de edad.

Los jóvenes que habían caído en mora acumulaban, además, un saldo irregular total de $536.000 millones. El monto equivale a un atraso promedio de alrededor de $1.015.000 por cada persona menor de 24 años que se encontraba en esa situación.

La situación forma parte de una crisis de endeudamiento de alcance nacional. En mayo, 20.935.577 personas tenían deudas, sumando obligaciones con entidades financieras y proveedores no financieros de crédito. De ese total, 5.861.797 se encontraban en mora. La crisis alcanza a millones de personas, pero entre los menores de 24 años encuentra una de sus expresiones más agudas.

Trabajar, endeudarse y no llegar a fin de mes

Para entender por qué la morosidad alcanza su nivel más alto entre los menores de 24 años hay que mirar, antes que nada, los ingresos con los que una parte de esa juventud intenta sostener su vida cotidiana. Un informe de la consultora EcoGo estima ingresos mensuales de entre $623.495 y $682.998 para quienes trabajan por cuenta propia o en el sector privado no registrado. Frente a esos montos, un atraso promedio de $1.015.000 permite dimensionar la dificultad de regularizar una deuda una vez que comienza a crecer.

Los bajos ingresos se combinan, además, con la inestabilidad propia de las ocupaciones precarias. Quienes dependen de changas, trabajos temporarios o actividades por cuenta propia no cuentan necesariamente con la misma suma de dinero todos los meses. La pérdida de una ocupación, una reducción de las horas trabajadas o cualquier gasto imprevisto pueden desarmar rápidamente un presupuesto que ya tenía poco margen.

La necesidad de recurrir al crédito tampoco comienza únicamente frente a una emergencia. Cuando el dinero no alcanza para cubrir los gastos del mes, la dificultad aparece antes de que ocurra cualquier imprevisto. El alquiler, la comida, los servicios, el transporte y otras necesidades deben seguir pagándose aunque los ingresos se hayan agotado. En esas condiciones, pedir prestado traslada hacia los meses siguientes gastos que deberían poder afrontarse con el salario presente.

En los últimos años, mientras crecían esas necesidades de financiamiento, también se expandieron los canales para obtener crédito. El crédito no bancario pasó de representar el 16% del crédito destinado al consumo a comienzos de 2024 al 25% en la actualidad. Dentro de ese universo se encuentran las fintech, las cooperativas y mutuales, las emisoras de tarjetas, las cadenas comerciales, las empresas de venta de electrodomésticos y otros proveedores no financieros.

La expansión de las billeteras virtuales y las fintech facilitó particularmente el acceso a préstamos para sectores que encuentran mayores obstáculos dentro del sistema bancario tradicional. Sin embargo, la facilidad para obtener crédito no modifica las condiciones con las que deberá enfrentarse su devolución. Cuando el salario sigue sin alcanzar, una deuda que inicialmente parece manejable puede crecer hasta convertirse en una acumulación de obligaciones difícil de sostener.

Valentina y la espiral de la deuda

Las cifras adquieren una dimensión concreta en historias como la de Valentina, quien contó su situación en un video que se viralizó en redes sociales. Cuando dejó de pagar sus deudas, en diciembre de 2024, tenía 19 años, trabajaba en un local y cobraba alrededor de $700.000 mensuales.

El acceso al crédito había comenzado antes. Recibió ofertas de distintas entidades y llegó a tener propuestas de hasta cuatro bancos. Su primera tarjeta llegó a través de una fintech y comenzó utilizándola para comprar ropa. Con el tiempo, sin embargo, el crédito empezó a ocupar un lugar cada vez mayor en su economía cotidiana.

Una parte creciente de sus ingresos se destinaba al pago de obligaciones anteriores. Después de realizar un pago, recuperaba límite en las tarjetas y volvía a utilizarlo. La deuda se mantenía así en circulación: pagar una cuota liberaba nuevamente crédito que necesitaba utilizar porque el dinero continuaba siendo insuficiente para afrontar los gastos.

La situación terminó de agravarse cuando perdió su trabajo. Sin ingresos, aceptó un préstamo de $1.600.000 ofrecido desde la aplicación de su banco. El dinero fue destinado a pagar el alquiler y comprar comida.

Lo que había comenzado con una tarjeta utilizada para compras de consumo terminó convertido en una acumulación de obligaciones imposible de sostener. Según su testimonio, una deuda que rondaba los $4 millones pasó a convertirse, dos años después, en un reclamo cercano a los $42 millones. Tras dejar de pagar, asegura que actualmente figura en la categoría de deudores irrecuperables.

La historia de Valentina tiene sus propias particularidades, pero permite observar una dinámica que se repite mucho más allá de su caso: salarios que no alcanzan, crédito utilizado para cubrir gastos, cuotas que absorben una parte creciente del dinero disponible y nuevas deudas cuando aparece una urgencia. En mayo, 528.000 jóvenes menores de 24 años se encontraban en mora.

Cuando pagar la deuda se convierte en otro gasto fijo

La experiencia de Valentina muestra cómo se pone en marcha la espiral del endeudamiento. El dinero obtenido mediante un préstamo o una tarjeta puede resolver una necesidad inmediata, pero su devolución incorpora una nueva exigencia al presupuesto de los meses siguientes. Cuando una parte importante de los ingresos ya estaba destinada a cubrir los gastos cotidianos, cada cuota pasa a competir con el alquiler, la comida, los servicios y el resto de las necesidades.

La situación se profundiza cuando el salario permanece estancado mientras los gastos absorben la mayor parte del ingreso. Pagar una cuota no elimina la falta de dinero que llevó a pedir prestado. Una urgencia, la reducción de las horas de trabajo o directamente la pérdida del empleo pueden volver imposible cumplir con todos los vencimientos y empujar nuevamente hacia el crédito.

Los intereses agravan todavía más esa dinámica. Quienes necesitan dinero para resolver un gasto inmediato deben devolver una cantidad mayor que la que recibieron. Cuando la deuda fue contraída para cubrir necesidades que el salario no podía afrontar, cada cuota y cada interés recaen sobre un presupuesto que ya estaba al límite desde el comienzo.

La necesidad de endeudarse se convierte así en una fuente de ganancias para bancos, fintech y otras empresas dedicadas al crédito. Quienes recurren a préstamos porque sus ingresos no alcanzan deben devolver ese dinero con intereses que absorben una parte todavía mayor de recursos ya comprometidos por los gastos cotidianos.

Cada deuda puede ser asumida individualmente, pero el fenómeno que muestran las cifras no es una suma de decisiones personales. Los bajos salarios, la precarización laboral, el desempleo y el aumento de los gastos cotidianos empujan a cientos de miles de jóvenes a recurrir al crédito. Después, esa obligación puede transformarse en una carga imposible de sostener. El resultado: una situación crítica que puede dejar a miles de jóvenes, muchas veces ya en situaciones vulnerables, frente a un deterioro cada vez más profundo de sus condiciones de vida y con horizontes que se estrechan a medida que las alternativas para salir de esa situación desaparecen.

El Estado interviene… en favor de bancos y fintechs

La crisis del endeudamiento también permite ver hacia dónde se orienta la intervención estatal bajo el gobierno de Javier Milei. Mientras millones de personas acumulan obligaciones que no pueden pagar, la deuda suele presentarse como una cuestión individual o como un asunto que debe resolverse entre privados. Sin embargo, el Estado interviene activamente cuando se trata de garantizar y facilitar los mecanismos de cobro.

En ese sentido, el gobierno puso en marcha el denominado Cobro por Transferencia, una herramienta que habilita nuevos mecanismos para que bancos y proveedores de crédito puedan cobrar deudas mediante cuentas existentes en otras entidades. Su aplicación alcanza a nuevas obligaciones y funciona a partir de una autorización del usuario.

La medida no modifica la situación de quienes ya se encuentran atrapados en la mora. Tampoco aumenta los salarios, genera empleo registrado ni reduce los gastos que empujan a una parte creciente de la población a recurrir al crédito. Frente a esas dificultades, establece mecanismos destinados a facilitar el cobro y a dar mayores garantías al funcionamiento del sistema de préstamos.

La orientación resulta significativa. Frente a una crisis que alcanza a casi 21 millones de personas endeudadas y a más de 5,8 millones en mora, el Estado no interviene sobre las causas que empujan al endeudamiento con la misma decisión con la que desarrolla mecanismos destinados a organizar su cobro.

La deuda comienza mucho antes del vencimiento de una cuota: en el momento en que el salario deja de alcanzar para sostener la vida cotidiana.

Un problema económico nacional, no individual

Cuando 528.000 jóvenes menores de 24 años se encuentran en mora, resulta difícil presentar la situación como la suma de decisiones personales aisladas. Los bajos salarios, la precarización laboral y la necesidad de recurrir al crédito para cubrir gastos básicos son condiciones que atraviesan a una parte mucho más amplia de la juventud.

Enfrentar el endeudamiento exige una respuesta que vaya más allá de la situación particular de cada deudor. La pelea por trabajo con derechos y salarios que permitan cubrir las necesidades sin depender permanentemente del crédito forma parte de la lucha contra las condiciones que empujan a la juventud hacia la deuda.

También implica cuestionar un sistema en el que la insuficiencia de los ingresos abre un mercado para bancos, fintech y empresas financieras. Mientras una parte creciente de la población necesita pedir prestado para resolver gastos cotidianos, esas empresas obtienen ganancias a través de los intereses cobrados sobre esa necesidad.

Enfrentar esas condiciones requiere organización colectiva. Por eso, el Segundo Plenario Nacional del ¡Ya Basta! del próximo 19 de septiembre será una instancia para discutir estos problemas y organizar una respuesta colectiva.

La pelea contra el endeudamiento de la juventud está ligada a la lucha por trabajo con derechos, salarios que alcancen para vivir y condiciones que permitan que pagar el alquiler, comer o trasladarse no dependa de aceptar una nueva deuda.

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